Las lágrimas de Nuestra Señora
hijo único de una viuda de Naím. Nuestro Señor, conmovido por sus
lágrimas, ordenó al difunto de levantarse.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Estimados fieles,
El Santo Evangelio de hoy nos cuenta el milagro de la resurrección del hijo único de una viuda de Naím. Nuestro Señor, conmovido por sus lágrimas, ordenó al difunto de levantarse. E, inmediatamente, se sentó el muerto y comenzó a hablar. Y Jesús le entregó a su madre.
Este milagro representa las resurrecciones espirituales de los que vivían en estado de pecado mortal. La mujer desconsolada de Naím es la imagen de la Iglesia afligida por la muerte espiritual de los pobres pecadores y que hace todo para darles o devolverles la vida divina, la gracia de Jesús.
Es también la imagen de la Virgen de Fátima quien tanto manifestó su tristeza por la condenación eterna de muchos hijos suyos, pidiendo por ellos oraciones y sacrificios e inspirando, a los pastorcitos, ardientes deseos por la conversión de los pecadores. Su rostro, como lo notó Sor Lucía, mostraba una extrema gravedad.
La condenación al infierno de un alma que muere en estado de pecado mortal es una verdad que no se puede cambiar. Y cerca de 160 000 personas mueren en el mundo cada día, esto es 108 por minuto. ¿Cuántos se salvan? Lo que es cierto es que la Iglesia ya no tiene la autoridad moral que tenía en el pasado. Las naciones no son católicas; el ambiente en que viven las almas no favorece el estado de gracia, al contrario, les hace despreciar la ley de Dios, desde los preceptos más elementales de la ley natural.
Queridos hermanos, tomemos en serio las lágrimas de Nuestra Señora, más conmovedoras aún que las de la viuda de Naím, sus pedidos instantes; meditemos un poco sobre la real posibilidad que tenemos de salvar pobres pecadores, y no solamente las apariencias: pues en general no se nota aparentemente, exteriormente, que un alma esté en estado de pecado mortal. Empero, “tanta gente, tanta gente va para este fuego”, decía, angustiadísima, Jacinta de Fátima. El mundo sólo ve el exterior, la vida o la muerte espiritual no le interesan. El parecer sí, el ser no. Las noticias, los chismes y patrañas de internet sí, esta terrible actualidad, no.
- “Pero ¿no puede un pecador salir por sí mismo de esta situación?”
- Muchas veces es algo muy difícil para él solo, incluso si siente, a veces, un cierto deseo de encontrar la paz de su conciencia. Su alma está como aferrada a la criatura, atada por ella. Las malas costumbres lo paralizan; la voz de su conciencia parece muy lejana, silenciada por la del demonio: “¡Demasiado tarde! Al punto donde estás no puedes volver atrás”… Realmente merece ser llamado pobre pecador el que está en esta situación, como la de un caminante extraviado, lentamente tragado por arenas movedizas, sin ningún socorro. ¿No vamos hacer nada para ayudarlo, para arrancarlo de este lodo? ¡No! Debemos sacarlo de allí.
- “Pero no soy sacerdote, ni monje, ni monja, ni seminarista”.
- Todo católico en estado de gracia hace parte de la comunión de los santos, y “un alma que se eleva, eleva al mundo, mientras que un alma que se degrada, degrada al mundo”.
- “Pero ¿no quiso él caer en el pecado? ¿Soy yo responsable de su decisión? ¿Seré responsable de su condenación?
- Es seguro que el pobre pecador es responsable porque, infelizmente, se alejó voluntariamente de Dios. Pero meditemos, cada uno de nosotros, esto: Si él hubiera recibido las gracias que yo he recibido, sería tal vez mucho mejor que yo, y si yo hubiera estado en su lugar, tal vez habría sido peor que él. Además, tenemos una cierta responsabilidad porque la Virgen pidió que se use los medios de salvarlos: oración y penitencia: “Muchas almas van al infierno porque nadie reza y se sacrifica por ellas”. Hay una relación de causa a efecto entre nuestra oración, nuestro rosario diario, nuestros sacrificios y la salvación de pobres pecadores que, todavía, están en vida. Hagamos algo por ellos antes que sean pasto de las llamas eternas.
- “Rezar, está bien, pero el sacrificio es algo que me da miedo; no soy un santo”.
- Entiendo, pero no se trata de la penitencia y de los ayunos del Cura de Ars, se trata sobre todo de cumplir honestamente, cristianamente, sobrenaturalmente, nuestros deberes y tareas cotidianas, dice sor Lucía de Fátima con Santa Teresita (como, por ejemplo, asistir a esta Santa Misa con mayor recogimiento); y, también, de aceptar lo mejor posible, con sumisión, los sufrimientos que Dios nos envía, y proporciona con nuestras fuerzas”.
- “Está bien, pero ¿y mis intenciones personales?
- Nuestro Señor reveló a Santa Verónica Juliani que “todos los que quieren obtener gracias, si rezan por la conversión de los pecadores, obtendrán después todo lo que pidan”.
- Pero me consagré a la Virgen dejándole todas mis intenciones de oración.
- ¡Es precisamente la gran intención de la Virgen, y la hacemos nuestra al fin de cada decena del rosario: “O Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”! Y no se dice en el Ave María: “Ruega por mí, pobre pecador, sino “por nosotros, pecadores”. Todo el espíritu misionero de la Iglesia se resume en esta intención: salvar las almas.
- Padre, debo en primer lugar santificarme y a los míos; la caridad bien ordenada empieza por sí mismo y por mis familiares.
- Rezar por la conversión de los pobres pecadores no significa descuidar la propia salvación y la de sus familiares ya que la oración y el cumplimiento humilde y perseverante de los propios deberes de estado forman parte del “programa”. Además he aquí lo que dice Santiago: “Si alguno de vosotros, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados” .
- Pero soy joven todavía y tengo la impresión que si empiezo a tomar este camino, voy a acabar por entrar en un convento o en el seminario.
- … ¡Y, gracias a Dios, salvará muchas almas! Sea bienvenido.
Ave María Purísima – En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

