Las almas del Purgatorio
Dice San Agustín: “Una lágrima por un difunto se evapora: Una flor sobre su tumba se marchita. Una oración por su alma, la recoge
Dios”. En este mes de noviembre, pidamos todos los días por ellos y por todos los fieles difuntos. Son hermanos nuestros en Nuestro Señor Jesucristo. Es la primera lección del mes de los difuntos.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos fieles,
Hace pocos días, hemos festejado a todos los santos, los miembros de la Iglesia triunfante. El día siguiente, y también durante todo el mes de noviembre, la Iglesia dirige su mirada y sus oraciones hacia las almas del purgatorio, los miembros de la Iglesia purgante.
El purgatorio, pues, existe. Nos lo dice la fe, el catecismo. Además, no puede ser más razonable. Sin el purgatorio “faltaría algo». La Iglesia celebra muchas Santa Misas por los difuntos. Ahora bien, los santos del Cielo no necesitan que recemos por ellos; tampoco los condenados al infierno pueden aprovechar los frutos del Santo Sacrificio. Luego, hay almas que no están en el infierno, ni en el Cielo, ¿Dónde están? En el purgatorio.
Sin duda, habéis presenciado algún entierro. La muerte es una realidad que nos amenaza. Acontecerá, moriremos, es cierto. ¿Cuándo? No lo sabemos. Pero, moriremos un día. Al llegar ese momento, sólo caben dos destinos: Con Dios: el Cielo; sin Dios, el infierno.
¿Y los que mueren con pecados veniales? Son de Dios. Están fijos en El. Pero necesitan quitar las manchas que oscurecen su vestido blanco.
El purgatorio es un lugar de sufrimiento, y no cualquier sufrimiento, un sufrimiento terrible. ¡“La mínima pena del purgatorio, dice Santo Tomás, excede la máxima de este mundo”! Un día, un alma del purgatorio apareció a una persona para pedirle oraciones que alivien sus penas; y antes de volver al purgatorio, la aparición tocó un candelabro que, inmediatamente, se fundió. Hermanos, el bronce o el latón, los materiales habituales de los candelabros, necesitan, para fundirse, de un calor de más o menos ¡1000 grados!.. Hagamos nuestro purgatorio en este mundo; es mucho menos doloroso que en el otro. A veces, se dice que el Cielo está muy alto y que se contentará con un lugarcito en el purgatorio.
- En realidad, quien habla así se olvida de la terrible intensidad del sufrimiento en el purgatorio, primero.
- En secundo lugar, se olvida que en el purgatorio no se puede adquirir méritos para sí y para los otros; hay solamente una purificación, una expiación personal. Pero en esta vida el sufrimiento aceptado en unión con Nuestro Señor es un instrumento de santificación y de salvación.
- En fin, hablar así (“me basta un lugarcito en el purgatorio”) es cometer un error de “balística” (como se dice en la artillaría), de puntería: cuando el blanco está muy distante, hay que apuntar alto, sino no se alcanzará el blanco. Del mismo modo, quien dice que vive de tal modo que por lo menos alcanzará al purgatorio y no al Cielo, corre el riesgo de irse debajo del purgatorio, al infierno. Pero, quizás se preguntan: ¿entonces, para alcanzar al Cielo, a que debemos apuntar si debemos dirigirnos a lo más alto? Respuesta: al Altísimo, a Dios mismo y por la búsqueda de la santidad, especialmente rechazando al pecado venial deliberado, y no sólo las faltas graves. Lo dice el santo Cura de Ars: “¡hay que ir al cielo como una bala de cañón!” (hoy diría el santo Cura: como un cohete)… En todo caso no como una mariposa o un murciélago.
Este fuego del purgatorio purifica las almas como el oro en el crisol. Esas almas, llenas de esperanza, tienden irresistiblemente a Dios, lo aman; saben que lo contemplarán en el Cielo, pero sufren mucho, porque nada impuro puede parecer delante de Dios, la Santidad infinita. Y también porque después de la muerte, se acaba el tiempo de la Misericordia, es el de la justicia divina con todo su rigor. ¡Como son infelices los difuntos enterrados en el ambiente de la liturgia actual donde no se reza para aliviar las penas de las almas del purgatorio! es una liturgia para honrar el bienaventurado que alcanzó, por supuesto, las moradas del Padre, ofrecerle flores y cantar aleluyas. ¡Ay, ay, ay! Este pobre difunto está, quizás, en el fuego del purgatorio, y necesita sobre todo la verdadera Misa, la ceremonia de la absolución, agua bendita y oraciones fervorosas para recibir un alivio y alcanzar el Cielo. Un día, un monje del Carmelo rocío una calavera con agua bendita (en esta orden era costumbre que los religiosos tuvieran una calavera en su celda para meditar sobre la muerte), y de repente la calavera se puso a pedir, con insistencia: ¡“más, más”!..
Queridos hermanos, cuidad las tumbas de vuestros seres queridos: flores, luces, coronas. Vayan a ellas con un poco de agua bendita. Demostradles vuestro amor. Pero la mejor muestra de cariño es rogar por ellos. Es lo único que les aprovecha para su salvación. Dice San Agustín: “Una lágrima por un difunto se evapora: Una flor sobre su tumba se marchita. Una oración por su alma, la recoge Dios”. En este mes de noviembre, pidamos todos los días por ellos y por todos los fieles difuntos. Son hermanos nuestros en Nuestro Señor Jesucristo. Es la primera lección del mes de los difuntos.
La segunda es que la vida es breve, “ni siquiera dos horas”, dice Santa Teresa de Ávila comparándola con la eternidad. La puerta de nuestra eternidad es la muerte. No termina todo con la muerte. Más bien, es el comienzo de la verdadera vida. Lo dice el prefacio: “vita mutatur, non tollitur”, “para tus fieles, Señor, la vida se muda, no fenece”.
Entonces, vivamos con esta santa esperanza y de tal modo que la muerte no nos sorprenda en estado de pecado mortal.
¡Pobres hombres que no tienen la fe y la esperanza cristiana! Según ellos, todo se termina con la muerte, entonces procuran gozar lo más posible en esta vida efímera antes de caer en el infierno eterno. Recemos, también, queridos seminaristas, queridos fieles, por los 156.000 seres humanos que, cada día en la tierra, atraviesan la puerta de la Eternidad, esto es: 108 por minuto.
Que la Santísima Virgen convierta a los pobres pecadores, especialmente a los que están agonizando, y alivie a las santas almas del purgatorio.
Ave María Purísima
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Anexo: Interesante video del Museo del Purgatorio
Video visto en Catolicidad

