Panorama Católico

La Vocación de este tiempo

No es fácil decir la verdad ante el mundo, obstinado, empantanado en sus vicios. Pero menos lo parece, decir la verdad cuando los destinatarios de tales comunicaciones son “los buenos”, los que están del lado del bien y al cual, en ejercicio de su autoridad, le hacen mal. Por lo dicho y por mucho más que huelga decir, pues por ahora es suficiente.

Nuestra época parece una segadora de vocaciones. Allí donde habíamos creído hacer aquello que Dios nos llamaba a hacer, todas las puertas se cierran. O se van cerrando. En la medida de nuestra intransigencia con lo que el “mundo”, siempre enemigo del cristiano y hoy particularmente hostil, reduce nuestra capacidad de acción a casi nada.

Pero no todos los males vienen propiamente del mundo, o del mundo directamente. Tal vez provengan de sus dictados, pero quienes ejecutan la encerrona y nos ponen bajo sitio no son, con mucha frecuencia, gente “del mundo”.

Este drama ha existido siempre. Lo podemos leer en los recuerdos de grandes almas a quienes se les ha impedido ser aquello que estaban llamados a ser por vocación, dedicación, perseverancia y capacidad. Cuántas veces hemos leído: ¡qué habría sido de éste si en su tiempo o en su entorno hubiese sido comprendido y alentado! Una especulación humana, ciertamente, que tiene su fundamento y también su debilidad.

El gran drama del catolicismo moderno (digo, moderno de la era, no de los últimos años) ha sido, con mucha frecuencia, la incomprensión, a veces la hostilidad y con frecuencia ambas a la vez, de la jerarquía de la Iglesia.

Movimientos políticos segados o arrancados de raíz por la ineptitud de quienes aconsejaban al Santo Padre o por la propia necedad en la materia de algunos papas. Beatería o pacataría del clero, que no alentó a quienes debían transitar caminos “riesgosos” para reabrir las sendas malezadas por donde la Fe pudiese transitar. Como la abrieron los soldados españoles en América.

De arriba hacia abajo, siempre, el catolicismo ha decaído. El santo Cura de Ars solía decir algo así como: cura santo, fieles piadosos, cura mediocre, fieles despatarrados. Cura impío… El revivió la Fe en un pueblito despatarrado, a fuerza de santidad. El era muy santo, y en el pueblo había una Fe aletargada y almas muertas por el pecado. Comenzó calentando la Fe y pasó su vida resucitando almas.

Si vamos hacia atrás, más allá del Concilio Vaticano II, que es consecuencia antes que causa, es para que algunos no piensen que tenemos un horizonte tan limitado como para creer que todos los males comenzaron con la sesión inicial de tan lamentable episodio de la vida de la Iglesia. El Vaticano II dinamitó el dique. Pero ya muchos otros antes habían minado la fortaleza de sus muros.

Los clericales mediocres de antes fueron poniendo las minas. Los mediocres de hoy (mucho más mediocres en razón de la dinámica de la decadencia, mediocres en una escala cuya excelencia sería ya la mediocridad), siguen entorpeciendo la obra de la Iglesia, por temor de que sus fieles caminen por “senderos riesgosos”. Inclusive cuando la realidad los apalea a diario: cuando el papa reinante dice un disparate no ya cada seis meses, como solían hacer los otros papas conciliares, sino cada seis minutos.

Ningún argumento parece válido para resistir. Se limitan a lamentarse o maldecir en voz baja en su gran mayoría. Se limitan a hablar de quaestiones disputatae, o distraer a sus fieles con analgésicos tales como “no es tan grave, hay que ver en qué sentido lo dijo, se tergiversa mucho…” Y los fieles parecen conformarse. O hay muchos tontos, o muchos atacados por el terrible vicio de la acedia. Como sea, el mal siempre viene de arriba hacia abajo.

Dentro de los sectores tradicionalistas ocurre algo similar, porque cuando el sacerdote actúa sin santidad, la feligresía responde con tibieza. Claro que mantienen intactos los medios de la gracia que la Iglesia ha instituido, y sobre los cuales, en sus versiones reformadas, hay más que sólidas dudas. Pero el trabajo de demolición que realiza “el mundo” es tanto o más efectivo entre tradicionalistas por cuanto allí hay mucho más que demoler.

Como es natural. El tradicionalismo es parte de la Iglesia. La parte más sana, comparativamente en lo moral y espiritual. Y la parte sana sin comparación en lo que a doctrina y liturgia, a los medios de santificación. Esto, naturalmente, no exime a los sacerdotes tradicionalistas de tener entre ellos a tontos, casquivanos y autoritarios. Como los ha habido siempre en la Iglesia, en su parte humana.

Tampoco a superiores incapaces o limitados. A muchos picados de orgullo y clericalismo. Razón por la cual, con suprema necedad o humano rencor, desde algunos sectores, no pocos sacerdotes que viven en la complicidad como único medio de supervivencia en el sector “oficial” de la Iglesia, bloquean con no poca frecuencia el camino de sus fieles hacia los espacios tradicionales.

Un mal cura, o al menos uno encaprichado, enceguecido por la obstinación o la vanidad puede hacer mucho daño. Pero salvo espantar por sus acciones a los fieles de allí donde está la Fe sin recortes y confusiones, o los sacramentos en su plenitud, ningún daño será peor que impedirles llegar a estos.

No es fácil decir la verdad ante el mundo, obstinado, empantanado en sus vicios. Pero menos lo parece, decir la verdad (aquello que se aprecia como tal, esos juicios sobre la realidad, basados en años de experiencia de lo vivido y lo estudiado) cuando los destinatarios de tales comunicaciones son “los buenos”, los que están del lado del bien y al cual, en ejercicio de su autoridad, le hacen mal. Por lo dicho y por mucho más que huelga decir, pues por ahora es suficiente.

El mundo actual nos limita en nuestras vocaciones si queremos seguir viviendo conforme a los Mandamientos de la ley de Dios. Pero nos ofrece una vocación sublime. Así, la vocación que podemos elegir hoy es señalar estos males, o callar definitivamente, retirándonos a lo que siempre se espera será una vida de penitencia y oración, y se comprueba que resulta muy precaria en ambos aspectos.

El alma con sus miserias, y el cuerpo acompañando con las propias, en parte producto de las primeras, busca ofrecer algún aporte al pedido de los heroicos pastorcitos de Fátima. Penitencia y oración por las almas de los pobres pecadores. Para alcanzar misericordia.

Esta es sin duda la vocación de todos los católicos en este tiempo, que es la víspera del triunfo del Corazón Inmaculado. En parte la penitencia es sufrir los males de los pecadores que dominan el mundo. Otra, la pasión de la Iglesia. Pero también hay causas más familiares a cada uno que se asocian. Los pecados propios y la escasa virtud de los sacerdotes y fieles de nuestra cercanía, más dolorosa cuando se trata de los “buenos sacerdotes” y “buenos fieles”.

Hay en esta vocación, si se la practica, dos grandezas sublimes: reporta sus méritos, aun pequeños a Dios de manos de la Ssma. Virgen, cuya ofrenda los embellece. Están a tiro de rosario y sacramentos, más efectivos cuanto más desarraigados estén de nosotros los deseos humanos y erradicada la impureza de la intención.

Para unos, acercarse a las fuentes puras de la gracia. Para otros, beberlas con provecho mayor: hay un movimiento que realizar. Quienes se reúnen en torno a la Fe y los sacramentos no forman un club, sino una comunidad, un rebaño bajo un solo Pastor. Con un bautismo, una Fe, una conducta digna, es decir, la Fe puesta en obras.

Sacerdotes con verdadera parresía, sin temor de expresar la Verdad. Sacerdotes de corazón sacerdotal, que no abandonan, sino que acogen a sus fieles. A los simples, a los tediosos, a los pícaros. A los tristes y confundidos. Otros Cristos. Que no usen su autoridad para otra cosa que para la salvación de las almas… Sacerdotes que abominen del clericalismo. Cristo no era clerical.

Padres de familia asumiendo su autoridad. Madres acatando con docilidad el llamado de la sensatez. Hijos edificados con el ejemplo y encarrilados por el ascendiente moral y la disciplina. Padres despojados de la idiotez ideológica; madres ajenas a la tontería sentimental, a la comodidad: aplicados, todos, al bien de aquellos a los que se les ha concedido educar y proteger, particularmente en lo que afecta sus almas: no solo gestar.

Así de simple. Así de difícil. Ahí está todo.

Lo demás será la añadidura.

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