La Religión Tediosa
Resulta claro, pues, aunque la Escritura no dice ni una palabra sobre el particular, que si hemos de ser felices en el mundo que viene, tenemos que crearnos corazones nuevos, y comenzar a amar las cosas que naturalmente no amamos. Considerado desde un punto de vista práctico, en síntesis no hay otra cosa que decir: debemos ser convertidos; pues no podemos, no podemos esperar que el sistema del universo se acomode a nosotros; los habitantes del cielo, la innumerable creación de los Ángeles, la gloriosa compañía de los Apóstoles, la excelente compañía de los Profetas, el noble ejército de los Mártires, la Santa Iglesia Universal, la Voluntad y Atributos de Dios—todos estos están fijados. Nosotros debemos ir hacia ellos. En palabras autorizadas de Nuestro Salvador: “En verdad, en verdad, a menos que un hombre nazca de nuevo, no podrá ver el Reino de Dios” (Jn. III:3). Se trata de un asunto sencillamente en nuestro interés, ponernos a reflexionar sobre cómo cambiar el corazón, dejando de lado la cuestión de nuestro deber hacia Dios y el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. “No tiene apariencia ni belleza que atraiga nuestras miradas, ni tiene aspecto que nos agrade.” Para Él no es pérdida ninguna que no lo amemos, es pérdida para nosotros. Él es eternamente bendito más allá de lo que nos ocurra a nosotros. No es menos bendito porque nos mantenemos alejados de Él. Somos nosotros los que no somos benditos, a menos que nos acerquemos a Él, a menos que Lo querramos. Grande sería la desgracia para nosotros si en el día en que venga desde el cielo no viéramos nada deseable ni gracioso en sus heridas; sino que, por el contrario, nos habremos construido una bendición destinta de la que se nos manifestará en Él. Grande sería la desgracia, si hemos erigido al orgullo, o al egoísmo, o a la mente mundana, en estándar de perfección y verdad; si nuestros ojos se han apagado y nuestros corazones se han entorpecido respecto de la verdadera luz de los hombres y la gloria del Padre Eterno.
Resulta claro, pues, aunque la Escritura no dice ni una palabra sobre el particular, que si hemos de ser felices en el mundo que viene, tenemos que crearnos corazones nuevos, y comenzar a amar las cosas que naturalmente no amamos. Considerado desde un punto de vista práctico, en síntesis no hay otra cosa que decir: debemos ser convertidos; pues no podemos, no podemos esperar que el sistema del universo se acomode a nosotros; los habitantes del cielo, la innumerable creación de los Ángeles, la gloriosa compañía de los Apóstoles, la excelente compañía de los Profetas, el noble ejército de los Mártires, la Santa Iglesia Universal, la Voluntad y Atributos de Dios—todos estos están fijados. Nosotros debemos ir hacia ellos. En palabras autorizadas de Nuestro Salvador: “En verdad, en verdad, a menos que un hombre nazca de nuevo, no podrá ver el Reino de Dios” (Jn. III:3). Se trata de un asunto sencillamente en nuestro interés, ponernos a reflexionar sobre cómo cambiar el corazón, dejando de lado la cuestión de nuestro deber hacia Dios y el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. “No tiene apariencia ni belleza que atraiga nuestras miradas, ni tiene aspecto que nos agrade.” Para Él no es pérdida ninguna que no lo amemos, es pérdida para nosotros. Él es eternamente bendito más allá de lo que nos ocurra a nosotros. No es menos bendito porque nos mantenemos alejados de Él. Somos nosotros los que no somos benditos, a menos que nos acerquemos a Él, a menos que Lo querramos. Grande sería la desgracia para nosotros si en el día en que venga desde el cielo no viéramos nada deseable ni gracioso en sus heridas; sino que, por el contrario, nos habremos construido una bendición destinta de la que se nos manifestará en Él. Grande sería la desgracia, si hemos erigido al orgullo, o al egoísmo, o a la mente mundana, en estándar de perfección y verdad; si nuestros ojos se han apagado y nuestros corazones se han entorpecido respecto de la verdadera luz de los hombres y la gloria del Padre Eterno.
No tiene apariencia ni belleza
que atraiga nuestras miradas,
ni tiene aspecto que nos agrade.
(Isaías LIII:2)
La religión es un embole (1) : así suele decirse con frecuencia, esa es la confesión que se oye a menudo respecto de la más grande de las bendiciones con que Dios nos ha regalado. Y cuando Dios nos otorgó esta bendición al mismo tiempo anticipó que así la juzgaría el mundo, incluso tal como se manifestó en la graciosa persona de Aquel que nos envió para dispensarla. “No tiene apariencia, ni belleza”, dice el Profeta, hablando de Nuestro Señor y Salvador, “y cuando lo veamos no habrá aspecto de Él que nos agrade”. Lo dijo de antemano—que para el hombre Su religión resultaría poco interesante y que le produciría desagrado. No que semejante predicción excuse nuestra impermeabilidad a su respecto; este disgusto respecto de la religión que el mismo Dios nos dispensó, tal como la vemos en todos sus aspectos—la religión entera, sea en sus doctrinas, sus preceptos, su política, su liturgia, su influencia social—este disgusto por su sola mención, obviamente no puede sino ser un insulto a su Dador. Pero el texto de la Escritura lo asienta como un hecho, sin comentario alguno acerca de la culpa concomitante; y así también yo querría que la consideráramos, en la medida en que lo pudiésemos hacer con la necesaria reverencia y seriedad. Dejando de lado por un instante la ingratitud y el pecado que esta indiferencia hacia el cristianismo supone, hasta donde nos atrevamos, considerémosla simplemente como una cuestión de hecho, al igual que lo hace Isaías, de modo que nos formemos un juicio sobre sus probables consecuencias. Tomemos el estado de la cuestión tal como la hallamos y examinémosla desapasionadamente—incluso como lo haría un infiel, sin por el momento considerar si es materia de pecado o no; como una desgracia, si ustedes quieren, o un extraño accidente, o como una condición aneja a nuestra naturaleza, como un fenómeno más de este mundo.
Permitidme entonces pasar revista a la vida humana, considerar algunas de sus etapas y circunstancias, con el fin de impresionarlos con este hecho, esta contrariedad entre nosotros y nuestro Hacedor: teniendo Él una voluntad, y nosotros, otra; declarando Él que una cosa nos conviene, y nosotros con el antojo de que otras cosas son las que nos convienen.
1.- “La Religión es un embole”, ¡Dios mío!—incluso los niños así lo sienten aun antes de que lo puedan expresar. Desde luego, hay excepciones, y por supuesto que los niños siempre están mejor dispuestos respecto de las impresiones y noticias religiosas que los grandes. Tienen cantidad de pensamientos y deseos buenos, muchos de los cuales, una vez adultos, la inmensa mayoría parece incapaz de abrigar. Y con todo, ¿quién puede poner en duda que los niños que cuentan con una presencia más íntima de la gracia de Dios porque aún no han aprendido a resistirla, sin embargo a ellos también la religión en general se les presenta como un fastidio? Considerad sus diversiones, sus alegrías—lo que esperan, sus planes y los sueños que conciben sobre sí mismos para el futuro, cuando sean grandes; y luego, decid qué lugar ocupa la religión en sus corazones. Observad la renuencia con que cumplen con las observancias religiosas, con la oración, o con leer la Biblia; y luego emitid vuestro juicio. Observad cómo, a medida que crecen, aumenta la influencia del temor al ridículo ante sus compañeros, al punto incluso de que ni siquiera quieren hablar de religión, ni siquiera quieren parecer religiosos. Ahora bien, el temor al ridículo, en efecto, resulta bastante natural, mas ¿por qué la religión sería inspiradora de ridículo? ¿Qué tiene de absurdo el pensar sobre Dios? ¿Por qué habríamos de avergonzarnos de tributarle culto? No hay razón alguna, pero es natural. Lo podremos llamar un accidente, o lo que quieran; y sin embargo constituye un hecho indiscutible, y sobre eso quiero insistir. No me olvido de aquel rasgo peculiar que acusan los niños: lo que primero ven son cosas que imprimen sus sentidos; no es ninguna maravilla que al principio se ven inclinados a limitar sus pensamientos a cosas sensibles. Una formal profesión de fe o la fidelidad conciente a un principio, bien podrían requerir de una fortaleza y consistencia de pensamiento al que aún no pueden acceder. Y luego, la niñez es caprichosa, ardiente, ligera de corazón; no puede detenerse a considerar largamente un asunto en particular. Y con todo, esto no alcanza para dar cuenta de este hecho que decimos—por qué habrían de sentir desagrado por el tema mismo de la religión. ¿Por qué deberían avergonzarse de tributar reverencia a un Dios invisible y todopoderoso en cuya existencia no dejan de creer? Y sin embargo, les da vergüenza. ¿No será que les da vergüenza sus propias personas y no su religión—que sentirían la inconsistencia de profesar aquello que no pueden practicar enteramente? Este fino argumento no alcanza a alterar los datos del caso pues se trata sencillamente de que reconocen que no aman la religión como debieran. No; pareciera conclusión obligada esta de que por su propia naturaleza existe una extraña discordancia entre lo que amamos y lo que Dios ama. Tanto, entonces, para la niñez.
2.- “La religión es un embole”. A continuación examinaré el caso de los jóvenes que comienzan a ingresar en la vida. Aquí tal vez puedo apelar a algunos que ahora me escuchan. ¡Dios, mío, mis hermanos! ¿Acaso no es cierto? ¿Acaso la religión no está asociada en vuestras mentes con cosas sombrías, melancólicas y aburridas? No voy ahora a reprobarlos por eso, aunque bien podría hacerlo; si lo hiciera, quizá os retiraríais, y yo lo que quiero es que consideren tranquilamente la cuestión y que den fe de que estoy formulando el problema correctamente. Es así; no lo podéis negar. Las palabras mismas “religión”, “devoción”, “piedad”, “conciencia, “mortificación” y demás, os parecen irreprimiblemente aburridas y deprimentes: no podéis objetarlas en sí mismas (en verdad, si pudierais lo haríais). Y aunque no podéis negaros a las exigencias de la religión a la que se refieren recurriendo al vocablo vagamente y en términos generales—con todo y en el mejor de los casos, ¡qué molesto, frío, falto de interés y poco atractivo, es todo este asunto! ¡Cuán severa es su voz! ¡Qué intimidante su aspecto! Y por el contrario, ¡con qué ánimo nos volcamos a los bienes que nos representa la época y nos ofrece el mundo! ¡Cuántos brillantes anticipos de gozo y felicidad aletean delante nuestro! ¡Cómo nos encandilamos teniendo a la vista los premios de esta vida, como se los llama ahora! ¡Cómo admiramos la elegancia del arte, el resplandor de la fortuna o la fuerza del intelecto! De acuerdo con las oportunidades que se os ofrecen os mezcláis con el mundo, conocéis y conversáis con gente de diversas profesiones y clases sociales, y os veis involucrados en las innumerables ocurrencias de la vida diaria. Estáis llenos de noticias; sabéis en qué anda este o aquel y qué le ha ocurrido; lo que no ha sucedido, lo que casi sucede y lo que quizá suceda. Estáis llenos de ideas e intuiciones acerca de lo que acontece a vuestro alrededor. Pero, por una razón o por otra, la religión no tiene parte alguna, influencia notable, en vuestros juicios acerca de los hombres y de las cosas. No es vuestro estilo. Tal vez disfrutáis de fiestas, tal vez acudís a ellas una y otra vez; pasáis continuas horas en sociedad con quienes bien sabéis que resulta imposible mencionar siquiera el nombre de la religión. Vuestro corazón habita allí, en escenas y lugares donde la conversación sobre tópicos serios está estrictamente prohibida por las reglas de lo que es apropiado según el mundo. No es que sostenga que debiéramos andar discurseando sobre temas religiosos en todo tiempo y lugar; ni siquiera digo que deberíamos hacer el esfuerzo de discurrir sobre esos tópicos en cualquier oportunidad, ni tampoco que deberíamos alejarnos de las reuniones de sociedad en que la religión no es el tema central. Pero lo que sí digo es esto: que aquellos que encuentran su placer y satisfacción en lugares donde la religión está prohibida, aquellos que deliberada y habitualmente prefieren esas diversiones que necesariamente nada tienen que ver con la religión, tales sujetos no pueden ver a la religión como la ve Dios. Y este es el punto: que los sentimientos de nuestros corazones acerca de la religión son distintos de los juicios declarados que Dios ha hecho; que sentimos un natural desagrado ante aquello que Él dijo era nuestro principal bien.
3.- Pasemos ahora a las ocupaciones más activas de la vida. Aquí también, confesemos que la religión es cansadora, y está fuera de lugar. Las transacciones de los negocios mundanos, las especulaciones comerciales, las ambiciosas esperanzas, la búsqueda de conocimientos, los hechos diarios de la vida pública—estos anidan con facilidad en nuestros corazones; nos despiertan, tienen influencia sobre nosotros. Resulta por completo superfluo que me ponga a demostrar cómo estas cosas tienen poder sobre nosotros, influyen en nuestra manera de pensar y de actuar. En cambio, el nombre mismo de la religión, es débil e impotente; no tiene ningún encanto que pudiera avivar los sentimientos del hombre, hacer que su corazón se agite, produzca actividad y perseverancia. La razón no estriba solamente en que los hombres andan faltos de ocio, que viven bajo continua presión de trabajos y ejercicios y que se hallan compelidos a eso por obligación con sus dependientes. Cuentan con tiempos de relajación, de a ratos dejan de lado su trabajo para ocuparse de otras cosas; y ni siquiera entonces la religión lo atrae, no hallan en ella consuelo o satisfacción alguna. De a ratos se permiten estar ociosos. Querrían algún asunto para reflexionar sobre él; incluso se ponen ansiosos si no se les ocurre en qué pensar; y sin embargo sus deberes para con Dios, sus esperanzas de un futuro venturoso en la otra vida, la revelación de la misericordia y voluntad de Dios, tal como lo documenta la Escritura, la noticia de nuestra redención, el don de la regeneración, la santidad, las alturas de devoción, la nobleza y perfección que Dios edifica en Sus elegidos, no asoman la cabeza sugiriéndose como temas apropiados para dar de mano con el trajín de la vida. ¿Por qué? Porque la religión los convierte en temas tristes, dicen ellos, y quieren relajarse. La religión es un trabajo, es un fastidio—incluso es más aburrido que no hacer absolutamente nada. “¿Acaso podrá comprar sabiduría el insensato si no tiene entendimiento” (Prov. XVII:16).
4.- Pero esta natural contrariedad entre el hombre y su Hacedor se destaca aun más con la confesión de los hombres de este mundo que han considerado algún tanto este asunto y han adoptado una mirada algo más contemporizadora con la sociedad. Sobre la base de que sus reclamos son antinaturales, estos dan de mano con la religión sin respeto y negligentemente. Dicen: “Es natural que los hombres amen al mundo por sí mismo; que se encuentren absorbidos por sus afanes, que pongan su corazón en las recompensas de su industria, en las comodidades, lujos y placeres de la vida. De otro modo el hombre no sería hombre; no sería lo que su Hacedor evidentemente quería que fuera”. Dejemos pasar la respuesta obvia que podría hacerse a esta objeción; para mi propósito alcanza con que reconozcamos que comúnmente se alienta esta perspectiva de la vida, al reconocerse tal como se hace, de hecho, este desacuerdo entre los reclamos de Dios en su Palabra, por un lado, y las inclinaciones y capacidades naturales del hombre, por otro. En verdad, muchos de esos infelices que han negado la fe cristiana, tratan a la religión como una excéntrica perturbación de la mente, como algo antinatural, un peculiar y desprolijo desorden afectivo que padecen algunos de carácter débil producto quizá de la ansiedad, de una pena opresiva, de una enfermedad del cuerpo, de un exceso de imaginación o algo así, que reduce al hombre a ese estado lastimoso temporal o permanentemente, según cuál haya sido la causa dispositiva; un estado en el que podemos caer todos, así como podríamos perder la razón de otra manera, pero en cualquier caso un estado sub-humano e indigno de nuestra dignidad de seres racionales. Aquí también, basta para nuestro propósito destacar que esta gente concede que el amor a la religión es antinatural e inconsistente con la condición original de nuestra inteligencia.
Igual observación puede hacerse acerca de las nociones que al presente prevalecen secretamente en algunos medios, en cuanto a lo inapropiado que resulta el cristianismo para una época iluminada. Hay quienes consideran la palabra inspirada de Dios con una especie de indulgencia, como si dijéramos que si alguna vez sirvió para algo, ya cumplió con su cometido; que en tiempos más ignorantes inspiraba respeto y controló a los feroces bárbaros de entonces, cuando ninguna otra cosa los podría haber sometido; pero en cuanto a su propio reclamo de que es palabra divina e infalible, y que por tanto no puede sufrir alteración, consideran que en un punto se convierte en un obstáculo al mejoramiento de la raza humana y eventualmente por fuerza ha de caer ante la gradual iluminación de la humanidad que siempre progresa en conocimientos y virtud. En otras palabras, la literatura de hoy en día está cansada de la Religión Revelada.
5.- Una vez más; que la religión produce hastío por sí misma, se ve incluso más claramente en la conducta de la mejor gente, aquellos que en general están bajo su influencia. Tan cansadora y poco atractiva resulta la observancia pacífica de la religión que sus practicantes están siempre expuestos a la tentación de encontrar entusiasmos de un tipo u otro para hacerla más digerible. El espíritu del Evangelio es un espíritu manso, humilde, suave y discreto. No grita ni da grandes voces por las calles, a menos que considere que es obligatorio—y así y todo lo hace penosamente. Llamar la atención, la pretensión y el conflicto le resulta de mal gusto. ¿Qué pensaremos pues de aquellos que siempre andan detrás de novedades para tratar de convertir la religión en algo más interesante; que parecen pensar que no se puede perseverar en la militancia cristiana sin un espíritu de partido anticristiano, o que creen que no puede haber conversación cristiana sin una buena dosis de censura, anticristiana también? Pues lo que sigue: que la religión para ellos es como para los demás, en sí misma un embole, que necesita de algo ajeno y extraño a su naturaleza para convertirse en algo digerible. Y en verdad al hombre natural le resulta duro servir a Dios en humildad y en la oscuridad, nos resulta muy cansador y muy monótono estar día tras día fijándonos en qué hacemos y qué pensamos, observando nuestras secretas faltas, negándonos, creando dentro nuestro, bajo la gracia de Dios, los rasgos de la personalidad cristiana en que somos deficientes; resulta tedioso el aprendizaje de la modestia, desarrollar un amor a pasar desapercibido, estar resueltos a que no se nos tenga en cuenta, resistir a la tentación de explicarnos cuando somos calumniados y estar siempre dispuestos a confesarlo cuando nos equivocamos; aprender a no tener solicitación terrena, a no tener ilusiones ni temores, sino conformarnos resignadamente a nuestra suerte, y todo eso, ¡contentos!
Si se me permite, terminaría estas observaciones apelando a las conciencias de todos aquellos que alguna vez pusieron manos a la obra de la religión con grande ánimo—quienes quiera que sean, hayan hecho menos o más progreso en esta noble tarea, que sean santos maduros, o débiles luchadores contra el mundo y la carne. Esto tengo para deciros: en todo tiempo han dado testimonio de cuán grandes fueron los esfuerzos necesarios para mantenerse cerca de los mandamientos de Dios; y a pesar de su conocimiento de la verdad, y de su fe, a pesar de los auxilios y consuelos que recibieron de arriba, sin embargo ¡cuántas veces su corrompido corazón los ha traicionado! Incluso los privilegios a menudo se revelan como cargosos para quien los detenta, incluso rezar por una gracia especial, por petición de alguno, se les hace cuesta arriba. Saben que trabajar al servicio de Dios equivale a una perfecta libertad, y están convencidos, tanto con su razón como por propia experiencia, de que constituye la perfecta felicidad; con todo, confesarán que padecen una extraña renuencia de su naturaleza frente al amor por su Creador y al trabajo en su servicio. Y este es, precisamente, el punto: no sólo la masa de la humanidad, sino incluso los confirmados servidores de Cristo, dan testimonio de la oposición que existe entre su propia naturaleza y las exigencias de la religión.
Este hecho notable era el que quería destacar. ¿Podemos poner en duda que por lo general la voluntad del hombre está dispuesta contrariamente a la voluntad de Dios, que el punto de vista que tiene la Escritura sobre la vida en este mundo, sobre nuestro destino, no nos satisface, como en verdad debiera? ¿Qué Cristo no tiene apariencia ni belleza que nos atraiga; y que aunque Lo vemos, no alcanzamos a discernir belleza alguna en Él? Aquel santo, misericordioso y manso Salvador, el Eterno, el Hijo unigénito de Dios, nuestro amigo y benefactor infinito—Aquel que abandonó la gloria de Su Padre y murió por nosotros, que nos ha prometido las desbordantes riquezas de Su gracia, tanto aquí abajo como en una vida futura, Él es una luz que resplandece en la oscuridad “y las tinieblas no la recibieron”. “La luz vino a este mundo y los hombres prefieren las tinieblas antes que la luz”. La naturaleza del hombre es de carne, y lo que nace carne es carne, y por siempre será así; nunca puede discernir, amar, aceptar, las santas doctrinas del Evangelio. Se ocupará de diversas maneras, se interesará en cosas de los sentidos y del tiempo, pero nunca podrá ser religiosa. Está enemistada con Dios.
Y ahora vemos entonces lo que se sigue inmediatamente de lo que acabamos de decir. Si por naturaleza nuestros corazones se inclinan hacia el mundo por sí mismo y el mundo un día desaparecerá: ¿en qué se fijarán entonces, en qué encontrarán su delicia? Decid, ¿cómo se sentirá por entonces el alma cuando, despojada de su actual condición con que el mundo la reviste, y se encuentre de pie, desnuda y temblando ante la pura, tranquila y severa majestad del Señor su Dios, su más misericordioso y sin embargo deshonrado Creador y Salvador? ¿Cuáles serán los gozos del alma en la otra vida? ¿Pueden ser los mismos de la vida presente? No, no puede ser; la Escritura nos dice que no pueden ser los mismos. Cuando la apariencia de este mundo pase, ¿qué queda para amar y en qué gozarse durante una larga eternidad? ¡Que eternidad más oscura, desolada y miserable!
Resulta claro, pues, aunque la Escritura no dice ni una palabra sobre el particular, que si hemos de ser felices en el mundo que viene, tenemos que crearnos corazones nuevos, y comenzar a amar las cosas que naturalmente no amamos. Considerado desde un punto de vista práctico, en síntesis no hay otra cosa que decir: debemos ser convertidos; pues no podemos, no podemos esperar que el sistema del universo se acomode a nosotros; los habitantes del cielo, la innumerable creación de los Ángeles, la gloriosa compañía de los Apóstoles, la excelente compañía de los Profetas, el noble ejército de los Mártires, la Santa Iglesia Universal, la Voluntad y Atributos de Dios—todos estos están fijados. Nosotros debemos ir hacia ellos. En palabras autorizadas de Nuestro Salvador: “En verdad, en verdad, a menos que un hombre nazca de nuevo, no podrá ver el Reino de Dios” (Jn. III:3). Se trata de un asunto sencillamente en nuestro interés, ponernos a reflexionar sobre cómo cambiar el corazón, dejando de lado la cuestión de nuestro deber hacia Dios y el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. “No tiene apariencia ni belleza que atraiga nuestras miradas, ni tiene aspecto que nos agrade.” Para Él no es pérdida ninguna que no lo amemos, es pérdida para nosotros. Él es eternamente bendito más allá de lo que nos ocurra a nosotros. No es menos bendito porque nos mantenemos alejados de Él. Somos nosotros los que no somos benditos, a menos que nos acerquemos a Él, a menos que Lo querramos. Grande sería la desgracia para nosotros si en el día en que venga desde el cielo no viéramos nada deseable ni gracioso en sus heridas; sino que, por el contrario, nos habremos construido una bendición destinta de la que se nos manifestará en Él. Grande sería la desgracia, si hemos erigido al orgullo, o al egoísmo, o a la mente mundana, en estándar de perfección y verdad; si nuestros ojos se han apagado y nuestros corazones se han entorpecido respecto de la verdadera luz de los hombres y la gloria del Padre Eterno.
Que Él mismo nos salve de nuestros auto-engaños, sean los que fueren, y nos haga capaces de renunciar a este mundo para ganar el otro—y nos haga capaces de alegrarnos en Él, Aquel que no tenía casa propia, ni donde reclinar la cabeza, que fue pobre y de baja condición, y que fue despreciado y rechazado y atormentado y asesinado.
(1) Me he tomado el atrevimiento de traducir “weariness” (el sermón se intitula “Religion: a Weariness to the Natural Man”) con este bárbaro neologismo, “embole”, por la fuerza de sus connotaciones de pena, fastidio, hastío, fatiga y aburrimiento que otros vocablos de la lengua castellana no alcanzan a cubrir. [N. del T.]
Fuente: Jack Tollers


Comentarios
traducción
Moderador, se puede saber de quién es esta magnífica traducción de Newman?
Gracias.
Estimado/a
No lo sé. Hubiese querido poner el crédito, como corresponde, pero me llegó de un modo que no puedo determinarlo. Si alguien lo sabe, agradecería me lo hicieran saber para darle el crédito.
Atte.
El Moderador
traducción.
Cuando leí «traducción» y «Newman» sospeché algo.
Luego lo confirmé entrando en la extraordinaria página http://tollers.jack.googlepages.com/etvoil%C3%A0!
El autor es Jack Tollers.
Gracias Sir Tollers !
Goebekli-tepe el templo de culto religioso más antiguo del mundo
Recientes novedades sobre Goebekli-tepe hacen aconsejable interesar a la comunidad de Panorama en anoticiarse sobre estos estudios arqueológicos.
Un primerísimo y rápido pantallazo en castellano puede obtenerse de
http://foroterraeantiqvae.ning.com/profiles/blogs/goebekli-tepe-el-santuario-mas
La Wikipedia, magüer su irreligiosidad, ya trae resúmenes muy valiosos en alemán, en francés, en italiano, en ruso, en turco, en holandés y en inglés, en ese orden (el artículo de la Wiki castellana es todavía lastimoso):
http://de.wikipedia.org/wiki/Göbekli_Tepe
http://fr.wikipedia.org/wiki/Göbekli_Tepe
http://it.wikipedia.org/wiki/Göbekli_Tepe
http://ru.wikipedia.org/wiki/???????-????
http://tr.wikipedia.org/wiki/Göbeklitepe
http://nl.wikipedia.org/wiki/Göbekli_Tepe
http://pt.wikipedia.org/wiki/Göbekli_Tepe
http://en.wikipedia.org/wiki/Göbekli_Tepe
Desde allí se remite a varios videos en la Red, todos edificantemente inspirativos y muy propios para subrayar las cosquilleantes palabras del Cardenal Newman arriba traducidas, “La Religión es un embole”.