La polémica en torno a la reunión del 14/9
Respondiendo al comentario del Sr. Zornosa y otros se me hizo largo y terminó artículo. Tal vez valga la pena publicarlo. Uds. Decidirán si leerlo o no.
Respondiendo al comentario del Sr. Zornosa y a otros se me hizo largo y terminó artículo. Tal vez valga la pena publicarlo. Uds. Decidirán si leerlo o no.
Coincido con algunas respuestas ya publicadas. No podemos poner puertas a la gracia de Dios. No podemos adherir a un determinismo histórico que con supuesto fundamento apocalíptico, nos pinta un escenario inamovible y definitivo.
El Sr. Ricardo Zornosa resume la decadencia del mundo occidental que, ganado por las ideologías liberales con origen en el protestantismo, primero conquistó los corazones de los pueblos cristianos, o al menos de un número significativo de ellos, fue desarticulando el orden social y político fundado en la ley evangélica y luego, como golpe final, logró penetrar con ideas (tal vez también con infiltrados) en el seno de la Iglesia.
El gran triunfo de este trabajo, que San Pío X detuvo pero no logró descabezar, es el Concilio Vaticano II. Es el triunfo de las ideas modernistas. Y los papas conciliares y posconciliares parecen servir a esos ideales sin reserva.
No obstante lo cual, si vemos la historia europea y la misma historia interna de la Iglesia en los siglos XIX y XX no veremos una continuidad sin lucha del avance de los liberales-modernistas. Ni tampoco una conducta rectilínea en los papas que más han favorecido el neomodernismo conciliar.
Su condición de papas ha sido un ancla que les ha impedido pasar ciertos límites, aunque, la realidad es que hasta Juan Pablo II -descontando al malogrado Juan Pablo I del que quizás podamos decir que haya sido mártir, cosa no poco significativa- las cosas parecen haber ido de mal en peor. Y esto tuvo un cierto cambio bajo el reinado de Benedicto XVI.
No podemos ver objetivamente las cosas si tenemos un prejuicio según el cual todo lo que ocurre, aunque sea bueno, es parte de un gran engaño que conduce siempre a un mal mayor. Con esa regla de juicio sobre la historia y los hechos, nunca ocurrirá nada que no sea sospechoso y manipulado por los amos del Orden Mundialista y moldeado por personajes puestos por ellos a su medida y dominados como títeres.
Este modo de ver las cosas es ciertamente ingenuo y propio de adolescentes. Y ninguna de las dos cosas nos es lícita después de cierta edad: ni la ingenuidad ni la adolescencia.
Dios tiene la última palabra en cualquier sentido que esta sea dicha. Ya para permitir las más espantosas calamidades, ya para usar de su misericordia y mover corazones que parecían pétreos o esclarecer inteligencias aparentemente subsumidas en la confusión.
De modo que si lo que el Sr. Zornosa dice que ocurre u ocurrirá resultara cierto, no por eso es excluyente de otras posibilidades, que son las que yo considero, con fundamento en datos de la realidad que el Sr. Zornosa y otros considerarán irrelevantes o indignos de confianza por causa de su prejuicio sobre lo que necesariamente ha de ocurrir según su esquema mental.
Alguien también me recomienda leer o releer el Realismo Metódico de Gilson. Supongo que para que yo haga una distinción entre la mera posibilidad y la razonable probabilidad de los hechos.
Creo haber hecho esa distinción. No fundamento mis opiniones sobre lo que podría pasar entre Roma y la FSSPX en una mera cuestión de posibilidades, como la de ganar el Loto: 1 entre 6 o 10 millones de chances. Me considero un poco más serio.
Fundamento mi opinión en datos de diversas fuentes sobre lo que se vive en Roma. Sobre las diversas tendencias que conviven inarmónicamente allí. Y sobre quienes conservan la Fe en medio de la terrible confusión general.
Roma, como sede de la Iglesia, la figura del Papa (como tal reconocemos a Benedicto XVI) no es algo analogable a un poder mundial o a un político. Por mucho que tenga de eso, es más que eso. Es la Sede Primada y el Vicario de Cristo. Dios tiene, digamos así, un tratamiento especial, para bien o para mal de ellos.
Tampoco es posible ver la historia como algo determinado de antemano, ni en el orden puramente humano ni mucho menos en el sobrenatural. Dios tiene el gobierno del universo y no es indiferente a nuestras oraciones, sacrificios y esperanzas. No hace falta abundar en ejemplos bíblicos o recomendaciones evangélicas. No solo las que El mismo nos ha revelado, sino también las que por su misericordia nos han sido reveladas por su Santísima Madre, en Fátima, por ejemplo.
Alguien también ha argumentado que Mons. Fellay ha pedido la campaña de rosarios vigente porque las cosas evidentemente están mal. Esto es una obviedad. Rezamos los rosarios, los varios millones de rosarios que ya se han venido acumulando, con el propósito de pedir que las cosas mejoren. Por ejemplo, que se libere la Santa Misa tradicional. Si rezamos por ello y Dios lo concedió ¿tenemos que pensar que en realidad somos funcionales a una estrategia de engaño, etc. cuando pedimos a Dios algo por lo que hemos luchado durante más de 40 años?
Análogamente, si pedimos a Dios que las autoridades romanas comprendan la raíz de los males de la Iglesia y las corrijan, obviamente es porque tenemos esperanza de que ello ocurra. En caso contrario no deberíamos rezar más por esa intención. De hecho hay quienes se niegan a rezar por esa intención, lo cual parece un soberano disparate.
Claro que Dios tiene sus tiempos, y los seres humanos pueden ser parcialmente obedientes a la gracia. De modo que quizás no hagan todo lo que deben hacer, pero hagan algo de lo que deben hacer. Tal vez el Sumo Pontífice no corrija los males de la nueva liturgia, pero permite que se rece la otra sin obstáculos legales.
Algunos obispos no lo permiten, pero otros sí. Algunos limitadamente, otros ilimitadamente. Es decir, la realidad es variopinta y desigual, pero ¿se puede negar que se ha dado un paso hacia lo bueno porque en otro lado no se lo de? ¿Se puede negar un bien porque ese bien no sea un bien perfecto sino incompleto, como es la liberación de la misa puesta en pie de igualdad con la misa reformada? Lo primero es bueno, lo segundo no. Y aún así, antes ni siquiera se decía en el nivel pontificio que la misa tradicional fuera igual a la nueva. Se decía que había pasado de moda y era de otro tiempo. Aun en eso hay un bien parcial.
Seamos capaces de ver lo bueno allí donde está.
Tampoco seamos adolescentes creyendo que un paso pequeño e imperfecto es la solución de todos los problemas. Esta solución, humanamente vista, no parece que pueda darse más que a lo largo de mucho tiempo de reconstrucción de un catolicismo devastado. Aunque Dios puede tener otros planes…
Así pues, cuando opino que es posible, no muy probable pero si en el rango de probabilidades razonables, que Roma ofrezca un modus vivendi el cual la FSSPX no deba rechazar porque habrá en él más bienes que males (siempre pensando en la proyección del apostolado y también en la necesaria vinculación afectiva que resulta indispensable para que el tradicionalista no corra riesgo de adquirir un cierto espíritu cismático) cuando analizo pobremente estas probabilidades ciertamente lo hago para que las mentes se abran, como dice Chesterton, como las bocas:
a fin de cerrarse luego sobre algo sólido.
No podremos alimentar un cuerpo que se niega a abrir la boca. No de un modo natural, al menos. Ni podremos alimentar las inteligencias que se niegan a concederle a Dios imaginación suficiente como para recrear un escenario distinto del que nuestras mentes humanas pueden ver.
El riesgo en ambos casos es la muerte por inanición. Y el riesgo de la ingenuidad es la muerte por envenenamiento. Porque podríamos abrir la boca y cerrarla sobre un alimento envenenado.
Superemos la línea de argumentación del 2 + 2 = 4. Esto es obvio y se aplica al terreno doctrinal. Hay otro terreno además del doctrinal, el político-eclesiástico. Un terreno pantanoso que se debe caminar con suma prudencia.
Con la gracia de Dios, el buen espíritu evangélico y el uso efectivo de la inteligencia, una inteligencia viva, capaz de aplicar no solo la ratio sino también el intellectus, no caeremos en ninguna de las dos desdichadas posibilidades, sino que cumpliremos el deber de sostener la verdad encarnada en la caridad. La cual nos obliga a tomar algunos riesgos, como el de cierto pastor que dejó a buen resguardo las 99 ovejas para ir a buscar a la oveja perdida.
Una decisión imprudente bajo todo punto de vista, menos bajo el punto de vista evangélico.

