La Paz de los Gadarenos
El primer día del nuevo año civil, Benedicto XVI ha publicado su «Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz», titulado «La libertad religiosa, camino para la paz».
El título es altamente sugestivo, pues creemos que justamente son esas las dos líneas-fuerza que hoy sofocan al mundo, en un tira y afloje desgastante que lleva ya cincuenta años, cuando en el Concilio Vaticano II se decretó (1)
que la libertad religiosa sería un camino… extraviando así a la Cristiandad, y lo que es peor, a los cristianos, del Único Camino, Verdad y Vida (Juan 14, 6).
«Y cuando llegó a la otra orilla, al país de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de unos sepulcros y eran en extremo feroces, tanto, que nadie podía pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Viniste aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Lejos de ellos pacía una piara de muchos puercos. Los demonios le hicieron, pues, esta súplica: «Si nos echas, envíanos a la piara de puercos». Él les dijo: «Andad»; a lo cual ellos salieron y se fueron a los puercos. Y he aquí que la piara entera se lanzó por el precipicio al mar, y pereció en las aguas. Los porqueros huyeron, y yendo a la ciudad refirieron todo esto, y también lo que había sucedido a los endemoniados. Entonces toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se retirase de su territorio.» (Mateo VIII, 28-34)
«En vez de adorar al Señor y admirar su infinito poder, son tan ciegos, que apartan de sí a su Salvador, negándose a recibir la luz del Evangelio. /…/ Alejando de sí al autor de la vida y de la salud, y alejándose ellos de él, quedaron más esclavos de aquellos mismos demonios, cuyo furor temían», anota al pasaje que encabeza el traductor y comentador de la Vulgata Latina, Obispo Felipe Scio de San Miguel, en cita de San Juan Crisóstomo.
El primer día del nuevo año civil, Benedicto XVI ha publicado su «Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz», titulado «La libertad religiosa, camino para la paz».
El título es altamente sugestivo, pues creemos que justamente son esas las dos líneas-fuerza que hoy sofocan al mundo, en un tira y afloje desgastante que lleva ya cincuenta años, cuando en el Concilio Vaticano II se decretó (1)
que la libertad religiosa sería un camino… extraviando así a la Cristiandad, y lo que es peor, a los cristianos, del Único Camino, Verdad y Vida (Juan 14, 6). ¿Por qué decimos «a los cristianos»? Por todos es sabido que «la Cristiandad» es una idea abstracta desde la revolución protestante, que llamamos «Reforma» con poco tino, porque nada reformó, antes bien, deformó. Re-forma quien renueva desde dentro: y aquellos sembraron su cizaña en la Cristiandad, para cosecharla fuera, en cada secta y movimiento que crearon sus heresiarcas. Eso es «Cristiandad»: un concepto que fue real, pero hoy es meramente nominal. En cambio los «cristianos» son todos aquellos que «recibieron las aguas regeneradoras del bautismo y profesan la verdadera fe, y ni se han separado ellos mismos miserablemente de la contextura del cuerpo [de la Iglesia Católica], ni han sido apartados de él por la autoridad legítima a causa de gravísimas culpas» (S.S. Pío XII, Encíclica «Mystici Corporis», punto 22). Y esos «cristianos» son seres concretos y reales, seres que poseen un alma, que se pierde o se salva, como la suya y la mía querido amigo. Hombres cuya salud espiritual pende de un hilo, porque todos los hombres, nacidos con la mancha del pecado original –salvo María Inmaculada, claro está- vivimos al borde del abismo, y si no fuera por el milagro de la gracia divina, todos caeríamos irremediablemente. A esos hombres –nosotros mismos- debemos salvar con la prédica de la Verdad y las virtudes católicas: con la Fe, que en ciertas situaciones es un trago amargo para beber, pero que como el buen vino, jamás debemos diluir.
El mundo se debate hoy en una crisis profundísima, que cuanto más hondo cala, mayor cauterización demanda. No pasa un minuto sin dejar una desgracia ante nuestra vista u oídos: todo es un teatro fatídico, donde los personajes corren histéricos la realísima escena de sus propias vidas… ¡Nosotros mismos somos actores allí, sin máscara ni libretos, antes bien desnudos y espontáneos ante la locura y la crueldad que nos rodea por todas partes! Imaginemos por un instante, la vida de un monje: silencio, oración, meditación, lectura espiritual, canto y liturgia solemnes. Obras de caridad, ejercicio de la virtud. El eje es Dios, y el hombre se adentra en su alma, buscando «el reino interior» (Lucas XVII, 21), a la par que circunda ese centro, ese manantial, esa fuente de vida y espíritu que es Dios, donde «hasta el gorrión halla una casa, y la golondrina un nido para poner sus polluelos, junto a tus altares, Yahvé de los ejércitos,
1 Confrontar con «Declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa»
Se puede leer este interesantísimo documento descargándolo en formato pdf. Para ellos ver vínculo al pie esta página
1Rey mío y Dios mío» (Salmos 83, 4). Vida de paz; dulce peregrinaje por el Camino de la Verdad, el Bien y la Belleza…
Ahora volvamos a nuestro mundo: no lo describiré, es harta y angustiosamente conocido por todos. Prendan sus televisores, abran sus diarios, ronden las calles de sus ciudades… el Siglo XXI, lejos de ser el reino de progreso y civilización que soñaron sus gestores (culpables), es un sainete grotesco que nos tiene atrapados en la caracterización más espantosa de la humanidad: «y dijo el Hombre: hagamos a dios a nuestra imagen y semejanza». La inversión más sutil –porque es la más velada-:
-Dios, humillándose, ensalzó al hombre;
-el hombre, ensalzándose, humilla a Dios.
El gozne del argumento es el alcance del verbo «ensalzar»: porque en la primera sentencia, indica la obra máxima de la mano de la Misericordia Divina, Qui habitavit in nobis, «Quien habitó entre nosotros»: Dios se manifiesta al hombre, revistiéndose en la humanidad sacratísima de Jesucristo. En la segunda línea, es el hombre quien se levanta contra Dios, «el que se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o sagrado, hasta sentarse él mismo en el templo de Dios, ostentándose como si fuera Dios» (II Tesalonicenses 2, 4). Es el espíritu maligno que azuzó a los hombres para cometer deicidio, siendo aquél el peor crimen de la historia; y hoy asistimos a una renovación del mismo, mucho más fina y meditada: entonces, fueron los hombres quienes levantaron a Cristo en la Cruz, para que se cumpliera su palabra: «y Yo, una vez levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia Mí» (Juan XII, 32). Hoy, Cristo, Cruz y Palabra han sido renegadas, y aún peor, falseadas por aquellos que debieran custodiar esos tesoros. Los tiempos se parecen pavorosamente en el mismo espíritu deicida.
Por eso nos ocuparemos una vez más del «magisterio» de Benedicto XVI, tratando de desentramarlo y descubrir su raíz profunda. Es un proceso de purga y prédica: ambas cosas demandan un esfuerzo superlativo, que sin embargo creemos necesario y justo.
Y por lo dicho, intitulamos «La paz de los gadarenos»: porque una vez más, Nuestro Señor Jesucristo no es profeta en su tierra, y vuelve a ser expulsado como criminal, siendo Salvador, en la búsqueda de una falsa «tranquilidad», que nunca será «paz» si no conlleva «orden». Una vez más, como los gadarenos, desde Roma se le dice a su Rey «retírate de nuestro territorio», y con el espíritu de Mandinga se le espeta en su divino rostro: «¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios?» Y a esta expulsión, y a esta negación, se le llama «camino para la paz». Camino tortuoso, de cierto, pues diremos a pesar de todo y todos con el profeta Isaías, «non est pax impiis», «no hay paz para los impíos» (Isaías 48, 22).
Por nuestra parte, esperamos que los demonios se vayan pronto con los puercos. Al grano pues.
Como el asunto que nos ocupa es harto trillado en el magisterio pre y post-conciliar, nos basta ubicar ambos a dos columnas, para poner blanco sobre negro la contradicción de uno y otro. A la izquierda, irá Ratzinger en su último «Mensaje» supracitado, en consonancia con el Concilio Vaticano II, del cual es posiblemente uno de sus mayores intérpretes en la general, y sin duda, es el mayor y más autorizado en la particular, ocupando hoy el puesto máximo de la «jerarquía» post-Vaticano II; y siendo que él mismo fue uno de sus mentores junto al indefinible Hans Küng2 y demás personajes que por cuestiones de redundancia (y salud) dejaremos en el tintero. En la columna derecha, se hallarán las respuestas que al «Mensaje» de Ratzinger traen diversas encíclicas y documentos magisteriales de los Papas León XIII y Pío XI, a quienes debimos acotarnos en razón de brevedad: son abundantísimas las citas que podemos encontrar entre los Pontífices del Siglo XIX y XX, quienes se abocaron innúmeras veces a la cuestión que aquí nos ocupa, y es el de la «libertad» en relación con la Iglesia, el Estado, y la dignidad de la persona humana (la cual es cada vez más indigna, desde que se le cacarea tanto su dignidad). Son tan claros los documentos papales, que una vez presentados poco habrá que agregar. El lector no es idiota, y sabrá descubrir la tremenda contradicción que revela el «magisterio» post-Conciliar con aquel de antaño.
A leer, pues.
«Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962-1965 los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. /…/ Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente.» (Hans Küng en su «Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo», del 15 de Abril de 2010)

