La liturgia como fuente de unidad
Un lector me envía esta foto tomada el domingo pasado durante la celebración de Pentecostés. Coincide con el repaso de algunos textos sobre la liturgia que venía haciendo en estos días y cuyas conclusiones me parece oportuno compartir.
Un lector me envía esta foto tomada el domingo pasado durante la celebración de Pentecostés. Coincide con el repaso de algunos textos sobre la liturgia que venía haciendo en estos días y cuyas conclusiones me parece oportuno compartir.
Lo que vemos en la fotografía que ilustra esta nota es la celebración de la fiesta de Pentecostés en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima, Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina. El obispo es Mons. Lozano, hechura del Card. Bergoglio y «capellán» del santuario de las zapatillas de Cromañón. El párroco es el P. Gregorio Nadal.
Observemos: Casi no hay crucifijos, de hecho no los hay en el altar, y apenas dos cruces en lugares secundarios. El crucifijo de altar, que debe presidirlo, está en el suelo.
La mesa, típicamente Novus Ordo como es de rigor, dos candelabros (al menos tradicionales) con moñitos rojos por Pentecostés, y unas imágenes de utilería que representan, parece, las lenguas de fuego descriptas en los Hechos.
Convengamos que esto no es ni por poco lo peor que se ha visto, resulta más bien «conservador». Es lo que al buen padre Nadal se le ha ocurrido. Porque ya no hay norma, solo creatividad, ocurrencia.
Ignoramos si durante el resto de la misa introdujo otros elementos alusivos al Espíritu Santo, pero basta la fotografía para darse cuenta de que hace lo que le parece (seguramente de buena fe). Y esto significa la demolición del rito de la liturgia.
Demolición del Rito
El rito comenzó a ser demolido antes del Novus Ordo, cuando se abolió el Latín, al menos parcialmente al principio y se invirtió la posición del altar, abandonando la orientación (mirar ad orientem, es decir, hacia el Calvario) para «facilitar la comunicación con los fieles».
La liturgia es modelo de cortesía. El celebrante, en el rito tradicional se dirigía al pueblo cuando lo saludaba, lo bendecía o le dirigía la palabra en la homilía. Pero la figura central de la misa es Dios, no los fieles. Por eso, para conservar el sentido prístino, inamovible, unívoco de los términos usados en la liturgia, se usaba el latín, lengua sagrada del rito romano.
Abolición del latin, ¿sacrificio necesario?
El latín tenía no solo el prestigio de la tradición, sino una cantidad de ventajas prácticas que el propio Papa Paulo VI enumeró al anunciar que sería abolido de la liturgia nueva (?) Veamos lo que dijo en ocasión de estos anuncios:
“Es un sacrificio de la Iglesia el renunciar al latín, lengua sagrada, bella, expresiva, elegante. Ella ha sacrificado siglos de tradición y de unidad de la lengua por una creciente aspiración a la universalidad”. (7 de marzo de 1965 a los fieles de la Plaza de San Pedro). (Sacrificar la unidad de la lengua a favor de la universalidad… no se entiende).
Y el 4 de mayo de 1967, al anunciar esta abolición del latín de la liturgia (notemos que aún no se ha promulgado el Novus Ordo), dijo el Papa Paulo VI:
“Ya no es el latín sino la lengua vernácula, la lengua principal de la Misa. Para quien conoce la belleza, el poder del latín, su aptitud pare expresar las cosas sagradas, será ciertamente un gran sacrificio el verlo reemplazado por la lengua vulgar. Perdemos la lengua de los siglos cristianos, nos volvemos como intrusos y profanos en el aspecto literario de la expresión sagrada. Perdemos así en la gran parte esta admirable e incomparable riqueza artística y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos sin suda razón de sentir pesar y casi desconcierto”.
Pero el papa justifica esta devastación: “La comprensión de la oración es más preciosa que los vetustos vestidos de seda, galanura real con que estaba revestida. Más preciosa es la participación del pueblo…” “ Si la noble lengua latina nos separase de los niños, de los jóvenes, del mundo del trabajo y de los negocios, sería una pantalla opaca en lugar de ser un cristal transparente”. (Dicho sea de paso, ¡qué diferencia de estilo pontificio, aún para decir estas cosas increíbles, con los que oímos hoy en prédicas y escritos! Son las consecuencias, también, del abandono del latín en la formación sacerdotal).
Así pues, Paulo VI reconoce la grandeza del Latín, su propiedad para expresar las cosas sagradas y reconoce que nos volvemos intrusos y profanos en materia de expresión literaria del culto. No es poco reconocer. Pero todo se justifica por la “comprensión” de las jóvenes generaciones, de los más humildes, de los hombres de mundo…
Estas consideraciones admiten un cuestionamiento teórico, pero después de más de 50 años de lengua vernácula, ¿para qué? Los resultados son suficiente prueba del desacierto de esta medida.
La buscada “universalidad” se convirtió en una fragmentación inconcebible de ceremonias a las cuales no se sabe porqué hay que considerar ya como parte de un rito común. Los niños, jóvenes, trabajadores y hombres de la burguesía, históricamente devotos, han desertado de la Iglesia hacia el ateísmo, las sectas, o se han incorporado a los “nuevos movimientos” de los que el actual papa acaba de decir que no deben encerrarse en sí mismos: es decir, que no deben seguir el camino de la secta. Lo contrario de la unidad, y de la universalidad.
En los países de misión, la inculturación ha dado lugar a prácticas grotescas, supersticiosas y mágicas. La misma práctica abusiva de dedicar una misa a cada estamento (misa de los niños, de los jóvenes, de los novios, de los matrimonios, de los cartoneros… ) resquebraja más aún el sentido de unidad que la liturgia propone en sus ritos y en sus fines. Sumemos las misas con “rito propio” como los Neocatecumenales y otros … la universalidad como objetivo ha fracasado estrepitosamente.
Estos objetivos “comunicativos” que se han vuelto el objetivo central de la liturgia se frustraron estrepitosamente: La liturgia como instrumento cuyo fin es la instrucción de los fieles junto con su participación en la ceremonia en roles centrales: lectores, oferentes, y a veces predicadores, cuando no “co-consagradores” y distribuidores de la eucaristía, han devastado la vida parroquial y hecho huir a millones de la práctica sacramental.
La liturgia: qué es y sus fines
La liturgia es la oración pública de la Iglesia, el culto que Dios quiere se le ofrezca y que conocemos por la revelación, porque los mismos apóstoles nos lo han enseñado y ellos lo han aprendido de Cristo. No es sino accidentalmente, no forma parte de sus fines, que la liturgia ayuda a la instrucción de los fieles. Para ello está la instrucción de la doctrina, preparatoria para los sacramentos de la comunión y la confirmación. Los fundamentos de la Fe aprendidos en el seno de la familia y en caso de los conversos, la instrucción ad hoc para cada uno, según las circunstancias. También las obras tales como catecismos para mayores, obras de teología para divulgación, y eventualmente, para quienes tengan la vocación, el estudio de las fuentes mismas de la teología. La homilías, por cierto, ilustran a los fieles, pero no son esenciales al culto.
La liturgia tiene por finalidad a) dar a Dios el culto superior de adoración, para reconocer su infinita excelencia y majestad, y a este título la Misa es un sacrificio latréutico; b) agradecer a Dios todos sus inmensos beneficios, por lo que la Misa es también un sacrificio eucarístico; c) pedir a Dios todos los bienes espirituales y temporales, y a este respecto es la Misa, además, un sacrificio impetratorio; y d) satisfacer a Dios por todos los pecados y por las penas merecidas por los pecados, así propios como ajenos, de los vivos y de los difuntos, por cuya razón es la Misa, finalmente, un sacrificio propiciatorio y expiatorio. (1) Como se ve, ninguno de los fines de la misa es la instrucción de los fieles.
La Iglesia es la custodia de estos ritos, y tiene poder para perfeccionarlos y devolverles su prístina pureza cuando se han cometido abusos. La reforma postconciliar ha sido la única en la historia que en lugar de corregir los abusos, los ha lanzado al infinito. Comenzando por el increíble abuso de “fabricar” un rito nuevo y luego imponerlo obligatoriamente prohibiendo y persiguiendo de hecho (y bajo largo tiempo con la excusa de una inexistente prohibición legal) también de “derecho”.
Y continuando por el de asignarle fines que no le son propios (instrucción de los fieles y allanar el camino de diálogo ecuménico, el otro gran móvil de la reforma que no tratamos aquí).
Los resultados del “sacrificio” del Latín primero y del Rito luego han tenido el resultado que está a la vista de todos. ¿No es hora de reflexionar, o tal vez los fracasos de la reforma litúrgica se encaminan con más reforma litúrgica? Salvo el interregno de Benedicto, los papas postconciliares parecen estar empeñados en utilizar una y otra vez la misma fórmula, y a mismas causas…mismos resultados.
- Ver aquí varias obras sobre la liturgia en formato digital
- Estidísticas sobre el florecimiento de la piedad desde el Concilio y el cambio de rito. Ver aquí, en inglés, para Inglaterra y Gales. Tener en cuenta que el crecimiento del catolicismo inglés desde la obra del Card. Newman y los apologistas católicos de principios del siglo XX era impresionante.

