Panorama Católico

La Iglesia y los poderes del mundo

Francia padecía bajo la persecución liberal laicista cuando San Pío X canonizó a su máxima figura, Santa Juana de Arco. Al responder al saludo de la delegación francesa, el Santo Padre estableció en una breve alocución todos los principios por los cuales la Iglesia lejos de ser una carga, constituye el motor de la prosperidad, el patriotismo y los más dulces y profundos sentimientos de piedad filial.

Francia padecía bajo la persecución liberal laicista cuando San Pío X canonizó a su máxima figura, Santa Juana de Arco. Al responder al saludo de la delegación francesa, el Santo Padre estableció en una breve alocución todos los principios por los cuales la Iglesia lejos de ser una carga, constituye el motor de la prosperidad, el patriotismo y los más dulces y profundos sentimientos de piedad filial.

“¡Oh venerables hermanos e hijos amadísimos que, en cumplimiento de los deberes de vuestra profesión, predicáis y practicáis sin respeto humano las enseñanzas de la Iglesia Católica, y, por esta misma razón, no solamente sufrís menosprecio y desdén, sino que sois objeto de pública censura, tachados de enemigos de vuestra Patria y difamados por cobardes calumniadores que no vacilan en herir gravemente los corazones católicos, precisados más que nunca de todos los auxilios de la divina gracia para perdonar a aquellos que les ofenden tan vilmente!

    “Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque llevamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro propio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección.

    “Y si esto ocurre siempre y con carácter general, ¡con cuánto mayor motivo debe ser así cuando vuestro país está ligado por indisolubles lazos a esta Patria, que no está limitada a los contornos de un océano o rodeada de una cadena de montañas, que no habla una, sino todas las lenguas: la Patria que abarca en su latitud el mundo visible y del más allá del sepulcro: la Iglesia Católica!

      “A todos aquellos políticos que creen ver en la Iglesia un enemigo y por ello la combaten sin cesar; a los sectarios que con un odio inspirado por Satanás la calumnian constantemente, envileciéndola y atacándola; a los falsos campeones de la ciencia, que con sofismas de todo género pretenden censurarla  como si constituyera un enemigo de la libertad, de la civilización y del progreso intelectual, contestadles que la Iglesia, señora de las almas y directora de los corazones de los hombres, ejerce su supremacía ante el mundo entero porque ella sola, por ser la esposa de Cristo y poseerlo todo en común con su fiel Esposo, es la depositaria de la Verdad; ella sola puede recabar de todas las naciones veneración y amor.

       “Por esta razón, todo aquel que se rebele contra su autoridad, temeroso de su supremacía en el dominio del Estado, impone barreras a la verdad; el que proclama que su autoridad es extraña al país, desea que la verdad sea también extraña a esa nación; el que teme que esta autoridad pueda perjudicar a la libertad y a la grandeza de un pueblo, confiesa abiertamente que una nación puede ser grande y libre sin la verdad.

       “De aquí que si un Estado, un Gobierno o una Autoridad – cualquiera que fuere su nombre –  hace guerra a la verdad,  no puede pretender inspirar amor mientras se oponga de esta modo al sentimiento humano más sagrado. Tal Autoridad podrá mantenerse por pura fuerza; podrá ser temida, porque, indudablemente, la espada del castigo conmina a la obediencia; podrá ser aplaudida por hipocresía, interés o servilismo; podrá ser aún acatada, ya que la religión aprueba nuestra sumisión a los humanos poderes siempre y cuando éstos no obliguen a ningún acto contrario a las divinas leyes, en cuyo caso todos estarían obligados a oponer su resistencia, sin por ello constituirse en rebeldes.

        “No obstante, aunque este deber de sumisión en todo aquello que no se oponga a las obligaciones prescritas por la religión, hará aún más meritoria la obediencia, no será lo suficiente para convertir esta obediencia en afectuosa, alegre y espontánea, de forma tal que merezca el calificativo de amor y de veneración.

         “Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón del porqué los auténticos caudillos, campeones y salvadores de un país han surgido siempre de entre las filas de los mejores católicos, de que los Santos sean invocados en los himnos de nuestra santa liturgia como Patronos de su país; ellos siguieron el ejemplo del Santo de los santos, que mientras obedeció a aquellos que ejercían autoridad y pagaba el tributo al césar, al aproximarse a Jerusalén y prever su próxima ruina, derramó lágrimas abundantes; pues siendo una ciudad tan amada y tan favorecida por el Señor, no se había aprovechado de tantas gracias ni de la visita que él mismo se dignó hacerle con el solo objeto de derramar sobre ella toda clase de bendiciones”

Discurso de Su Santidad San Pío X, en respuesta al de la delegación francesa, encabezada por Mons. Touchet, que visitó Roma en ocasión de la canonización de Juana de Arco, 20 de abril de 1909.

Fuente: El papa San Pío X, memorias, de Rafael Cardenal Merry del Val

Comentarios

Anónimo
23/04/2010 a las 2:22 pm

Amén.
Alf vL



Responder a Anónimo Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *