Panorama Católico

La «fumata» que viene…

El Solio Pontificio está vacante. Es decir, no tenemos papa. Esperamos que el nuevo sea electo en los próximos días, no más allá de mediados de mes, pero más probablemente unos dos o tres días después de la reunión del cónclave, la cual será decidida por los cardenales el lunes que viene,  4 de marzo de 2013.

El Solio Pontificio está vacante. Es decir, no tenemos papa. Esperamos que el nuevo sea electo en los próximos días, no más allá de mediados de mes, pero más probablemente unos dos o tres días después de la reunión del cónclave, la cual será decidida por los cardenales el lunes que viene,  4 de marzo de 2013.

En el ambiente tradicional y conservador se vive aún con cierta conmoción la renuncia de Benedicto XVI. Los más decepcionados y afligidos son los conservadores. Ellos tenían el papa que les era suficiente: un papa bueno, que motorizaba iniciativas de moderado orden. Ahora, ¿qué será de ellos?

Los papas “conservadores” son la ilusión y a la vez la angustia de los sectores «moderados» de la Iglesia. Les basta un cierto orden –más o menos, porque los malos persiguen con furor a cualquiera que resista la revolución dentro de la Iglesia, aun moderadamente.  Un “orden” más ilusorio que real, pero que para ellos es un paraguas de protección. Una autoridad que los avale les es más cara que otra que plantee decisiones profundas de combatir a fondo los males que dañan a la Iglesia.

Ellos prefieren una “hermenéutica de la continuidad” a aceptar el desafío abismal que plantea el concilio. Una liturgia prolija a una comprensión (que requiere a veces el esfuerzo de estudiar y la valentía de dejar de lado prejuicios) profunda del problema litúrgico.

Así, una barrida del piso de la Iglesia le gusta más que una pulida a fondo. Pulir levanta polvo y esto asusta a los conservadores.

Gracias a Benedicto

En cambio los tradicionalistas podemos dar las gracias al Papa renunciante por lo que hizo en dirección de una restauración litúrgica sin perder de vista que fue harto insuficiente, aunque muy importante porque inició un camino.

Podemos dar las gracias porque permitió que el Vaticano II se pusiera en discusión, lo cual ya es una novedad, aunque estas discusiones no prosperaran en medidas del Magisterio. Todo el cuerpo de debates está a disposición del próximo pontífice, que tendrá un camino allanado si lo quiere recorrer.

Los tradicionalistas estamos habituados a la intemperie, de modo que si el próximo papa no nos es tan propicio, apechugaremos. El conservadurismo sufre porque teme la elección de un progresista que los persiga.

Las chances

Los que saben dicen que no hay muchas chances de que gane un ultra progresista de la línea del difunto Martíni. El mayor peligro sería el liberal ratzingeriano Gianfranco Ravasi, un hombre todavía muy apegado al estilo posconciliar.

El envejecimiento del Concilio es un hecho. Todos los cardenales que están en condiciones de elegir y ser elegidos no han participado. Ya la vieja guardia está retirada. Benedicto fue el último. Ahora ya no tiene el peso que tuvo en su momento. Lo que pesa ahora entre el clero y los fieles es la profundidad de la crisis. Es evitar el colapso. Ya no es tiempo de hacerse ilusiones. O, en la otra vereda, saltar al abismo, como proponen los alemanes, austríacos, suizos y otros de esa línea.

Plan B

Pese a que no todos los lectores han quedado muy convencidos, y basándonos en opiniones que recogemos aquí y allá de quienes pueden ver la situación desde sitios de privilegio, no parece peregrina la hipótesis de que la renuncia del Papa haya sido un “plan B”.

Viendo sus fuerzas declinar, tal vez horrorizado por el informe sobre el lobby gay en la Iglesia, y aprovechando una relativa paz momentánea en la guerra que contra él se llevó casi a diario durante todo su pontificado, Benedicto decidió algo que venía madurando: renunciar a fin de evitar que una inhabilidad física lo hiciera rehén de la maquinaria burocrática del Vaticano.

Dicen quienes han vivido esa época de cerca, que la larga enfermedad de Juan Pablo fue la oportunidad para que las distintas fuerzas se prepararan, tomando posiciones, para una lucha feroz por la sucesión. Dios quiso que el jefe del partido ultraprogresista, el Card. Martíni, enfermara gravemente, dejando un hueco imposible de llenar. No todo cardenal puede ser papa en la práctica. Solo algunos de ellos tienen la pasta necesaria.

La agonía de Juan Pablo mató el proyecto Martini, pero permitió que muchos de los peores se instalaran en cargos de poder. Y en removerlos de allí gastó sus mejores años Benedicto. No olvidemos la insólita actitud de Sodano cuando fue despedido como Secretario de Estado, o la dura lucha para sacar al ceremoniero pontificio, discípulo dilecto de Mons. Bugnini y padre de los mamarrachos litúrgicos que rodearon los actos públicos de Juan Pablo II:

Benedicto, muy experimentado en cosas de curia, vio que la oportunidad era propicia: los tomó por sorpresa. Hoy en día no salen de su perplejidad y pocos han reaccionado con una actividad desenfrenada. De todos modos, la situación es muy particular: el Papa se fue ovacionado y dejó algunos fieles, tal vez un buen número de cardenales que consideren que su línea de trabajo no está descaminada, es la que la Iglesia necesita.

Y el papa estará retirado en Castelgandolfo durante la elección de su sucesor, pero estará ahí, vivo. Y esto no es lo mismo que si estuviera muerto, aunque el no diga una palabra.

El Papa que viene

La Iglesia no está para más lucha interna. Los que quieren el bien del Cuerpo Místico tienen que retomar y profundizar el camino de Benedicto, su salida vitoreada así lo marca. Pero esta vez en la persona de un cardenal más joven, más vigoroso y con un estilo de mando que restaure la autoridad pontificia.

Tenemos algunos días para rezar intensamente y sacrificarnos en esta cuaresma a fin de que esta Pascua sea el comienzo de una esperada resurrección.

Y si no es así, será una pasión para la cual lo tradicionalistas estamos preparados. En cambio los “moderados” conservadores sufrirán como nunca.

A ellos esta invitación: a las cosas. Esto no se arregla con cosmética, sino con una militancia y unas convicciones muy profundas y lúcidas. A luchar por la liturgia tradicional, a abrir la cabeza y ver el problema doctrinal que el Concilio ha traído. Sin esto no hay salvación.

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