Panorama Católico

La fuerza de las naciones es el triunfo de sus mártires…

Escribe Santa Teresita , el 19 de marzo de 1897 : “He leído la vida de varios  misioneros. Entre otras, he leído la de 
Théophane Vénard
, que me ha  interesado y conmovido más que ninguna otra”

“Théophane Vénard me gusta todavía  más que san Luis Gonzaga, porque la vida de san Luis Gonzaga es extraordinaria,  mientras que la suya es ordinaria”
. “
Mi alma se parece a la suya. Él fue el que mejor  vivió mi camino de infancia espiritual”

.






En  el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  Queridos  fieles,

           Hace ciento y cincuenta años, se unió  a los santos del Cielo, que festejamos hoy, un sacerdote misionero mártir: el  Beato Jean Théophane Vénard. Pienso que su ejemplo, que entusiasmó a Santa  Teresita, nos inspirará a todos un gran deseo de santidad sin la cual no se  puede entrar en el Cielo.

Cerca de la   Vendée, al oeste de Francia, un niño de 9 años, después de  las clases, apacienta el pequeño rebaño de su familia. Con su hermana Melania, lee en  voz alta, un periódico de información misionera llamado «Anales de la Propagación de la Fe«, muy difundido  entonces en las familias católicas; el texto que está leyendo es un relato de  la vida heroica de un Padre de las Misiones Extranjeras de Paris, martirizado  en Tonkín: el Padre Juan Carlos CORNAY. Y, al terminar, exclama:

“¡Yo también, quiero ir al Tonkín! ¡Igualmente, yo  quiero morir mártir!”

Nació el 21 de noviembre de 1829 (Presentación de la Virgen), en el pueblo de  Saint-Loup sur Thouet; se bautizó el mismo día, con el nombre de “Jean  Théophane”, Juan Teófano o “Teófanes” o “Teofanio” en castellano (hay varias  traducciones, entonces lo llamaremos simplemente “Théophane”). En 1841, el  muchacho ingresa al colegio de Doué-la-Fontaine, donde sufre altibajos. Si  llega a ser de los primeros de la clase, a veces es burlón, irascible y brusco,  enfadándose ante la mínima contrariedad, y los reproches de sus superiores son  más frecuentes que los elogios.

Iluminado por la gracia de Dios, se da cuenta de que,  para conseguir algo, son necesarios el sacrificio y la oración. Escribe a su  hermana Melania :

“Te voy a contar el propósito que he tomado:
rezar el rosario completo todas  las semanas”…

En abril de 1842, recibe la primera Comunión. En  noviembre, muere su mamá. Théophane tiene 13 años; escribe a su familia : “Revistámonos del escudo de la fe en esta ocasión; recurramos a la religión, pues  ella sola puede consolarnos en nuestras penas…
Y
creo poder aseguraros que nuestra  buena madre está en el cielo”.

A los 18 años, estudia la Filosofía en el  Seminario Menor de Montmorillon; y, posteriormente, la Teología en el Seminario  Mayor de Poitiers. Decía: “El Seminario es el paraíso en la tierra”.Y  su lema favorito es: “Es menester ánimo en la vida”
;
“A pesar de todo: ¡Viva la  alegría!” (“Vive la joie quand même!”). Invitó a los suyos a la ceremonia del  Subdiaconado y aprovechó la oportunidad para pedir a su padre el permiso de  ingresar al Instituto de las Misiones Extranjeras, llamado – en aquel tiempo – “la Escuela Politécnica
del martirio”, por ser tan numerosos los misioneros de esta Congregación  martirizados de varios y crueles modos. Hoy, sería más “la Escuela Superior  de Diálogo Interreligioso”…

Para el padre es un gran sacrificio; con espíritu de fe  bendice a su hijo: “Si sientes la  llamada de Dios, cosa que no dudo, obedece sin vacilar. ¡Que nada te retenga!  ni siquiera la idea de dejar a un padre afligido”.

Después de irse su hijo, dijo el papá: “He perdido la flor más bella de  mi rosal”.

En marzo de 1851, Théophane llega al Seminario de las  Misiones Extranjeras de París. Es encargado de la schola; le apasiona el canto  gregoriano: “Este canto de la   Iglesia, escribió, es el canto del hombre desterrado, el  canto de la Iglesia  que cree, espera, ama. El “Exsultet” es el más hermoso canto de triunfo que los  hombres hagan oído en la tierra”. El 26 de abril de 1852, una corta misiva  llega a manos de su familia: “Tengo  una noticia que debo comunicaros sin dilación: seré sacerdote por la Trinidad”
. Pero pronto se enferma de una  infección paratifoidea; tras una novena a la Santísima Virgen,  el peligro se aleja. Sin embargo,  toda su vida se ve afectada por problemas de salud.

En El 5 de junio de 1851, a la edad de 22 años,  es ordenado sacerdote. Celebra su primera Misa en la iglesia de  Notre-Dame-des-Victoires, pero nadie pudo venir de Saint-Loup: el sacrificio se  ha consumado una vez y para siempre.

A partir de ese momento, sus más ardientes deseos tienen  a Tonkín como destino: “La  misión de Tonkín es la misión deseada, ya que es el camino más corto para ir al  cielo… ¡Oh, si algún día pudiera ser llamado yo también para dar mi sangre  como testimonio de la fe! (en griego
marturoj
significa “testigo”).

En septiembre de 1852, Théophane celebra su última Misa  en Francia y sale de misión… para China, según han dispuesto sus superiores. Los familiares lo abrazan por  última vez después de la emocionante ceremonia de despedida de los jóvenes  misioneros, durante la cual los feligreses besan los pies o la sotana de los  misioneros mientras se canta: ¡“Qué hermosos son los pies de los que van a  predicar el Evangelio”!…

Después de un viaje de varios meses, aparece por fin en  el horizonte la costa china y, el 19 de marzo de 1853, los misioneros  desembarcan en la isla de Hong Kong. De inmediato Théophane empieza a aprender el chino; ese penoso trabajo,  además del clima y del calor, debilitó mucho su salud.

El «padrecito Vénard», como se le conoce, siempre está  alegre; es lo que más lo caracteriza. Mientras se prepara, le llega una carta  de París anunciándole: «Padre Venard, se le asigna el diamante del Tonkín». Para  él ¡qué alegría! Se realiza su sueño de niño, su más ardiente deseo. Escribe a  su familia: “Acabo de recibir mi hoja de ruta para Tonkín… Voy al mismo  lugar donde fue martirizado el venerable Carlos Cornay…” “… Es en el país  anamita, donde está más activa la persecución y donde se pone precio a la  cabeza de los misioneros; y cuando consiguen capturar a uno, lo decapitan sin  contemplaciones”.

Théophane llega el 13 de julio de 1854 a Vinh-Tri, centro de  la vicaría de Tonkín occidental, bajo la dirección del vicario apostólico,  Mons. RETORD, cuyo lema episcopal es: «Embriágame con la Cruz». Mons. RETORD ha visto morir de  miseria o torturados a un gran número de sus sacerdotes, pero él nunca fue capturado,  por lo cual escribe: «Me da pena no formar parte del grupo». El obispo aprecia inmediatamente  el valor del «padrecito Ven». La vivacidad del recién llegado, que ríe y canta  continuamente, encaja a la perfección con su propia mentalidad. Théophane se  dedica a aprender la lengua del país; dice: “Estos signos parecen haber sido  inventado por el diablo”.

Théophane, para aprender la lengua del país, trabaja con  tanto tesón que en muy poco tiempo consigue predicar en vietnamita; durante los cinco años de su  presencia en Vietnam, traduce varios libros del Nuevo Testamento. Sin embargo, hizo tantos  esfuerzos que su salud lo vuelve a inquietar. También se reaviva la  persecución.

Los padres Castex y Vénard se esconden en la localidad de  But-Dong. Sin embargo no dejan de atender a los feligreses. Théophane cae  enfermo. Sufre terribles crisis de asma que lo agotan hasta el extremo. Dice: “Aún así ¡viva la alegría!”. Théophane ofrece por la salvación  de las almas su sufrimiento y su aparente inacción, puesto que tal es la  voluntad de Dios.

Escribe santa Teresita a su hermana Celina el 8 de julio  de 1891: “Solamente el sufrimiento puede engendrar almas para Jesús”. Se puede comprender, por tanto,  la simpatía de la santa de Lisieux por el misionero de Tonkín, siempre alegre;  no era un “santo de estampita”, medio remilgado.

Después de otra relativa calma, la persecución se pone  nuevamente en marcha con vigor, en 1859, por parte del emperador Tu-Duc,  totalmente decidido a aniquilar «la religión de Jesús». El nuevo edicto  confirma la pena de muerte para los sacerdotes, garantiza una recompensa a  quienes los denuncien y prevé sanciones para los mandarines benévolos con los  cristianos. Théophane  tiene la total convicción de que el año 1860 que acaba de empezar será el de su  detención, y de que Dios le otorgará la gracia del martirio. Su obispo le  concede permiso para ofrecerse a Dios como víctima por la Iglesia de Tonkín. Por  amor filial a la Virgen,  se consagra a ella según la fórmula de san Luís-María G. de Montfort: “Recibid,  ¡oh virgen benignísima! esta pequeña ofrenda de mi esclavitud…”

Denunciado y apresado el 30 de noviembre de 1860,  Théophane es encerrado en una angosta jaula de bambú y trasladado a la  ciudadela de Hanói, mientras él sigue rezando, cantando y preparándose para el  martirio.

“Mi corazón está sosegado, como un lago tranquilo”
, escribe a su obispo.El catequista Khang, capturado  junto al padre Vénard, no se separa de su maestro y, gracias a la complicidad  de un soldado, consigue papel, tinta y un pincel. Théophane escribe a sus  compañeros y a su familia: “Si obtengo la gracia del martirio, me acordaré  sobre todo de vosotros”. Le ponen un crucifijo entre las manos y el virrey  le dice: «¡Pisotea esta Cruz y no serás ajusticiado!».Pero el misionero levanta con  respeto el crucifijo, deposita largo tiempo sus labios en él y exclama con  potente voz: “¡Cómo! He predicado hasta hoy la religión de la Cruz ¿y pretende ahora que  abjure de ella? ¡No aprecio tanto la vida de este mundo para querer conservarla  al precio de una apostasía!

El virrey pronuncia entonces la siguiente sentencia: «El sacerdote europeo Ven es condenado…  a que le sea cortada la cabeza, que será expuesta durante tres días y  finalmente arrojada al río».

Ocurrió esto el lunes 17 de diciembre de 1860. Transcurrieron ocho semanas antes  de que el emperador ratificara la sentencia, tiempo que el padre Vénard  aprovechó para catequizar a cuanto visitante llegaba y escribir cartas a sus  compañeros y familia: “Mi destierro va a concluir; ya estoy tocando el suelo de la patria  verdadera, la tierra se aleja, el cielo se abre. ¡Adiós…! Un día nos  volveremos a encontrar en el paraíso y gozaremos de la verdadera felicidad en  compañía de Dios, de la Virgen  inmaculada, de los ángeles y de los santos…
Nada en la tierra me hace feliz;  mi corazón es demasiado grande, nada de lo que la gente llama felicidad en esta  tierra puede saciarlo” (meditemos estas palabras…).

La nueva jaula de Théophane, de dos metros de largo por  un metro veinte de ancho, está hermosa y adornada, pero resulta un suplicio  permanecer en ese espacio tan angosto. Los mismos guardias, cautivados por la  afabilidad del prisionero, lo dejan salir de vez en cuando. Tampoco le faltan  muestras de simpatía de varios cristianos de intrépido coraje que han  conseguido visitar al padre Théophane.

“… Espero en paz el día en que me será dado ofrecer a  Dios el sacrificio de mi sangre. No añoro la vida de este mundo, mi corazón  tiene sed de las aguas de la vida eterna… Mi pensamiento vuela hacia la  eternidad, ¡el tiempo se está acabando…!”
“Quizá mañana seré conducido a la  muerte: Feliz muerte, ¿verdad? ¡Deseada muerte que conduce a la Vida!”
“Es preciso que el grano de trigo  sea molido y el racimo estrujado. ¿Seré un pan, un vino al gusto del Padre de  familia? Lo espero, con la gracia del Salvador”.
No me apoyo en mis propias  fuerzas, sino en la fuerza de Aquel que, por la cruz, ha vencido a los poderes  del infierno y del mundo”
… Meditemos también estas palabras que recuerdan las de  San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

El 2 de febrero de 1861 (Purificación de la Virgen), a los 31 años de  edad, el P. Vénard fue cruelmente decapitado tras cinco sablazos dados por un  verdugo borracho; no fue exactamente como lo había previsto: “Un ligero  sablazo separará mi cabeza, como una flor primaveral que coge el dueño del  jardín para su agrado”.

Escribe Santa Teresita , el 19 de marzo de 1897 : “He leído la vida de varios  misioneros. Entre otras, he leído la de Théophane Vénard, que me ha  interesado y conmovido más que ninguna otra”. Y añade Santa Teresita, unos días después: “Théophane Vénard me gusta todavía  más que san Luis Gonzaga, porque la vida de san Luis Gonzaga es extraordinaria,  mientras que la suya es ordinaria”. “Mi alma se parece a la suya. Él fue el que mejor  vivió mi camino de infancia espiritual”.

Queridos hermanos, “la fuerza de las naciones es el  triunfo de sus mártires”. Así hablaba San Jerónimo. Si no tenemos la gracia  de derramar nuestra sangre por Nuestro Señor, seamos al menos “testigos”, “mártires”  fieles de la verdad y de la caridad de nuestro Señor Jesucristo por toda  nuestra vida. Así sea.


Ave María Purísima
  En  el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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