Panorama Católico

La Evangelii Gaudium de Benedicto

A Sandro Magister no le conocíamos el sentido del humor. Y salvo que sea una mera casualidad, en este artículo lo ha terminado con una broma sutil.

Ratzinger ha roto otra vez el silencio. Para advertir que un diálogo que renuncia a la verdad es «letal» para la propagación de la fe cristiana. Y lo es para la difusión de esa «alegría del Evangelio» que está en el programa del papa Francisco 

ROMA, 28 de octubre de 2014 – «Él es discreto, humilde, no quiere perturbar», ha dicho el papa Francisco de su predecesor. «Lo siento como si tuviese al abuelo en casa, por su sabiduría. Me hace bien escucharlo. Y también me alienta mucho».

A veces el papa emérito Benedicto XVI – desde su morada «de monje de clausura», como le gusta decir – envía al Papa reinante apuntes escritos, para ofrecerle y pedirle una opinión. Sucedió así, por ejemplo, luego de la publicación de la entrevista hecha a Francisco en «La Civiltà Cattolica», en el mes de setiembre del 2013. No se sabe qué ha escrito Joseph Ratzinger en esas cuatro páginas de comentario. Entre los dos Papas, el reinante y el emérito, rige el secreto.

Pero algunas veces Benedicto XVI rompe el silencio y dice en público lo que piensa, con la claridad y la libertad que le es propia, sin temer moverse contra la corriente. 

Lo hizo, por ejemplo, en el pasado mes de marzo, en un libro a muchas voces sobre Juan Pablo II, en el que puso en evidencia lo que también hoy «es obligatorio estudiar para asimilar» de ese pontificado: en particular la encíclica «Veritatis splendor» de 1993 sobre los problemas morales y la declaración «Dominus Iesus» del 2000 sobre los «elementos irrenunciables de la fe católica», es decir, los documentos claves más descuidados y vituperados de ese pontificado: 

 El Papa emérito reza, pero también aconseja. He aquí cómo

Días pasados, además, Benedicto XVI intervino también en tres ocasiones, con otros tantos escritos.

Dos muy breves y en forma de carta. El tercero más extenso y en forma de mensaje.

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El primero, fechado el 10 de octubre, es una carta al Comité Internacional «Summorum Pontificum», próximo a celebrar en Roma un encuentro que incluía la celebración de misas en rito antiguo por parte de los cardenales Raymond L. Burke, Walter Brandmüller y George Pell:

> The Message…

En esa carta Ratzinger se proclama «feliz» por el hecho que ese rito «vive actualmente en la paz plena de la Iglesia, también en los jóvenes, apoyado y celebrado por grandes cardenales».

Definendo «grande», quindi, anche quel cardinale Burke al quale papa Francesco nega sia un ruolo in curia sia la guida di una diocesi.

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El segundo texto, fechado el 4 de agosto pero hecho público el 23 de octubre, es una carta a la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedetto XVI, en ocasión de un congreso organizado por ella en Colombia, en Medellín, sobre el tema «El respeto por la vida, camino para la paz»:

> I saluti…

«el respeto incondicionado de la vida del hombre, creado según la imagen de Dios y dotado así con una dignidad absoluta». Por lo cual «el tema de la paz y el tema del respeto por la vida humana están ligados a la fe en el Dios creador como la verdadera garantía de nuestra dignidad».

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Por último, la tercera intervención fue inspirada por la decisión de la Pontificia Universidad Urbaniana de dedicar el aula magna a Benedicto XVI.

La ceremonia tuvo lugar el 21 de octubre y en ella se dio lectura al mensaje escrito por Ratzinger para la ocasión.

«L’Osservatore Romano» dio solamente una breve noticia. La que hizo público el texto en italiano ha sido, el 23 de octubre, la agencia católica austríaca Kath.Net, con permiso del autor:

> La verità della religione e la vera religione

La Urbaniana es la universidad misionera por excelencia, ligada a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

El Papa emérito se inspiró precisamente en esto para reaccionar contra las dudas que amenazan hoy la idea misma de la misión «ad gentes», a la que muchos querrían sustituir con un diálogo de iguales entre las religiones, en vista de «una fuerza común de paz».

Pero al hacer esto – escribe Ratzinger – se deja de lado «la verdad que en el origen movió a los cristianos» a predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra:

«Se supone que la auténtica verdad sobre Dios, en última instancia, es inalcanzable y que a lo sumo se puede hacer presente lo que es inefable sólo con una variedad de símbolos. Esta renuncia a la verdad parece realista y útil a la paz entre las religiones del mundo. Pero esto es letal para la fe. En efecto, la fe pierde su carácter vinculante y su seriedad, si todo se reduce a símbolos en el fondo intercambiables, capaces de referirse sólo de lejos al misterio inaccesible de lo divino».

El Papa emérito no la cita en forma explícita, pero también aquí reaparece en el fondo el retorno a la «Dominus Iesus», la declaración contra la cual se desencadenaron críticas no sólo desde afuera de la Iglesia Católica, sino también por parte de altos exponentes de la jerarquía, como el cardenal Edward Cassidy, en ese momento presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, y su sucesor Walter Kasper, hoy convertido en el teólogo de referencia del papa Francisco.

Al leer este texto de Benedicto XVI, es difícil no pensar en esa ocurrencia de Bergoglio contra el proselitismo, liquidado por él como «solemne tontería», en su primer coloquio con el ateo Eugenio Scalfari. Pero se sabe que en el lenguaje de Francisco el proselitismo es una falsificación de la auténtica misión cristiana, la cual es «por atracción», lo cual por el contrario está indudablemente en el corazón de su pontificado, como también en el de su predecesor.

Más bien, si lo que se desea es leer con mirada libre este sugestivo mensaje ratzingeriano, se encontrará en él no una oposición sino una adhesión – aunque también motivada en formas originales – al programa del pontificado de Francisco, a su visión de una Iglesia «en salida».

«El que ha recibido una gran alegría no puede tenerla simplemente para sí, debe transmitirla», escribe Ratzinger. Y además:

«Anunciamos a Jesucristo no para procurar a nuestra comunidad muchos más miembros posibles, y tanto menos por el poder. Hablamos de Él, porque sentimos que debemos transmitir esa alegría que nos ha sido regalada».

Es la «Evangelii gaudium» del papa Francisco comentada por su predecesor. Allí donde la alegría se hace una sola cosa con el amor y en definitiva con la verdad:

«‘Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él’ (1 Jn 4, 16): esta frase expresa la naturaleza auténtica del cristianismo. El amor que se realiza y se refleja en modo multiforme en los santos de todos los tiempos es la prueba auténtica de la verdad del cristianismo».

Así termina el mensaje de Benedicto XVI, que aquí es reproducido íntegramente.

 

Comentario Druídico: Parece que Sandro Magister termina citando con cierto ánimo bromísitico. ¿Donde está la broma? La habrán descubierto ya muchos lectores. A los que no les dejamos una pista: «‘Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él’ (1 Jn 4, 16): esta frase expresa la naturaleza auténtica del cristianismo. El amor que se realiza y se refleja en modo multiforme en los santos de todos los tiempos es la prueba auténtica de la verdad del cristianismo«.

 

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