Panorama Católico

La Caridad como fundamento

 

No será ocioso enriquecer estas charlas, que son los artículos y sus comentarios, con los consejos de un filósofo y gran educador español al que tuve la suerte de conocer en sus libros cuando yo era un muchacho. Dicen así (los paréntesis son míos):

 

No será ocioso enriquecer estas charlas, que son los artículos y sus comentarios, con los consejos de un filósofo y gran educador español al que tuve la suerte de conocer en sus libros cuando yo era un muchacho. Dicen así (los paréntesis son míos):

«Si a causa de la debilidad de nuestras luces estamos precisados a valernos de las ajenas, no las recibamos tampoco con innoble sumisión, no abdiquemos el derecho de examinar las cosas por nosotros mismos; no consintamos que nuestro entusiasmo por ningún hombre (líder, profesor, confesor o director espiritual, inclusive el Papa, en cuanto hombre) llegue a tan alto punto, que, sin advertirlo le reconozcamos como oráculo infalible. No atribuyamos a ninguna criatura lo que se recibe sólo del Criador.» (…) «No debemos limitarnos a ’saber los libros’; es preciso que ‘conozcamos las cosas’; no hay que contentarse con seguir el camino trillado, sino que hemos de buscar veredas que nos lleven mejor, más recto y, si es posible, a puntos más elevados. No admitamos idea sin analizar, ni proposición sin discutir, raciocinio sin examinar, ni regla sin comprobar; formémonos una ciencia propia, que nos pertenezca como nuestra sangre, que no sea una simple recitación de lo que se ha leído o se ha oído, sino el fruto de lo que hemos observado y pensado por nosotros mismos.» (cfr. JAIME BALMES, El Criterio, c. XVIII.)

Esta costumbre aplicada a nuestra formación religiosa destaca la virtud de la Caridad: amar a Dios, es decir a la Verdad, sobre todas las cosas. Y es el medio más seguro de amar la religión católica y a la Iglesia. Porque Dios no nos creó para que le amásemos como cacatúas; sería un insulto al Criador. No somos grabaciones automáticas de lo que interpreta este o aquel personaje sino herederos de lo que enseñó siempre la Iglesia. En su inmedible amor por nosotros Dios quiere ser correspondido totalmente y para eso es esencial encontrarle más allá de nuestras fuerzas gracias a la Revelación que en su misericordia personificó en Jesucristo, Dios mismo hecho hombre. Esta actitud no riñe con el Magisterio ni con el dogma de la Infalibilidad, que se sostienen en el depósito de dicha Revelación confiado a la Iglesia, cerrado y sellado con la muerte del último de los Apóstoles. La Iglesia es apostólica precisamente por la fidelidad y lealtad a esa enseñanza. Partiendo de esta realidad fundamental, es decir, desde lo que siempre y en todas partes se ha creído, la Iglesia por axioma es indefectible y tiene asegurada la asistencia del Espíritu Santo. Asistencia prometida a ella; a la Iglesia como institución divina (Mt 16, 18) y no excluyentemente a San Pedro y sus sucesores, que pueden errar si se apartan de lo que es invariable y están obligados a guardar. En otras palabras, como bien se arguye en la definición dogmática, la infalibilidad de la enseñanza se funda, se blinda y se protege en la fidelidad a lo enseñado.

Ahora, con la paciencia de mis lectores, seguiré reflexionando acerca de la Caridad, virtud fundamental de nuestra religión pues que de ella se derivan todas las demás.

Según San Juan.- Los infiltrados del humanismo progre nos argumentan con la primera carta de San Juan: «No puedes decir que amas a Dios al que no ves si no amas a tu hermano al que ves» (1 Jn 4, 20) Con lo que quienes se dejaron dominar por el ectoplasma revolucionario, o ‘Espíritu del Concilio’, dan la vuelta a San Juan y llaman virtud al amor a las criaturas, haciendo el bien para sus conciencias y no por amor a Dios. Nadie me persuadirá de que se entregó a los pobres “por Cristo” si a Cristo no le defiende, o peor aún si ni siquiera le nombra. O, con mayor delito, si retuerce su inigualable figura para servirse de Él en ideologías que finalmente, y probadamente, le expulsan de este mundo. Para entendernos, San Juan nos dice que el hipócrita se delata a sí mismo diciendo que ama a Dios cuando a lo que es suyo, el prójimo, lo ignora o lo desprecia. Vendría a ser igual a esto: ¿Cómo puedo decir que quiero a mi padre si no respeto a mi hermano que también es hijo suyo? Imposible. Igual que a los enamorados les es imposible disimular su amor, al cristiano sincero le es espontáneo beneficiar a su prójimo.

En mi opinión, el mayor pecado de nuestro tiempo y, lo podemos decir, “a la luz del CVII”, es haber reducido nuestra religión a un campeonato de ayuda en las necesidades primarias del hombre en tapadera al error esencial de robárselo a Dios.

El sentido solidario – Salvando la justicia que merecen los esfuerzos humanitarios, la solidaridad sin orientación sobrenatural tiene muy poco encanto. Como mayor virtud, a lo sumo una grosera protección de la propia especie. Su consecuencia inmediata es la indiferencia religiosa y el imperio del materialismo. No es casual que la mayoría de los nuevos samaritanos de los derechos “del hombre y de la mujer”, sean los promotores del aborto como paradigma de libertad. El plan es bien sencillo: Primero nuestros ojos se vuelcan en las criaturas y nos olvidamos de Cristo o le perdemos de vista. Después, estafado Dios, la religión no es más que una majadería y la Iglesia una ONG respetable. Por eso es apremiante instruirnos en que la Caridad es mucho más que solidaridad, más que filantropía o que la mundana compasión – que también, por supuesto – de quien sufre o carece, como lo haríamos ante un animal herido o por un geranio sin agua.

Jesucristo lo enseñó en su mandamiento, que condensa todos colocando primero a Dios y luego al prójimo. (Mt 22, 36 y ss) Es el amor a Dios, la Caridad, lo que incita las obras de misericordia, y no al revés. El camino contrario tiene mucho riesgo para el alma por lo fácil que es caer en el olvido de Dios y preferir a la criatura. Es canalla rebajar a simples filantropías el afán, histórico, documentado hasta la saciedad que movió a los Apóstoles (Hch 3, 1-6) a dar la vida por Cristo y su Evangelio. A ver si ahora resulta que se les perseguía, se les torturaba y se les mataba porque eran humanitarios. Vamos, hombre, seamos serios.

¿Hasta dónde «como a mí mismo»?.- Los cristianos no amamos a nuestro prójimo por sí mismo, al menos solamente, sino por lo que significa para Dios. Esa es la fuerza del lazo sacramental que une a unos esposos cristianos con amor irreversible; es la que movió a miles de misioneros y santos. Porque ese “otro-como-yo”, ese ‘próximo’, es “propiedad de Dios”; alguien al que, igual que por mí, Cristo vino a evitar que su nacimiento fuera inútil. Desde ese convencimiento será lo propio desear su vuelta a Dios, ayudar a su conversión, facilitarle el conocimiento del origen último de sus inquietudes aparentemente sólo humanas. ¿Qué se supone que se encontrará el falso humanismo al otro lado del tiempo de donde ya fueron expulsados unos soberbios “criaturistas”? El amor a las criaturas es insostenible. Las palabras de Jesús: “Sólo Dios es bueno” (Mc 10, 18) significan que sólo Dios hace el Bien. Sin la primera mitad del mandamiento, amar al prójimo «como a nosotros mismos» es más que otra cosa un “haz igual que yo”. Es decir, que el cocainómano proponga a quien ama, con toda coherencia, que pruebe una rayita… como a él le gusta; o que la divorciada, el divorciado, sugiera el divorcio a sus amigas por “lo a gusto que se ha quedado”… con su fracaso colosal.

Una imagen vale más que mil palabras.- Tal vez ayude a distinguir entre amor y Caridad la afición que un hijo tiene por el reloj del padre fallecido y que gusta llevar en su muñeca. Obviamente, no quiere al reloj por sí mismo sino porque “es el reloj de mi padre”. Así también la mecedora donde la madre se sentaba a hacer sus labores y que la hija escoge para hacer lo mismo. Son el padre o la madre en el reloj y la mecedora los que merecen sus recuerdos y cuidados. Incluso su amor. Nuestra relación con el prójimo es buena si está inmersa en el amor de Dios. Los otros amores son propios de relojeros y de ebanistas; de los que no tienen religión.

Queda entendido así que sin la Caridad, es decir, sin hacer por Dios lo que se haga, actuaremos con un amor inferior, terrestre, desgajado del amor principal. Porque, en todo caso —fuera fantasías hipócritas— si no reconocemos a Dios como dueño suyo ¿para qué servir a tan poca cosa, el hombre? Bastante fatigoso es luchar cada cual consigo mismo… La “prueba del nueve” sobre la adulteración hoy predicada por los muchos herejes que viven dentro de la Iglesia, sería que pudiéramos preguntarle a Jesús qué interpretación es la buena. Por suerte su respuesta ya nos la dio en Betania elogiando a aquella María que escogió la mejor parte (Lc 10, 41); o en el derroche de la Magdalena (Jn 12, 3 y ss); o al final de la multiplicación de los panes y peces (Jn 6, 27); o en la clave de cómo quiere Cristo que nos amemos los unos a los otros (Jn 15, 12); o en su repulsa a Simón Pedro, al cual trató, por su desvío, como si fuera un demonio. (Mc 8, 33)

Hay mucha maldad en no enseñar la diferencia entre la Caridad teologal, virtud cristiana por antonomasia, y ese viejo, pagano, vulgar y ramplón humanitarismo demasiado aplaudido para ser de fiar.

Fuente: Minuto Digital

 

Comentarios

Anónimo
15/02/2010 a las 8:15 pm

¿Porqué no publica mis
¿Porqué no publica mis comentarios? Acaso hay que estar de acuerdo en todo lo que dice?



Responder a Anónimo Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *