La Búsqueda de Dios
¿Dónde encontrar a Dios? ¿Cómo buscarlo? La arquetípica Teresa de Jesús exclamaba: «no ha menester alas para llegar a Dios sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí». En el modo de hallar a Dios es preciso contar con el auxilio insustituible de la gracia (ya que creer en Él implica un acto de un orden superior al meramente natural), pero no por eso ha de desdeñarse el concurso espontáneo o sistemático de la razón humana.
¿Dónde encontrar a Dios? ¿Cómo buscarlo? La arquetípica Teresa de Jesús exclamaba: «no ha menester alas para llegar a Dios sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí». En el modo de hallar a Dios es preciso contar con el auxilio insustituible de la gracia (ya que creer en Él implica un acto de un orden superior al meramente natural), pero no por eso ha de desdeñarse el concurso espontáneo o sistemático de la razón humana.
Escribe Ricardo Fraga
Al abordar el tema de la existencia de Dios debemos indefectiblemente referirnos a Platón, que es quien primero acuña la palabra teología, iniciando de esta manera el camino de la llamada teología natural, que será continuada, entre otros, por Santo Tomás de Aquino.
Al igual que Platón, éste recorre una vía ascendente que va desde los seres finitos hasta Dios, siguiendo un recorrido filosófico que tiene como base el razonamiento, que es falible y contiene la posibilidad del error.
Platón llega a Dios como fuente suprema de la belleza y Tomás, más bien, como principio fecundo de la verdad.
El hombre no se basta a sí mismo y siempre busca un más allá. Es así que comienza un camino de búsqueda que no es fácil y al que se enfrenta con sólo sus fuerzas y como no siempre logra encontrar explicaciones, a veces canaliza su apetito en objetos falsos, naciendo así la idolatría, que es la adoración o culto a un ídolo o falsa divinidad. En cambio, en la teología sobrenatural, a la que Tomás llama sacra doctrina, el camino es inverso.
Comienza en Dios que se revela al hombre y baja en su socorro. Aquí la base es el dato de autoridad, donde no hay posibilidad de error. Es una gracia a la que el hombre sólo dice sí o fiat (hágase).
A Dios lo contemplamos negativa y analógicamente, dado que es evidente quod se y no es evidente quod nos, por eso los teólogos hablan de objeto infinito que es una definición negativa. Como sabemos que no es finito, decimos por la vía negativa que es infinito, y por la vía analógica que es ilimitado e inalcanzable.
La dificultad de llegar a Dios, no radica en Él sino en nosotros. Dios no es analógico ni negativo, sino la más esplendorosa y evidente de todas las verdades. O como decían los escolásticos la verdad más suma en sí misma.
Descartes, en el siglo XVII, haciéndose del antiguo ontologismo de Anselmo de Canterbury (s. XI), refutado en su momento por santo Tomás, sostuvo que Dios (res divina) es la verdad más evidente para el hombre, dudando (o suspendiendo el juicio) acerca de los objetos finitos y confundiendo, de este modo, la vía descendente de la teología con la ascendente de la filosofía.
Como vemos, esto es contrario a lo que siglos antes sostuviera santo Tomás al poner como indudable al ser finito y a través de él llegar a Dios sin que este camino denote una oposición a la teología sobrenatural, sino por el contrario una armonía entre la fe y la razón.
Para demostrar esta existencia de Dios, santo Tomás propone cinco vías. Cada uno de éstas tiene un núcleo doctrinal específico, y tienen también una estructura común, que puede esquematizarse en los siguientes grados:
1 º) existe un primer hecho de experiencia verificable por los sentidos.
2 º) este hecho de experiencia es necesariamente causado y por lo tanto es un efecto.
3 º) es imposible una sucesión infinita de causas porque entonces no existiría un último efecto y por lo tanto debe haber una causa primera.
4 º) esa causa primera es un ser supremo al que todos comúnmente llaman Dios. Y las cinco vías que lo demuestran son:
1 ª vía) Todo ser que se mueve es movido por otro en relación al cual se halla en potencia. Llamamos motor a lo que se mueve y sobre él hacemos el mismo razonamiento, y así sucesivamente, siendo imposible establecer una serie infinita de motores, pues en ese caso no habría motor inicial, ni intermedios, de donde se seguiría que no hay movimiento, hecho que es falso.
Luego es necesario encontrar un primer motor inmóvil, que es lo que todos entienden por Dios.
Dios es acto puro. Un ser en el que no hay potencia de ninguna clase, dado que potencia es imperfección.
En Dios no hay esencia porque esencia es límite y su esencia es, en rigor, la inagotabilidad de su existencia o esse.
2 ª vía) Las causas eficientes están encadenadas. Una depende de la anterior y tiene bajo su dependencia a la posterior.
Una cosa no puede ser causa de sí misma, ni tampoco una serie de causas puede remontarse al infinito, dado que sin una causa originaria no se producirían las intermedias. Por lo tanto, debemos admitir una causa primera que es lo que todos entienden por Dios.
3 ª vía) Se funda en la distinción entre lo contingente y lo necesario.
No todos los seres son contingentes, ya que si lo fuesen, hubiera habido un momento en que nada hubiera existido.
Si hubo un instante en que nada existía, nada existiría jamás. Por lo tanto, es forzoso admitir la existencia de lo necesario. Pero lo necesario o lo es por sí o lo es por otro. Si lo es por otro, no se puede retroceder al infinito. Siempre llegaremos al ser necesario que no tenga necesidad de otro. Este es lo que todos entienden por Dios.
4 ª vía) Se funda en una jerarquía de perfecciones.
Ante nuestros ojos se presentan cosas que son más o menos bellas, virtuosas, perfectas, etc. Si apreciamos un más o menos es en relación a un máximo de las cualidades mencionadas. Esta perfección absoluta es Dios, de donde se recibe el más o menos.
5 ª vía) Se funda en la noción de telos o finalidad.
Las cosas obran según un fin, pero lo que no tiene conocimiento no puede tender hacia un fin si no lo dirige un ser inteligente primero, que orienta todas las cosas a sus propios fines.
Esa inteligencia es a quien todos llaman Dios.
Todos estos razonamientos no pueden engendrar la fe sobrenatural pero constituyen los preambula fidei o preámbulos de la fe, según nos dice el Concilio Vaticano I. Nos muestran que el creyente no cree en un absurdo sino que la fe puede ser sostenida por la razón.
Estas relaciones entre la fe y la razón han sido magistralmente abordadas por el Papa Juan Pablo II en su encíclica «Fides et ratio» y fueron tema también de agudas reflexiones por parte del cardenal Ratzinger (actual Benedicto XVI) en su coloquio de Munich de enero de 2004 en el cual se vincula la premisa de la existencia de Dios con la configuración de la evidencia de una ética eficaz, válida para todos los hombres.
El diálogo franco entre las filosofías no se ha agotado en el siglo XIII y hoy ha de ser la base de una intercomunicación entre la filosofía del ser y la existencia y la incansable búsqueda de la trascendencia en que, no obstante todas las inmanencias del yo pensante, radica la vocación profunda de los hombres.
¿Dónde encontrar a Dios? ¿Cómo buscarlo? La arquetípica Teresa de Jesús exclamaba: «no ha menester alas para llegar a Dios sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí». En el modo de hallar a Dios es preciso contar, como ya se dijo, con el auxilio insustituible de la gracia (ya que creer en Él implica un acto de un orden superior al meramente natural), pero no por eso ha de desdeñarse el concurso espontáneo o sistemático de la razón humana.
El «Dios como problema» (de algunos filósofos) puede ( ¿por qué no?) ser el principio de la indagación. Pero el Dios trascendente de la revelación no es, como ha pretendido José Saramago en un artículo recientemente publicado por «La Nación» de Buenos Aires, el origen de nuestros conflictos históricos. Nuestra precariedad conceptual, y aún nuestras intolerancias particulares, jamás podrán afectar la absoluta intangibilidad del «absolutamente Otro» (cardenal Ratzinger).

