Joseph Ratzinger: Mi Vida. Recuerdos
Un testimonio de primera mano del itinerario espiritual e intelectual del papa Benedicto XVI
Joseph Ratzinger
Mi Vida. Recuerdos.
Encuentro Ediciones
Madrid 2005 – 133 págs.
Un testimonio de primera mano del itinerario espiritual e intelectual del papa Benedicto XVI
Joseph Ratzinger
Mi Vida. Recuerdos.
Encuentro Ediciones
Madrid 2005 – 133 págs.
Un libro extremadamente útil para conocer de donde viene y conjeturar hacia donde va el actual pontífice, Benedicto XVI. Abarca el período 1927-1977. Sobre algunos de los puntos que se reflexiona, el nuevo Papa ha avanzado mucho en su pensamiento. Sin duda seguirá fiel a uno de los acontecimientos más extraordinarios de la Iglesia en el siglo XX, cual fue el Conclio Vaticano II, del cual fue uno de los más influyentes peritos. Pero habrá reflexionado, en especial con la experiencia de más de 20 años como Prefecto de la Fe sobre sus consecuencias. El texto que reproducimos abajo, de 1977, ya contiene una visión sumamente crítica del sentido en que se instrumentó la reforma Litúrgica.
El Card. Ratzinger y la Reforma Litúrgica
El segundo gran evento al comienzo de mis años de Ratisbona fue la publicación del misal de Pablo VI con la prohibición casi completa del misal precedente tras una fase de transición de cerca de seis meses. El hecho de que después de un período de experimentación que a menudo había desfigurado profundamente la liturgia, se volviese a tener un texto vinculante, era algo que había que saludar como seguramente positivo. Pero yo estaba perplejo ante la prohibición del Misal antiguo, porque algo semejante no había ocurrido jamás en la historia de la liturgia. Se suscitaba por dentro la impresión de que esto era completamente normal.
EI misal precedente había sido realizado por Pío V en el año 1570 a la conclusión del Concilio de Trento… era, por tanto normal que, después de cuatrocientos años y un nuevo Concilio, un nuevo Papa publicase un nuevo misal. Pero la verdad histórica era otra. Pío V se había Iimitado a hacer reelaborar el misal romano entonces en uso como en el curso vivo de la historia había siempre ocurrido a lo largo de todos los siglos. Del mismo modo, muchos de sus sucesores reelaboraron de nuevo este misal sin contraponer jamás un misal al otro. Se ha tratado siempre de un proceso continuado de crecimiento y de purificación en el cual, sin embargo nunca se destruía la continuidad. Un misal de Pío V, creado por él no existe realmente. Existe sólo la reelaboración por él ordenada como fase de un largo proceso de crecimiento histórico.
La novedad, tras el concilio de Trento fue de otra naturaleza: la irrupción de la reforma protestante había tenido lugar sobre todo en la modalidad de reformas. litúrgicas. No existía simplemente una Iglesia católica junto a otra protestante… la división de la Iglesia tuvo lugar casi imperceptiblemente y encontró su manifestación más visible e históricamente más incisiva en el cambio de la liturgia que, a su vez, sufrió una gran diversificación en el plano local, tanto que los Iímites entre lo que todavía era católico y lo que ya no lo era se hacían con frecuencia difíciles de definir. En esta situación de confusión, que había sido posible por la falta de una normativa litúrgica unitaria y del pluralismo litúrgico heredado de la Edad Media. El Papa decidió que el Missale Romanum, el texto litúrgico de la ciudad de Roma, católico sin ninguna duda, debía ser introducido allí, donde no se pudiese recurrir a liturgias que tuviesen por lo menos doscientos años de antigüedad. Donde se podía demostrar esto último, se podía mantener la liturgia precedente dado que su carácter católico podía ser considerado seguro.
No se puede, por tanto. hablar de hecho de una prohibición de los anteriores y hasta entonces legítimamente fallidos misales. Ahora, por el contrario, la promulgación de la prohibición del Misal que se había desarrollado a lo largo de los siglos desde el tiempo de los sacramentales… de la Iglesia antigua, comportó una ruptura en la historia de la liturgia cuyas consecuencias sólo podían ser trágicas. Como ya había ocurrido muchas veces anteriormente, era del todo razonable y estaba plenamente en línea con las disposiciones del Concilio que se llegase a una revisión del Misal, sobre todo considerando la introducción de las lenguas nacionales. Pero en aquel momento acaeció algo más: se destruyó el antiguo edificio y se construyó otro si bien con el material con el cual estaba hecho el edificio antiguo y utilizando también los proyectos precedentes.
No hay ninguna duda de que este nuevo Misal comportaba en muchas de sus partes auténticas mejoras y un verdadero enriquecimiento. Pero el hecho de que se presentase como un edificio nuevo, contrapuesto a aquel que se había formado a lo largo de la historia, que se prohibiese este último y se hiciese aparecer la liturgia de alguna manera ya no como un proceso vital, sino como un producto de erudición de especialistas y de competencia jurídica, nos ha producido unos daños extremadamente graves. Porque se ha desarrollado la impresión de que la liturgia se «hace», que no es algo que existe antes que nosotros, algo «dado», sino que depende de nuestras decisiones. Como consecuencia de ello, no se reconoce esta capacidad sólo a los especialistas o a una autoridad central, sino a que, en definitiva, cada comunidad quiera darse una liturgia propia. Pero cuando la liturgia es algo que cada uno hace a partir de sí mismo, entonces no nos da ya la que es su verdadera cualidad: el encuentro con el misterio, que no es un producto nuestro, sino nuestro origen y la fuente de nuestra vida.
Para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente una renovación de la conciencia litúrgica, una reconciliación litúrgica que vuelva a reconocer la unidad de la historia de la liturgia y comprenda el Vaticano II no como ruptura, sino como momento evolutivo. Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy depende en gran parte del hundimiento de la liturgia, que a veces se concibe directamente «etsi Deus non daretur»: como si en ella ya no importase si hay Dios y si nos habla y nos escucha. Pero si en la liturgia no aparece ya la comunión de la fe, la Unidad universal de la Iglesia y de su historia, el misterio del Cristo viviente, ¿dónde hace acto de presencia la Iglesia con su sustancia espiritual?
Entonces la comunidad se celebra sólo a sí misma, que es algo que no vale la pena y dado que la comunidad en sí misma no tiene subsistencia, sino que en cuanto unidad, tiene origen por la fe del Señor mismo se hace inevitable en estas condiciones que se llegue a la disolución en partidos de todo tipo, a la contraposición partidaria en una Iglesia que se desgarra a sí misma. Por eso tenemos necesidad de un nuevo movimiento litúrgico que haga revivir la verdadera herencia del concilio Vaticano II.
(Pags. 122 a 125)

