Instructivo para la celebración de la Santa Misa rezada según el misal tradicional, parte I
Para aquellos sacerdotes que deseen beneficiar de la posibilidad de celebrar según dicha forma del rito romano, de acuerdo con lo establecido por S.S. el Papa Benedicto XVI en el motu proprio Summorum Pontificum, se impone pues un aprendizaje y un “entrenamiento” si quieren celebrar con el mayor fruto posible.
Para aquellos sacerdotes que deseen beneficiar de la posibilidad de celebrar según dicha forma del rito romano, de acuerdo con lo establecido por S.S. el Papa Benedicto XVI en el motu proprio Summorum Pontificum, se impone pues un aprendizaje y un “entrenamiento” si quieren celebrar con el mayor fruto posible.
Las páginas que siguen se dirigen por tanto, de manera principal, a los sacerdotes de lengua española que desean disponer de una “guía” para prepararse convenientemente a la celebración litúrgica. Espero, sin embargo, que ellas sean útiles también a los fieles laicos interesados en la práctica litúrgica así como a aquellos que, en los seminarios, se preparan para llegar al sacerdocio.
La finalidad que he perseguido redactando este texto ha sido la de ofrecer un compendio de reglas eminentemente prácticas. Es evidente que cada uno de los ritos y cada una de las oraciones que vamos a enumerar en las páginas que siguen, tienen una interesantísima historia, la mayor parte de las veces más que milenaria, y una profunda significación mística y espiritual. Sin embargo es obvio que el carácter y la extensión de este trabajo me impiden adentrarme por esos horizontes casi infinitos.
No se desanime el lector si una primera lectura le deja la impresión de quedar abrumado por tantas reglas y tantos detalles. La mejor manera de sacar fruto de este texto es la de irlo leyendo por partes, tratando cada vez de comprender y retener todos los detalles para, inmediatamente después, ponerlos en práctica. No dude pues el sacerdote en « ensayar » las diferentes partes de la misa. A fuerza de repetir los mismos movimientos, un hábito termina por crearse, un cierto “automatismo” que hará que los movimientos y los gestos que al principio parecían complicados y arduos de aprender terminen siendo como naturales. En efecto, la naturalidad en la celebración es la finalidad de todo el aprendizaje. “Hay que conocer perfectamente las rúbricas para poder desembarazarse de ellas”. Así expresaba un sacerdote, de forma “castiza”, la misma idea.
CEREMONIAS DE LA MISA REZADA
SEGUN EL RITO ROMANO en su FORMA EXTRAORDINARIA
POR UN SACERDOTE DE LA FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PEDRO (FSSP)
Friburgi Helvetiae, die 19 mensis Septembris, A.D. 2007
Dr. Patrick du FAY de CHOISINET
Vicarius generalis
INTRODUCCIÓN
Omnia autem honeste et secundum ordinem fiant
( I Cor. 14, 40 )
La celebración de la santa Misa según el rito romano en su forma extraordinaria no es algo que pueda improvisarse. Si se ha alabado con frecuencia el enriquecimiento aportado al misal romano por la reforma de Paulo VI en lo que concierne al número de lecturas y oraciones, también es cierto que el misal romano anterior a dicha reforma es mucho más rico en lo que concierne a los gestos rituales, determinados en lo esencial tanto por el ritus servandus in celebratione Missae como por el Ordo Missae contenidos en dicho misal.
Para aquellos sacerdotes que deseen beneficiar de la posibilidad de celebrar según dicha forma del rito romano, de acuerdo con lo establecido por S.S. el Papa Benedicto XVI en el motu proprio Summorum Pontificum, se impone pues un aprendizaje y un “entrenamiento” si quieren celebrar con el mayor fruto posible.
Las páginas que siguen se dirigen por tanto, de manera principal, a los sacerdotes de lengua española que desean disponer de una “guía” para prepararse convenientemente a la celebración litúrgica. Espero, sin embargo, que ellas sean útiles también a los fieles laicos interesados en la práctica litúrgica así como a aquellos que, en los seminarios, se preparan para llegar al sacerdocio.
La finalidad que he perseguido redactando este texto ha sido la de ofrecer un compendio de reglas eminentemente prácticas. Es evidente que cada uno de los ritos y cada una de las oraciones que vamos a enumerar en las páginas que siguen, tienen una interesantísima historia, la mayor parte de las veces más que milenaria, y una profunda significación mística y espiritual. Sin embargo es obvio que el carácter y la extensión de este trabajo me impiden adentrarme por esos horizontes casi infinitos.
No se desanime el lector si una primera lectura le deja la impresión de quedar abrumado por tantas reglas y tantos detalles. La mejor manera de sacar fruto de este texto es la de irlo leyendo por partes, tratando cada vez de comprender y retener todos los detalles para, inmediatamente después, ponerlos en práctica. No dude pues el sacerdote en « ensayar » las diferentes partes de la misa. A fuerza de repetir los mismos movimientos, un hábito termina por crearse, un cierto “automatismo” que hará que los movimientos y los gestos que al principio parecían complicados y arduos de aprender terminen siendo como naturales. En efecto, la naturalidad en la celebración es la finalidad de todo el aprendizaje. “Hay que conocer perfectamente las rúbricas para poder desembarazarse de ellas”. Así expresaba un sacerdote, de forma “castiza”, la misma idea.
La naturalidad en la celebración se opone a la improvisación. El sacerdote que llega ante el altar sin preparación práctica corre el riesgo de sentirse tremendamente embarazado. Cosas que a primera vista parecen evidentes no lo son tanto cuando se ven más de cerca. ¿Cómo pongo las manos? ¿Donde pongo el cáliz? ¿Qué hago con el corporal? etc. Un previo entrenamiento teórico y práctico (sobre todo si puede hacerse bajo la dirección de alguien experimentado) aportará al sacerdote la pericia necesaria para ejecutar las ceremonias del culto sin embarazo ni improvisación. Tengamos en cuenta que las reglas litúrgicas son en su gran mayoría el fruto de la experiencia centenaria e incluso milenaria de las generaciones que nos precedieron. ¿Por qué no aprovechar un tal tesoro de experiencia, que la Iglesia ha atesorado durante siglos y que ahora nos ofrece?
Escritas con algo de prisa, en la intención de difundirlas con ocasión de la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum, es bien probable que encierren estas páginas errores u omisiones, por los cuales me disculpo de antemano y pido al amable lector de ponerme al corriente de ellos, si buenamente puede.
El autor.
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NOTA
Lo esencial de este trabajo proviene del Ritus servandus y del Ordo Missae del Missale Romanum edición de 1962 así como de múltiples decretos de la S.C. de ritos. Sin embargo cantidad de precisiones y de detalles han sido extraídos de las obras de eminentes rubricistas como Baldeschi, Merati, de Herdt, Mach-Ferreres, Haegy y otros. No he citado las fuentes en cada ocasión para no volver la lectura demasiado trabajosa y porque además este trabajo no tiene ninguna pretensión “científica”.
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CEREMONIAS DE LA MISA REZADA
SEGUN EL RITO ROMANO en su FORMA EXTRAORDINARIA
ÍNDICE
I. LAS CEREMONIAS DE LA MISA REZADA
A. OBJETOS NECESARIOS
B. PREPARACION Y VESTICIÓN DE LOS ORNAMENTOS
C. LLEGADA DEL SACERDOTE AL ALTAR
D. INTROITO
E. ORACION “COLECTA”
F. EPÍSTOLA Y EVANGELIO
G. OFERTORIO
H. CANON DE LA MISA HASTA LA CONSAGRACIÓN
I. CANON DE LA MISA DESPUÉS DE LA CONSAGRACIÓN
J. PADRENUESTRO Y COMUNIÓN
K. DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
II. PARTICULARIDADES DE LA MISA DE REQUIEM
III. MODO DE SERVIR (AYUDAR) LA MISA REZADA
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I. CEREMONIAS DE LA MISA REZADA
SEGUN EL RITO ROMANO en su FORMA EXTRAORDINARIA
A) OBJETOS NECESARIOS
Para celebrar una Misa rezada según el rito romano extraordinario es necesario primero preparar una serie de objetos en el altar, en la credencia y en la sacristía:
Sobre el altar
1 – Manteles. El altar ha de hallarse cubierto por tres manteles blancos de lino que cubran toda la superficie y que, al menos el superior, cuelgue por ambos lados hasta cerca del suelo.
2 – Crucifijo. En el centro del altar debe haber un crucifijo, puesto en medio de los candelabros. No basta una cruz desnuda, sino que debe tener sobre ella la imagen del Crucificado. Debe ser de tal tamaño y colocado de tal modo que tanto el sacerdote como los fieles puedan verlo fácilmente.
La pequeña cruz que suele rematar el sagrario no puede reemplazarlo, en dicho caso ha de colocarse el crucifijo sobre el sagrario. Normalmente, sin embargo, se ha de colocar sobre la grada del altar (si la tiene) o directamente sobre el altar, pero siempre en el centro del mismo (jamás a un lado o al otro). Nada hay prescrito sobre la materia en que debe estar hecho pero normalmente el crucifijo es de metal y más raramente de madera.
En realidad la cruz de altar se compone de tres elementos distintos (unidos normalmente por un largo tornillo puesto en el interior): la cruz propiamente dicha (con el crucificado), un tallo o vástago más o menos alto sobre el que se asienta la cruz y un basamento o pie, sobre el que reposa el conjunto.
3 – Candelabros. Habitualmente ha de haber sobre el altar dos, cuatro, o seis candelabros, colocados de manera simétrica a ambos lados del crucifijo, directamente sobre el altar o sobre la grada si la hubiera.
Han de ser candelabros individuales pues no está permitido usar candelabros de brazos, p.ej. un candelabro de tres brazos a cada lado de la cruz, ni menos aún reemplazarlos por apliques fijados al retablo o al muro 1.
Normalmente el candelabro de altar consta también de tres elementos: un basamento o pie que lo sostiene, un tallo o vástago más o menos alto y un cajillo donde se inserta el cirio (o a veces una punta donde se lo clava). El cajillo suele llevar en su base un platillo para recoger la cera derretida.
La altura de los candelabros debe ser proporcionada a la de la cruz de altar, en concreto: deben llegar aproximadamente a la altura de la punta de abajo de la cruz, lo que significa que han de ser tan altos como el tallo sobre el que se asienta la cruz de altar. (Generalmente, si se trata de un juego completo, el vástago de los candelabros y el de la cruz tienen la misma forma y el mismo tamaño).
4 – Cirios. Sobre los candelabros han de disponerse los cirios. Los cirios que se ponen en el altar han de ser completamente de cera o de cera en su mayor parte. Se tolera el uso de tubos que imitan los cirios verdaderos y que contienen uno en su interior. El grosor y la altura de los cirios es una cuestión estética y dependerá de la altura y estilo de los candelabros.
Para la Misa rezada han de encenderse al menos dos cirios sobre el altar. Para encender los cirios se comienza por el lado de la Epístola, alumbrando primero el que se encuentra más cerca del [5] crucifijo y terminando por el más alejado. Después se procede del mismo modo en el lado del Evangelio. Para apagarlos se comienza en el lado del Evangelio, empezando por el cirio más alejado de la cruz y terminando por el más próximo. Después se hace lo mismo del lado de la Epístola.
5 – Sacras. Las sacras son unos cuadros, generalmente artísticamente encuadrados, sobre los que se hallan escritas ciertas oraciones difíciles de leer en el misal. Aunque la rúbrica sólo exige la de en medio, la costumbre universal es que sean tres: una que se pone al lado del Evangelio y que contiene el inicio del Evangelio según san Juan, otra que se pone al lado de la Epístola y que contiene el salmo Lavabo inter innocentes (a veces también la bendición del agua) y la tercera, normalmente más grande, que se pone en el medio y que contiene las palabras de la consagración, el Gloria, el Credo y otras oraciones.
6 – Atril. Debe haber sobre el altar un atril o un cojín para poner el misal sobre él. El atril puede ser de madera o de metal y se puede recubrir con un velo del color de los ornamentos de la Misa. El cojín puede ser siembre blanco (o rojo) aunque también puede conformarse al color de los ornamentos.
Antes de empezar la misa el atril (o el cojín) ha de estar puesto en el extremo del lado de la Epístola (a la derecha del altar según se lo mira desde la nave). Ha de estar colocado de frente a la nave de la iglesia (de modo que su límite anterior discurra paralelo al borde anterior del altar), y no un poco de lado ni oblicuo.
7 – Misal. Sobre el atril o el cojín ha de colocarse el Misal, que ha de estar cerrado , con la primera página debajo de manera que el lomo mire hacia la parte exterior derecha del altar y la abertura hacia el centro del mismo. Es conveniente que antes de poner el misal sobre el altar se hayan señalado las páginas de la misa que se vaya a decir, utilizando las cintas que sirven para ello. El Misal puede cubrirse con una funda de tela del color de los ornamentos del día [3].
8 – Otros elementos. Además de los objetos que venimos de enumerar y que constituyen el ajuar mínimo y obligatorio, puede adornarse el altar (según la solemnidad) con otros elementos como, p.ej. un antipendium o frontal de metal noble o de tela del color de los ornamentos de la misa, jarrones con flor cortada o con flores artificiales, relicarios, etc.
Sobre la credencia
9 – La credencia es una mesilla de pequeño tamaño que se coloca a la derecha del altar (según se lo mira desde la nave), es decir: al lado de la Epístola. Se la debe cubrir con un mantel blanco. Antes de empezar la misa rezada se deberán poner sobre ella los siguientes objetos:
Las vinajeras, que son dos pequeños vasos que normalmente han de ser de cristal, aunque se permite el uso de vinajeras de plata o de oro. Una vinajera debe estar llena de vino y la otra de agua. Se han de colocar sobre un platillo.
El manutergio, es un lienzo de tela de color blanco del que se sirve el sacerdote para secarse los dedos después del lavabo. Se ha de poner plegado encima de las vinajeras, pero si estas están provistas de un tapón o de una tapadera, se pone sobre el platillo de las vinajeras.
Una campanilla. Puede tratarse de una campanilla o de un carrillón (varias campanitas sujetas por un sólo mango). No pueden ser reemplazadas por un gong ni por ningún otro instrumento a no ser por la matraca que se usa en su lugar solamente desde el Jueves Santo hasta el Sábado Santo.
Un platillo de comunión. Si se ha de distribuir la comunión a los fieles el ministro acompañará al sacerdote sosteniendo dicho platillo que ha de ser de metal.
Un candelabro pequeño o palmatoria con su cirio. En España se suele poner sobre el altar un candelabro encendido desde el momento de la consagración hasta las abluciones. Si se sigue este uso, se pondrá el candelabro con la vela apagada sobre la credencia. Conviene también poner lo necesario para encenderla cuando llegue el momento.
Un copón. Si durante la Misa se hubiesen de consagrar partículas para la comunión de los fieles se pondrán estas dentro de un copón que es un vaso sagrado fabricado en oro, plata o en otro tipo de metal con tal que la copa esté dorada interiormente. El copón debe hallarse provisto de una tapadera, generalmente de forma abombada y coronada por una cruz.
Un pabellón que es un velo de seda blanca, de forma circular, con el cual debe cubrirse el copón cuando este contiene el Stmo. Sacramento.
En la sacristía – Ornamentos sagrados
En la sacristía han de prepararse los ornamentos sagrados del sacerdote, las vestiduras del acólito y el cáliz con sus accesorios.
10 – Los ornamentos sagrados se disponen sobre una mesa conveniente, en el orden siguiente:
La casulla. Ha de ser del color prescrito para la misa que se va a celebrar.
La estola. Del mismo color que la casulla, se dispone sobre ella.
El manípulo. También del color de la casulla. Se coloca sobre la estola.
El cíngulo. Es un cordón generalmente de hilo o de seda terminado en borlas. Puede ser siempre blanco o del color de la casulla. Se coloca encima de la estola y el manípulo, con las borlas hacia la derecha.
El alba. Es una túnica siempre de color blanco. Puede tener encajes en la parte inferior y en las bocamangas. Se coloca encima de todo lo anterior.
El amito. Es un lienzo de tela siempre de color blanco y de forma rectangular. Lleva en sus extremidades superiores dos cintas largas que suelen ser también blancas, aunque en España algunas veces las cintas son separables del resto y se conforman al color de la casulla.
El bonete. Sirve para que el sacerdote se cubra la cabeza cuando va y cuando viene del altar en la misa rezada. En España tiene una forma especial, con cuatro puntas rígidas, en el resto del mundo se usa la forma romana que sólo tiene tres puntas y es plegable. Para los simples sacerdotes el bonete es de color negro y puede llevar una borla o no. El bonete se coloca encima del amito.
Es conveniente preparar en la sacristía una tablilla o cartón con las oraciones que el celebrante dirá al revestirse.
Para el ministro o monaguillo es conveniente tener una sotana (negra o roja si se trata de un niño) y un sobrepelliz.
11 – El cáliz con todos sus accesorios. Además de lo anterior, ha de prepararse en la sacristía el cáliz con todos sus accesorios, a saber:
El cáliz, que es un vaso sagrado destinado a recibir en él la Sangre de Cristo después de la consagración. La copa del cáliz debe ser de oro, o de plata (al menos en su interior). Si es de plata debe estar sobredorada en el interior. El tallo y el pie pueden ser de otra materia. Hacia la mitad del tallo, el cáliz debe tener un nudo.
Purificador. Sobre el cáliz se pone el purificador, dejándolo caer sobre la boca del cáliz y haciéndolo colgar por ambos lados. El purificador es un lienzo rectangular de tela blanca que sirve para que el celebrante enjugue el cáliz.
Cucharilla. Sobre el purificador se pone la cucharilla. El uso de la cucharilla no es de origen romano. De hecho, las rúbricas no la prevén. Sin embargo la S. C. de ritos autorizó su uso en los países donde existe. En efecto, la cucharilla es usada en los países germánicos y en España, aunque de modo diferente. En España la cucharilla suele estar sujeta a una cinta que se termina por la otra punta en una borla o en una medalla. Dicha cinta se coloca sobre el purificador, haciendo colgar la cucharilla por un lado y la medalla (o la borla) por el otro. En Alemania y en los países germánicos la cucharilla va sola, por eso se la pone dentro de la copa del cáliz, sobre el purificador que, a causa de ello, debe ser hundido en el centro, hasta el fondo de la copa.
La patena. A continuación se pone la patena sobre la boca del cáliz. La patena es un disco hecho de oro o al menos de plata. Si es de plata ha de estar sobredorada por la parte cóncava (sobre la que se pone la hostia).
En el centro de la patena se coloca una hostia grande. Antes de ponerla en la patena se ha de cuidar que la hostia no esté quebrada ni manchada y que no tenga los bordes resquebrajados o con fragmentos.
Palia redonda. La hostia se cubre con la palia redonda (según la costumbre española) o con la hijuela (según el uso general). La palia es una pieza de tela blanca, de forma redonda, mientras que la hijuela es también una pieza de tela blanca pero de forma cuadrada.
Entrambas pueden ser de dos modos diferentes: o bien son de simple tela almidonada o bien se componen de dos telas superpuestas y cosidas entre sí por el borde, como un cojín, que se rellena con un cartón lo cual las vuelve muy rígidas. En este caso, la parte superior suele adornarse con bordados, galoncillos etc. Pero la parte inferior (que es la que toca la hostia) debe siempre ser de tela blanca lisa.
La palia redonda sirve para cubrir la hostia colocada sobre la patena hasta el ofertorio.
La hijuela sirve para cubrir el cáliz durante la Misa, desde el ofertorio hasta la comunión. Si no se usa la hijuela para cubrir la hostia y la patena (por usarse la palia) se la pondrá dentro de los corporales.
El velo del cáliz, es un trozo de tela de forma cuadrada y del mismo color de la casulla. Suele llevar un galón por el borde y una cruz de galón o bordada en el centro o en medio del lado que cubrirá la parte delantera del cáliz. Con dicho velo ha de cubrirse el cáliz cuando ya ha sido 8 preparado. Normalmente el velo debe cubrir el cáliz completamente por sus cuatro costados sin que quede a la vista nada de él. Pero si, como suele ocurrir, el cáliz es demasiado alto o el velo demasiado pequeño para cubrirlo por completo, se ha de poner de tal modo que al menos toda la parte delantera del cáliz quede cubierta, incluso el pie.
Los corporales, son un lienzo cuadrado de tela blanca de aproximadamente 50 cm. de lado. Es conveniente que los corporales estén almidonados. Pueden llevar una pequeña cruz bordada sin relieve para indicar la parte anterior pero ningún otro bordado ni ornamento está permitido en su superficie. En cambio puede llevar una tira de encajes por el borde.
Los corporales se han de plegar formando nueve cuadrados iguales. Para ello se lo pliega primero en tres partes, comenzando por el lado anterior y poniendo después el lado posterior por encima.
Después se pliega en el otro sentido, formando tres partes iguales.
Si la hijuela no ha sido empleada para cubrir la patena debe ponerse dentro de los corporales al plegarlos.
La bolsa de los corporales es una especie de funda o carpeta cuadrada, hecha de tela del mismo color que la casulla, forrada y rellena por dentro con un cartón que la vuelve rígida. Suele llevar un galón en el borde y una cruz en el centro aunque nada de ello es obligatorio. Los corporales (y eventualmente la hijuela) se introducen dentro de esta bolsa.
Por último, la bolsa conteniendo los corporales se coloca horizontalmente encima del cáliz, sobre el velo del mismo. La apertura de la bolsa debe mirar a la parte de atrás.
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B) PREPARACION Y VESTICIÓN DE LOS ORNAMENTOS
Ante todo no olvide el sacerdote que el Ritus servandus del Missale Romanum en su forma extraordinaria comienza exhortando al celebrante a prepararse espiritualmente antes de acceder al altar tanto con la oración personal como con la recitación del oficio divino, así como con la recepción del sacramento de penitencia si ello fuere necesario.
12 – Llegando a la sacristía para celebrar, lo primero que debe hacer el sacerdote es asegurarse que las páginas del Misal ha sido bien señaladas para la Misa que vaya a celebrar. Hecho lo cual puede llevarlo él mismo o dejar que un sacristán lo lleve al altar.
Después se lavará las manos, recitando la oración prescrita para ello.
El ritus servandus prevé que a continuación el sacerdote mismo prepare el cáliz, lo cual es de alabar.
Sin embargo es costumbre admitida universalmente que el cáliz ya haya sido preparado por el sacristán.
13 – Así pues, si el cáliz ya estuviese preparado, tras lavarse las manos, el sacerdote irá directamente a revestirse ante la mesa donde los ornamentos han sido dispuestos.
Si por faltar una sacristía o ser esta muy pequeña, no se pudiesen disponer en ella los ornamentos, se pondrán sobre una mesa situada en un lugar conveniente, fuera o dentro de la iglesia, pero en principio, nunca sobre el altar, ya que tomar los ornamentos del altar (ya sea en la sacristía o en la iglesia) es un privilegio del obispo.
Sin embargo, como puede suceder que el lugar sea tan exiguo que incluso la colocación de una mesa resulte imposible, pueden en dicho caso disponerse los ornamentos del sacerdote sobre el altar, pero no sobre el centro del mismo (como se hace para el obispo) sino en el lado del Evangelio, es decir al extremo izquierdo del altar según se lo mira de frente.
Notemos también que para revestirse de los ornamentos sagrados el sacerdote debe hallarse previamente vestido con el hábito talar (sotana).
14 – Llegado ante la mesa o ante el lugar donde están los ornamentos, lo primero que ha de hacer el celebrante es apartar el bonete y ponerlo a un lado de la mesa (y no sobre el cáliz).
Si lo desea puede luego santiguarse (no está prescrito). Seguidamente toma el amito por sus extremos superiores (de los que parten las cintas) con ambas manos, lo besa en el centro (donde debe haber una cruz) y se lo lleva sobre la cabeza girando la mano derecha sobre la izquierda. Lo hace reposar un instante sobre la cabeza comenzando a decir la oración Impone, Domine etc. Y prosigue la oración mientras hace descender el amito sobre los hombros, lo ajusta con ambas manos en torno al cuello de modo que quede bien oculto el cuello romano de la sotana, y tomando las cintas, se las cruza por delante del pecho haciendo pasar la derecha sobre la izquierda. Seguidamente se pasa las cintas hacia atrás, por debajo de los brazos, las vuelve a traer hacia adelante de manera que le ciñan la cintura y finalmente se las anuda por delante.
15 – Después se reviste del alba mientras recita la oración conveniente. Sin besarla, la tomará con las dos manos y recogiéndola por la parte de atrás sobre los brazos, pasará primero la cabeza dej4andola caer hasta los pies, metiendo después los brazos en las mangas, comenzando por la derecha. Tras lo cual se la ajusta convenientemente al cuello con el fiador .
Seguidamente tomará el cíngulo, plegado en dos, con la punta donde están las borlas en la mano derecha. Diciendo la oración correspondiente se lo cine a la cintura con la argollita de pasamanería, o si esta falta, se lo anuda por delante de manera que las borlas cuelguen ante él casi hasta el suelo. Acto seguido se acomoda el alba cuidando de que le cuelgue por todos lados a la misma altura, levantada uno o dos dedos del suelo.
16 – Toma luego en manípulo, besándolo en la cruz que tiene en medio y, mientras recita la oración adecuada, se lo pone en el brazo izquierdo entre el codo y la muñeca. Luego se lo ajusta, pero si para ajustarlo trae un fiador o unas cintas, lo mejor será que el acólito le ayude a hacerlo.
A continuación, diciendo la oración prevista, toma la estola con las dos manos, besa la cruz que tiene en medio y se la pone sobre el cuello dejándola caer por delante desde los hombros. Luego se la cruza sobre el pecho haciendo pasar la parte derecha sobre la izquierda y la fija de cada lado con los extremos del cíngulo, de modo que este ya no cuelgue por delante sino que las borlas caigan una a cada lado hasta aproximadamente la altura de las rodillas.
Acto seguido se reviste de la casulla, sin besarla, mientras recita la oración oportuna.
C) LLEGADA DEL SACERDOTE AL ALTAR
17 – Revestido ya el sacerdote de los ornamentos sagrados, toma el bonete con la derecha y se cubre. Luego toma el cáliz (por el nudo) con la mano izquierda, pone la derecha extendida sobre la bolsa de los corporales (cuya apertura ha de mirar hacia el celebrante), y llevándolo a la altura del pecho hace reverencia a la cruz o imagen que presida la sacristía (sin descubrirse), y con paso grave y aspecto modesto se dirige al altar, precedido por el ministro.
No ha de llevar sobre el cáliz pañuelo ni anteojos ni otra cosa alguna. Algunos autores permiten que se lleve sobre el cáliz la llave del sagrario.
Al salir de la sacristía, si hay a la puerta agua bendita, puede tomar y santiguarse. Si la sacristía se encuentra detrás del altar, para ir a él debe salir por la puerta del lado del Evangelio.
Por privilegio del Papa San Pío V se acostumbra en algunas iglesias de España llevar el cáliz al altar antes que salga el sacerdote a decir la Misa rezada. Dado que el sacerdote quisiera hacer uso de este privilegio irá con las manos juntas ante el pecho, los dedos unidos y extendidos, formando una cruz con los pulgares, poniendo el derecho sobre el izquierdo.
18 – Llegado al altar, estando delante de la ínfima grada se quita el bonete, lo da al ministro, y hecha la genuflexión al Santísimo o inclinación profunda de cuerpo a la cruz, sube al altar y pone el cáliz al lado del Evangelio. Acto seguido toma la bolsa con las dos manos, la pone sobre el altar y sosteniéndola con la mano izquierda saca de ella (con la derecha) los corporales, que deposita (plegados) en medio del altar. A continuación, con una mano coloca la bolsa del lado del Evangelio (poniendo la otra mano extendida sobre el altar), dejándola de pie, apoyada contra el retablo o contra la grada (si la hubiere).
Acto seguido despliega (con las dos manos) los corporales de manera que cubran el centro del altar, sobre el ara. (Si, según se acostumbra en España, la hijuela se encuentra dentro de los corporales, al desplegar éstos se pondrá la hijuela de plano sobre el altar, hacia el lado de la Epístola, no lejos de los corporales).
Después el sacerdote coloca sobre los corporales el cáliz cubierto con el velo tomándolo con la izquierda por el nudo y poniendo la mano derecha encima de él. El cáliz ha de quedar colocado en el centro de los corporales, pero a una distancia del borde del altar que no impida besarlo.
Cuide también el sacerdote que el pie del cáliz quede completamente tapado con la parte anterior del velo. Hecho esto, acercase al lado de la Epístola con la manos unidas ante el pecho, abre el misal por la página del introito de la misa del día, pasa de nuevo al medio del altar (con las manos juntas ante el pecho) y, hecha una inclinación de cabeza a la cruz, volviéndose sobre su derecha, baja (con las manos juntas) ante la ínfima grada del altar para comenzar la Misa.
Nota: Cada vez que el celebrante se desplaza de un lado a otro del altar (sin bajar de él) deberá hacerlo marchando paralelamente al altar. Por ejemplo, para ir del centro al lado de la Epístola, hará como sigue:
1° se vuelve por su derecha hasta quedar mirando al muro del lado Epístola, con el frente del altar a su izquierda, 2° marcha en línea recta hacia el lado de la Epístola con el frente del altar siempre a su izquierda, 3° al llegar al punto deseado (p.ej. ante el Misal) se vuelve por su izquierda y se pone de cara al retablo.
Los desplazamientos en oblicuo deben ser evitados, pues restan dignidad al rito. Tampoco se debe nunca marchar hacia atrás. Si por cualquier motivo el celebrante tiene que volver sobre sus pasos, que lo haga dándose él mismo la vuelta y no andando de espaldas.
No están de acuerdo los autores sobre si esta inclinación ha de ser una inclinación profunda del cuerpo o sólo una inclinación profunda de cabeza.
19 – Vuelto de cara al altar, hace inclinación profunda de cuerpo a la cruz (o genuflexión si estuviese el Santísimo Sacramento o expuesta la reliquia de la Santa Cruz), y santiguándose con la mano derecha (extendida la izquierda sobre la cintura), comienza en voz clara e inteligible: In nomine Patris, etc.
Para santiguarse ha de proceder así: la mano izquierda se extiende sobre la cintura mientras se eleva la derecha (con los dedos unidos y extendidos y la palma vuelta hacia sí) hasta tocar con la punta de los dedos la frente diciendo In nomine Patris, después la pondrá del mismo modo sobre el pecho diciendo et Filii, a continuación se tocará el hombro izquierdo diciendo et Spiritus, el derecho diciendo sancti, y juntando inmediatamente la mano derecha con la izquierda ante el pecho dirá Amén.
20 – Permaneciendo con las manos juntas ante el pecho dirá, alternativamente con el acólito (en voz alta), la antífona Introibo ad altare Dei y el salmo Iudica me . Al Gloria Patri inclina la cabeza y al sicut erat in principio la vuelve a alzar. Al versículo Adjutorium nostrum, etc. se vuelve a santiguar 11.
El Confíteor ha de recitarlo con el cuerpo profundamente inclinado, las manos juntas a la altura del pecho. No olvide que a las palabras vobis fratres y vos fratres no debe volverse hacia el ministro pues esta ceremonia se practica sólo en la misa solemne. Al mea culpa dése tres golpes en el pecho con la mano derecha, teniendo la izquierda más abajo del pecho. Quedará profundamente inclinado (las manos unidas ante el pecho) hasta que el ayudante haya dicho todo el Misereatur tui; pero luego que haya respondido Amén se enderezará. Acto seguido el acólito recitará a su vez el Confiteor, terminado el cual el sacerdote (siempre erguido y con las manos juntas ante el pecho) dirá Misereatur tui, etc.
Al decir Indulgentiam etc. el sacerdote se santiguará 12 y luego, medianamente inclinado, proseguirá con las manos juntas ante el pecho diciendo: Deus tu conversus, etc. concluido lo cual, extendiendo y juntando las manos 13, dirá con voz clara: Oremus, y continuará en secreto Aufer a nobis, etc. mientras va subiendo las gradas del altar lentamente, de modo que al llegar a él concluya esta oración.
Allí, puesto en medio y algún tanto inclinado, con las manos juntas apoyadas sobre el borde de la mesa de altar de modo que sólo los dedos meniques toquen el frontal, y los pulgares formen una cruz puesto el derecho encima del izquierdo 14 proseguirá en secreto: Oramus te, Domine, etc. A las palabras quorum reliquiae hic sunt, besará el altar (en el medio del mismo), teniendo las manos extendidas sobre él, a derecha e izquierda de los corporales, pero fuera de ellos.
D) INTROITO
21 – En seguida se alza y pasa al lado de la Epístola, con las manos juntas ante el pecho. Se coloca ante el misal y lee (en voz alta) el Introito de la misa del día. Al comenzar el Introito el sacerdote se santigua, continuándolo con las manos juntas ante el pecho. Hace inclinación de cabeza hacia la cruz al Gloria Patri, y repite el Introito sin volver a santiguarse.
Terminado el Introito regresa (con las manos juntas ante el pecho) al medio del altar y vuelto hacia la cruz, permaneciendo con las manos unidas ante el pecho, dice (en voz alta) los Kyries alternando con el ministro.
Si debe recitarse el Gloria, el sacerdote sin moverse del centro del altar extiende las manos (directamente, sin apoyarlas primero sobre el altar), las eleva a la altura de los hombros y sin alzar los ojos dirá (en voz alta): Gloria in excelsis. Al decir Deo junta las manos ante el pecho e inclina la cabeza hacia la cruz, levantándola luego y continuando el himno con las manos juntas ante el pecho. Hace inclinación ligera de cabeza cuando pronuncia las siguientes palabras: «Adoramus te», «gratias agimus tibi», «Iesu Christe» y « suscipe deprecationem nostram». Al «cum Sancto Spiritu» se santigua 15, y dicho « in gloria Dei Patris”, sin volver a unir las manos después de santiguarse 16, besa el altar (en el medio) teniendo las manos extendidas sobre el altar, a derecha e izquierda de los corporales, pero fuera de ellos.
Se endereza y, juntando de nuevo las manos ante el pecho, se vuelve por su derecha de cara a los fieles, con los ojos bajos; y extendiendo y juntando las manos (las palmas frente a frente y sin que pasen de los hombros) dice: Dominus vobiscum .17 Lo mejor es separar las manos a la palabra Dominus y volverlas a unir al decir vobiscum.
Nota: Si la Misa no tuviese Gloria, tras la recitación alternada de los Kyries, el celebrante separa las manos, las apoya (separadas) sobre el altar (fuera de los corporales) y lo besa. Acto seguido se endereza y, juntando de nuevo las manos ante el pecho, se vuelve de cara a los fieles para decir Dominus vobiscum con los mismos gestos descritos en el párrafo anterior.
E) ORACIÓN “COLECTA”
22 – Una vez respondido et cum spiritu tuo, el sacerdote se vuelve por su izquierda y se desplaza directamente (con las manos juntas ante el pecho) hasta donde está el Misal (es decir, al extremo del lado de la Epístola) y se coloca de cara a él. Haciendo, entonces, con la cabeza inclinación mediocre hacia la cruz del altar, extendiendo y juntando las manos al mismo tiempo, dice en voz alta Oremus18 y prosigue luego la lectura de la oración, con los dedos unidos y las manos extendidas, aunque separadas de manera que ni su altura ni su separación exceda la de los hombros y estén las palmas frente a frente.
Si la oración debe terminar con la conclusión Per Dominum nostrum etc. o Per eundem Dominum nostrum, etc. unirá las manos al empezar la conclusión, inclinará la cabeza hacia la cruz al pronunciar Iesum Christum, enderezándose después y prosigiendo con las manos juntas ante el pecho hasta el final de la conclusión. Si en cambio la oración se termina con la conclusión Qui tecum o Qui vivis, no juntará las manos hasta las palabras in unitate19 y no hará ninguna inclinación hacia la cruz.
Si en la Misa se hubiesen de decir varias oraciones sólo ha de decirse Oremus antes de la primera y de la segunda oración, y sólo se dice la conclusión de la primera y de la última; es decir: se reza la primera oración completa (con su introducción y su conclusión) las demás se recitan unidas, tras una sola introducción y se terminan bajo una sola conclusión.
Si durante la oración (o en cualquier otra parte de la Misa) hubiese de pronunciarse el nombre del Santo de quien se dice la Misa o de quien se hace conmemoración, o el santo nombre de María, o el del Papa reinante, ha de hacerse inclinación de cabeza hacia el libro, a no ser que en el altar o en lugar principal haya una imagen de la Virgen o del Santo en cuestión, en cuyo caso la inclinación se haría hacia ella. En cambio, al nombre de Jesús la inclinación se hará siempre hacia la cruz del altar, incluso durante la lectura de la Epístola.
Esta regla sufre una excepción notable: durante la lectura del Evangelio todas las inclinaciones se hacen hacia el Misal.
F) EPÍSTOLA Y EVANGELIO
23 – A continuación el sacerdote lee la Epístola, el Gradual y el Aleluya (o el Tracto)20 teniendo las manos sobre el Misal o sobre el atril, como prefiera, pero siempre de tal modo que las manos toquen de alguna manera el libro.
Después, juntas las manos ante el pecho, pasa al medio del altar donde, levantando los ojos a la cruz y bajándolos luego dice, en secreto: Munda cor meum etc. y Iube Domine, etc. 21con el cuerpo profundamente inclinado pero sin apoyar las manos en el altar.
Luego se dirige al Misal (que entretanto ha sido llevado por el ministro hasta el ángulo del lado del Evangelio) y con las manos juntas ante el pecho, dice en voz alta Dominus vobiscum. A continuación, mientras dice Sequentia o Initium sancti Evangelii etc. separa las manos y hace la señal de la cruz con el pulgar de la mano derecha, primero sobre el libro, al principio del Evangelio 22 (con la mano izquierda extendida sobre el libro), luego (con la mano izquierda extendida bajo el pecho), hace con el pulgar de la mano derecha el signo de la cruz sobre su frente, boca y pecho, recitando al mismo tiempo el resto de la fórmula.
A continuación lee el santo Evangelio, de pie, vuelto hacia el misal y con las manos juntas ante el pecho hasta el fin. Si durante la lectura hubiese de pronunciar el nombre de Jesús, el de María o el del Santo cuya misa se celebra, la inclinación de cabeza la hará hacia el libro. Concluido el Evangelio levanta un poco el misal con ambas manos 23 e inclinándose un poco lo besa donde empieza el texto del Evangelio 24, mientras dice en voz baja per evangélica dicta, etc. volviéndo en seguida a depositar el misal sobre el atril.
24 – Terminado esto, acerca (con las dos manos) el atril al ara (en medio del altar), lo más cerca posible de los corporales, pero no sobre ellos. Acto seguido junta las manos ante el pecho y pasa al medio del altar.
Si hubiese Credo extiende y levanta las manos a la altura de los hombros mientras pronuncia (en voz alta) la palabra Credo y al continuar con las palabras in unum Deum las juntará inclinando al mismo tiempo la cabeza hacia la cruz. Acto seguido vuelve a levantar la cabeza y prosigue la recitación del Credo (siempre en voz alta) con las manos juntas ante el pecho, teniendo en cuenta que ha de inclinar de nuevo la cabeza a las palabras Iesum Christum y simul adoratur.
Asimismo, a las palabras Et incarnatus est ha de doblar la rodilla derecha hasta el suelo poniendo al mismo tiempo las manos sobre el altar, extendidas y separadas (una a la derecha y otra a la izquierda del ara) y siempre fuera de los corporales. Permanecerá así hasta et homo factus est inclusive 25. Al decir Et vitam venturi saeculi se santigua y directamente (sin juntarlas antes delante del pecho) coloca ambas manos sobre el altar, extendidas y separadas, una a cada lado del ara (pero siempre fuera de los corporales), se inclina y besa el altar en el medio. Acto seguido se incorpora, se vuelve (por su derecha) de cara a los fieles y dice Dominus vobiscum (en voz alta) haciendo las mismas ceremonias que hizo al final del Gloria.
Nota: Si no hubiese que decir el Credo, el celebrante (terminado el Evangelio) acerca con ambas manos el atril (con el misal) a los corporales, se desplaza (manos juntas ante el pecho) hasta el medio del altar, allí separa las manos, las extiende (separadas) sobre el altar, a ambos lados de los corporales pero no sobre éstos, se inclina y besa el altar. Acto seguido se alza y se vuelve (por su derecha) hacia los fieles. Dice entonces Dominus vobiscum (en voz alta) con las mismas ceremonias descritas al final del Gloria.
El Misal sólo se prepara abierto sobre el altar si se trata de una misa cantada o de una misa solemne (con diácono y subdiácono).
Dichas fundas, de uso frecuente en Roma, suelen ser de seda, adornadas con galones. Son un poco más largas que el libro y en la parte inferior llevan flecos. Son fáciles de quitar y se sujetan con cintas o con botones.
En cambio no se deben poner sobre el altar flores ni plantas en sus macetas. Estas pueden disponerse eventualmente en otros lugares de la iglesia.
El fiador es una especie de cordoncillo en forma de collar del cual suspende una borla, que cuelga en su centro. Sus dos extremos se terminan en una especie de perno, hecho de pasamanería, que se introducen por los ojales de la prenda sobre la que se ha de usar, de modo que quede colgando de ella. A continuación, subiendo hasta el tope superior una especie de argollita (también de pasamanería) que une los dos lados del cordoncillo, se consigue ajustar la prenda.
El fiador se una para ajustar las albas, los sobrepellices y los roquetes al cuello. También sirve para sujetar el manípulo al brazo y para mantener la collareta de la dalmática. El fiador se fabrica en hilo, en seda o en otros materiales y puede ser siempre blanco, siempre rojo, o del color de los ornamentos.
El uso del fiador es propio de España ya que en los demás países suelen usarse cintas, corchetes o alfileres para ajustar las prendas.
No están de acuerdo los autores sobre si esta inclinación ha de ser una inclinación profunda del cuerpo o sólo una inclinación profunda de cabeza.
Esta genuflexión debe hacerse con una sola rodilla sobre la ínfima grada del altar. Recordemos que sólo se hace la genuflexión directamente sobre el suelo (in plano) al llegar por primera vez ante el altar y antes de dejarlo por última vez, al partir hacia la sacristía una vez que la Misa ha terminado.
A partir de este momento no hará el sacerdote interrupción ni genuflexión alguna, aunque alcen la Hostia en otros altares, sino que proseguirá la Misa sin pararse hasta el final.
Con los dedos unidos y extendidos, formando una cruz con los pulgares poniéndo el derecho sobre el izquierdo. Lo cual observará cada vez que halla de poner las manos juntas ante el pecho, salvo entre la consagración y las abluciones en que mantendrá unidos los dedos índice y pulgar de ambas manos.
La experiencia muestra que a veces (sea porque el ministro responde con voz muy baja, sea porque se confunde o por muchas otras razones) no resulta fácil al celebrante alternar con el acólito y corre el riesgo de confundirse él mismo. Para evitarlo es recomendable que el celebrante retenga en su memoria la palabra JEC. Esta palabra contiene las tres iniciales con que comienzan los versículos que él debe recitar: Judica me, Deus etc, Emite lucem tuam etc, Confitebor tibi in cítara etc.
Con la punta de los dedos de la mano derecha (la izquierda extendida sobre la cintura) se tocará la frente al decir Adjutorium, el pecho al decir nostrum, el hombro izquierdo al decir in nomine, el hombro derecho al decir Domini. Tras lo cual vuelve a unir las manos ante el pecho.
Tocará su frente al decir Indulgentiam, el pecho al decir absolutionem, el hombro izquierdo al decir et remissionem, el hombro derecho al decir peccatorum nostrorum. A continuación junta las manos ante el pecho y prosigue el resto de la fórmula: tribuat nobis etc.
14 Lo cual se observa siempre que se apoyan las manos juntas sobre el altar, salvo durante el canon de la Misa entre la consagración y las abluciones, cuando el sacerdote ha de mantener unidos el pulgar y el índice de cada mano.
Se toca la frente al decir cum Sancto, el pecho al decir Spiritu, el hombro izquierdo al decir in gloria, el hombro derecho al decir Dei Patris. Al decir Amén no vuelve a juntar las manos sino que las pone, separadas, directamente sobre el altar.
16 No hay que juntar las manos después de la señal de la cruz que se hace al final del Gloria, del Credo y del Sanctus.
17 Cada vez que el sacerdote se vuelva hacia los fieles para decir Dominus vobiscum recuerde que no debe extender las manos tanto que sobrepasen la anchura de los hombros, ni elevarlas tanto que pasen más alto que éstos. Tampoco debe apoyar la espalda contra el altar ni inclinar la cabeza hacia los fieles. Las palmas de las manos han de mantenerse frente a frente durante todo el movimiento.
19 Para ayudar la memoria conviene notar que la expresion « in unitate” al evocar la noción de unidad, recuerda al sacerdote que en ese momento ha de unir sus manos.
20 Hay cinco Misas que antes del Evangelio tienen prosa o secuencia: Pascua de resurrección, Pentecostés, Corpus, Virgen de los Dolores y la Misa de Requiem. Se han de leer con las manos puestas como durante la Epístola y lo que sigue.
21 Recuerde el sacerdote que ha de decir Iube Domine y no Domne, como dice el diácono en la Misa Solemne.
25 Muchos sacerdotes inclinan la cabeza al pronunciar et homo factus est pero las rubricas no dicen nada sobre esta inclinación. El hecho de poner la rodilla en tierra es un signo bastante elocuente de veneración al misterio de la Encarnación sin necesidad de añadir una inclinación de cabeza.
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