Huérfanos de la Tempestad (carta de un jóven católico)
Nos complace enormemente recibir y publicar estos testimonios de convicción católica. Es una verdadera señal de esperanza. Los jóvenes actuales en los EE.UU. ya no quieren el libertinaje, buscan valores morales y religiosos, nos decía hace poco el Dr. Meanley, de Human Life. En esa búsqueda pueden fácilmente confundirse. Por eso proponemos como modelo a estos jóvenes que han encontrado a Cristo, y ese Cristo, crucificado.
Nos complace enormemente recibir y publicar estos testimonios de convicción católica. Es una verdadera señal de esperanza. Los jóvenes actuales en los EE.UU. ya no quieren el libertinaje, buscan valores morales y religiosos, nos decía hace poco el Dr. Meanley, de Human Life. En esa búsqueda pueden fácilmente confundirse. Por eso proponemos como modelo a estos jóvenes que han encontrado a Cristo, y ese Cristo, crucificado.
Es bueno aclarar para el que no lo sabe que el título de esta carta remite al de una película de D. W. Griffith llamada «Huérfanas de la tempestad» o más propiamente «Huérfanas en la tempestad», tempestad que es en el film la de la nefasta e impiadosa Revolución Francesa. Y viene esto a cuento porque me es dado relacionarlo con la carta de Mario que dieran a conocer en el sitio web de PCI.
Hay una sensación que ha vivido conmigo durante muchos años, los años de la adolescencia y primera juventud, algo que entonces no sabía explicarme, pero que está en el meollo de cada uno de nosotros, en la medida en que lleguemos a ser lo que Dios quiere que seamos o vivamos del y para el mundo. Los jóvenes de hoy ya no saben ni sospechan lo que les falta, son evidentemente huérfanos que no quieren tutelaje, huérfanos en la tempestad del mundo.
No han conocido el sentido de ser hijos de un padre, porque, ¿cómo ser hijo si no se tiene o conoce al padre, es decir, el padre en su función de tal? Me parece que lo que Mario ve bien es que en los jóvenes de hoy día hay una desesperación, un desamparo, una despreocupación, una apatía, una resignación y un acomodo al mundo, pero sabe que no se trata de ubicar tal problema dialécticamente ni esquematizar en términos de víctimas y victimarios, que tan caros son a los que pasan por la vida justificando su autoindulgencia, colocándose siempre en víctimas para derrochar odio a diestra y siniestra. Pensemos que cuando hoy todos se lavan las manos y no tienen más que reproches en la boca, Cristo se hizo cargo de todo el mal sin haber hecho nada. Se hizo víctima propiciatoria y todo lo soportó manso ante el Padre del cielo. ¡Qué ejemplo contrario vemos hoy en el caso «Cromañón», tanto revanchismo, odio, y ningún mea culpa!
La función del Padre, la misión del Padre y la palabra Padre están hoy más que nunca bastardeadas, desprestigiadas y vaciadas de sentido. Y sabemos que todo el odio que esta sociedad destila va dirigido al único Padre, aquel por quien el Hijo se ofreció en sacrificio para nuestra redención. El enemigo sabe que todo tiene su origen en la desobediencia, y lo explota. «Hijos del hijo», se lee en algunas pintadas callejeras.»HIJOS» se llama una organización que se dedica a rezumar odio a domicilio. Hijos todos de la Revolución y este modelo democrático que se ha insertado en todo, también en las familias. Y qué modelo más denigrante se tiene en los medios de comunicación, como en la exitosa serie animada de «Los Simpsons», donde el padre de familia es un imbécil sin remedio, tanto que no es padre, pero eso sí, esa «familia» continúa unida por obra y gracia del rating televisivo. Todo, por supuesto, enmascarado tras el rótulo de lo «cómico», ya que todo vale y de todo se puede hacer burla. Y si algún distraído todavía cree que lo de los «Simpsons» es una crítica mordaz a ese tipo de «familia», nosotros entendemos lo contrario, es la aceptación plena. Ya que lo malo se conoce por contraste con lo bueno y viceversa, y no hay allí tal contrapartida. Sin embargo, ese padre Simpson no es un invento sino que la realidad nos entrega cada vez más este triste abandono de la responsabilidad, este moverse esclavo de los deseos, esta adolescencia que nunca se termina.
«El modelo liberal y populista -dice el R. P. Torres-Pardo- de las democracias modernas, en virtud de su contextura igualitarista (» ¡todos somos iguales!») contribuye obviamente a borrar la paternidad de Dios o, a lo sumo, a mirarle con desinterés e indiferencia». Perdido el significado de esta relación Padre-Hijo y esta dependencia de amor, se degenera cualquier vínculo familiar, pues los lazos de la sangre y de la carne no son unitivos, no son lazos de vida sobrenatural. Y la relación Padre-Hijo es tal.
Pero el sistema sabe también que, como ya dijo Aristóteles, «imitar algo es connatural en el hombre desde la infancia», y por otra parte, como escribió Alexis Carrel, «los hombres están hechos de tal modo que necesitan darse a un ser viviente más bien que a una idea. Muchos hombres han sacrificado la vida por su patria… pero su sacrificio es mucho más gozoso si mueren por un Napoleón. El amor hacia un hombre es más fuerte que el amor a una idea».
De ahí entendemos que el libro más grande escrito por un hombre, como dijo alguien, porque la Biblia la escribió Dios, esto es «el Kempis», se titule «Imitación de Cristo». Y a pesar de que el Mundo impone el modelo democrático de la irresponsabilidad y la igualación, también propone modelos a imitar para la perdición de los jóvenes, extraídos del deporte y el espectáculo. Donde hay alguien destacado, allí se lo apropia, donde no, lo inventa. No siempre es condición el talento del sujeto, sino el talento del que vende y la pobreza intelectual del que recibe. Así tenemos los Maradona, los Che Guevara, las «estrellas» del rock, y hasta el pobre Ginóbili de ahora será presa del sistema, aunque los que más se presten a ello serán los que más se entreguen a ese Mundo, aún los que, «renegando» de él, lo ven como única fuente de felicidad, así los revolucionarios, nihilistas, etc., que son fácilmente reutilizados por el Mundo para perder a las multitudes de jóvenes que, huérfanos y a merced de las olas de esta tempestad , se entregan a esa idolatría.
Entonces, si no se tiene como modelo a imitar al Hijo, y por El conocer lo que el Padre nos ama, mal se puede escapar de la corriente desesperada del Mundo, mal se puede llevar adelante una familia, mal se puede ser sacerdote y llamado Padre, mal se puede ser artista y creador sin conocer a quién se debe agradecer lo recibido y aún amar los límites que se le imponen, mal se puede inmolar una vida en aras de lo trascendente. Si el gobernante no se sustenta en Dios, fracasa. Si el padre de familia no se sustenta en Dios, fracasa, y ya no es padre ni lo que forma una familia. La esperanza nuestra ha de fundarse en ser nuevamente recibidos por el Padre como el hijo pródigo. Por medio de Cristo somos hechos hijos del Padre, por Cristo tenemos una Madre que ruega por nosotros y nos ampara. Es urgente entonces recuperar esta relación. ¿Cómo, dirá alguien, si la Iglesia «establecida» -como diría Castellani- está protestantizada, si los templos están vaciados, si los sacerdotes se avergüenzan de serlo y se esconden, si la misa es sólo una cena y las ovejas están solas y descarriadas? Decimos: no es del todo así, hay un resto, hay quien no ha perdido el sentido común, hay la fe católica que se conserva inmutable a través de la Tradición, que celebra la Misa tradicional, que resiste y persiste por gracia divina. ¿Cómo encontrar el camino? «Pedid y se os dará». ¿Pedimos acaso la fe? ¿Nos hacemos pequeños, mostramos al Padre nuestra indefensión, nos sabemos queridos y amparados por el Único que no defrauda? ¿Oramos con confianza a nuestra Madre? » ¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!» (1 Jn 3, 1).
Tengamos en cuenta estas palabras de Vida: «Dios confunde a los sabios y fuertes» (1 Cor. 1, 26) Sépanlo los desalentados y abreven en esa fuente de Vida que son las Sagradas Escrituras, «nuestra consolación» las llama San Pablo (Rom. 15, 4). Sepan entonces los jóvenes que llenos de ímpetu desean cambiar las cosas y se sienten impotentes ante lo que los rodea, que el mismo San Pablo estuvo «siempre con mucha pusilanimidad, mucho temor y en continuo susto… y mi modo de hablar, y mi predicación, no fue con palabras persuasivas de humano saber, pero sí con los efectos sensibles del espíritu y de la virtud… para que vuestra fe no estribe en saber de hombres, sino en el poder de Dios» (1 Cor. 2, 3-5)
Finalmente, tengamos en cuenta estas dos cosas, con respecto a lo que debemos hacer, a esa imitación de Cristo en que debemos vivir: Dice el Rey David (Salmo 30): «Tú aborreces a los que adoran vanidades inútiles». Y el Papa Inocencio III: «Acudamos a la Sagrada Escritura cada vez que tengamos que luchar con graves tentaciones… en ella encontramos cosas que nos causan maravilla, y ejemplos que imitar» .
El Mundo ha sido vencido… el signo de la victoria es la Cruz.
Flavio, 35 años

