Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…San Patricio, Obispo, apóstol de Irlanda

El  futuro apóstol de Irlanda nació en 372, pero no se sabe con exactitud el lugar  de aquel acontecimiento, Algunos lo ponen en Inglaterra, otros en Francia o  Escocia. Sin embargo, sabemos algo de sus padres. Su madre, Concessa,  pertenecía a la familia de San Martín, obispo de Tours, mientras su padre,  Calfurnio, fue oficial del ejército romano, de buena familia. 

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17 de marzo

SAN PATRICIO
  APÓSTOL DE IRLANDA

  († 493)

La  labor y la vida del apóstol de Irlanda recuerdan las hazañas y la santidad de  los grandes profetas del Antiguo, Testamento. La razón no es difícil de  encontrar si consideramos las circunstancias históricas que rodean su trabajo  en aquella isla. El Imperio romano, al extenderse a Francia y a las Islas  Británicas, dio lugar a la penetración del catolicismo en aquellas regiones;  pero la fe, que había avanzado con las legiones, tuvo que retirarse juntamente  con ellas y el paganismo llegó a dominarlas otra vez mediante la invasión de  los bárbaros. La divina Providencia eligió nuevos apóstoles para aquellos  países, apóstoles dotados de todos los carismas necesarios para la lucha contra  las fuerzas primitivas del mal. Por eso las vidas de aquellos misioneros se  llenaban de milagros que nos recuerdan las escenas en Egipto cuando Moisés se  enfrentó con los magos de Faraón o cuando Elías retó a los sacerdotes de Baal.

El  futuro apóstol de Irlanda nació en 372, pero no se sabe con exactitud el lugar  de aquel acontecimiento, Algunos lo ponen en Inglaterra, otros en Francia o  Escocia. Sin embargo, sabemos algo de sus padres. Su madre, Concessa,  pertenecía a la familia de San Martín, obispo de Tours, mientras su padre,  Calfurnio, fue oficial del ejército romano, de buena familia. Ambos fueron  cristianos. En el bautismo el niño recibió el nombre de Succat —el nombre de  Patricio le fue dado mucho más tarde por el papa Celestino, juntamente con la  misión de predicar el Evangelio en Irlanda—. De todas maneras, nosotros le  llamaremos Patricio desde ahora para evitar confusiones.

En el  año 388, cuando tenía dieciséis años, unos piratas le hicieron prisionero,  llevándole a Irlanda, donde fue vendido como esclavo a Milcho, jefe de  Dalraida, en el norte de la isla. Según sus Confesiones,  que escribió más tarde, pasó la vida de esclavitud cuidando de las ovejas de su  amo. La divina Providencia utilizó esta etapa de su vida para prepararle su  futura misión, porque, en el silencio de las montañas, Patricio se dedicó a la  oración muchas veces de día y de noche, de tal manera que podemos afirmar sin  reparo que este período de su esclavitud llegó a ser también el principio de su  santidad.

Un  día, durante sus oraciones, Dios le mandó un ángel para consolarle en su  miseria y para revelarle la futura gloria de Irlanda. Al mismo tiempo el ángel  le mandó escapar de su dueño y dirigirse a un puerto lejano donde encontraría  un barco que le llevaría a la libertad. Patricio obedeció este mandato divino  y, efectivamente, al llegar a su destino al sur de la isla, encontró el barco  tal como le había dicho el ángel, pero el capitán negóse a ayudarle en su  propósito de escapar. Sin perder sus esperanzas, Patricio se puso a rezar y, de  repente, el capitán cambió de parecer, le mandó subir al barco y le llevó a  Francia.

Una  vez conseguida la libertad, Patricio se refugió con su pariente, San Martín,  quien le recibió en un monasterio cerca de Marmontier. Allí el obispo había  construido pequeñas casas para algunos de sus monjes, mientras otros vivían en  cuevas cercanas. En estas condiciones de vida ermitaña el joven pasó casi  treinta años en preparación para su misión de apóstol. Los monjes vivían  separados, reuniéndose solamente para rezar en común dos o tres veces al día  según la costumbre de los monasterios orientales. En este ambiente de  tranquilidad Patricio empezó el estudio de las Sagradas Escrituras, empapándose  cada día más en la doctrina evangélica. Aquí también recibió otra visita  angélica en la cual Dios le dio el mandato de convertir a la verdadera religión  al pueblo de Irlanda. Al mismo tiempo oyó la voz de un irlandés llamándole para  que volviese como misionero al país de su esclavitud.

Cuando  murió San Martín, otro santo, Germán de Auxerre, tomó a Patricio bajo su  protección de tal manera que se puede decir que, bajo la tutela de él, Patricio  empezó la verdadera preparación para su misión. Primero se hizo monje, luego  sacerdote y después se fue a la isla de Lerins, aislado del mundo, donde continuó  su vida de eremita. Atraídos por la fama de su santidad, muchos otros monjes  quisieron reunirse con él, y muy pronto Lerins llegó a ser uno de los más  famosos monasterios del mundo. Sin embargo, Patricio se dio cuenta de su  obligación de prepararse cada día más para la misión que Dios le había  confiado; por lo tanto se marchó a Roma para continuar sus estudios en el  Colegio de Letrán.

San  Germán le llevó consigo a Inglaterra para ayudarle en su labor de apostolado,  pero, después de unos años, Patricio volvió a Roma y recibió del papa Celestino  la comisión de ayudar a Paludio en su misión de convertir a Irlanda. Salió con  verdadera alegría, pero, antes de marcharse de Italia, recibió las noticias de  la muerte de Paludio y otra vez fue a ver al Papa, quien le mandó recibir la  consagración como obispo, juntamente con los poderes necesarios para su misión.  Le consagró Máximo de Turín en Eboria, la moderna Ivrea, en el año 432, en la  presencia del papa Celestino, quien le dio el nombre de Patricio. El nuevo apóstol  de Irlanda salió para empezar su apostolado cuando tenía sesenta años.

Unos  meses más tarde llegó a Irlanda, y como la gente del pueblo de Bray no quisiera  recibirle ni oírle, se marchó otra vez al condado de Meath. Allí convirtió a su  primer irlandés, bautizándole con el nombre de Benigno. Este joven llegó a ser  el sucesor de Patricio en el arzobispado de Armagh. Después de predicar unos  meses en Meath, pasó al condado de Down, más al norte, y fue entonces cuando  empezó aquella serie de milagros que nos recuerdan las escenas más famosas del  Antiguo Testamento.

El  jefe de una tribu de Down, un tal Dichu, quiso asesinar a Patricio, pero, en el  momento de clavarle su espada, el Santo le paralizó el brazo derecho,  convirtiéndole luego a la fe con muchos de sus súbditos. De Down viajó otra vez  hacia el norte, llegando al territorio de su antiguo dueño, Milcho, quien le  había tenido como esclavo, mas éste, en vez de recibirle, se mató, después de  haber prendido fuego a todas sus posesiones. Pero sus hijos se convirtieron con  mucha gente de la región. Era ya Pascua de Resurrección del año 433. Patricio  había estado en Irlanda solamente un año; sin embargo, el éxito de su misión  estaba casi seguro. Pero ahora iba a enfrentarse con la prueba más dura de  todas.

Todos  los años, en aquellas fechas, los sacerdotes druidas tenían la costumbre de  reunirse en Tara con el rey Laeghaire para la ceremonia del fuego sagrado. En  este acto Patricio vio la oportunidad para enfrentarse de una vez con aquellos  sacerdotes paganos que tenían en esclavitud el alma del pueblo entero. Para  ello, cuando estaban reunidos todos para encender el fuego sagrado, apareció  Patricio con sus sacerdotes en una montaña de Tara, al otro lado del valle, y  allí encendió el fuego del Sábado de Gloria. Nada más ver aquellas llamas, los  sacerdotes acudieron presurosos al rey Laeghaire para decirle que, si aquel  fuego sacrílego no era apagado en seguida, sería imposible apagarle ya nunca.

A  pesar del mandato real y de todos sus esfuerzos los paganos no consiguieron  apagar el fuego que había encendido el Santo, ni tampoco matar a Patricio  quien, al día siguiente, fue a entrevistarse con el rey, rodeado de sus  sacerdotes. Los druidas hicieron todo lo posible para vencer al apóstol  mediante sus artes mágicas, pero no contaron con el poder milagroso de  Patricio. Delante de todos cubrieron el cielo con una nube que convirtió el día  en noche, pero no pudieron disiparla cuando les retó Patricio, quien, con una  oración, hizo salir el sol. El jefe de los sacerdotes se hizo levantar en el  aire por magia, pero después de otra oración de Patricio, fue lanzado contra  las rocas, con tal fuerza, que murió en el acto. Así, en un ambiente que  recuerda las famosas hazañas de los profetas del Antiguo Testamento, el cristianismo  triunfó en Irlanda. El rey Laeghaire dio al Santo permiso para predicar con  toda libertad en la isla y muy pronto se verificó la profecía de los druidas,  porque Patricio encendió el fuego de la fe entre los habitantes de Irlanda, de  tal manera, que no ha sido nunca apagado desde entonces. Poco a poco consolidó  la victoria ganada en Tara. En 444 construyó la iglesia de Armagh y desde allí  viajaba constantemente por todas las provincias, construyendo iglesias,  consagrando obispos y fundando monasterios. Según una tradición bien fundada,  cuando murió había consagrado a 350 obispos y ordenado a más de 2.000  sacerdotes.

Sin  embargo, como sabemos por su libro Confesión,  escrito por el mismo Patricio, el éxito de su misión no se consiguió sin mucho  trabajo y sin pasar por muchos peligros. Una docena de veces fue hecho  prisionero por los secuaces de los sacerdotes druidas, escapando por milagro;  otras veces trataron de matarle y en una ocasión se salvó por el coraje de un  sacerdote fiel, quien, sabiendo el peligro, ocupó el lugar de Patricio,  sacrificando así su propia vida para salvar la del Santo. Peor todavía fueron  las luchas con el demonio, quien hizo todo lo posible para mortificarle e  impedir su labor. El Santo tenía la costumbre de retirarse del mundo a veces  para rezar y meditar. En una ocasión lo hizo por cuarenta días, como Moisés, en  una montaña que se llama hoy día Croagh Patrick en su honor, Esta vez la razón  de su ayuno y oración fue conseguir de Dios ciertos beneficios para el pueblo  irlandés. Los demonios le atacaron con más furia que nunca, sabiendo algo de  sus propósitos. Después de una lucha feroz, el Santo les venció y, según la  tradición, dejaron al país y sus habitantes en paz durante siete años.

Pero  ahora, como Jacob, tuvo que luchar con Dios mismo para conseguir lo que quería.  Continuó ayunando y rezando hasta que, por fin, el ángel se le apareció para  decirle que Dios le había concedido lo que pedía. Según la tradición, los  favores especiales obtenidos por el Santo en aquella ocasión fueron los  siguientes: Muchas almas se librarían del purgatorio mediante su intercesión;  el que, en espíritu de verdadera penitencia y arrepentimiento, rezase su himno  antes de morir, conseguiría la bienaventuranza eterna; los bárbaros no  vencerían nunca su iglesia; siete años antes del fin del mundo, el mar cubriría  la isla para salvar a sus habitantes de las tentaciones y males del anticristo;  San Patricio mismo tendría el privilegio de juzgar, juntamente con Cristo, a  todos los irlandeses en el juicio final.

Su  vida estaba llegando ya a su fin. Una vez afirmada la posición de la Iglesia en Irlanda, el  Santo empezó a prepararse para la muerte, habiendo recibido de Dios una  revelación diciéndole el día y la hora en que iba a salir de este mundo para  recibir el premio de sus trabajos. San Tassack le dio los últimos sacramentos,  y el día 17 de marzo del año 493 murió en la ciudad de Saul, siendo enterrado  en el sitio donde hoy día está la catedral de Down.

Ahora  vamos a examinar su apostolado, para ver cómo consiguió en tan poco tiempo la  conversión de toda la isla de Irlanda y de una manera tan duradera. Dejando  aparte la divina Providencia, fuente de todo éxito sobrenatural, el secreto de  su triunfo está en el hecho de que encontramos en la labor de San Patricio un  modelo del verdadero espíritu misionero.

En  primer lugar, nunca estuvo contento con trabajo a sus subordinados, sino lo  hizo, cuando pudo, personalmente. En todas las regiones de la isla se puso en  contacto, primero con los jefes de las tribus, haciendo todo lo posible para  convertirles a la fe, o por lo menos, conseguir su amistad y permiso para  predicar en el territorio de ellos. La ventaja de este procedimiento se ve  claramente, porque así consiguió reducir al mínimo la oposición oficial a su  labor. Pero la conversión de los reyes o jefes de tribu siempre tuvo como  objeto principal llegar con más facilidad al pueblo. De la misma manera, en vez  de acudir a sacerdotes extranjeros para ayudarle en su trabajo, dio la sagrada  ordenación a indígenas. Entre estos sacerdotes muchos fueron hijos de los jefes  de tribu y alguno había sido antes sacerdote druida. Patricio fundó colegios  especiales para los futuros sacerdotes y nunca ordenó a nadie sin asegurarse  primero de su conocimiento de la fe y de su santidad moral. Pero quizá las dos  cosas que conducían más que nada al éxito de su misión fueron su manera de  predicar la fe y su revisión sabia de las leyes del país.

Predicó  de una manera muy sencilla y directa, empleando imágenes y ejemplos tomados de  la naturaleza y perfectamente adaptados al espíritu poético de la nación  irlandesa. Quizás el más famoso es su empleo de la hoja de trébol para  demostrar la Trinidad  y la Unidad de  Dios. Sus temas predilectos fueron la naturaleza y los atributos de Dios, la  divina providencia, la redención y sus frutos, la penitencia por los pecados,  las responsabilidades que siguen como consecuencia del bautismo, la necesidad  de la oración y, sobre todo quizá, la señal de la cruz. El mismo hacía la señal  de la cruz cien veces cada día y noche. Entre las oraciones que compuso para el  uso de su pueblo, la más famosa, sin duda, es la que se llama La coraza de San Patricio. Es  larga y sencilla. Bajo muchas figuras tomadas de la naturaleza insiste en la  presencia de Dios en el mundo, sus atributos, y, sobre todo, su especial  providencia, cuidando siempre del cristiano fiel.

Otro  elemento de su apostolado que ayudó muchísimo para consolidar la fe en Irlanda  fue la sabia reforma de las leyes civiles hecha por el mismo Patricio. Al  estudiar la constitución civil y política de la isla, encontró un fondo muy  bueno y sabio, mezclado con elementos paganos contra la ley divina o natural.  Con mucha paciencia reformó aquella constitución, de tal manera, que dejó  intacto lo bueno, cambiando solamente aquella parte que era pagana y falsa. Así  la jurisprudencia irlandesa dio lugar al Sanchus  Mor, el código irlandés de leyes civiles y religiosas. De aquí nació, un  poco más tarde, todo el sistema penitencial de los celtas. Quizá este mismo  espíritu de adaptación le llevó a determinar, como fecha para Pascua de  Resurrección, una fecha distinta de la del resto de Europa, tanto como el uso de la tonsura celta, adoptada por los monjes irlandeses, y, sin duda, de origen  druida. También es digno de notar que, en Irlanda, bajo el mando de San Patricio, el obispo de la diócesis fue, casi siempre, abad de un monasterio, un  hecho que deriva de la constitución civil de las distintas regiones de la isla. Gran parte del éxito del apostolado de San Patricio se debe a esta adaptación  del paganismo a la verdadera religión.

Los  escritos del Santo, especialmente su Confesión y la Epístola  ad Coracticurn, nos permiten ver con bastante claridad el carácter y la  personalidad del apóstol de Irlanda. Un hombre sencillo, con gran espíritu de  humildad y de pobreza, demuestra al mismo tiempo un celo en su apostolado y una  fortaleza que recuerdan los apóstoles de Jesús y los profetas del Antiguo  Testamento. Cuando no está ocupado con el apostolado activo, se dedica a la  oración y a la penitencia. Cariñoso y bondadoso, insistiendo siempre en el  perdón del enemigo, se revela al mismo tiempo temible en la represión del mal,  especialmente contra los enemigos de la fe. Debido a esta firmeza, el  nestorianismo nunca logró penetrar el catolicismo de Irlanda, pero sí el  pelagianismo, quizá por razón del origen celta de su autor. La prueba de la  eficacia de su labor y apostolado se encuentra en el hecho de que el  catolicismo de la nación irlandesa sigue siendo, aún hoy día, una de las  estrellas más brillantes en la corona de la Iglesia de Dios.

DAVID L. GREENSTOCK

Fuente: Mercaba

Martirologio Romano del Dia 17 de marzo

San Patricio, obispo, que, siendo joven, fue llevado cautivo desde Gran Bretaña a Irlanda, y después, recuperada la libertad, quiso ser contado entre los clérigos y regresar a la misma isla, donde, hecho obispo, anunció con vehemencia el Evangelio y organizó con firmeza la Iglesia, hasta que en la ciudad de Down se durmió en el Señor (461).

2. Conmemoración de muchos santos mártires en Alejandría, de Egipto, que en tiempo del emperador Teodosio, al crecer el número de los cristianos, los adoradores de Serapis apresaron a muchos de ellos, los cuales, por rechazar este culto, fueron muertos con gran crueldad (c. 392).

3. En Chalons, en Burgundia, de la Galia, san Agrícola, obispo, que durante casi diez lustros rigió esta Iglesia y la robusteció con varios concilios (580).

4. En Nivelles, en Brabante, santa Gertrudis, abadesa, la cual, nacida de muy preclara estirpe, recibió de san Amadeo el sagrado velo de las vírgenes, presidió sabiamente el monasterio construido por su madre y, asidua en la lectura de las Escrituras, consumió su vida con la austeridad de vigilias y ayunos (659).

5. En la isla de Chipre, san Pablo, monje, que fue quemado vivo por defender el culto de las santas imágenes (c. 770).

6*. En Modugno, cerca de Bari, en la Apulia, beato Conrado, que en Palestina llevó vida eremítica, habitando en una mísera cueva hasta la muerte (c. 1154).

7. En Olomuc, en Moravia, san Juan Sarkander, presbítero y mártir, que, siendo párroco de Holesov, por negarse revelar el secreto de confesión fue sometido al suplicio de la rueda y, arrojado a la cárcel cuando aún respiraba, falleció apenas un mes más tarde (1620).

8. En la región de los hurones, en Canadá, pasión de san Gabriel Lalemant, presbítero de la Compañía de Jesús, que con celo valeroso difundió la gloria de Dios en el mismo idioma de los pueblos de aquel lugar, antes de que él mismo fuese torturado por los idólatras. Su memoria se celebra, con la de sus compañeros, el día diecinueve de octubre (1649).

9*. En la ciudad de Málaga, en España, beato Juan Nepomuceno Zegri y Moreno, presbítero, que consagró su vida en el ministerio al servicio de la Iglesia y de las almas, y, para procurar mejor la gloria de Dios Padre en Cristo,fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad de la Santísima Virgen María de la Merced (1905).

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