Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…San Juan de Dios

Que sin arrebatos de divina locura no se puede llegar a la  santidad, es evidente. Los cuerdos, según el mundo, jamás llegarán a la  santidad heroica. La vida sin complicaciones, sin exabruptos de generosidad, la vida atiborrada de cálculos egoístas —burguesa—, se opone diametralmente a la  de los santos. No hay compatibilidad entre los santos y los que jamás abandonan  sus cómodas casillas; lo mismo que no la hay entre el volcán y la llanura  esteparia, ni entre los héroes —hombres de arranques— y los adocenados.

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8 de marzo

San Juan de Dios, Confesor 
  († 1550)

Que sin arrebatos de divina locura no se puede llegar a la  santidad, es evidente. Los cuerdos, según el mundo, jamás llegarán a la  santidad heroica. La vida sin complicaciones, sin exabruptos de generosidad, la  vida atiborrada de cálculos egoístas —burguesa—, se opone diametralmente a la  de los santos. No hay compatibilidad entre los santos y los que jamás abandonan  sus cómodas casillas; lo mismo que no la hay entre el volcán y la llanura  esteparia, ni entre los héroes —hombres de arranques— y los adocenados.

Se  explica que los santos tengan que ser locos, locos de remate, para el mundo.  Porque ¿no es la doctrina evangélica la más disparatada locura de tejas abajo y  la sabiduría más sublime para los que están tocados de Dios? Los santos —como  los genios o los héroes— rompen moldes, los moldes de la vulgar ramplonería  humana, y por eso chocan con la realidad monótona. Tienen dinamita en el alma y  su generosidad les hace estallar hacia lo imprevisto e inédito.

Pero, ¿qué hacen sino seguir las huellas de Aquel que dio en la  cresta a la sabihonda cordura humana, provocando ante la humanidad el más  sonado de los escándalos: el de su muerte en una cruz? No cabe duda, con este  hecho comenzó la era de la locura. ¡Bienvenida! En pos de Él siguieron legiones  de «chiflados»: los que se dejaron descabezar por amor de Dios, los  que abandonaron su patria —¡con lo bien que se está en casita!— para difundir  el Evangelio entre caníbales, los que maltrataron sus cuerpos hasta convertirlos  en piltrafas humanas, los que se abrazaron a los apestados —¡uf, qué asco!, los que dijeron mil veces no cuanto  todos dicen , y  cuando la mayoría dice no
Ahondad en la vida de los santos y veréis cómo, bajo las  apariencias más normales, existe el contagio.

Todos están tocados por la locura de la cruz.

San Juan de Dios fue uno de esos locos. La venada le dio fuerte. Lo vais a ver.
Era el día de San Sebastián de 1537. En la histórica ermita del  Santo de la ciudad de Granada predicaba el Beato Maestro Juan de Avila, que,  cual otro Pablo de Tarso, se había hecho célebre por sus infatigables correrías  apostólicas por Andalucía. Durante su sermón, atacó duramente contra los vicios  y predicó sobre las virtudes y el amor de Dios.

Un hombre de cuarenta y dos años le escuchaba absorto sin perder  sílaba. Era conocido en la ciudad por su tenderete de libros, y en toda la  comarca, porque lo veían con frecuencia vendiendo libros, estampas e imágenes  por los pueblos.

De repente se oyó un grito en la pequeña ermita abarrotada de  fieles: «¡Misericordia, Señor!» Todos quedaron pasmados ante el  hombre que había gritado, y mucho más cuando le vieron darse cabezadas en el  suelo, mesarse las barbas y cejas y dar muestras de un profundo dolor y pesar  de sus pecados.
Salió de la ermita y se dirigió precipitado hacia su tenducho,  ¡Pobrecito, se había vuelto loco! Sus gestos y sus gritos lo manifestaban bien  a las claras. Ya en su casa, rompió cuantos libros de caballerías tenía en  venta, distribuyó los devotos entre los curiosos que le habían seguido y se  despojó de sus vestidos quedándose con lo imprescindible. ¡Hecho una facha! ¡Le  fallaban los cascos! Así pensaba la gente.

Nuestro hombre se confesó, entre lágrimas, con el padre Ávila.  Posiblemente, incluso este mismo santo varón sospechó que su penitente estaba  perturbado. Pero sus sospechas hubieron de desvanecerse ante las palabras del  hombre que tenía a sus pies. Lo consoló y le animó a seguir las inspiraciones  de Dios.

Pero el Beato Maestro Avila tenía que ausentarse de Granada y aquí  tenemos a Juan Ciudad (que este era el nombre del extraño converso) comenzando  una vida nueva.

Los vecinos de Granada vieron que las locuras de Juan Ciudad  seguían en aumento: se metía en los lodazales y daba saltos por las calles  haciéndose el demente. Quería el desprecio. Deseaba que le tuvieran por  mentecato. Y lo consiguió.

Unos días después, Juan Ciudad era internado en el Hospital Real  de Granada, donde eran cuidados los que habían perdido el juicio. No podía  estar libre por las calles aquel hombre que era la irrisión de chicos y  grandes, que le corrían e insultaban gritando: «¡Al loco, al loco!».

En el Hospital Real estuvo algún tiempo. Los loqueros le trataron  mal. Incluso quisieron volverle el juicio a base de azotainas. Porque era, por  lo visto, un remedio muy socorrido en la época éste de los azotes para curar la  locura.

Sobre las flacas carnes de Juan Ciudad cayeron frecuentemente los  látigos y los cordeles de los loqueros, si bien veían en él una demencia  singular: se alegraba de los malos tratos que le daban, mientras que reprendía  severamente a los enfermeros por la dureza con que se comportaban con los  pobres dementes. Cierto, aquel hombre era un caso clínico sin precedentes…

Años más tarde, toda Granada se conmovería ante la muerte de aquel  que fue tenido por loco. Y después de lustros y de siglos, cuantos leyeran la  vida de Juan sentirían tal vez que las mejillas se les humedecían ante tanto  heroísmo.

Pero queremos interrumpir el proceso de la santa locura de Juan  para plantarnos de golpe ante su fase más aguda. Era cuando Juan estaba maduro  ya en la santidad y cuando se apellidaba «de Dios». Ya no tenía  curación; el amor de Dios y del prójimo se había apoderado totalmente de su  ser.
Juan se pasó los últimos años de su vida en medio de la podre  humana. ¿Quién sino un loco por Dios hubiera soportado lo que él soportó?

Del breve, pero interesante, epistolario del Santo entresacamos  algunos párrafos que valen más que todas las descripciones que pudiéramos hacer  del ambiente en que derrochaba amor Juan de Dios. Dice en una ocasión: » … en esta casa (en el hospital  por él fundado) se reciben generalmente  de todas enfermedades y suerte de gentes, ansí que aquí ay tollidos, mancos,  leprosos, mudos, locos, perláticos, tiñosos y otros muy viejos y muy niños…».  Y en otra ocasión: «…cada día se  me recresen las necesidades y angustias y en demás hagora y de cada día mucho  más ansí de deudas como de pobres que vienen muchos desnudos y descalzos y  llagados y llenos, de piojos, que ha menester un hombre o dos que no hagan más  que escaldar piojos en una caldera hirviendo y este trabajo será de aquí  adelante todo el invierno…».

Ante estas y otras miserias, que sólo de contarlas dan náuseas, se  derretía el alma de Juan de Dios. Y no había privación, dolor, trabajo o  humillación que Juan no aceptara contento para remediarlas.
San Juan de Dios fue un santo extraordinario. Comparable a San  Francisco de Asís por su sencillez, pobreza y humildad y también por su  encendido amor de Dios y del prójimo. Ninguno de los dos fue sacerdote. Y, sin  embargo, uno y otro conmovieron profundamente a sus contemporáneos y fueron  verdaderos padres de las almas.

Es lástima que no se pueda resumir la vida de nuestro Santo en  unas breves páginas. Merecería la pena, ya que es hondamente edificante. Sobre  todo, desde el período de su ruidosa conversión (que rápidamente hemos transcrito),  su vida fue una entrega heroica ininterrumpida a Dios y al prójimo. A todos  extendía su ardorosa caridad: a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a  los pobres, a los ancianos, a los labradores arruinados por las cosechas, a las  mujeres de mala vida, a los obreros sin trabajo, a los soldados que no recibían  sus pagas, a los estudiantes que se encontraban en apuros, etc., etc. Se  podrían escribir páginas y páginas con un sabrosísimo anecdotario sobre la  caridad de San Juan de Dios.

Como botón de muestra de lo que venimos diciendo, queremos traer  unas líneas de uno de los primeros biógrafos del Santo en la que se nos  describe uno de los últimos rasgos de caridad del Santo, en el remate ya de su  divina locura. Dice así:

«Eran tantos los trabajos en que Ioan  de Dios se ocupaba por dar remedio a los de todos, así de caminos y salidas que  hacía, en que padecía muchas frialdades, como del trabajo ordinario de la  ciudad, que se desvencijó (¡se hizo polvo! diríamos en nuestra  época), y de esta enfermedad, como él le  hacía poco regalo, padecía gravísimos dolores, y disimulaba cuanto él podía,  por no darlo a entender y dar pena a sus pobres en vello malo, mas estaba ya  tan flaco y debilitado y sin fuerzas, que no lo podía ya disimular. Y sucedió a  esta sazón, que el río Genil vino aquel año muy crecido por las grandes aguas  que había llovido; y dixéronle a loan de Dios’ que el río con la corriente  traía mucha leña y cepas. Y él determinóse, con la gente sana que había en  casa, de illa a sacar, porque el invierno era muy fuerte de nieves y fríos,  para que los pobres hiciesen lumbre y se calentasen. De meterse en el río en  tal tiempo, cobró tanta frialdad, sobre la enfermedad que tenía, que  aquexándole más gravemente el dolor que solía, cayó muy malo; y la causa de  meterse tanto en el río fue que, de la gente pobre que venía a sacar leña, un  mozuelo entró incautamente en el río más de lo que se sufría, y la corriente  arrebatólo y llevábalo; y Ioan de Dios, por socorrelle, entró mucho, y al fin  se ahogó, que no pudo asille. Y desto cobró mucha pena; de manera que su  enfermedad se iba agravando cada día más…«

Juan de  Dios siguió «desvencijado», como dice su biógrafo, pero infatigable  en sus extremadas penitencias y en sus trabajos por los pobres y enfermos.  Hasta que le tocó caer en la brecha. Fue el 8 de marzo de 1550. Tenía cincuenta  y cinco años.

Presintiendo la hora de su muerte, ya en su última enfermedad,  pidió que le trajeran el Santísimo. Antes se había confesado con gran fervor.  Comulgar no pudo, por no resistir su estómago ningún alimento. Habiendo llamado  a Antón Martín, a quien tiempo atrás había convertido y hecho su colaborador  más fiel, le recomendó atendiera en lo sucesivo a sus pobres y enfermos. Y  viendo que se moría, se levantó de la cama, se puso de rodillas y, abrazando un  crucifijo, dijo: «Jesús, Jesús, en  tus manos me encomiendo«. Momentos después, entregaba su alma a Dios,  quedando su cadáver de rodillas, con suma admiración de todos los que estaban  presentes a su muerte.

Su entierro fue uno de los más solemnes que jamás conociera la  ciudad de Granada. El que doce años antes había sido corrido por las calles como  loco, era proclamado por todos unánimemente como santo. Pero era igual. ¿No  había sido realmente loco, loco por el amor de Dios?

Había nacido Juan en Montemayor el Nuevo, pequeña ciudad de la  diócesis de Evora (Portugal) en el año 1495 en el seno de una familia  hondamente cristiana. Sus padres, Andrés Ciudad y Teresa Duarte, lo educaron en  el temor de Dios. Sus biógrafos aseguran que hubo presagios maravillosos de lo  que había de ser, desde el momento de su nacimiento. Aunque la hipercrítica los  rechazará, da igual, ya que su vida —sobre todo desde su conversión definitiva—  fue un prodigio continuo.

A los ocho años, no se sabe a punto fijo por qué motivos, abandonó  la casa paterna para trasladarse a España. Un sacerdote lo atendió en los  primeros días hasta que vino a parar a Oropesa, en la provincia de Toledo. Aquí  lo prohijó un tal Francisco Mayoral, hombre probo y de excelente corazón. En  esta ciudad fue durante algún tiempo pastor de los rebaños de su protector.  Pasados los años, el carácter de Juan cautivó a su bienhechor, hasta el punto  de que quiso casarlo con su hija. Pero él rehusó tal propuesta haciéndose  soldado.

Juan comenzaba una vida nueva llena de peripecias y de peligros.  Se alistó de momento en las tropas que guerreaban contra Francisco I de  Francia. En 1521 se encuentra en Fuenterrabía, que el francés había sitiado.  Tal vez se extravió algo entre la soldadesca. Por lo menos su fervor inicial.  Hasta que, salvado por la   Virgen providencialmente de la horca, a la que le había  condenado uno de sus jefes por haberse dejado arrebatar un botín que a su  custodia había sido confiado, decidió cambiar de vida y regresar a Oropesa.  Cuatro años estuvo esta vez con su protector, que le había recibido con gran  alegría. Hubo nuevas propuestas de matrimonio con su hija, y él huyó de nuevo.

Por segunda vez se alistó en el ejército. Ahora había de luchar  por tierras de Austria-Hungría contra el gran turco Solimán II, que había  puesto en apuro al hermano de Carlos V, Fernando.

Rechazados los turcos de las cercanías de Viena, Juan regresó a  España por mar, desembarcando en Coruña. Desde allí se dirigió a su pueblo  natal. Allí se enteró de que sus padres habían muerto, la madre poco después de  su salida de Portugal y el padre años más tarde como religioso en un convento.  Con honda pena abandonó su tierra pasando a Ayamonte, en cuyo hospital se  dedicó al servicio de los enfermos. Poco después llega a Sevilla, donde se  acomodó de pastor durante una temporada.

Poco después se dirige a Ceuta en compañía del caballero portugués  D. Luis Almeyda, su esposa y cuatro hijas. La enfermedad postra en la cama a  casi todos los miembros de esta familia, agotando todos sus recursos  económicos.

Entonces, Juan trabaja en las fortificaciones de la ciudad para  sostener a aquellos amigos suyos que se encontraban en un duro trance. Iba ya  madurando en su alma aquella caridad que no había de conocer límites. Por  evitar peligros para su alma con el contacto de los infieles, Juan pasó a la Península quedándose en  Gibraltar, donde comenzó su pequeño negocio de ventas de estampas y libros  piadosos. Aunque más que negocio era apostolado lo que hacía. Su alma estaba  cada vez más preparada para dar el vuelco definitivo. Si sus biógrafos aseguran  que Juan fue siempre muy buen cristiano, muy sencillo, caritativo y devoto de la Virgen María, hay que  reconocer que es en esta época de su vida donde se va viendo más claramente que  Dios le iba preparando para lo que sería después. Los historiadores hablan de  una aparición del Niño Jesús en forma de pequeño mendigo, el cual, como hubiera  sido atendido con inmensa caridad por Juan, le dijo que fuera a Granada, donde  tendría su cruz, manifestándosele después como el Hijo de Dios. Lo cierto es  que ya había dado pruebas Juan hasta estas fechas de una exquisita caridad.

Hemos hablado un poco de la conversión definitiva a Dios de Juan a  poco de llegar a Granada, donde llevaba unos meses dedicado a la venta de  estampas y libros piadosos, lo mismo que había hecho en Gibraltar.

También lo hemos visto tenido por loco y recluido en un manicomio.  Salió por fin de allí, habiendo dejado muestras de una humildad a toda prueba y  de un espíritu de sacrificio extraordinario.
A partir de este momento encontramos a Juan completamente  enloquecido por Dios y soñando únicamente en servirle cada vez mejor. Para ello  eligió como director de su conciencia al ya mencionado padre maestro Juan de  Avila, gran santo y gran conocedor de las ciencias teológicas. Habiendo pedido  consejo Juan a este santo varón, le confirmó en sus deseos de entregarse al  cuidado de los enfermos. Para ello, después de haber peregrinado a Guadalupe,  Juan alquila una casa y la convierte en hospital. Poco a poco va acomodando a  cuantos enfermos encuentra, dando muestras, en aquella Granada que le había  tenido por loco unos meses hacía, de una santidad extraordinaria.
Juan pedía limosna para sus pobres a todas horas y sin el más  mínimo respeto humano, así como recogía y llevaba a hombros a los enfermos más repugnantes para cuidarlos en su hospital. Era frecuente que cambiara sus  vestidos por los harapos de los indigentes. De tal modo que, para que en adelante no lo hiciera, el arzobispo de Túy, don Sebastián Ramírez de Fuenleal,  presidente de la cancillería de Granada, mandó hacerle una especie de hábito  religioso, que él mismo le impuso, cambiándole a la vez su nombre de Juan  Ciudad por el de Juan de Dios.

Las virtudes que Juan de Dios practicó durante los trece años que  vivió a partir de su conversión son admirables. Dios premió su generosidad con  hechos extraordinarios. Obtuvo conversiones increíbles y fue mucho mayor el  bien que hizo a las almas que a los cuerpos. Sus dos colaboradores más íntimos  y primeros religiosos de su Orden fueron dos enemigos irreconciliables que se  odiaban a muerte y que fueron subyugados enteramente por las virtudes del  Santo. Nos referimos a Antón Martín y a PedroVelasco, que murieron con fama de  santidad siendo hermanos de San Juan de Dios.

Fueron también notables los viajes del Santo, siempre a pie y  descalzo, buscando limosnas para sus enfermos. Uno de sus viajes, ya al fin de  la vida, lo hizo a la corte, que se encontraba a la sazón en Valladolid. Felipe  II y sus cortesanos quedaron maravillados de la santidad del siervo de Dios.

No es extraño que a este bendito varón le colmara el Señor con  toda clase de bendiciones. Una vez se le apareció el mismo Jesucristo en forma  de pobre.

Entre los hechos más notables de su vida se cuenta que, habiéndose  originado un incendio en el Hospital Real de Granada, estuvo sacando enfermos  del mismo en medio del fuego sin que las llamas le tocasen.

Por fin, extenuado por sus innumerables trabajos y penitencias,  entregó su alma al Señor, con una muerte envidiable, como hemos visto.

La estela de sus virtudes fue imborrable y este humilde servidor  de Jesucristo dejó a la   Santa Iglesia una legión de hijos, émulos de sus virtudes,  los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.
Fue beatificado por el papa Urbano VIII, por un breve del 21 de  septiembre de 1630 y canonizado por Inocencio XII el 15 de julio de 1691.

Esta es la historia de Juan de Dios, un «loco a lo  divino», como lo han sido todos los santos.

¡Que él y ellos nos contagien de su locura! 

FAUSTINO MARTÍNEZ GOÑI

Fuente: Mercaba

Yo, ¿Para qué nací?

Yo para qué nací? Para  salvarme. 
  Que tengo de morir es infalible. 
  Dejar de ver a Dios y condenarme, 
  Triste cosa será, pero posible. 
  ¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme? 
  ¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible? 
  ¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
  Loco debo de ser, pues no soy santo.

Fray Pedro de Reyes, s. XVI

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