Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…San Grabriel Arcángel

Dios es el único ser que no tiene historia. Todos los seres  creados son, en mayor o menor medida, seres históricos: nacen, evolucionan,  mueren. Sólo que la historia de cada uno tiene un signo diferente, según el  lugar que ocupe en la jerarquía ontológica. A medida que se asciende de lo  inerte a lo sensitivo y de lo irracional al mundo del espíritu, la historia va  enriqueciéndose y entrañándose en la esencia misma del ser. Por eso el hombre  es el ser más histórico de todos los que pueblan la tierra. Sobre el cimiento  de unas pocas tendencias universales y permanentes de su naturaleza, cada  hombre participa en la historia general de la humanidad desde un ángulo propio  e irrenunciable. Del hombre, y sólo del hombre, cabe hacer biografía. Una  piedra, como tal, no tiene biografía, aunque las piedras, en su conjunto,  tengan también historia. 

san Gabriel

SAN GABRIEL ARCÁNGEL

24 de marzo

Dios es el único ser que no tiene historia. Todos los seres  creados son, en mayor o menor medida, seres históricos: nacen, evolucionan,  mueren. Sólo que la historia de cada uno tiene un signo diferente, según el  lugar que ocupe en la jerarquía ontológica. A medida que se asciende de lo  inerte a lo sensitivo y de lo irracional al mundo del espíritu, la historia va  enriqueciéndose y entrañándose en la esencia misma del ser. Por eso el hombre  es el ser más histórico de todos los que pueblan la tierra. Sobre el cimiento  de unas pocas tendencias universales y permanentes de su naturaleza, cada  hombre participa en la historia general de la humanidad desde un ángulo propio  e irrenunciable. Del hombre, y sólo del hombre, cabe hacer biografía. Una  piedra, como tal, no tiene biografía, aunque las piedras, en su conjunto,  tengan también historia.

Pero ¿y los ángeles? Hay, ciertamente, una historia universal de  los ángeles, criaturas de Dios; una historia que ha quedado escrita en los Libros  Sagrados, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Los ángeles nacieron de una  palabra de Dios. Pronto, rebeldes unos, fieles otros, se bifurcó para siempre  su historia colectiva en dos inmensos bloques, de luz y de sombras, de odio y  de amor. La inmensa mayoría de los ángeles, espíritus puros, han quedado sin  nombre y sin hazañas extremas. Sólo Dios sabe sus nombres y sus papeles en el  gran teatro del mundo. Para nosotros son como anónimas estrellas fugaces, que  de vez en cuando cruzan el firmamento del espíritu. Así los que se aparecieron  a los pastores de Belén, anunciando la paz a los hombres de buena voluntad; el  ángel de Getsemaní, que confortó a Cristo en su agonía, el que traspasó de una  lanzada el corazón de Santa Teresa; tantos otros, que pusieron un momento de  luz en la vida de algunos elegidos de Dios y se desvanecieron para siempre.

Mas hay unos ángeles, muy pocos, que tienen, además de esa  historia anónima y colectiva, algo así como una biografía personal. Entre esos  pocos, San Miguel, el capitán de las huestes angélicas contra Luzbel; San  Rafael, el compañero de peregrinación de Tobías, ocupa puesto preeminente el  arcángel San Gabriel.

Por de pronto, San Gabriel tiene uno de los nombres más bellos que  ha podido troquelar el lenguaje humano: «hombre de Dios, hombre en que  Dios confía»; o también, como San Gregorio glosa, «el fuerte de  Dios».

Cuando Dios va a hacer uso de su poder sobre el mundo, en su  manifestación más excelsa, la de la Redención, elige como mensaje, como su embajador  y plenipotenciario, a este soberano arcángel. Tres veces le vemos surgir  corpóreamente en la historia de la humanidad. Se aparece en primer lugar, a  Daniel —allá en el año tercero del reinado del rey Baltasar— para revelarle el  sentido de la visión del combate entre el carnero y el macho cabrío. Lo hace en  figura de varón y sobrecoge al profeta, que, de bruces y espantado, le  contempla con un estremecedor anuncio para días lejanos: «Entiende, ¡oh  hijo del hombre!, esta visión, que es para el tiempo final» (Dan. 8,15ss.).  Pero aún recibirá Daniel una nueva visita del celestial mensajero, al iniciarse  el imperio de Darío; y en ese encuentro se traslucirá la inmensa profundidad de  la misión que Dios confía al arcángel. Mientras el profeta está postrado ante  Yahveh, en ayuno, saco y cenizas, al caer la tarde, rogando y confesando sus  pecados y los pecados de su pueblo y presentando su oración al Señor  «grande y terrible», irrumpe Gabriel en raudo vuelo y silueta de  hombre, y le anuncia las setenta semanas decretadas por Dios sobre el pueblo y  su ciudad santa para expiar la iniquidad, traer la justicia eterna y ungir al  Santo de los santos: «siete semanas y setenta y dos semanas hasta la  llegada del Mesías príncipe» (Dan. 9,1ss.).

Cuando ese plazo de Dios se cumple, el arcángel San Gabriel vuelve  a la tierra con perfil de mancebo, penetra en el gran templo de Jerusalén y  llega a Zacarías, el sacerdote del turno de Abías, desposado con Isabel, la  hija de Aarón. El temor sobrecoge y turba al venerable sacerdote mas el arcángel  le tranquiliza y anuncia que su oración ha sido escuchada: su mujer le dará un  hijo, a quien pondrán por nombre Juan, y será gozo y alegría para él y para  muchos, grande a los ojos del Señor y lleno del Espíritu

Santo desde el seno de su madre. Un hijo precursor del Señor de  Israel que volverá a los rebeldes a la prudencia e los justos y preparará al  Señor un pueblo debidamente dispuesto. Zacarías no acierta a comprender cómo le  llegará ese regalo, en que se cifra la ilusión de toda su vida. El ya es viejo  y su mujer estéril y avanzada en sus días. Pero el ángel le abre la inmensa  perspectiva del misterio: «Yo soy Gabriel, que asisto ante Dios y he sido  enviado para hablarte y darte estas buenas nuevas.» Desde ahora Zacarías  permanecerá mudo hasta el día en, que se verifique el prodigio, por no haber  dado fe a las palabras del enviado, que se cumplirán a su tiempo. Escasos meses  tendrán que transcurrir para que la familia de Zacarías se alegre con la  realización de la promesa y para que un más extraordinario acontecimiento  conmueva al pueblo de Israel (Lc. 1,5ss.).

Va a sonar la hora que el arcángel anunció al profeta Daniel. Y en  esa hora retornará por tercera vez Gabriel a Palestina para consumar la más  alta embajada que jamás conocieron los siglos: el anuncio de la encarnación del  Verbo a la Virgen María.

Tres rastros de luz nos permiten vislumbrar la suprema hermosura  de ese momento; uno, en los lienzos de Fra Angélico; otro, en las páginas  evangélicas de San Lucas; un tercero, en el pensamiento teológico de Santo  Tomás.

Estos tres rastros son palabra  hecha luz; luz que es calor y perfil de amanecer, Verbo encarnado y verdad  de salvación. Porque el arcángel Gabriel es el portador de la palabra  omnipotente, el gran mensajero, el primer embajador de Dios a los hombres.

Contemplemos la escena de su mensaje con nuestros ojos del cuerpo,  poniéndolos sobre la tabla del Angélico. A la izquierda, entre el verde follaje  del paraíso perdido, Adán y Eva, la primera pareja humana, que se aleja bajo la  pesadumbre de su culpa. Arriba, sobre una ráfaga de oro, el Espíritu divino, y  a la derecha, bajo una tenue y transparente luz de amanecer, el inefable  espectáculo de la reconciliación entre Dios y la naturaleza humana, que se anuncia en el saludo del ángel, bajo la bóveda azul, tachonada de estrellas de  oro, sin más testigo que la golondrina silenciosa sobre la barra de hierro entre las esbeltas columnas. El arcángel se inclina reverente ante la Virgen con sus brazos  cruzados. Hay en él una armonía de amapolas y de trigo maduro; hay en Ella un  juego de rosas y azul. La ráfaga luminosa del Espíritu toca apenas las alas y  la aureola del arcángel y besa el pecho inmaculado de la doncella, que acepta  el mensaje. Todo es elegancia, suprema elegancia de cuerpo y de espíritu, que  es el signo de lo angélico.

Para poner sonido de este mudo cuadro de colores divinos, se nos  acerca San Lucas y nos repite con sobrecogedora sencillez las palabras del  arcángel.

Gabriel, enviado por Dios a Nazaret de Galilea, está ante María, la Virgen desposada con José,  el varón justo de la casa de David. Y entrando a ella le dice: «Dios te  salve, llena de gracia, el Señor es contigo.» Se turba la Doncella al oír estas  palabras y busca el significado de la desconcertante salutación. Y el ángel la  serena: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y  concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.  Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de  David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no  tendrá fin.»   

María, suavemente, pregunta: «¿Cómo podrá ser esto, pues yo  no conozco varón?» Y el ángel descorre el velo del inmenso enigma:  «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con  su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios.  E Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes  sexto de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios.» María,  rendida y humildemente, acepta: «He aquí a la sierva del Señor; hágase en  mi según tu palabra.» El ángel parte. La Redención ha comenzado.  La misión, del embajador ha quedado soberanamente cumplida (Lc. 1,26ss.).

Pero a los hombres —a estos pobres seres que somos los hombres— nos  quedan, atenazantes, unas cuantas preguntas. Para que Dios viniera al mundo a  redimirnos, ¿era necesario este insólito anuncio a la Santísima Virgen,  a través de un arcángel? ¿No había sido ya objeto de una profecía de  predestinación el misterio de la   Encarnación del Mesías en el seno de una Virgen? Y si la Virgen María tenía  esa fe en la Encarnación  y creía en ella con invencible certeza, como indiscutiblemente creía, ¿para qué  el anuncio a través de un ángel? Aún más: si concebir en el espíritu es algo  superior a concebir en el cuerpo, y son muchas las almas santas que conciben  espiritualmente, ¿para qué era necesario y cómo fue posible que la Virgen de las vírgenes  recibiera esa noticia de boca de una criatura, aunque fuera arcángel?

La mente,  a la vez poderosa y angélica de Santo Tomás de Aquino, se hace problema de  estos misterios y nos abre perspectivas de luz (Summa Theologica 3 q.30).  La anunciación a María era necesaria, no con necesidad absoluta, pero sí con  necesidad relativa, de conveniencia, porque la unión del Hijo de Dios a María  debía hacerse gradualmente y porque antes que concibiera a su Hijo en la carne,  el espíritu de la Virgen  tenía que estar advertido de la insondable maravilla. Con razón San Agustín ha  podido decir que María fue más feliz al abrazarse a la fe en el Cristo que se  le anunciaba, que al concebirlo en su carne. Pero, además, al ser instruida por  Dios del gran misterio a través del ángel, se transformaba la Virgen Madre en el  testigo más seguro y podía ofrecer a Dios, sin demora, el don voluntario de su  ofrenda, de su entrega y servicio, que dejaba sellado, externa y solemnemente,  el matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana entera.

Pero por qué ese anuncio tenía que hacerse a través de un ángel?  Si Dios se revela directamente, sin intermediario, a los ángeles supremos y si  María está por encima de todos los ángeles, ¿por qué no le haría Dios  directamente a Ella la revelación del misterio? De otro lado, si en el orden  humano establecido por Dios, las mujeres, como enseña San Pablo, deben ser  instruidas de las realidades divinas por sus esposos, ¿por qué el misterio de la Encarnación no fue  anunciado a la Virgen  bienaventurada a través de San José, en vez de serlo por mediación del  arcángel? Y aún más: Si Dios eligió a un ángel para transmitir su palabra, ¿no  debía haber sido uno de los ángeles de la jerarquía suprema, la de los  serafines?

Sin embargo, el texto revelado de San Lucas es inequívoco: Dios  eligió precisamente a un arcángel, al arcángel Gabriel, para ser su mensajero  en la Anunciación  a María. Y convenía que así fuese por tres razones principales, que desgrana el  genio teológico de Santo Tomás.

Dios, en su plan, de gobierno del universo, reveló los misterios a  los hombres por medio de los ángeles. El arcángel Gabriel dio a conocer a  Zacarías el próximo nacimiento de su hijo, el profeta Juan, y el mismo arcángel  completaría el anuncio revelando a María el misterio por excelencia de la Encarnación del Verbo.

En segundo lugar, la humanidad debía ser regenerada por Cristo. Si  un ángel de obscuridad, bajo forma de serpiente, causó la perdición de la  primera mujer, convenía que un ángel de luz restaurara la paz entre la  humanidad y Dios a través de otra mujer: la Virgen María.

Por último, esa virginidad misma de la Madre de Dios requería que  fuese un ángel el que le anunciara la Encarnación porque la vida de las vírgenes es  como una vida de ángeles sobre la tierra y aunque la que había de ser Madre de  Dios era ya superior a los ángeles por la dignidad a la que había sido  divinamente elegida, sin embargo, su estado de vida presente, de vida corpórea,  la hacía inferior a ellos y entraba dentro de la armonía de los planes divinos  que fuese un ángel quien se acercase a ella para anunciarle la Buena Nueva. Y ese  ángel no tenía por qué pertenecer a la jerarquía suprema de los serafines, sino  ser el primero del orden de los arcángeles, porque a los arcángeles les  corresponde la misión de intermediarios, de mensajeros entre Dios y los  hombres. Y Gabriel —recordemos— es, por su nombre mismo, «el fuerte de  Dios». ¿Quién mejor que él para anunciar a una criatura humana Que llegaba  a la tierra el Señor de todo poder y de toda verdad?

Todavía puede asaltarnos una duda o reproche: ¿por qué Gabriel, el  ángel anunciador, tomó forma corpórea para aparecerse a la Virgen? ¿No hubiera sido  más alta una visión espiritual o, a lo más, una visión imaginativa, como la de  San José durante su sueño? ¿No se hubiera evitado así la turbación que, según  el Evangelio mismo de San Lucas, produjo a la Virgen la aparición corporal del ángel? Sin  embargo, la revelación no nos permite dudar de que el arcángel Gabriel se  apareció en forma corpórea a la  Virgen María, con rostro rutilante, vestido resplandeciente, en, actitud admirable, según le describe San Agustín: «Facie rutilans, veste  coruscans, incessu mirabilis.»

Podía, en verdad, haberse dado una visión espiritual o  imaginativa, pero había, según el Doctor Angélico, poderosas razones de  conveniencia para que la aparición fuese bajo forma corpórea. Primero, por el  mensaje mismo, Ya que lo que en ángel venía a anunciar era la encarnación de un  Dios invisible y esta idea se hacía más clara y rotunda si una criatura  invisible, como un arcángel, tomaba forma visible al acercarse a la mujer elegida  entre todas las mujeres para ser Madre de Dios.

Segundo, por la dignidad misma de la Virgen Madre que  había de recibir al Hijo de Dios no sólo en su seno corporal, sino también en  su espíritu; y para ello importaba que sus sentidos exteriores fuesen reconfortados,  al mismo tiempo que su espíritu, por una aparición angélica.

Finalmente, para que el extraordinario mensaje lograra el  necesario grado de certeza, era conveniente que llegara al espíritu por vía de  los sentidos, ya que el ser humano capta con mayor seguridad lo que ven sus  ojos que lo que forja su imaginación.

Y no importa que esa aparición corpórea produjera turbación en la Virgen. Siempre  que una fuerza superior del espíritu actúa sobre nuestras vidas, sea a través  de visiones imaginativas o de apariciones sensibles, experimentamos turbación.  Pero eso es motivo de honor y no de humillación, porque ese estremecimiento en  las potencias inferiores tiene precisamente por causa el hecho de la elevación  del espíritu a un plano más alto. Y, además, en el caso de la Virgen María, la  turbación no fue de duda —como la de Zacarías frente al mismo arcángel  Gabriel—, sino de humildad y pudor, y mereció la inmediata palabra  tranquilizadora del mensajero: «Ne timeas«, «No  temas», y la plena revelación del misterio.

Santo Tomás subraya agudamente  —glosando a San Lucas— que lo que turbó a la Virgen no fue la vista del ángel corpóreo, sino  el insondable mensaje que brotaba de sus labios; un mensaje que el arcángel  cumplió en un orden perfecto, consecuente con la triple finalidad de su misión.  Gabriel tenía que poner al espíritu de la Virgen en actitud de expectativa ante una gran  realidad; y por ello la saluda con un saludo nuevo e insólito, al llamarla  «llena de gracia», y al decir que el Señor está con Ella y que es  bendita entre todas las mujeres. Además, el ángel debía instruir a la Virgen en el misterio de la Encarnación que iba a  tener lugar en Ella, y lo hace con las delicadas palabras de que  «concebirá en su seno» y de que «el Espíritu Santo vendrá sobre  Ella». Y, por último, el ángel debía obtener del corazón de la Virgen una palabra de  consentimiento, y para lograrla, evoca el ejemplo de su prima Isabel, grávida  en su ancianidad, y, sobre todo, descorre el velo del misterio de la  omnipotencia divina.

Esta es la breve y divina historia del arcángel Gabriel. Su palabra vence al tiempo y nos llega viva a  nosotros cada vez que releemos el relato evangélico o que rememoramos la figura  del enviado del Señor. Una palabra que nos abre los oídos del espíritu al ser último  de todas las cosas; palabra de  fe en el Dios Omnipotente.  Una noticia que nos abre, como a la Virgen María, los ojos del alma a la belleza de  la patria que no vemos; palabra  de esperanza en la promesa,  que garantiza con su sacrificio y con su redención el Verbo encarnado, el Hijo  de Dios hecho Hombre en las entrañas de María.

Un mensaje, por último, que nos  abre el corazón, nuestro duro corazón de piedra, al latido del amor; palabra de caridad enardecida por el Espíritu, que liga  al cielo y la tierra, al hombre con Dios.

¡Oh tú, arcángel San Gabriel, embajador de Dios, patrono de todos  los embajadores y mensajeros de la tierra, de todos los que tienen que cumplir  misiones cerca de los hombres; tú a quien contemplamos amorosamente en  silencio, empújanos a ser incansables heraldos de la pureza y de la humildad de  María y de la realeza y la magnanimidad de Dios!

JOAQUN RUIZ GIMÉNEZ

Fuente: Mercaba

Martirologio del día 24 de  marzo

En Cesarea de Palestina,  santos mártires Timolao, Dionisio, Páusides, Rómulo, Alejandro y otro  Alejandro, que en la persecución bajo el emperador Diocleciano fueron  conducidos maniatados ante el prefecto Urbano, donde confesaron que eran  cristianos, por lo cual, pocos días después, con los compañeros Agapio y otro  Dionisio, fueron decapitados, mereciendo las coronas de la vida eterna (303).

2. En Mauritania, san Secúndulo, que padeció por la fe de  Cristo (s. inc.).

3. En Clogher, en Hibernia (hoy Irlanda), san  Maccartemio, obispo, a quien se le tiene por discípulo de san Patricio (s. V).

4*. En Catania, de Sicilia, san Severo, obispo (814).

5*. En Fabriano, del Piceno, en Italia, beato Juan del  Báculo, presbítero y monje, compañero de san Silvestre, abad (1290).

6. En Vástena, en Suecia, santa Catalina, virgen, hija de  santa Brígida, que casada contra su voluntad, con consentimiento de su cónyuge  conservó la virginidad y, al enviudar, se entregó a la vida piadosa. Peregrina  en Roma y en Tierra Santa, trasladó los restos de su madre a Suecia y los  depositó en el monasterio de Vástena, donde ella misma tomó el hábito monástico  (1381).

7*. En Ronda, en Andalucía, región de España, beato Diego  José de Cádiz (Francisco José) López-Caamaño, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores  Capuchinos, predicador insigne y propugnador intrépido de la libertad de la Iglesia (1801).

8*. En el lugar de Pniewite, junto a Gdansk, en Polonia,  beata María Karlowska, virgen, que instituyó la Congregación de  Hermanas del Divino Pastor de la Providencia Divina, cuya finalidad era que  recuperasen la dignidad de hijas de Dios las jóvenes y mujeres pobres caídas en  la corrupción de costumbres (1935).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *