Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…Los Cuarenta Mártires de Sebaste

La época  de las sangrientas persecuciones tocaba a su fin y alboreaba para el  cristianismo un período de relativa paz dentro del vasto Imperio romano. En  efecto, a principios del año 312 los emperadores Constantino y Licinio  publicaron conjuntamente un edicto favorable a los cristianos. Su enemigo  Majencio fue derrotado por Constantino, el 28 de octubre del mismo año, cerca  del puente Milvio. Con ello quedó Constantino único emperador de Occidente, pactando  con Licinio, su asociado en el Imperio y soberano de Oriente, al cual dio a su  hermana Constancia en matrimonio. 

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10 de marzo

LOS CUARENTA MARTIRES DE SEBASTE
  († 320)

La época  de las sangrientas persecuciones tocaba a su fin y alboreaba para el  cristianismo un período de relativa paz dentro del vasto Imperio romano. En  efecto, a principios del año 312 los emperadores Constantino y Licinio  publicaron conjuntamente un edicto favorable a los cristianos. Su enemigo  Majencio fue derrotado por Constantino, el 28 de octubre del mismo año, cerca  del puente Milvio. Con ello quedó Constantino único emperador de Occidente, pactando  con Licinio, su asociado en el Imperio y soberano de Oriente, al cual dio a su  hermana Constancia en matrimonio. Todo inducía a creer que las persecuciones  contra la Iglesia  se habían conjurado definitivamente. Constantino mostrábase cada día más propicio  a los cristianos, a medida que se familiarizaba con ellos e intimaba con los  obispos. Licinio, aunque pagano, quiso que la lucha que sostuvo en Oriente  contra Maximino Daia tuviera el carácter de conflicto armado entre el  cristianismo y el paganismo. Pero al ser vencido Daia y quedar Licinio dueño  del campo, el ambicioso emperador se quitó la máscara, según frase de Eusebio (Vita  Constantini 1.4 c.22), e inició una satánica persecución contra los  cristianos sujetos a su mandato.

Un  edicto imperial mandaba que los oficiales del ejercito que rehusaran sacrificar  a los dioses fueran degradados y juzgados como traidores al Imperio. A los  soldados se les amenazó con un lento martirio en caso de mostrarse contumaces.  Debían ser muchos los cristianos enrolados en el ejército de Licinio, ya que la Iglesia tenía mucho  interés en que hubiera gran número de ellos ejerciendo esta profesión, como lo  prueba el canon tercero del concilio de Arles (314), al dictar sentencia de  excomunión contra los que abandonaran la carrera militar en tiempos de paz.  Pero mientras Constantino se apoyaba preferentemente sobre tropas cristianas,  Licinio quiso eliminarlas de su ejército.

La  defensa del Asia Menor estaba encomendada principalmente a las legiones romanas  XII Fulminata y a la XV Apollinaris. La historia ha  conservado la memoria de cuarenta soldados pertenecientes a la legión que tan  famosa se hizo en tiempos de Marco Aurelio por la lluvia milagrosa y la  victoria conseguida por sus oraciones a causa de haberse opuesto a las órdenes  de Licinio, escogiendo el martirio antes de renegar de su fe cristiana. En una  traducción latina antigua de las Actas de los mártires se ha conservado el  nombre de los cuarenta atletas de Cristo. Según este testimonio, que posee  bastantes indicios de ser verídico, los mártires se llamaban: Domiciano,  Enoico, Sisinio, Heraclio, Alejandro, Juan, Claudio, Atanasio, Valente, Eliano,  Melitón, Endicio, Acacio, Viviano, Helvio, Teódulo, Cirio, Flavio, Severiano,  Cirión, Valerio, Clidión, Sacerdón, Prisco, Eutico, Esmaragdo, Filotimón,  Aerio, Micalio, Lisímaco, Domno, Teófilo, Euticio, Hancio, Angio, Leoncio,  Isiquio, Calo, Gorgonio y Cándido. Se admite que la tradición popular pudo  desfigurar algunos de estos nombres, pero no por ello es lícito concluir que deba  dudarse de la autenticidad de todos ellos. En contra de la misma se esgrime el  argumento de las diferencias que se notan en los distintos documentos escritos  y el silencio que sobre este particular han guardado San Basilio y otros Santos  Padres.

Enterado  el prefecto de que los soldados persistían en su actitud, intentó convencerles  de la necesidad de acatar las órdenes del emperador como único medio de evitar  un cruel martirio, precursor de una muerte lenta. Pero aquellos soldados,  acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron decididamente aquella  diabólica invitación, diciendo que si hasta entonces habían permanecido fieles  al emperador romano y por él habían puesto en peligro sus vidas, ahora, en el  trance de decidir entre servir a Cristo o al emperador, preferían oponerse a un  soberano temporal antes de renegar de su Rey celestial. Esta postura varonil  impresionó hondamente al prefecto, mayormente después de haber comprobado él  cómo algunos otros cristianos habían apostatado cobardemente. Entonces, nos  dice San Gregorio de Nisa, el prefecto trató de intimidarles, pero no sabía qué  clase de martirio pudiera impresionar a aquellos atletas. «Si les amenazo  con la espada —se decía—, no reaccionarán, por estar familiarizados con ella  desde su infancia. Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente.  Tampoco sus cuerpos curtidos por el sol y el aire temerán el martirio del  fuego.» Pensó entonces en otro suplicio más molesto y largo.

Era  invierno, en cuya estación se deja sentir intensamente el frío en Armenia,  mayormente cuando sopla el helado cierzo del norte. Aquel día en la ciudad de  Sebaste reinaba un frío tan intenso que, según expresión de San Gregorio, se  helaban aun los cabellos. Un riachuelo que desciende de las montañas del norte,  el actual Murdan-su o Tavra-su, se había helado. El lago (San Efrén) o estanque  (San Basilio), alrededor del cual se había construido la ciudad, era duro como  una piedra, tanto que los animales y personas transitaban por él sin peligro  alguno (San Gregorio). Aprovechando esta coyuntura mandó el prefecto que se  despojara a los mártires de sus vestidos y fueran arrojados sobre el hielo del  estanque. Lejos de intimidarse ante aquella cruel orden, «la alegre  juventud», en medio de juegos y risas, corrió hacia el lugar del martirio.  Los circunstantes que presenciaban aquel insólito hecho quedaron pasmados de  ver cómo aquellos jóvenes atletas emprendían una veloz carrera para conseguir  cuanto antes la palma del martirio.

La  permanencia en aquel lugar de torturas se alargaba, pero mientras el hielo  entumecía sus miembros y daba un color lívido a sus carnes, crecía el valor de  su ánimo. Tiritaban sus cuerpos, sus miembros iban congelándose uno tras otro,  la gangrena hacía su aparición. El prefecto atendía que el tormento doblegara  la voluntad de los mártires, invitándoles a abandonar aquel lugar de torturas y  entrar en un estanque próximo de aguas termales. Pero ellos se animaban  mutuamente a permanecer fieles hasta la muerte con estas palabras que, en  cuanto al sentido, nos ha conservado San Basilio: «Amargo es el invierno,  dulce el paraíso; desagradable es la congelación del cuerpo, pero dichoso el  descanso que nos espera. Suframos un poco y después seremos confortados en el  seno de los patriarcas. A una noche de torturas seguirá toda una eternidad  feliz. Por lo mismo, que todos sean valientes; que nadie dé oídos a las voces  del demonio. Somos mortales y, por lo mismo, algún día tendremos que morir;  aprovechemos ahora la ocasión cuando se nos presenta en perspectiva inmediata  la gloria eterna.» Unánime era la siguiente oración: «¡Señor!,  cuarenta hemos bajado al estadio, haz que los cuarenta seamos coronados. Que no  disminuya este número sagrado que Tú y tu profeta Elías santificasteis con el  santo ayuno.»

El desaliento  se apoderó de uno de ellos, el cual, secundando los deseos del prefecto, salió  del estanque helado y buscó refrigerio en el baño caliente, en donde murió al  poco de entrar. No quiso Dios que se defraudara la oración de los mártires. El  encargado de custodiarlos, favorecido por una visión y movido por la entereza  de los mártires, se declaró públicamente cristiano y manifestó su deseo de  compartir los tormentos con aquellos mártires, ocupando el lugar que había  dejado el apóstata. Despojóse de sus vestiduras y se arrojó al estanque de  hielo, muriendo poco después, juntamente con sus compañeros de suplicio. Era el  9 de marzo del año 320.

No es  posible aunar y dar crédito al testimonio de los historiadores en cuanto a las  particularidades del martirio. Todos convienen en señalar la naturaleza del  mismo, pero difieren en algunos pormenores. Por ejemplo, no puede darse crédito  a la noticia conservada por Nicéforo Calixto de que, juntamente con los  cuarenta soldados, fueron martirizadas sus mujeres, también en número de  cuarenta. La Iglesia  griega celebra su fiesta el día primero de septiembre. Tampoco convienen los  historiadores en la localización del estanque helado, ni todos mencionan la  existencia de unos baños termales en las cercanías. Parece incontrovertible que  el martirio tuvo lugar en Sebaste, no lejos de la actual villa de Sivas.

Antes de  morir, uno de los mártires, en nombre de todos, redactó un testamento,  calificado por los historiadores como «pieza hagiográfica única en su  género». Durante algunos años se dudó de su autenticidad, pero a últimos  del siglo pasado adujo Bonwetsch buenas razones en pro de la misma. Según  Leclercq: «El conjunto del testamento ofrece tales caracteres de  sinceridad y supone situaciones tan concretas, que no permite suponer que sea  una pieza hagiográfica fabricada como tantas otras.» La finalidad del  testamento era impedir que, después del martirio, los cuerpos de los mártires,  que habían muerto juntos por defender las mismas santas creencias, fueran  dispersados. En su escrito manifestaban su voluntad de ser enterrados en una  sepultura común, en un lugar llamado Sarcim, no lejos de la villa de Zela, en  el Ponto. San Gregorio dice que el lugar donde reposaron sus cuerpos no estaba  lejos de Ibora, a unas cinco horas de camino de Zileh. Las Actas afirman que  todos los mártires eran capadocios; pero no es fácil explicar por qué unos  mártires muertos en Sebaste escogieron a Zela, en el Ponto, como lugar de su  sepultura.

Según  San Basilio, los cuerpos de los mártires fueron quemados y el que escapó del  fuego fue precipitado en el río. Cuenta el mismo Santo Doctor que, al ir a  recoger los emisarios del prefecto los cuerpos de los mártires para quemarlos,  vieron que vivía todavía el más joven de ellos, de nombre Melitón. Creyendo que  cambiaría de parecer, le dejaron en las riberas del estanque, mientras cargaban  con los cadáveres de los otros. Al ver la madre del joven la conducta de  aquéllos, se acercó a su hijo y le exhortó a perseverar fiel a su fe hasta  morir. El joven así se lo prometió con una ligera señal de su mano moribunda.  Entonces aquella valerosa mujer cargó con sus propias manos el cuerpo de su  hijo en el carro en que iban amontonados los cadáveres de los otros, temiendo  que su hijo no fuera partícipe de la corona que se reservaba a aquellos  mártires en el cielo.

El  martirio de los cuarenta soldados de la legión XII Fulminata fue muy celebrado en la antigüedad  cristiana por la valentía de los mismos y su constancia en medio de los  tormentos. Con su ejemplo demostraban a los jóvenes su desprendimiento al  renunciar a una vida larga y a una situación de privilegio por mantener  inhiesta la bandera de Cristo. En su vida supieron hermanar sus deberes  religiosos con su condición de soldados, pero cuando el poder humano les exigió  que renunciaran a sus creencias cristianas no vacilaron un momento en renunciar  a todo lo humano con tal de permanecer fieles a Cristo, derramando su sangre  por confesarle. Sus reliquias, según San Gaudencio, eran adquiridas a peso de  oro. Su gran panegirista, San Gregorio de Nisa, proclamaba desde el púlpito el  gran poder de intercesión de los santos soldados mártires, diciendo que tenía  él tanta confianza en ellos que colocaba sus reliquias junto a los cuerpos de  sus padres, para que éstos, al resucitar en el último día, lo hicieran  conjuntamente con sus valientes protectores. Su culto se propagó en  Constantinopla. Hacia la mitad del siglo V Santa Melania la Joven hizo depositar sus  reliquias en la iglesia del monasterio que ella había edificado en Palestina.  En Roma, en el Transtevere, existe una iglesia dedicada a los santos mártires  de Sebaste, que sirven los Padres Franciscanos de la provincia de San Gregorio,  de Filipinas.

L. ARNALDICH, O. F. M

Fuente:Mercaba.

Martirologio Romano del 10 de marzo

1. En Apemea, junto al Meandro, en Frigia, conmemoración de los santos Cayo y Alejandro, mártires, que durante la persecución bajo los emperadores Marco Antonino y Lucio Vero fueron coronados con un glorioso martirio (después de 171).

2. En África, conmemoración de san Víctor, mártir, en cuya festividad san Agustín escribió para el pueblo un tratado acerca de él (s. inc.).

3. Conmemoración de san Macario, obispo de Jerusalén, que con sus exhortaciones obtuvo que los Santos Lugares fueran restaurados y enriquecidos con basílicas por el emperador Constantino el Grande y su madre, santa Elena (325).

4. En Roma, en la basílica de San Pedro, san Simplicio, papa, el cual, mientras los bárbaros devastaban Italia y la Urbe, confirmó a los afligidos y fortaleció la unidad y la fe de la Iglesia (483).

5. En París, en Francia, san Droctoveo, abad, a quien su maestro san Germán de Autun puso de prepósito en un cenobio de monjes establecido en esta ciudad (c. 580).

6. En el monasterio de Bobbio, en la Liguria, san Attalo, abad, que, amante de la vida cenobítica, se retiró primero al monasterio de Lérins y después a Luxeuil, y más tarde sucedió a san Columbano en ese lugar, brillando en gran manera por su celo y discreción (626).

7. En Glasgow, en Escocia, san Juan Ogilvie, presbítero de la Compañía de Jesús y mártir, el cual, desterrado en diversos países de Europa, después de dedicar muchos años al estudio de la teología fue ordenado sacerdote y volvió ocultamente a su patria, donde se entregó diligentemente al cuidado pastoral de sus conciudadanos, hasta que, encarcelado y condenado a muerte bajo el rey Jacobo I, alcanzó en el patíbulo la gloriosa palma del martirio (1615).

8. En París, en Francia, beata María Eugenia Milleret de Brou, virgen, fundadora de la Congregación de Hermanas de la Asunción, para la educación cristiana de niñas (1898).

9*. Cerca de la ciudad de Cortázar, en México, beato Elías del Socorro (Mateo Elías) Nieves del Castillo, presbítero de la Orden de los Hermanos de San Agustín y mártir, que en el furor de la persecución, hecho prisionero por desempeñar ocultamente el ministerio, fue fusilado por odio al sacerdocio (1928).

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