Panorama Católico

Gregorio Magno habla inglés

El encuentro en Roma de Benedicto XVI con el primado de los anglicanos se desarrolló bajo la insignia del gran Papa que evangelizó Britania. Con Ratzinger y Williams el ecumenismo abandona las tácticas y va a la esencia 

El encuentro en Roma de Benedicto XVI con el primado de los anglicanos se desarrolló bajo la insignia del gran Papa que evangelizó Britania. Con Ratzinger y Williams el ecumenismo abandona las tácticas y va a la esencia 

 
ROMA, 14 de marzo del 2012 – Entre las muchas críticas a Benedicto XVI hay una que ya no se sostiene después de celebrar las vísperas junto al arzobispo de Canterbury y primado de la comunión anglicana Rowan Williams, la tarde del 10 de marzo, en el monasterio romano de San Gregorio en el Celio.

La crítica es la de empantanar el ecumenismo, de anteponer el abrazo con los lefebvrianos al diálogo con las otras confesiones cristianas.

Los hechos dicen lo contrario. Los más irreductibles en rechazar las ofertas de paz del Papa son precisamente los seguidores del arzobispo cismático Marcel Lefebvre. Y las rechazan precisamente por motivo de los notables pasos avanzados – que para ellos son un ceder al error – por Benedicto XVI en el camino de reconciliación con los anglicanos, con las Iglesias de oriente e incluso con los herederos de Martín Lutero.

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Con la comunión anglicana, el acercamiento que se registra desde que Joseph Ratzinger es Papa es simplemente sorprendente.

Según la lógica, uno se habría esperado lo contrario. En el otoño del 2009 Benedicto XVI promulgó una constitución apostólica, la «Anglicanorum Cœtibus», para regular el ingreso en la Iglesia católica de enteras comunidades de fieles provenientes del anglicanismo, con sus obispos y sacerdotes.

La iniciativa fue de inmediato condenada – por parte de algunas corrientes católicas progresistas – como un acto gravemente antiecuménico: o sea como un volver sobre la ideología del «gran retorno» y como voluntad de la Iglesia católica de «ampliar su imperio» arrebatando porciones a las Iglesias rivales.

Pero en el campo anglicano la iniciativa no provocó ningún rechazo.

El anuncio de la «Anglicanorum Cœtibus» fue dado simultáneamente por Roma y Londres, en este último lugar por obra del mismo primado anglicano Williams, que además no había participado en la preparación del documento.

Siguieron luego el efectivo pasaje a la Iglesia de Roma de miles de fieles y de decenas de sacerdotes y obispos, encuadrados en «ordinariatos» especiales, hasta ahora dos, el primero en Gran Bretaña y el segundo en los Estados Unidos.

Los recién llegados tienen la facultad de conservar su anterior rito litúrgico, mientras los sacerdotes y los obispos, generalmente casados y con hijos, son ordenados sacerdotes en la Iglesia católica, continuando en la guía de sus respectivas comunidades.

Numéricamente, los pasajes del anglicanismo al catolicismo normados por la «Anglicanorum Cœtibus» han sido hasta ahora más bien limitados.

Pero en simultaneo, entre los casi 77 millones de anglicanos en el mundo se ha ampliado el abismo entre un ala «liberal» favorable a las mujeres sacerdote, a las mujeres obispo, a los sacerdotes y obispos gay, a los matrimonios entre homosexuales; y un ala más amplia formalmente contraria a estas innovaciones.

En esta segunda ala la mayor parte son de inspiración «evangelical», muy alejada de la idea de pasar a la Iglesia católica.

Ello sin embargo no quita que la Iglesia de Roma sea vista hoy por la mayoría de los anglicanos de todo el mundo en una luz mucho más positiva que en el pasado, como válida guardiana de las tradiciones apostólicas comunes, contra las naufragios modernistas.

En consecuencia, el límite entre el catolicismo y el anglicanismo se ha hecho hoy más abierto. Y el mismo primado anglicano Williams, que es un teólogo fino, ha encontrado en el magisterio teológico de Benedicto XVI una visión ampliamente compartida.

El ecumenismo de Benedicto XVI no es de negociación, de recíprocas concesiones de soberanía, de dilución de la doctrina, con la finalidad de crear una estructura aceptada por todos. Simplemente quiere reavivar la fidelidad a las raíces de la misión de los cristianos en el mundo, como lo quería Jesucristo. Quiere lograr una unidad fundado en esta fidelidad.

Y la elección del monasterio romano de San Gregorio en el Celio, para las vísperas celebradas junto al primado anglicano Williams, ha sido precisamente un insistir en estas raíces esenciales, «porque precisamente desde este monasterio el Papa Gregorio [Magno] escogió a Agustín y sus cuarenta monjes para enviarlos a llevar el Evangelio entre los anglos, hace poco más de mil cuatrocientos años». Y luego, de sus islas, los monjes ingleses regresaron para evangelizar Europa.

Desde aquel envío en misión, el vínculo entre este monasterio romano y la cristiandad inglesa, antes y después de la ruptura en el siglo XVI, no se ha interrumpido.

Basta pensar que en San Gregorio en el Celio rezaron junto al predecesor del Papa Ratzinger, Juan Pablo II, también los dos anteriores primados de la comunión anglicana: Robert Runcie el 30 de setiembre de 1989 y George Carey el 5 de diciembre de 1996.

El actual prior del monasterio, Peter John Hugues, australiano, ha sido él mismo anteriormente sacerdote anglicano.

El primado Williams, en la homilía que predicó inmediatamente antes de la de Benedicto XVI, ha definido «cierta», aunque si bien aún «imperfecta», la proximidad entre anglicanos y católicos.

«Cierta, por la común visión eclesial compartida con la que nuestras dos comunidades están comprometidas, siendo el carácter de la Iglesia uno y particular: una visión de restauración de la plena comunión sacramental, de una vida eucarística que sea plenamente visible, y que sea así testimonio plenamente creíble, de modo tal que el mundo confuso y atormentado pueda entrar en la luz acogedora y transformante de Cristo. Y sin embargo imperfecta, a causa de lo limitado de nuestra visión, una deficiencia en la profundidad de nuestra esperanza y paciencia».

Con Benedicto XVI la unidad de visión mencionada por Williams ciertamente se ha reforzado. Su visita al Reino Unido en setiembre del 2010 tuvo uno de sus momentos más altos en las vísperas celebradas en la anglicana Westminster Abbey.

Dirigiendo el coro – quizá el mejor del mundo, entre los coros de música litúrgica – estaba el católico James O’Connell.

Y será precisamente este coro anglicano el que acompañará en Roma las liturgias de Benedicto XVI en la próxima festividad de los santos Pedro y Pablo, en las basílicas de San Pedro y de san Pablo extramuros.

También en esto bajo el signo común de Gregorio Magno y del canto que toma de él su nombre.

Fuente: Chiesa

Comentario Druídico: En estos gestos es donde queda claro porqué un «acuerdo práctico» entre la Santa Sede y la FSSPX  es imposible. El Santo Padre Benedicto y muchos de sus más allegados, más allá de la buena voluntad que tienen para incorporar a la Congregación de Mons. Lefebvre a una vida canónica regular, sostienen prácticas y principios que están en las antípodas de lo que la Fraternidad reclama como herencia y esencia de la Tradición católica. Por señalar un detalle, menor tal vez: el «Arzobispo» de Canterbury no es siquiera sacerdote válido. ¿En nombre de un ecumenismo ciertamente ya bastante desprestigiado por sus resultados, es posible concederle trato de arzobispo? ¡Ponerse el Santo Padre, codo a codo con un laico que dirige una organización en la que se acepta el «sacerdocio» femenino, la contracepción y la homosexualidad!

Estos gestos no confirman a los católicos en la Fe… más bien lo contrario.

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