Francia ¿en estado terminal?
En nombre del ideario masónico revolucionarios se destruyó el orden político y social cristiano. En nombre de la justicia para los oprimidos se masacró a la población, se persiguió a la Iglesia casi hasta su extinción, se hizo desaparecer a muchas naciones.
Marchons, marchons,
Qu’un sang impur abreuve à nos sillons!
Himno nacional francés, la Marsellesa.
En los homenajes a la víctimas del terrorismo en París los franceses, democráticos y emocionadas contaban su himno nacional:
«Marchemos, marchemos
Que una sangre impura empape nuestros surcos…»
Sobre estas ideas tan misericordiosas se construyó la Francia moderna tricolor que el mundo admira como cuna de la modernidad política. La historia hizo honor a la letra del himno revolucionario. Millones de muertos en nombre de la libertad, la igualdad y por sobre todo, la fraternidad universal.
* * *
En Fátima, la Señora del cielo les confió a los pastorcitos que si los hombres no dejaban de pecar Rusia expandiría sus errores por el mundo. Dos siglos atrás, el Sagrado Corazón había advertido a Francia sobre el castigo que caería sobre ella de persistir en sus pecados. Como muchas profecías, puede leerse en dos tiempos de cumplimiento. La monarquía francesa cayó torpemente y produjo infinidad de calamidades en 1789. Rusia cayó bajo un régimen comunista en 1917, a poco de dichas estas palabras en Cova da Iría, y por invasiones y guerras expandió el ideario y las persecuciones del comunismo soviético.
Años después el comunismo se reconvirtió, gracias al genio maligno de Antonio Gramsci, (quien finalmente regresó a la fe católica al filo de su muerte) y adoptó un modo de atacar menos doloroso y más efectivo. Se convirtió en una enfermedad más parecida al cáncer en sus primeras etapas, que suelen ser silenciosas pero determinantes del final del paciente cuando no se lo combate. Por el comunismo, en su versión gramsciana, el ideario triunfante ya no sería en lo futuro soviético, gritón y brutal, sino liberal, amigable, con apariencia de mansedumbre. Así prosperó y conquistó la mayor parte de la sociedad “occidental y cristiana”. Y hasta a los padres conciliares y los papas últimos.
Como el cáncer en sus últimas etapas, la revolución que nace llena de promesas se vuelve violenta y dolorosa hasta lo insoportable. Es la etapa que comenzamos a transitar en el apogeo de los ideales contra los que el cielo advirtió en ambos casos. Pocos prestaron atención a las advertencias.
Síntomas primeros
En nombre del ideario masónico revolucionarios se destruyó el orden político y social cristiano. En nombre de la justicia para los oprimidos se masacró a la población, se persiguió a la Iglesia casi hasta su extinción, se hizo desaparecer a muchas naciones. Se oprimió, con una opresión nunca vista, a generaciones enteras. Vale para ambas revoluciones.
Pero el esquema soviético se fue agotando. Había que renovar los métodos. La liberación femenina, la redefinición de la familia, el igualitarismo. La lucha de clases reconvertida en contienda de sexos, de razas, de culturas. Bajo la quimera de los “derechos ampliados” y de la “integración”; en la aparente tolerancia de todo, pero implacable intolerancia hacia lo cristiano como fe y como herencia cultural. Burla y desprecio de Dios, rechazo del orden natural que hasta no hace muchas décadas aceptaba la mayoría de los seres civilizados, aún los que no creían en Dios.
Dios sí, pero en la sacristía; Dios sí, pero no mucho. Dios sí, pero no lo manifiestes. Dios, si no hay más remedio. Dios en sus mentes si quieren, pero cállense o serán penados por la ley. Dios en ningún lado, ni siquiera en sus mentes. Esta ha sido la progresión del ateísmo comunista reconvertido en el ideario del Nuevo Orden Mundial. El avance del cáncer espiritual.
La negación de Dios implica la negación de sus mandamientos. No hay orden natural. La progresión maligna se da paralelamente en las costumbres: Matrimonio sí, pero con la libertad de destruirlo por el divorcio. Matrimonio sí, pero sin hijos. Matrimonio sí, pero el concubinato es igual. Matrimonio sí, pero el concubinato o libre sexo mejor. Matrimonio sí, pero “igualitario”… Promiscuidad sí, matrimonio no.
Esta degradación se puede aplicar a muchos de los fundamentos morales de la sociedad bajo las excusas de igualdad, tolerancia, diálogo, “no violencia”. Todo Occidente camina por este rumbo, algunos más rápidamente que otros. Francia a la cabeza. Por eso, la nación más amenazada por el Islam -que constituye el 10% de su población- recibe el castigo de Dios por su infidelidad de Hija Primogénita.
Lo que tiene ante sí es una amenaza que no entiende porque ha perdido la Fe y a la que responde con más prédica de lo mismo que la ha llevado adonde está. Después de la muerte de los dibujantes blasfemos en enero pasado, solo se realizaron mayores intentos de “integración democrática”. Pero por sobre todo se explicitó más el rechazo a Dios. A la consigna “recemos por París” las cabezas culturales de Francia respondieron no necesitamos de Dios.
La Francia del régimen no sabe para donde ir, pero está segura de dónde no quiere ir. No quiere ir hacia su historia y aprender de sus errores. Casi toda Europa la mira y asiente, aunque el terror los mueva a venganzas brutales.
Aquí el único ganancioso es el Diablo, que arrebata almas entre los asesinos y entre las víctimas, endurece más y más a todos en sus pecados.
La respuesta católica de fondo (más allá de la legítima defensa armada, lícita, que será un paliativo) solo puede ser la de la caridad, como la que Santo Domingo ofreció a los heréticos fanatizados del sur francés en su tiempo: «Quid fient peccatores?» («¿Qué será de los pecadores?»). Y más de 200.000 se convirtieron ante su predicación irresistible. Pero ¿dónde está el Santo Domingo de este tiempo? ¿Dónde está la Iglesia en este tiempo?
Esperanzas últimas
Aunque la caridad se ha enfriado, hay muchos franceses que resisten en la Fe verdadera. Y también en esto están a la cabeza de las naciones del mundo. Y a pesar de los horrores que llegan a diario desde las sedes pontificias del orbe, Cristo sigue a cargo de la Iglesia, a la que le muestra, como a Francia, con dura misericordia, las consecuencias de sus pecados. Pero compunción y arrepentimiento han sido desterrados del lenguaje clerical. Solo hay una “misericordia” que hace exclamar al papa Francisco: “no lo puedo entender”. El, el custodio de la Fe, no puede entender que se es de Dios o se es del demonio…
Tal vez Dios llegue a permitir que brazos armados por ese demonio se complazcan en matar no solo almas, sino también cuerpos, y se amontonen cadáveres en las calles del Vaticano. Hay amenazas sobre Roma. Sea lo que sea, Isis hoy es una fuerza capaz de llevar la destrucción a cualquier lado. Cuando los hombres, de la Iglesia o seglares, católicos o no, se empeñan en negar a Dios, Dios los deja librados a su propia locura. El demonio odia y solo quiere destruir. Por eso inspira a quienes se alejan de él, porque lo niegan o porque adoran a un dios falso, estos actos criminales. Eso es lo que hay que entender.
No olvidemos la visión final del secreto de Fátima. Hay allí mucha muerte y mucha sangre.
Vigilancia y oración.

