Panorama Católico

Fondo y forma de la doctrina

Tiempo atrás fui desafiado por un lector a demostrar diferencias entre las formulaciones del Concilio Vaticano II y la doctrina tradicional de la Iglesia. Tratándose de un tema muy arduo y delicado, mi línea de argumentación siempre había sido la de señalar la existencia de contradicciones y recomendar los estudios realizados en la materia. De hecho sigue siéndolo, pero me he visto obligado a entrar en discusiones para no ser considerado remiso a sostener mis afirmaciones. Por eso voy, por medio de textos y tratando de circunscribir los temas a cuestiones de relativa sencillez, a plantear aquello que se me reclama.

Tiempo atrás fui desafiado por un lector a demostrar diferencias entre las formulaciones del Concilio Vaticano II y la doctrina tradicional de la Iglesia. Tratándose de un tema muy arduo y delicado, mi línea de argumentación siempre había sido la de señalar la existencia de contradicciones y recomendar los estudios realizados en la materia. De hecho sigue siéndolo, pero me he visto obligado a entrar en discusiones para no ser considerado remiso a sostener mis afirmaciones. Por eso voy, por medio de textos y tratando de circunscribir los temas a cuestiones de relativa sencillez, a plantear aquello que se me reclama.
En este caso, un punto no menor: la pastoral de la exposición sin condena, por medio de un discurso novedoso, anunciada por Juan XXIII. El texo que comenta el punto es de Romano Amerio, Iota Unum, n° 40

La
misma incertidumbre genera el párrafo del discurso que distingue entre la
inmutable sustancia de la enseñanza católica y la variabilidad de sus expresiones.
El texto oficial suena así: «Est enim
aliud ipsum depositum fidei, seu variantes, quae veneranda doctrina nostra
continentur, aliud modus quo eaedem enuntiantur eodem tamen sensu eademque
sententia. Huic quippe modo plurimum tribuendum est et patentia si opus fuerit
in eo elaborandum, scilicet eae inducendae erunt rationes res exponendo, quae
cum magisterio, cuius indoles praesertim pastoralis est, magis congruant»



«Altra é la
sostanza dell’antica dottrina del depositum fidei e altra é la formulazione del
suo revestimento ed é di questo che devesi con pazienza tener gran tonto, tutto
misurando nella forma e proporzione di un magistero a carattere prevalentemente
pastorale». Y la española: «Una cosa es la sustancia del «depositum
fidei», es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada
doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran
cuenta, con paciencia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas y
exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral» (pág. 749, n.
14).

La
diferencia es tan grande que admite sólo dos suposiciones: o bien el traductor
italiano ha querido hacer una paráfrasis, o bien la traducción es en realidad
el texto original. En este segundo caso, la redacción italiana habría parecido
complicada e imprecisa (¿qué es eso de «la formulación de su revestimiento»?) y
por consiguiente el latinista habría intentado captar su sentido general,
desprendiéndola (impregnado como estaba por conceptos tradicionales) de cuanto
de novedad contenía la redacción original. Si no, resulta llamativa la omisión
de las palabras «eodem tamen sensu eademque sententia», que citan
implícitamente un texto clásico de San Vicente de Lehrins, y a las cuales está
ligado el concepto católico de la relación entre la verdad que hay que creer y
la fórmula con la que se expresa.

En el
texto latino Juan XXIII recalca que la verdad dogmática admite multiplicidad de
expresiones, pero que la multiplicidad concierne al acto del significar y nunca
a la verdad significada. El pensamiento papal es continuación (se dice expresamente)
de las enseñanzas que «aparecen en las actas de Trento y del Vaticano» (n. 14).

Es sin
embargo una novedad, y como novedad en la Iglesia se anuncia abiertamente, la
actitud que debe seguirse ante los errores. La Iglesia (dice el Papa) no abdica
ni disminuye su oposición al error, pero «en nuestro tiempo prefiere usar de la
medicina de la misericordia más que de la severidad
se opone al error «mostrando la validez de su doctrina, más que condenando» (n.
15).

Esta
proclamación del principio de la misericordia como contrapuesto al de la
severidad no tiene en cuenta que en la mente de la Iglesia incluso la condena
del error es una obra de misericordia, pues atacando al error se corrige a
quien yerra y se preserva a otros del error. Además, hacia el error no puede
haber propiamente misericordia o severidad, al ser éstas virtudes morales cuyo
objeto es el prójimo, mientras que el intelecto repudia el error con un acto
lógico que se opone a un juicio falso. Siendo la misericordia, según la Summa
Theol. II, 11, q.30, a.l, un pesar por la miseria de los demás acompañado del
deseo de socorrerles, el método de la misericordia no se puede usar hacia el
error (ente lógico en el cual no puede haber miseria), sino sólo hacia el que
yerra (a quien se ayuda proponiéndole la verdad y rebatiendo el error).

El
Papa divide por la mitad dicha ayuda al restringir todo el oficio ejercitado
por la Iglesia hacia el que yerra a la simple presentación de la verdad: ésta
bastaría por sí misma, sin enfrentarse al error, para desbaratarlo. La
operación lógica de la refutación se omitiría para dar lugar a una mera
didascalia de la verdad, confiando en su eficacia para producir el asentimiento
del hombre y destruir el error.

Esta
doctrina del Pontífice constituye una variación relevante en la Iglesia
católica y se aToya en una singular visión de la situación intelectual de nuestros
contemporáneos. Estos estarían tan profundamente penetrados por opiniones falaces
y funestas, máxime in re morali, que como dice paradójicamente el Papa «los
hombres, por sí solos [es decir, sin refutación ni condena], hoy día parece que
están por condenarlas, y en especial aquellas costumbres que desprecian a Dios
y a su Ley».

Es sin duda admisible que el error puramente
teórico pueda curarse a sí mismo cuando nace de causas exclusivamente lógicas;
pero que se cure a sí mismo el error práctico en torno a las acciones de la
vida, dependiente de un juicio en el que interviene la parte libre del
pensamiento, es una proposición difícil de comprender. Y aparte de ser difícil
desde un punto de vista doctrinal, esa interpretación optimista del error, que
ahora se reconocería y corregiría por sí mismo, está crudamente desmentida por
los hechos. En el momento en que hablaba el Papa estos hechos estaban madurando,
pero en la década siguiente salieron totalmente a la luz.

Los
hombres no se retractaron de esos errores, sino que más bien se confirmaron en
ellos y les dieron vigor de ley: la pública y universal adopción de estos
errores morales se puso en evidencia con la aceptación del divorcio y del
aborto; las costumbres de los pueblos cristianos fueron enteramente cambiadas y
sus legislaciones civiles (hasta hacía poco modeladas sobre el derecho
canónico) se tornaron en legislaciones puramente profanas, sin sombra de lo
sagrado. Éste es un punto en el cual la clarividencia papal queda
irrefutablemente comprometida.

Notas: [1]«Una
cosa es, en efecto, el depósito de la fe tomado en sí mismo, es decir, las
verdades contenidas en nuestra venerable doctrina, y otra la forma con la que
estas mismas verdades se enuncian, manteniendo sin embargo el mismo sentido y
el mismo contenido. Es realmente necesario atribuir mucha importancia a dicha
forma y trabajar en ello, si es necesario, con paciencia: al exponer las
verdades se deberán introducir aquellas formas que más convengan a la
enseñanza, cuya índole es principalmente pastoral».

[2] Durante
la preparación del Sínodo Romano, que mantenía la antigua pedagogía de la Iglesia,
el Papa se había ya adherido a la sugerencia de dulcificar algunas normas y
había dicho a mons. Felici (que lo cuenta en OR, 25 de abril 1981): «Hoy ya no
agrada la imposición». No dijo no es útil, sino no agrada.


Quienes deseen leer el discurso completo del Santo Padre Juan XXIII, pueden hacer click aquí.








A lo que agrego con toda modestia, a modo de comentario, que si la exposición afirmativa, sin coacción alguna por medio de condenas de los errores, pensó ser usada 

























como fin instrumental del Concilio 



































para mover los corazones a la doctrina católica, el fracaso ha sido rotundo, tanto estilística como pastoralmente. Lo que era claro, hoy es oscuro. Debemos hacer hermenéutica constante y compleja y finalmente, clero y fieles subsisten en un aquelarre doctrinal.

































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