Fiesta de Pentecostés
Este fuego de la gracia del Espíritu Santo fue difundido en nuestros corazones en el día de nuestro bautismo y aumentado aún más en el día de nuestra confirmación. Misteriosamente, este fuego divino arde en el alma en estado de gracia y Dios no solamente quiere que no lo apaguemos sino también que lo hagamos crecer.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Queridos fieles,
El color litúrgico de la fiesta del Espíritu Santo, Pentecostés, es rojo; es el color del fuego, de las lenguas de fuego que se posaron sobre los Apóstoles cuando quedaron llenos del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el fuego del Amor divino, como lo canta el 2º Aleluya de la Misa de hoy: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles. Y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Es el fuego de la caridad y de la santidad que Nuestro Señor ha venido a traer a la tierra y que Él quiere que arda .
Este fuego de la gracia del Espíritu Santo fue difundido en nuestros corazones en el día de nuestro bautismo y aumentado aún más en el día de nuestra confirmación. Misteriosamente, este fuego divino arde en el alma en estado de gracia y Dios no solamente quiere que no lo apaguemos sino también que lo hagamos crecer.
¿Cuáles son las propiedades del fuego natural?
El fuego ilumina, calienta, destruye y hace semejante a él.
También el Espíritu Santo, en nuestra vida cristiana, ilumina, calienta, destruye y hace semejante a Él.
- 1. ILUMINA: Cuatro de los dones del Espíritu Santo que hemos recibido iluminan y elevan de tal modo nuestra inteligencia que podemos conocer a Dios mismo y a su acción: El don de sabiduría nos hace como saborear a Dios, es el don que poseía en alto grado San Juan de la Cruz, por ejemplo, y las almas contemplativas. El de entendimiento nos hace penetrar en los misterios divinos, como lo hacía Santo Tomás de Aquino. El don de ciencia nos hace ver las creación como Dios la ve y la concibe; así, San Francisco de Asís llamaba a las criaturas, el sol, el agua, los pájaros, etc., sus hermanos y hermanas. El don de consejo es la facultad de conducir al prójimo según el plan de Dios para con él; San Juan Bosco, maestro de santidad para la juventud, ilustra bien este don tan útil y necesario para los padres católicos en la educación de sus hijos, los sacerdotes en la dirección de las almas y los superiores y superioras en las Congregaciones religiosas.
- 2. El Espíritu Santo, también, CALIENTA: Enciende el alma de amor a Dios. Su don de fuerza hace los mártires, nos mantiene fieles a pesar de las dificultades o cuando, humanamente hablando, los obstáculos al deber cristiano son muy grandes. Por el don de piedad, consideramos a Dios como nuestro Padre, infinitamente amable y que nos inspira una confianza sin límites; este don llenaba el corazón de Santa Teresita. En fin, por el don de temor a Dios, evitamos a todo precio el pecado para no entristecer a la Bondad de Dios, es un temor de amor.
- 3. El Espíritu Santo DESTRUYE. Como el fuego a que nada y nadie resiste y que puede transformar cualquiera cosa poco a poco en cenizas, así Él reduce todo pecado e imperfección a la nada. Pues, el amor a Dios genera necesariamente el odio al pecado, que es enemigo de Dios. El Espíritu Santo no es compatible con el espíritu del mundo. Un católico, bajo la influencia y la gracia del Espíritu Santo, no puede amar a Dios y al mundo, amar a la Verdad sin condenar los errores del mundo y evitar sus engaños. El Espíritu Santo y el espíritu del mundo, cuyo príncipe es Satanás, son cosa tan incompatibles como el fuego y el agua: o el fuego la vaporiza o el agua lo apaga si este fuego está débil.
- 4. En fin el Espíritu Santo torna semejante a Él. Como el fuego que transforma la leña en brasa ardiente, Él hace los santos que arden en caridad para con Dios y su prójimo. ¡Debemos ser los incendiarios espirituales del mundo y no lo contrario!
…Desgraciadamente, muchos católicos son como los efesios que dijeron a San Pablo: “¡no hemos oído siquiera hablar del Espíritu Santo ni que tal cosa exista!”
Ciertamente, no ignoran que exista el Espíritu Santo; mas ¡cuántos cristianos hay que sólo le conocen de nombre, casi nada saben de sus operaciones en las almas y no le rezan casi nunca! (como aviador que empuja su avión en vece de volar con su avión)
Sin hablar de tantas pobres almas que rechazaron al Espíritu Santo o, aún peor, pecaron contra Él; pecado sin remisión. No quisieron su fuego de amor, y si no se convierten, caerán en otro fuego, un fuego de odio, eterno, el del infierno.
Pidamos, entonces, a la tercera Persona de la Santísima Trinidad, igual al Padre y al Hijo, verdadero Dios, que nos ilumine, encienda nuestras almas, destruya en ellas lo que le resiste, y que transfigure, santifique, divinice nuestra vida. ¿No es verdad que tantas veces pensamos, actuamos, ejercemos nuestras responsabilidades, cumplimos nuestros deberes de un modo demasiado humano, mezquino, inquieto, tibio, egoísta sino malo, incluso en la vida religiosa? Es porque limitamos la acción del Espíritu Santo cuyos “frutos – al contrario – son caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia” , como lo dice San Pablo. Nos falta la docilidad al Espíritu Santo, el Divino Médico, Santificador y Consolador de nuestras almas.
Pensemos también en Él cuando hacemos la señal de la Cruz o rezamos el Gloria Patri et Filio et Spiritui Santo.
“La verdadera medida de amar a Dios es de amarlo sin medida” (San Bernardo), esto es posible solamente bajo la acción del Espíritu Santo.
Imaginemos un fuego encendido en un bosque: 1 árbol, 5, 10, 100 serán incendiados…
Porque “ignem nunquam dicit: sufficit”. El fuego nunca dice: ¡“basta”!
El Espíritu Santo tampoco.
Que la Santísima Virgen, Esposa del Espíritu Santo, nos hace cada vez más dóciles al Espíritu de Verdad y de Caridad, como una pluma llevada por el viento.
Ave María Purísima.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

