Extraño nombramiento de Mons. Braz de Aviz
Extraño sobremanera es el nombramiento del brasileño Bras de Aviz, un hombre sin experiencia curial y que con una inusual franqueza declara no saber nada del oficio para el que ha sido designado.
Extraño sobremanera es el
nombramiento del brasileño Bras de Aviz, un hombre sin experiencia curial y que con una
inusual franqueza declara no saber nada del oficio para el que ha sido
designado.
La primera cuestión o en todo
caso, el prolegómeno de esta cuestión es la salida del Card.
Rodé, redentorista, miembro de la línea antirratzingeriana del colegio cardenalicio, lo mismo que su amigo el Card. Bergoglio. Rodé estaba en tiempo cumplido, pero había
ansiedad para aceptarle la renuncia. Lo cual, no significa simplemente darle
las gracias por los servicios cumplidos, sino tener un reemplazante mínimamente
consensuado. Parece haberse arribado a una curiosa solución.
Es evidente que las internas entre
los remanentes de las órdenes religiosas, aunque casi todas en vías de
extinción, son fuertes. Un religioso a cargo del dicasterio de los religiosos debe ser respetado por las órdenes tradicionales y
multiseculares, las cuales por depopuladas que estén siguen
siendo ricas e influyentes. O ser una persona de gran experiencia y energía.
¿No hubo acuerdo en el nombramiento? ¿Se debió salir por una tangente? Es muy
posible.
La solución para restablecer un
equilibrio bien pudo ser el nombrar a un miembro no curial, a una persona sin
influencia personal, a un novato. Lo cual significa que, en el mejor de los
casos, mientras aprende su oficio, queda en manos de las segundas líneas
burocráticas, muchas veces verdaderas artífices de las decisiones.
Nombrar a alguien que no conforma
a nadie, pero que tampoco irrita demasiado a nadie porque se lo sabe incapaz de
ejercer el poder. Esta sería una lectura primera de este nombramiento.
Ahora
bien, Mons. João Braz de Aviz se vincula también
con la posibilidad de dar al dicasterio un cariz más orientado a la promoción y respaldo de
los “nuevos movimientos”, a los que está claramente vinculado por su
historia personal: focolares y neocatecumenales particularmente.
En coincidencia con este nombramiento
tan particular, el papa revoca la medida
de mantener a los neocatecumenales fuera del Japón,
tomada por la Asamblea Episcopal de ese país, minoritariamente católico, pero
que en su momento tuvo un catolicismo vigoroso y heroico.
Es evidente que el Papa considera
que, a pesar de los desplantes de Kiko y de la insólita catadura de Carmen
Fernández, los dos referentes mundiales del Camino; a pesar de sus ripios y
hasta delirios litúrgicos, de su insólita concepción de la catequesis, aún así considera
que el “éxito” numérico, la capacidad de movilización y el efectivo poder que
representa el crecimiento en gran cantidad (no en calidad, obviamente) de su
militancia, valen la apuesta.
Lo considera o le ha sido
impuesto, lo mismo da en la práctica.
Es este uno de los puntos en los
que Benedicto y Ratzinger siguen unidos desde los tiempos conciliares. Los
nuevos movimientos son fruto del Concilio. El Concilio es la ñiña de sus ojos, el hijo al cual no se le ven defectos y
que debe ser salvado a toda costa. Los frutos de crecimiento numérico y poderío
e influencia (después de la desolación posconciliar) parecen ser San Egidio, Neocatecumenales, Focolares,
Comunión y Liberación… Movimientismo que ha
contribuido a desolar la vida parroquial, célula de la comunidad cristiana,
rompiendo definitivamente el vínculo de territorialidad entre los fieles y el
clero. Las parroquias languidecen o están copadas por los movimientos.
Roto previamente el vínculo
litúrgico común merced a la reforma, y luego o simultáneamente, el vínculo
doctrinal (cada movimiento es un “redescubrimiento” de la doctrina católica
pero bajo los signos más diversos y contradictorios), lo que queda es esperar
una Iglesia capaz de llenar plazas en manifestaciones, festivales, jornadas o
encuentros. Importa que sean muchos, no ya lo que crean, como vivan, ni
siquiera como se vistan, tal como lo podemos ver en las imágenes de las
jornadas de la juventud o en los encuentros de monaguillos, donde los
militantes brillan por su desenfado y falta de pudor
Lo que importa es que
“testimonien” sus vivencias, no importa mucho si saben la doctrina y menos aún
si la cumplen.
Para un futuro cimentado en una
religiosidad como esta, el nuevo prefecto de los religiosos y de los Nuevos
Movimientos parece hecho a medida. Su principal función será no hacer nada.
Mons. João Braz de Aviz, futuro cardenal, salvo situación
excepcional, es una pieza aparentemente dócil para que la influencia de los nuevos
movimientos en los que el Papa deposita su esperanza de recristianización del
mundo tengan vía expedita.
En definitiva no sabemos si
lamentarlo: tal vez sea el golpe de gracia a las antiguas y gloriosas órdenes
religiosas, fundadas por santos extraordinarios, las cuales desde hace décadas
languidecen en el desvarío doctrinal, la corrupción moral y/o el usufructo de
sus ingentes bienes.
Más que la caída de estos
cadáveres que como zombies se mueven ya sin vida, lo
que sí se puede temer de cara al futuro es la sustitución de ellas por la religión del guruísmo y la novedad teológica llevada al disparate por los nuevos movimientos. A resultas, sin embargo de su apartamiento de la Verdad de Cristo, el destino de estos «movimientos», en la medida en que se vuelvan cada vez más obra humana y vayan alejándose más y más radicalmente de su fuente de vida, que es la Iglesia, parece sellado: sectarización, corrupción, división, lucha por el poder, estallido, desaparición.

