Panorama Católico

Ese 95% del Concilio… Conferencia ofrecida por Mons Valentino Miserachs, director del Coro de la Capilla Sixtina

Extracto de la Conferencia ofrecida por Mons Valentino Miserachs, director del Coro de la Capilla Sixtina

Vamos a fijarnos primeramente en lo que podríamos llamar “principios perennes” de la música sacra, breve y magistralmente expuestos por san Pío X. Notemos ya desde ahora que su doctrina, con algunos matices, es asumida por el Concilio Vaticano II en el mencionado cap. VI de la Constitución sobre la Liturgia. El Concilio alude claramente al “motu proprio” cuando, con relación a la doctrina pontificia habida durante los siglos sobre esta cuestión, dice explícitamente: “præeunte Sancto Pío X”; como para afirmar que el Papa Sarto emanó el documento más importante de toda la historia de la Iglesia sobre nuestra cuestión, más notable en cuanto fueron mayores los éxitos que obtuvo.

Extracto de la Conferencia ofrecida por Mons Valentino Miserachs, director del Coro de la Capilla Sixtina

Vamos a fijarnos primeramente en lo que podríamos llamar “principios perennes” de la música sacra, breve y magistralmente expuestos por san Pío X. Notemos ya desde ahora que su doctrina, con algunos matices, es asumida por el Concilio Vaticano II en el mencionado cap. VI de la Constitución sobre la Liturgia. El Concilio alude claramente al “motu proprio” cuando, con relación a la doctrina pontificia habida durante los siglos sobre esta cuestión, dice explícitamente: “præeunte Sancto Pío X”; como para afirmar que el Papa Sarto emanó el documento más importante de toda la historia de la Iglesia sobre nuestra cuestión, más notable en cuanto fueron mayores los éxitos que obtuvo.

[…] LOS PRINCIPIOS PERENNES

Después de este esbozo del contexto histórico en que nació y se propagó el “motu proprio”, con peculiares referencias a Italia, por ser la cuna de san Pío X y de su documento, y el centro de la Iglesia Católica, y también por ser el lugar habitual de mi residencia y de mi trabajo desde hace más de cuarenta años, vamos ahora a pasar a una análisis y breve comentario de los puntos esenciales, que son la introducción, los principios generales y los géneros de la música sacra. Todo esto, en líneas generales, continúa manteniendo su validez. Es en las disposiciones concretas donde más se acusa el paso del tiempo y, por lo tanto, son de menor interés para nosotros. Les remito a la lectura integral del documento, comparándolo con el cap. VI de la “Sacrosanctum Concilium” del Vaticano II y la subsiguiente instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos de 1967. Naturalmente, no faltará alguna referencia al quirógrafo de Juan Pablo II.

Aunque no pertenezca directamente al tema que nos ha sido delimitado, es casi imposible, leyendo la descripción del Patriarca Sarto sobre la penosa situación de prostración de la música sacra en el siglo XIX, y la saludable reacción restauradora que el “motu proprio” sancionó, es casi imposible, repito, no ver las analogías con la situación actual, a la que alude el mismo Juan Pablo II en su reciente encíclica “Ecclesia de Eucharistia” cuando dice que “cabe lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, a causa de un malentendido afán de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos (…). Una reacción al ‘formalismo’ ha llevado algunos (…) a considerar no obligatorias la “formas” escogidas (…) y a introducir innovaciones no autorizadas y a menudo no convenientes. Siento por tanto el deber de exhortar con calor a que, en la celebración eucarística, se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas”. Vendrá, pues, espontáneo -y no creo que sea desatinado ni inútil- hacer alguna consideración de este tipo de en la exposición del contenido del “motu proprio”, a la que vamos a pasar acto seguido.

Vamos a fijarnos primeramente en lo que podríamos llamar “principios perennes” de la música sacra, breve y magistralmente expuestos por san Pío X. Notemos ya desde ahora que su doctrina, con algunos matices, es asumida por el Concilio Vaticano II en el mencionado cap. VI de la Constitución sobre la Liturgia. El Concilio alude claramente al “motu proprio” cuando, con relación a la doctrina pontificia habida durante los siglos sobre esta cuestión, dice explícitamente: “præeunte Sancto Pío X”; como para afirmar que el Papa Sarto emanó el documento más importante de toda la historia de la Iglesia sobre nuestra cuestión, más notable en cuanto fueron mayores los éxitos que obtuvo. Importantes documentos anteriores, como la encíclica “Annus qui” de Benedicto XIV, ya vimos que quedaron en la práctica letra muerta San Pío X, dando el valor de “código jurídico de la música sacra” a su “motu proprio”, enumera las connotaciones que la deben caracterizar, y que nacen de una premisa imprescindible, es decir: “la música sacra, como parte integrante de la liturgia, participa de su finalidad general, que es la gloria de Dios y la santificación de los fieles”. Fustigando aquella música que no se armoniza con esta finalidad, usa estas tremendas palabras: “sería vano esperar que (…) descienda abundante sobre nosotros la benedición del Cielo, cuando nuestro obsequio al Altísimo, en lugar de ascender en olor de suavidad, pone, en cambio, en las manos del Señor los azotes con los cuales el Divino Redentor arrojara del templo a los idignos profanadores”. Debiendo, pues, ser la música sacra cónsona a la “dignidad y santidad del templo”, y siendo ésta una exigencia de todo tiempo y de todo lugar, de ello se desprende que “la música sacra tiene que poseer en el mejor de los grados las cualidades que son propias de la liturgia”, que se reducen a tres: santidad, arte verdadera o bondad de formas, de las que fluye espontáneamente la tercera cualidad, que es la universalidad.

La “santidad” de la música sacra

La música sacra “debe ser santa, con exclusión de cualquier profanidad, no sólo en sí misma, sino también en el modo de ser propuesta por parte de los ejecutores”.

Ya hemos dicho que la música “profana”, o de sabor profano, que san Pío X pretendía alejar del templo era la de molde teatral. La acción del Papa quiere ser sumamente enérgica, obligando en conciencia a todo el mundo, desde los obispos hasta el último “agente” litúrgico, desafiando con firmeza la impopularidad que la instrucción, según la previsión catastrófica de muchos, iba a encontrar. En la conclusión del documento no se olvida de nadie: “Se recomienda a los maestros de capilla, cantores, personas del clero, párrocos y rectores de iglesias, canónigos de colegiatas y catedrales, y sobre todo a los ordinarios diocesanos, que favorezcan con todo el celo estas sabias reformas, deseadas desde hace mucho tiempo y concordemente invocadas por todos, a fin de que no caiga en menosprecio la misma autoridad de la Iglesia, que repetidamente las ha propuesto y ahora nuevamente las inculca”. Contra las posibles reacciones desfavorables, y para que no suceda como en el pasado, invoca el prestigio de la autoridad de la Iglesia, que tiene que ser salvado con la colaboración de todos.

En la carta pastoral de Venecia había esgrimido un argumento que tiene resonancias muy actuales, cuando decía: “el solo placer no fue nunca el recto criterio para juzgar de las cosas sagradas, y el pueblo no tiene que ser nunca favorecido en las cosas malas (non buone), sino educado e instruido”. Este es un principio que habría que tener muy presente cuando, con el pretexto de atraer al pueblo, y sobre todo a los jóvenes, se introducen hoy en la liturgia – ¿con qué competencia y con qué autorización?- tonadillas insulsas y efímeras, mala imitación de productos ligeros o exóticos que, a todas vistas, son y serán, en su esencia endeble, nada más que musiquillas “profanas”, que sería mejor, según el sentido etimológico de la palabra “profano”, tener fuera del templo, lejos de la celebración de los sagrados misterios. Ya sé que hoy no es fácil entender la palabra “santidad” en sentido unívoco cuando tanto han sido ensalzadas las realidades “profanas” y lo proprio de cada latitud. Incluso san Pío X reconoce lo vidrioso del tema cuando dice en la introducción del “motu proprio”: “sea por la naturaleza de esta arte (la música), que es fluctuante y variable, sea por la sucesiva alteración del gusto y de las costumbres en el decurso del tiempo, o bien por el funesto influjo que ejerce en el arte sagrado el arte profano y teatral, o por el placer que la música directamente produce y que resulta difícil contener en sus justos límites, (…) hay una continua tendencia a desviarse de la recta norma (…)”.

Yo me pregunto: si todo el mundo está de acuerdo -cosa hoy muy difícil- en que hay que observar un cirto estilo en los ornamentos sagrados, en la arquitectura y decoración de las iglesias, no digamos en la corrección y sobria elegancia de las versiones de los textos litúrgicos, etc…, ¿es posible que la música sea el “rancho grande” donde lo bueno y lo malo tengan el mismo valor, y donde el concepto mismo de “profanidad” ya no tenga que ser tenido en cuenta?

Yo creo que las comisiones diocesana e interdiocesanas -¡y ojalá que Roma asumiera también sus responsabilidades!- tendrían que controlar los repertorios locales y excluir aquellas músicas -y aquellos textos, naturalmente- que son descaradamente profanos, y que, en todo caso, son pasables para encuentros conviviales o excursiones, pero que desentonan en el contexto sacro de la celebración de los sacramentos, y especialmente de la misa. San Pío X añadía, con relación a la “santidad”: “no sólo en sí misma, sino también en el modo de ser propuesta por parte de los ejecutores”. ¿Creen Vds. que es aceptable ver junto a los sagrados ministros, junto al altar sagrato, a veces en el mismísimo sagrado presbiterio, conjuntos de guitarras, baterías y otras hierbas, como si estuviéramos en una discoteca? Para terminar este párrafo, voy a recordar una frase de Pablo VI dirigida al congreso del A.I.S.C. en 1968: “No todo lo que se encuentra fuera del templo tiene aptitudes para franquear sus umbrales”.

La “bondad de forma” de la música sacra

El segundo “principio perenne” que el “motu proprio” pretende de la música sacra es el concepto de “arte verdadera” o de “bondad de formas”. Es un principio de evidente buen sentido. Yo diría que no cualquier música, aunque se trate de música de verdad y bien escrita, es digna “ipso facto” de entrar en el patrimonio sacro.

Es evidente. Los valses de Strauss son bellísimos y de factura impecable, pero no son para la iglesia. Pero me parece igualmente evidente el pretender que cualquier música sacra tenga que ser “música de verdad”, escrita y ejecutada con todas las reglas del arte, por más que se trate de música sencilla o popular. Pensemos en lo sublime de la “Missa Brevis” gregoriana. Pensemos en la nobleza de inspiración y riqueza de módulos musicales de un canto que nuestro pueblo catalán ejecuta todavía a pulmón henchido: el “Crec en un Déu” de Mn. Romeu. Límpidos ejemplos de cómo puede haber música litúrgica simple y popular, que sea, al mismo tiempo, excelso producto de arte.

Quisiera subrayar que las reformas da la música sacra operadas en el curso de los siglos, inclusive la de san Pío X, tuvieron el carácter de una purificación; pero está el hecho de que las músicas que se pretendía alejar del repertorio, aun en el caso de ser mediocres o inadecuadas, por lo menos presentaban una cierta “corrección formal”. El Concilio de Trento no prohibió la polifonía, sino un cierto tipo de polifonía de carácter exhibicionista, de grandes alardes técnicos, pero que poco tenía en cuenta el texto litúrgico, que era mero pretexto para encumbrar una vanidad humana de alta sabiduría técnica y de sofisticada ejecución. San Pío X tuvo que luchar para desterrar la música teatral, de repelente sabor profano, pero escrita, en el fondo, siguiendo las reglas de la armonía y de la sintaxis musical.

En cambio, la reforma a la que hoy se aspira tiene que habérselas muchas veces con “musiquillas” que ni tan sólo conocen el abecedario de la gramática musical. ¿Cómo se podría hablar de “verdadera arte” cuando nos hallamos con productos banales, a imagen y semejanza de la “música de consumo” más trivial, melodías sin melodía, ritmos obsesionantes, sin otra armonización que algunas sumarias indicaciones de acordes para ejecuciones “guitarreras”? Esto es lo que tristemente emerge repasando el repertorio de la mayoría de iglesias italianas; mas no creo que el problema se limite a Italia.

Tampoco hay que ignorar los nobles esfuerzos que en muchas partes se hacen para limpiar y mejorar el repertorio. ¡Y lejos de mí afirmar que hoy todo es malo, y que lo que se hizo a raíz del “motu proprio” todo fue bueno! Los mayores nos acordamos, por ejemplo, de una misa que circulaba y gozaba de gran popularidad en nuestras iglesias de Cataluña; esta misa pretendía inspirarse en el “motu proprio” y, para más inri, ostentaba el título de “Misa de Pío X”; su autor era un tal Julián Vilaseca. Era la cosa más ramplona de este mundo, de una pedestre teatralidad, exactamente la música que san Pío X pretendía desterrar. ¿Quién podría perorar la “santidad” y la “bondad de forma” de esa música irrisoria y de efectismos casi cómicos, comparándola con la nobleza, la profunda piedad y la sublime perfecciòn artística de una “Pregària a la Verge del Remei” de Millet, o de “l’Himnari dels Fidels” de Dom Ireneu Segarra?

La “universalidad” de la música sacra

Pasemos ahora a la tercera “connotación”, al tercer “principio perenne”: la “universalidad”. El Concilio Vaticano II prefirió no mencionar este punto. Ni la “Sacrosanctum Concilium” ni la instrucción de 1967 hablan de “universalidad”. Es más, el comentario auténtico de esta Instrucción afirma textualmente que “habiendo puesto el Concilio el principio de admitir en la Sagrada Liturgia aquellas expresiones peculiares que responden a la índole, cultura y tradición de cada pueblo, este tercer elemento (la “universalidad”) ya no se podía proponer”.

Yo me permito no estar de acuerdo con una tal conclusión, que me parece apresurada. Tal vez la “culpa” sea de Pío XII, que en su encíclica “Musicæ sacræ disciplina” vinculaba la connotación de “universalidad” al solo canto gregoriano, haciendo, a mi juicio, un paso atrás con respecto al documento de San Pío X.

Que el canto gregoriano, impuesto con el latín a todo el mundo que usa el rito romano, pudiera tener un carácter de universalidad, es evidente. Pero aquí se trata de convencer, no de vencer. El canto gregoriano puede ser “universal” menos por su imposición que por sus características intrínsecas. Y esas son las que pondera san Pío X. Desde luego, el “canto gregoriano” en sí mismo, patrimonio acumulado en el curso de tantos siglos con la fusión armónica de tantas y tan distintas tradiciones, incluso heterogéneas, sobre las alas de la lengua latina, tenía y tiene por su misma personalidad y fuerza artística y espiritual, vocación de universalidad. En este canto sublime -bajado directamente del cielo junto con el canto popular, en frase del M° Lluís Millet- es donde San Pío X ve brillar “in grado sommo” los tres principios que juzga indispensables para la música sacra: santidad, bondad de formas, universalidad.

Esto por lo que al canto gregoriano se refiere. Pero san Pío X no es exclusivo; también la mejor polifonía sacra, empezando por la escuela romana o palestriniana, reluce por estas cualidades, sobre todo cuando sus temas nacen del canto gregoriano, y con este sublime canto monódico comparte modalidad, libertad rítmica (primado del texto), claridad (compatible con la grandiosidad arquitectónica) etc. La apertura de san Pío X es total hacia la música de nueva composición, mientras esté sujeta a los principios generales enucleados, y, desde luego, la piedra de toque para verificar la validez de una música nueva para la liturgia -que se supone escrita “a regola d’arte”- es siempre el canto gregoriano: “ Fue siempre considerado -dice- el modelo supremo de la música sacra, y se puede establecer con todo fundamento la siguiente ley general: una nueva composición de iglesia será más sacra y litúrgica cuanto más se acerque en su aire, en su inspiración y en su sabor a la melodía gregoriana, y será menos digna del templo cuanto más se aleje de aquel supremo modelo”.

La norma es, pues, no la letra sino el “espíritu” del canto gregoriano”.

El “espíritu” del canto gregoriano

El “espíritu” se halla, por supuesto, en el mismo canto gregoriano. Mi experiencia me enseña que el canto gregoriano tiene cualidades para poder ser propuesto a todas las culturas. Cuantas veces lo he preguntado a nuestros alumnos, que provienen de todos los cuatro puntos cardinales de la tierra, la respuesta ha sido siempre positiva, unánime. Entonces yo me pregunto: ¿cómo se justifica el abandono general del canto gregoriano en nuestra Europa, sobre todo en los países de cultura latina, que deberían ser los más próximos a este canto por tradición musical, lingüística y cultural? ¿Tal vez el Vaticano II dijo que había que arrinconar el canto gregoriano? Esto es lo que suelen decir muchos curas cuando una cosa no les va a genio: ¡lo ha prohibido el Concilio! En el tanto citado cap. VI de la “Sacrosanctum Concilium”se lee todo lo contrario: “La Iglesia reconoce el canto gregoriano como canto proprio de la liturgia romana; por esto, en las acciones litúrgicas, en paridad de condiciones, se le reserve el lugar principal”. Implícitamente, a más de la normativa explícita, se prescribe el uso del latín, al canto gregoriano indisolublemente unido. ¿Como ha sido posible un abandono tan general? ¿Con qué ventajas? Tal abandono, que a veces roza el hastío, tanto de conocimiento como de práctica del canto gregoriano, es, a mi juicio, una de las causas de la pobreza actual. Nos lamentamos de ella, pero nos falta el coraje para encontrar antídotos y, muchas veces, preferimos ni hablar del tema.

Creo necesario, si se quiere pensar seriamente en una “reforma”, en el sentido de fidelidad al Concilio, que se restituya el canto gregoriano según las posibilidades de cada comunidad, sino olvidar que nada que valga la pena se obtiene sin constancia y sin esfuerzo. Además, habría que conservar un repertorio “de base” (por lo menos el “Jubilate Deo” de Pablo VI) o, aun mejor, el “Liber cantualis”, en todos los repertorios locales. El canto gregoriano nos une a todos, pone de manifiesto y “crea” la unidad de la Iglesia, tiene un valor de tipo sacramental.

El “espíritu” del canto gregoriano tendría que informar toda música de iglesia; sería ya de por sí una garantía de que las nuevas composiciones de cualquier género (polifónico, concertado, monódico, complejo, simple, popular, etc.) estuvieran en condiciones de tener las cualidades necesarias. No se trata de copiar, sino de impregnarse del “espíritu”. Pensemos en las composiciones litúrgicas de un Duruflé, de Bartolucci, del P. Segarra, en la “missa del Roser” y en la del Centenario de Balmes, de Mn. Romeu, en el océano de música espiritual y religiosa de nuestros grandes maestros.

El canto gregoriano, siendo producto genuino de antiguas tradiciones, incluso populares, de nuestro mundo mediterráneo, europeo y oriental -incluso el canto de la sinagoga-, tiene puntos de contacto, analogías, con todas las tradiciones musicales auténticamente populares esparcidas en lo ancho del mundo. Me encanta escuchar melodías africanas, asiáticas, americanas, con todos sus ritmos, sus instrumentos, sus percusiones, siempre que de auténtica tradición popular se trate. Cantos orientales, árabes, lo que sea. Sus modos, sus escalas, sus melodías son parientes del canto gregoriano. Basta non confundir lo auténticamente “popular” con la pseudo-cultura de la “Coca-cola”. La fusión hermanadora entre canto gregoriano y cantos de las más diversas regiones sería una excelente base para la “inculturación”, que tendría que ser de doble dirección, y que resultaría tanto más acertada cuanto más cada cultura local se “inculturase” en el tesoro tradicional de la Iglesia. Este es uno de los retos que están ya desafiando muchos de nuestros ex-alumnos de estos países.

Y todavía una consideración final, que habla de la apertura de ánimo de san Pío X. Mientras Pío XII, como decíamos, vinculaba la “universalidad” de la música de iglesia al solo canto gregoriano, el “motu proprio” reconoce el derecho “a cada nación de admitir en las composiciones de iglesia aquellas formas particulares que constituyen en cierto modo el carácter específico de su propia música, con tal que se subordinen a los caracteres generales de la música sacra (santidad y bondad de formas), de tal manera que ninguna persona de otra nación pueda llevarse una mala impresión al escucharlas”. Creo que san Pío X pensaba en la tradición de usar en la liturgia músicas concertadas y orquestales, propias de los paises anglosajones. Oyendo una misa de Mozart o de Schubert en sede litúrgica, podemos pensar que no son propias de nuestra tradición, pero en modo alguno nos llevamos una mala impresión o nos escandalizamos. Sólo los que se creen el ombligo del mundo son propensos al escándalo.

Pero es que el horizonte se ensancha. Tampoco creo que puedan producir una mala impresión las auténticas expresiones de cultura “popular” de cualquier rincón del mundo. La puerta está abierta para reconocer el carisma de “universalidad” a cualquier tradición musical que pueda exhibir las connotaciones consabidas de “santidad” o verdadera expresión de religiosidad, y de “arte verdadera”, aunque sencilla y popular. Hay que ir con más cuidado, en cambio, con la música “culta”, en el sentido de que no todas las producciones “sacras” contemporáneas (o del pasado), con ser tal vez “arte de verdad”, pueden entrar indiscriminadamente en el repertorio litúrgico, o por hermetismo de lenguaje, o por otras rarezas, que ponen en tela de judicio su “universalidad”. Dice con frase feliz Giacomo Baroffio que “el oratorio no tiene que convertirse en laboratorio”. Sedes habrá más adecuadas para este tipo de experimentos que las celebraciones litúrgicas, que tienen que ser “aptas para todos los públicos”.

La formación musical

Otro aspecto validísimo del “motu proprio”, sobre el cual ya no nos es posible detenernos, pero sí por lo menos insinuarlo, es el de la educación. Para obtener los efectos deseados, además de comisiones de música sacra que tienen que velar por el repertorio y por su ejecución, es necesario que la música se estudie en los seminarios y casas religiosas, y que se creen “scholæ canturum” para la ejecución de la polifonía y de la buena música litúrgica. Quiere que se hable de la música sacra en las clases de otras disciplinas (liturgia, moral, derecho canónico) en los puntos que tengan relación con ella; asimismo, se instituyan “scholæ cantorum”, de mayor o menor grado, en todas las iglesias. Para tener buenos formadores, cabe sostener y promover las escuelas superiores de música sacra y fundar otras nuevas.

Casi con las mismísimas palabras de san Pío X se expresa también el Concilio Vaticano II. El P.I.M.S. y otras muchas instituciones en todo el mundo, están cumpliendo con vitalidad y entusiasmo estas consignas. También las escuelas de música sacra de México. Hay que profundizar en este tema.

Pero es justo hacer otra observación: las condiciones de la vida moderna, en comparación can las del período preconciliar, son muy distintas. En los seminarios de nuestra juventud había clase diaria de solfeo y, después, de canto gregoriano y de canto religioso, ejercitándonos en la polifonía en la “schola cantorum”, y estudiando piano y órgano quien lo deseaba o tenía cualidades. Actualmente, ni siquiera en la “ratio studiorum” propuesta por la Congregación de la Educación católica hay rastro alguno de música, de ningún tipo. Por lo menos hasta hace poco tiempo. Creo que son muchos los que desean que se insista otra vez, junto con los estudios “humanísticos”, base idónea donde asentar filosofía y teología, también en estudios musicales, por lo menos elementales, sin cuyo conocimiento no se puede cencebir un estudio y una práctica concreta de la música sacra.

CONCILIO Y POSTCONCILIO

Así, de la mano de san Pío X, llegamos a los mismos umbrales del Concilio Vaticano II. Los documentos de Pío XII y de la Congregación de Ritos se limitaron a aplicar el “motu proprio”, a veces limitando su amplia visión. Lo que pasó después del Concilio, lo hemos vivido en nuestra carne, y a menudo como misterio de pasión. Sobretodo al constatar que la praxis ha seguido rutas muy distintas – por no decir opuestas – a cuanto dijo el Concilio. Me voy a limitar a dar un resumen de lo que se lee en el cap. VI de la Constitución “Sacrosanctum Concilium” sobre la Liturgia, capítulo dedicado enteramente a la música sacra:

1. La Iglesia aprueba todas las formas de arte auténtico, adornadas de las cualidades necesarias, y las admite en el culto divino. La finalidad de la música sacra es la gloria de Dios y la santificación de los fieles.

2. Es necesario conservar y fomentar con la máxima atención el tesoro de la música sacra y promover diligentemente las “scholae contorum”, sin olvidar la participación activa de los fieles.

3. Hay que dar mucha importancia a la formación y a la práctica musical en seminarios, noviciados, casas de estudios religiosos, etc. (…) También se recomienda la erección de institutos superiores de música sacra.

4. La Iglesia reconoce el canto gregoriano como canto propio de la liturgia romana; por eso en las acciones litúrgicas, en paridad de condiciones, le corresponde el lugar principal.

5. No se excluyen los otros géneros de música sacra, especialmente la polifonía.

6. El órgano tubular ha de ser tenido en grande estima en la Iglesia latina. Su sonido puede añadir un admirable fulgor a las cerimonias y elevar potentemente las almas a Dios y a las cosas superiores. Se podrán admitir otros instrumentos, siempre y cuando sean aptos o adaptables al uso sagrado, sean cónsonos a la dignidad del templo y ayuden de verdad a la edificación de los fieles. (…)

7. Los músicos cristianos deben sentirse llamados al cultivo de la música sacra. Compongan melodías que tengan las características de la auténtica música sacra, para los coros grandes, los más modestos, y para el pueblo.

La Instrucción de la Congregación de Ritos del 5 de marzo de 1967 da mayores precisiones, como es natural, poniendo de relieve, entre otras cosas, la importancia aún mayor de la “Schola”, pero sin apartarse en nada de lo decidido por el Concilio. Juzguen ahora ustedes mismos si, en lo que nos ha tocado vivir en estos cuarenta años de postconcilio, se ha venido observando lo que entonces fue decidido o no. Yo me atreviría a decir que en ningún ámbito de los que abordó el Concilio – y fueron prácticamente todos – se ha producido desviación mayor que en el campo de la música sacra.

Se podría hablar durante horas, pero creo que todo lo que ha pasado se podría resumir en una palabra, y es esta: anarquía. En un sector tan importante por su estrecha, íntima, inseparable vinculación con los sagrados misterios, Roma nunca hubiera debido declinar su gran responsabilidad normativa, como desgraciadamente ha pasado. Ha sido necesario esperar cuarenta años para que se produjera un documento pontificio de importancia, como es el quirógrafo de Juan Pablo II, cuyo título es “Mossi dal vivo desiderio”, conmemorativo del centenario del “motu proprio” de san Pío X. Pero ¿quién conoce tal documento? ¿Quién ha hablado de él? Yo les puedo sólo decir que es la convalidación de la doctrina de san Pío X, sin cambiar ni una coma de lo que es esencial; es más, recuperando algunos aspectos a los que el Concilio había puesto la sordina, como la connotación de “universalidad”, en el sentido de aptitud para todos los públicos. Ustedes pueden encontrar este documento en la antología de textos específicos del Magisterio de la Iglesia publicada recientemente por nuestro Instituto, cuyo título es “Iucunde laudemus”.

Hace ya algunos años que me esfuerzo en convencer a mis superiores – y la cosa ya es de público dominio, por tanto el clamor va “in crescendo” – de la necesidad de un organismo pontificio que tenga autoridad normativa en un sector tan vital para la Liturgia de la Iglesia. Una autoridad y competencia que muchos creen que pertenece al Pontificio Istituto di Musica Sacra, mientras que no es así: nosotros somos sólo una institución académica, y si alguna autoridad tenemos es sólo moral, lo que en italiano llaman “autorevolezza”. No creo lejano el día en que la Iglesia del Papa Benedicto XVI vaya a dar este paso que podría ser, a mi modesto juicio, de grande ayuda para salir del atolladero en que nos encontramos.

Para salpicar lo doctrinal con lo anecdótico, les voy a contar lo que sucedió en Roma alrededor de los años 60. Fue el fenómeno llamado “messa beat”, compuesta por Marcello Giombini – que, por cierto, no era lego en música – y patrocinada por el mismísimo cardenal Giacomo Lercaro, una misa con ritmos y percusiones y melodía de festival de música ligera, que debía operar el milagro de acercar toda la juventud a la Iglesia. El milagro ha sido todo lo contrario: pasó la “messa beat” sin pena ni gloria, y las iglesias se han vaciado, sobretodo de jóvenes. El mismo Giombini – que se profesaba ateo – tuvo todavía tiempo de hacer un “mea culpa” y reconocer públicamente su error. No tuvo tiempo el cardenal Lercaro, pero undudablemente lo hubiera hecho, puesto que era un grande hombre de Iglesia. Que quede bien claro que yo no juzgo la buena fe de las intenciones, sino los fallos objetivos. Es más, en aquellos momentos yo mismo, que estaba en la flor de la juventud, me dejé arrastrar también por el entusiasmo. De hecho, esta misa “beat” fue el primero de toda una cadena de errores que dura hasta nuestros días, como la experiencia misma del Congreso lo atestigua. Hemos sido capaces de entronizar músicas blandengas que nada tienen de solidez técnica ni del sabor de la verdadera música de iglesia; esa tiene su parámetro irrenunciable en el canto gregoriano y no en músicas de película de falso sabor modal, tipo “Exodus”.

La misa “beat” fue desgraciadamente como una deflagración nuclear, con la fatal consecuencia de otorgar “carta de gracia” a una praxis tan peligrosa como atrevida, a saber: que la música litúrgica podía ser – ¿o tenía que ser? – una pura y simple transposición de la música profana de moda. Erróneamente y contra toda justicia a este tipo de música de consumo, inconsistente, vacía, insípida y efímera, la llaman “música popular”, como ahora también llaman “concierto” a los espectáculos hechos de ruídos ensordecedores y contorsiones, que si alguna calificación merecen es la de “desconcierto”. Es precisamente este falso género “popular”, impuesto por la fuerza arrolladora de los “mass media”, al servicio de comerciantes sin escrúpulos, que ha secado las fuentes puras del canto gregoriano y del verdadero canto popular, fomentando incluso un odio, un hastío de cuyo origen maligno no se puede dudar, hacia lo que era, es y será la gloria más pura de las celebraciones de la Iglesia católica.

De manera paralela a lo que pasó en tiempos de san Pío X, se impone también ahora una reforma, en el sentido de una purificación, de una conversión positiva hacia la “norma” de la Iglesia, que es el canto gregoriano, ya en sí mismo que como principio inspirador de cualquier música litúrgica. “Nova et vetera”: el tesoro de la tradición, y lo nuevo enraizado en la tradición. Ipso facto, las cosas endebles o malas caerán por sí mismas, como cayó la misa “beat”. No se trata de vencer sino de convencer.

Estoy preparando un libro con las numerosas conferencias que en estos años he pronunciado por lo ancho del mundo, como hoy aquí en Torreón, y que tendrá por título la frase del salmo: “Excitabo auroram”. Yo presiento ya en el horizonte esta nueva aurora. Siento que las instancias que empujan esta nueva aurora están en la base, en un deseo que se está difundiendo y afianzando en sectores cada vez más amplios del pueblo de Dios. A nosotros nos toca el catalizar y reforzar estos deseos. No será cosa fácil, pero lo importante es tener una dirección clara, una meta hacia la cual orientar nuestros trabajos. Y ustedes, con su admirable sentido de fe entusiástica, serán los primeros a secundar esta “conversión” que nos incumbe a todos, no para procurarnos satisfacciones personales, sino para obrar la verdad y la justicia.

Termino con la lectura de los últimos párrafos de mi ponencia en la Jornada dedicada a la música sacra el pasado 5 de diciembre de 2005, a cargo de la Congregación del Culto Divino, ponencia que fue recibida por el público presente con ovaciones extraordinarias, y que ha tenido un eco inesperado: ya casi estoy cansado de entrevistas con televisiones, radios, revistas y periódicos, amén del correo electrónico que llega sin cesar. Cansado, pero contento… “Excitabo auroram”.

Decía entonces, y lo repito ahora:

“El canto gregoriano no debe permanecer en el ámbito de la academia, no tiene que ser una momia de museo, sino que debe recuperar su papel de canto vivo, también de la asamblea en lo que le toque, seguro de que va a hallar en él la satisfacción de sus más profundas tensiones espirituales, y se sentirá verdaderamente pueblo de Dios.

Es hora de decidirse, es hora de que de las iglesias mayores, de las catedrales, de los monasterios, de los conventos, de los seminarios y de las casas de formación venga el ejemplo luminoso. Y así también las parroquias, hasta las más humildes, incluso los grupos y movimientos eclesiales, acabarán por sentir el contagio de la belleza suprema del canto de la Iglesia, que va a resonar persuasivo y va a amalgamar al pueblo con el verdadero sentido de la catolicidad. Y el canto gregoriano informará también las composiciones de nuevo cuño y guiará con el auténtico “sensus Ecclesiae” los esfuerzos de una recta inculturación.

Es más, mi experiencia me afianza en la idea de que las más remotas tradiciones locales son parientes próximas del canto gregoriano, y también en tal sentido el canto gregoriano es verdaderamente universal, apto para todos los públicos, con capacidad de constituir una amalgama, en el respeto de la unidad y la pluralidad, característica constitutiva de la Iglesia católica.

Todo esto será posible con el concurso de dos factores que juzgo de la máxima importancia:

1) La necesidad de la formación musical y litúrgica de sacerdotes, religiosos y fieles. Hay que actuar con seriedad para evitar perjudiciales dilectantismos. Hay que arrastar en el compromiso – asegurando también una justa remuneración – a quienes con tanto ahinco se prepararon para tal servicio. En una palabra, hay que saber destinar dinero para la música. No es lógico que se gaste en todo, inclusive flores y alfombras, excepto que en la música. ¿Qué sentido tendría animar los jóvenes a estudiar y después tenerlos en huelga, o más aún, humillados y zarandeados por nuestros caprichos y nuestra escasa seriedad?

2) Necesidad de concordia en la acción. Nos recuerda Juan Pablo II en su quirógrafo: ‘El aspecto musical de las celebraciones litúrgicas no se puede dejar a la improvisación ni al arbitrio de los particulares, sino que hay que confiarlo a una bien concertada dirección en el respeto de las normas y competencias’.Respeto, pues, de las normas. Este es el deseo cada vez más general. Esperamos indicaciones dignas de crédito e impartidas con autoridad. Este es un servicio que, coordinando todas las iniciativas e instancias locales, compete a la Iglesia de Roma, a la Santa Sede. Este es el momento oportuno, y no hay tiempo que perder.”

Fuente: Catholic Net

Comentario Druídico: El planteo de siempre, a saber: esto es lo que manda la Iglesia, esto es lo que se hace (lo contrario), nadie sabe porqué. La referencia a las instrucciones de Juan Pablo II sobre la música sagrada suenan a ironía, cuando él mismo protagonizaba celebraciones en completa contradicción con las normas litúrgicas y musicales que prescribía, con frecuencia, según el espíritu más tradicional.

En lo dicho por el conferencista tenemos un ejemplo de ese 95% del Concilio con el que se puede estar en acuerdo perfecto, siempre y cuando se lo interprete de un modo tradicional, cuando sea ambigüo, o simplemente sin reparos cuando dice lo que ha dicho siempre la Iglesia. El problema es la praxis, impregnada por  el espíritu novador e iconoclasta de la mayoría cantante del Concilio, que luego fue autoridad de aplicación, dando a la vez inicio a lo que se ha llamado «espíritu del Concilio». 

En la teoría, el Concilio es un pantano innecesario. Lo mejor sería evitarlo. En la práctica, si nos ponemos en la operación desguace y recuperación de elementos útiles, podemos hacer un intenso trabajo de reciclado. Un punto de convergencia con el Magisterio tradicional sería realizar esta titánica poda de excrecencias. Necesario más por ligazón sentimental y por adhesión ideológica que por utilidad.

Un fruto notable de las conversaciones doctrinales Roma – FSSPX sería que alguien en Roma inicie esta poda, al menos formulando los principios generales de hermenéutica. Pero, sin duda el punto nuclear es la condena de los errores, el 5% inaceptable, de estos farragosísimos y perfectamente inútiles documentos, producto de una intensa lucha interna y de más componendas políticas que definiciones doctrinales.

Comentarios

Anónimo
09/09/2009 a las 7:09 pm

Música Sacra
La música sacra “debe ser santa, con exclusión de cualquier profanidad, no sólo en sí misma, sino también en el modo de ser propuesta por parte de los EJECUTORES».

Es de esperar que lo que se dice se HAGA, ya que del dicho al hecho hay trecho. Porque el Coro de San Pedro dista de tener esas cualidades UNIDAS.

Brevemente, SUENA MAL aunque se canten santidades. Gritan y desarmonizan.

Los anglicanos han conservado aquella tradición católica de lo SANTO Y LO BIENSONANTE de sus bellos coros mixtos de niños y hombres. (para vergüenza de los católicos)

Se conoce un diálogo entre San Bernardo y el Abad SUGER a propósito de los estilos arquitectónicos, románico y gótico:
-San Bernardo: «para construir catedrales es necesaria la Fe»

-Abad Suger: «para construir catedrales hace falta un BUEN ARQUITECTO AL SERVICIO DE LA FE».



    Anónimo
    25/09/2009 a las 2:52 am

    Los latinoamericanos somos una mezcla de diferentes culturas
    Es fácil criticar irrespetuosamente las diferentes formas de expresión musical criolla de las regiones latinoamericanas muy propias y autóctonas provenientes de una gran mezcla de culturas entre indios,anglozagones ,europeos, negros, chinos, mestizos, es fácil considerar de menor nivel cultural nuestras raíces americanas mas americanas que latinas y la prepotencia irracional de creer algunos al igual que los egocéntricos y orgullosos FARICEOS grandes conocedores de la escritura en tiempos de Jesús que su conocimiento está por encima de los demás y que los latinoamericanos en su forma tradicional de hacer música al estilo popular llamado por estos grandes conocedores como profana no realizan dentro de su música alabanzas agradables a DIOS, lo particular de esto es que si Jesús se volviese a hacer hombre nuevamente en este momento muy probablemente diría lo mismo que dijo a los fariceos Vosotros los fariseos limpiáis el exterior de la copa o del plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.Necios, ¿el que hizo lo de fuera no hizo también lo de dentro?

    Pero dad con misericordia de las cosas que están dentro, y he aquí, todas las cosas os serán limpias.

    ¡Ay de vosotros, fariseos! Porque diezmáis la menta, la ruda y toda hortaliza, pero pasáis por alto el juicio y el amor de Dios. Es necesario hacer estas cosas, sin pasar por alto aquéllas.

    ¡Ay de vosotros, fariseos! Porque amáis los primeros asientos en las sinagogas y las salutaciones en las plazas.

    ¡Ay de vosotros! Porque sois como sepulcros ocultos, y los hombres que andan por encima no lo saben.

    Respondió uno de los maestros de la ley y le dijo: —Maestro, cuando dices esto, también nos afrentas a nosotros.

    Y él le dijo: —¡Ay de vosotros también, maestros de la ley! Porque imponéis a los hombres cargas que no pueden llevar, pero vosotros mismos no las tocáis ni aun con uno de vuestros dedos.

    ¡Ay de vosotros! Porque edificáis los sepulcros de los profetas, pero vuestros padres los mataron.

    Con eso, sois testigos y consentís en los hechos de vuestros padres; porque a la verdad ellos los mataron, pero vosotros edificáis sus sepulcros.

    Toda alabanza que nace del corazón a Jesús es agradable a nuestro Dios, o acaso debemos los católicos ser hipócritas y cantar música que no nos gusta, para amar al prójimo debemos empezar por respetarnos a nosotros mismos y sentir dentro de nuestro corazón la alabanza a Dios, y no simplemente hacer música como leída que no representa el verdadero espíritu y el deseo de alabar a DIOS, si no simplemente una repetición o palabraseo de frases que no sentimos, cuando aprenderemos a valorar lo que Dios nos ha regalado.



      Moderador
      25/09/2009 a las 3:06 am

      Amigo, qué merengue…

      es su comentario. Verá que no tengo mala voluntad para con los ritmos «latinoamericanos…»



      Anónimo
      25/09/2009 a las 5:51 am

      hay musicas con temáticas religiosas y músicas litúrgicas
      Uno puede alabar a Dios como uno quiere siempre que sea respetuosamente, pero le faltó diferenciar lo que es la música con temática religiosa, que el compositor lícitamente lo puede hacer en modo de una alabanza propia, y la música litúrgica que es la música propia del culto y que solo la regula la Iglesia Católica.
      Soy músico e interpreto varios estilos entre ellos el folclórico que me encanta y también la música antigua especialmente el barroco y el canto gregoriano, y dentro del barroco el repertorio compuesto en las épocas de las misiones y catedrales latinoamericanas, en este repertorio se pueden ver miles de obras religiosas no litúrgicas pero hechas con arte y a modo de alabanza a Dios, grandes compositores como Torrejón y Velasco, Orejón y Aparicio, Céspedes etc etc. hicieron este tipo de obras a las que algunas se denominaba bailetes o también Villancicos(que no es un genero solo para la navidad sino para todos los tiempo litúrgicos) estas obras tienen las características de ser el antepasado del folklore latinoamericano, pero sin embargo estas composiciones hechas con gran maestría por su complejidad rítmica eran para interpretarlas fuera del acto litúrgico y los compositores lo tenían bien en claro ya que eran bien formados en la doctrina católica y diferenciaban sus composiciones entre liturgias y religiosas.
      Por eso no caigamos en la confusión de que toda música si está hecha por amor a Dios es licita en la liturgia, no para nada!! por eso si uno quiere hacer una composición que sea para alabanza de Dios y a la vez que pueda ser interpretada en la litúrgica debe un seguir las indicaciones que la Iglesia nos da sobre la santidad de la forma de la música.
      Estimado hermano para hablar sobre la música en la liturgia hay que leer bastante e interpretar. Además es muy ridículo suponer lo que haría cristo si estuviera hoy en día.
      Por eso si vuelve a citar las escrituras hágalo con fundamento y no para defender un su propio gusto sobre la música folclórica en la liturgia., y es un error y prejuicio tildar de fariseos a la gente que sabe y habla con criterio, Dios nos dió la inteligencia, y esta la tenemos que cultivar.
      In Christo
      Darius
      Musicum



        Anónimo
        25/09/2009 a las 11:15 pm

        Lully

        Abonando el fundamentado comentario de Darius va mi modesto aporte de una anécdota histórica.

        Dice Darius: «estas composiciones hechas con gran maestría por su complejidad rítmica eran para interpretarlas fuera del acto litúrgico y los compositores lo tenían bien en claro ya que eran bien formados en la doctrina católica y diferenciaban sus composiciones entre liturgias y religiosas.»

        En tiempos de Luis XIV -pleno apogeo del jansenismo- el compositor Jean Baptiste Lully ingresó a un templo eb oider de los jansenitas en el momento en que se estaba interpretando una composición profana de su autoría. Lully, elevando los ojos al cielo dijo «Perdóname Señor, pero no la escribí para Tí». Y se retiró.

         

        Saludos.



          Anónimo
          26/09/2009 a las 10:52 am

          Fe de errata

          En mi comentario anterior, tercer párrafo, segunda línea, dice: «Lully ingresó a un templo eb oider de los    jansenitas». Las palabras eb oider no pertenecen a ningún lenguaje élfico. En realidad puse mal los dedos en el teclado. Así que la críptica expresdión «eb oider» debe leerse como «en poder».

          saludhuxlos.



          Anónimo
          26/09/2009 a las 9:25 pm

          LULLY 2
          Mire, Paisano, escriba de otra cosa, pero de historia de la música no, ya confundió al autor de “Boris Godunov”, y ahora se mete con Lully…
          Para que lo sepa, los jansenistas eran gente muy seria, estrictos, digamos “solemnes” y en esa época eran una corriente muy importante de la Iglesia de Fracia. La liturgia en Francia era la llamada “gallicaine- es decir “galicana., y difería de diócesis en diócesis, estaba así la Liturgia de Lyon, la de Paris, la de Grenoble. Pero los jansenistas no eran “profanizantes” mas bien al contrario. Y ese era uno de los motivos de su lucha contra el laxismo de los jesuitas.
          Lully era jansenista, o por lo menos lo era su confesor, y al respecto aquí va otra anécdota tan improbable como la suya, pero que también figura en los libros:

          Jean-Baptiste Lully, dirigiendo la orquesta con el gran bastón, que en aquel tiempo se usaba en lugar de la actual batuta, se hirió gravemente en el pie. Se declaró la gangrena; acudió el confesor y entre otras cosas le amonestó por escribir demasiada música profana:
          – Haz un sacrificio, hijo mío, y quema el manuscrito de tu última ópera. Así te daré tranquilo la absolución.
          Lully lo hizo así. Pero al saberlo su hijo se exclamó:
          – ¿Pero cómo hiciste caso a ese jansenista tan puritano? ¡Quemar tu ópera, una obra maestra!
          Y Lully, que al parecer tenía mucho de “esprit”, como dicen los franceses, le contestó: Hijo mío, quemé el manuscrito, pero me quedé con una copia.

          El pianiosta sordo



          Anónimo
          27/09/2009 a las 4:01 am

          jajaj que grande Lully!! no
          jajaj que grande Lully!! no conocía esa anecdota.
          In Christo.
          Darius el pianista manco.



          Anónimo
          27/09/2009 a las 1:49 pm

          Lully 3

          Es cierto que le erré -y fiero- con Godunov. La anécdota de Lully, tal como la narré, la puede encontrar en libro Luis XIV, de Vincent Cronin (el hijo de A. J. Cronin). Si es cierta o no es cierta, arréglese con él.

          Por otro lado, conozco muy bien a los jansenitas. En cierto aspecto estamos rodeados de jansenitas.

          Saludos



        Anónimo
        26/09/2009 a las 1:13 pm

        Música litúrgica
        Ni más ni menos.

        Músico.



Anónimo
11/09/2009 a las 6:02 pm

Así que…
Asi que el 95% del concilio es la música Sacra??
Que raro. Llevo leídos el 60% de los documentos del concilio y apenas se nombra..



    Moderador
    25/09/2009 a las 3:04 am

    Se ve que Ud. lee ponderadamente

    Porque ha hecho un observación interesantísima. Tanto así que no tiene nada que ver con lo que dice el comentario.

    Me pregunto si dicen estas cosa por burros o por necios. No se que es peor… si la chatura intelectual o el rechazo de la evidencia. En realidad no me lo pregunto, ya lo sé. 



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *