El Verdadero Misterio Pascual
La comprensión real de la catástrofe conciliar es imposible cuando se ha perdido el contacto con la liturgia tradicional. Y la esperanza sobrenatural en las promesas de asistencia de la Iglesia, aún en la crisis más terrible de la que se tenga memoria como la que vivimos hoy, no se puede sostener sin el contacto frecuente con la liturgia tradicional.
Es algo en lo que insistimos: la comprensión real de la catástrofe conciliar es imposible cuando se ha perdido el contacto con la liturgia tradicional. Y la esperanza sobrenatural en las promesas de asistencia a la Iglesia, aún en la crisis más terrible de la que se tenga memoria, como la que vivimos hoy, no se puede sostener sin el contacto frecuente con la liturgia tradicional, al menos no sin grandes dificultades.
No solo porque el rostro desfigurado de la Iglesia de Cristo en esta su Pasión nos repugna, como repugnó a los apóstoles y discípulos en su momento cuando la Pasión de Cristo actualizó el mayor acto de amor de Dios por sus creaturas. El sacrificio de su Unigénito, oprobioso, para que como Cordero inmolado restaurase todo el universo y abriera las puertas del cielo.
Esta obra tan grande que no puede mensurarse en términos humanos, tuvo, sin embargo, a los ojos de sus humanos testigos el carácter de una catástrofe. A excepción de la Santísima Virgen, que siempre tuvo claridad absoluta sobre la Redención que se estaba realizando.
Inclusive aquellos que habían sido preparados por la visión del Cristo transfigurado en el Monte Tabor dudaron y negaron. Casi todos huyeron. Sufrieron escándalo y terror. Al pie de la Cruz quedaron solo las Santas Mujeres sostenidas por María, la Madre de Jesús, y el discípulo dilecto, recuperado de miedo que le causó el intento de apresamiento en el que dejó su túnica y huyó casi desnudo.
Las miserias de Cristo, queridas por Él para hacer la voluntad del Padre, resultan intolerables a los ojos humanos sin la asistencia especial de Dios. Por eso Cristo adelantó su pasión en la cena pascual del Jueves Santo, al celebrar la misa de institución de la Eucaristía y del sacerdocio, durante la cual consagró obispos a sus doce elegidos… y a pesar de eso, uno inmediatamente lo entregó a sus enemigos. Y otro, que sería la piedra de su Iglesia, lo negó tres veces por temor a los judíos. Y los demás quedaron quebrantados, casi sin Fe.
Hoy asistimos a la pasión de la Iglesia y a pesar de que tenemos los medios de santificación para que el escándalo no nos mengüe o quite la Fe, esta pasión nos golpea durísimamente. En buena medida por nuestra falta de virtud, por la endeblez de nuestra Fe. Y también, como causa concomitante de esas nuestras debilidades, porque aquello en lo que la Iglesia se manifiesta gloriosa y resucitada -aunque siempre centrada en el sacrificio, fuente de toda salvación- la Misa, y con ella toda la liturgia, ha sido devastado.
Parte del Oficio de Tinieblas (Maitines y Laudes) que se celebra el Jueves, el Viernes y el Sábado santos. Con inmensa solemnidad se recuerda en estas horas canónicas, cantadas y salmodiadas, la ingratitud del pueblo de Dios y las profecías que puntualmente se cumplirán en los días de la Pasión. Esta versión polifónica, magnífica, sin embargo no refleja el austero despojo de adorno de la liturgia romana gregoriana. Durante la ceremonia -que dura más de dos horas- se van apagando las velas de un candelabro de quince brazos (tenebrario), tras el recitado de cada salmo. Ellas representan el abandono de los más cercanos a Cristo, en el momento de mayor oscuridad. Se mantiene prendida, sin embargo, la vela central del, la cual, en el momento de la muerte de Cristo es retirada y ocultada detrás del altar. La Fe se ha oscurecido y ya no se puede ver ninguna luz, pero la de Cristo siempre está encendida. Inmediatamente un acólito devuelve la vela a la vista de los asistentes, la levanta, y los presentes, golpeando sus libros sobre los bancos de la iglesia simbolizan el terremoto con que el cosmos participó en el momento de la muerte.
Por eso, quien no conoce, y me atrevo a decir a riesgo de ser malinterpretado, quien no experimenta la liturgia tradicional, no tiene todos los elementos que la Iglesia brinda para por lo menos sufrir, como testigos atemorizados pero no claudicantes, la pasión de la Iglesia con esperanza renovada y Fe absoluta en que Cristo la asiste y la revitalizará, si vale la expresión, tras esta aparente agonía de muerte.
La Semana Mayor, Semana Santa es el centro de todo el ciclo litúrgico. Todas las otras fiestas y solemnidades giran en torno de ella. El propio nacimiento de Cristo está subordinado a la Pasión, porque Cristo se encarna y nace para morir. Y muriendo destruir la muerte y restaurar la vida sobrenatural. Si el pecado de Adán tuvo las terribles consecuencias de desatar el mal en la Creación, el pecado de los que juzgaron inicuamente, condenaron injustamente y mataron a Cristo de muerte tan terrible es incomparablemente mayor, casi puede decirse, infinito. La paradoja resulta de que de ese mal tan inconmensurable y misterioso produce Dios la Redención, por medio de la única Víctima grata a Él.
Cuando la neoliturgia bugniniana, centrada en hombre, orientada hacia el ecumenismo, pero sobre todo “negacionista” de la muerte de Cristo como causa de la Redención, al centrar indebidamente el “misterio pascual” en la resurrección en desmedro de la muerte de Cristo (aunque una suponga la otra), pone énfasis en desvalorizar la muerte como si fuese un acto “negativo”.
Es la celebración botarate de una resurrección sin muerte o con muerte vergonzante, casi impropia de Dios (un error bien judaizante), una forma de ver la Pasión de Cristo que oscurece todo el verdadero misterio pascual.
El Jueves Santo Cristo adelanta su muerte. El Viernes Santo muere. El Sábado Santo yace muerto. Todo se ha consumado. La Resurrección –sin la cual nuestra esperanza sería vana- es el sello de la precariedad de esa muerte ante el poder de Dios. Claro que celebramos con profunda alegría la Resurrección, como fue motivo de alegría para los apóstoles y discípulos, algunos de los cuales habían perdido la Fe. Claro que la resurrección restaura la fuerza de Tomás Dídimo, pero con un reproche de Jesús. “Bienaventurados los que creen sin ver”. Así como la incredulidad de los discípulos de Emaús, que daban todo por perdido.
Pero Cristo instituye el sacramento del sacrificio, de la muerte. Este es el centro de la Misa. Esto ES la Misa.
La misa botarate de Bugnini y Paulo VI, esa que celebra la Resurrección y pone cortinas para cubrir la muerte, que pretende la alegría de la tumba vacía sin haber puesto nunca el cuerpo yacente de Cristo en esa tumba, se aleja de un modo impresionante del verdadero misterio pascual.
El Viernes Santo es el día central de la Fe Católica. Todo lo demás se dirige a él o nace de él. El Viernes Santo es el Sacrificio, la pasión. Nunca sobrellevaremos la Pasión de la Iglesia si no nos centramos en el Sacrificio. Y por eso, el culto querido por Dios, enseñado e inspirado por Él, el culto que en la iglesia del Papa, la iglesia romana, tiene una forma tan antigua que se puede ver en sus ceremonias las huellas de los apóstoles, ese es el rito tradicional. Lo otro es, en el mejor de los casos, un triste garabato inspirado por ambiciones humanas, o tal vez, por intenciones inconfesables.
Así pues, después de un Triduo Pascual en el que asistimos al culto en su plenitud, en su rito más genuino, y, en mi caso, en su máximo esplendor, solemnísimo, pontifical (lo que es accidental pero no deja de aportar más elementos de prueba de la belleza sobrenatural de la Iglesia, de mostrar su rostro verdadero por debajo de las huellas espantosas de la crisis de su Pasión), no podemos menos que insistir en la invitación: acérquense a la Misa Tradicional. Del modo que puedan, al menos conociéndola en la lectura de un misal, en la familiaridad de sus textos y el sentido de sus gestos.
No basta decir que es superior al nuevo rito aún cuando se crea sinceramente en ello, sin que la voluntad la desee con un deseo práctico para que la inteligencia la pueda degustar hasta donde pueda degustarse el misterio. Y no hay aprecio posible sin la asistencia al rito celebrado como la Iglesia manda cuando se pueda, aunque sea con esfuerzo. En el espíritu que la Iglesia enseña, sin reservas, subordinando voluntad e inteligencia a la admiración del tesoro que nos han escondido, llenándonos de confusión. Robándonos los medios ordinarios de la gracia. Y de la perseverancia en la Fe en tiempos tan difíciles.
Sin participar de este tesoro, en el espíritu que la Iglesia le ha impreso y surge de cada uno de sus textos, ritos, gestos, cánticos, silencios… difícilmente podamos enfrentar el rostro lleno de inmundicias de la Iglesia en su pasión de hoy. Nos privamos muchas veces voluntariamente de asistir al Monte Tabor, donde la podemos contemplar transfigurada en su auténtica y divina belleza para luego tener la fuerza de resistir su rostro desfigurado con Fe inquebrantable.

