El Terrorismo es Siempre un Crimen
Una lúcida visión del fenómeno del momento. ¿Qué es? ¿Puede justificarse? ¿Qué relación tiene con el fundamentalismo? ¿Qué es ser fundamentalista?
Escribe Ricardo Fraga
Una lúcida visión del fenómeno del momento. ¿Qué es? ¿Puede justificarse? ¿Qué relación tiene con el fundamentalismo? ¿Qué es ser fundamentalista?
Escribe Ricardo Fraga
La guerra ha sido siempre una de las constantes de la historia de la humanidad. La delimitación amigo-enemigo (que el gran constitucionalista alemán Carl Schmitt ha hecho célebre) no sólo existe desde los albores de la vida humana (adámica), sino que ella ha constituido una de las variables sociológicas y culturales en que se enmarca, en definitiva, el fenómeno político.
La antigíedad pagana apenas conoció límites al sojuzgamiento del adversario que, cuando vencido, era generalmente reducido a la condición de esclavo y esto, incluso, en civilizaciones tan generosamente desarrolladas como, v.g., griegos y romanos.
Fue menester esperar a la predicación del cristianismo, con su emblemático y exclusivo amor aún a los enemigos, para suavizar y contener (en cuanto era posible ante ese impulso cuasi connatural del enfrentamiento) los espantos de la guerra y de una guerra que, cualesquiera fuesen sus rigores, no conocía todavía el salvajismo de la pólvora. Eran guerras donde, créase o no, primaba el sentido del honor, cuando no (como en el caso de los caballeros medievales) de la misma virtud de la hidalguía.
La escolástica española del s. XVI (piénsese en Francisco de Vitoria) expresó, de manera sistemática, el encuadramiento ético de las acciones bélicas y analizó las características y justificaciones de la «guerra defensiva» (legítima defensa «post facto«) y la «guerra ofensiva» (sólo lícita en la medida en que encuadre en una situación de legítima defensa «ante facto«).
El horror de las guerras religiosas (fraticidas) que llenan el s. XVII llevó a los estados generadores del llamado «statu quo» europeo a desarrollar, lenta pero ininterrumpidamente, un «derecho de guerra humanitario» que se fue plasmando en una gran variedad de convenciones internacionales (como las de Ginebra) que, respetadas o no, pusieron, al menos, marco teórico a las sucesivas e irreparables irrupciones de guerras internacionales.
La Iglesia católica, desde su faro vaticano, estimuló siempre el cumplimiento riguroso de tales acuerdos interestatales.
Empero, a finales del s. XVIII surge desde el estado una actividad de exterminio hasta entonces desconocida por los pueblos cristianos: el terrorismo oficial engendrado por la revolución francesa y que llevó al primer genocidio registrado por los historiadores imparciales, esto es, la guerra de arrasamiento desatada contra los campesinos católicos y monárquicos de La Vandee (Francia).
Desde ese ángulo emerge el terrorismo, como exaltación del individuo (desgajado de la red solidaria de la comunidad) y del estado nacional (en oposición a la antigua noción de cristiandad fraterna), tal como el representado por los carbonarios italianos del s. XIX (al estilo garibaldino), o la suicida burguesía parisina de la revolución de julio de 1830.
«Terrorismo de estado» fue también la vil exterminación de los cristeros mejicanos (en la década del ’20 en el pasado siglo), cazados y fusilados como ratas por parte del francmasónico (y pro-yanqui) gobierno de Plutarco Elías Calles.
El terrorismo opera como una dinámica de destrucción que no distingue ya entre sujetos activos del conflicto y la mera población pasiva que lo soporta. Aparece con él el odio ideológico que torna difusas las fronteras de la disociación étnica, religiosa, social o cultural y que encarna como objeto decisivo y final el aniquilamiento del adversario.
En ese plano se movieron el «maquis» francés de la resistencia o los partisanos lombardos de 1943/1944: su acción disuasiva, aparentemente justificada por la maldad del invasor, conducía a la producción de «ejercicios» guerrilleros que conllevaban a la muerte (explosivos) indiscriminada de la misma población civil que se suponía defender.
Los métodos terroristas que ahora nos escandalizan tomaron, como se ve, origen en desgraciadas situaciones que el mismo cine (incluso Hollywood) exaltó como «heroicas» o «románticas«.
Desde el punto de vista más inmediato los recursos terroristas dirigidos hacia el enemigo fueron empleados por la resistencia sionista contra las tropas británicas en Palestina (1947), de donde los aprendieron los palestinos árabes; por el terrorismo «irlandés» del IRA (exacerbado por el sentimiento anti-imperialista de la Isla) y, finalmente, por el terrorismo «vasco» de la ETA (considerado originalmente como «inevitables combates» ante el franquismo).
En la misma línea se colocan los «jóvenes idealistas» del ’70 que (financiados por el Moscú de la guerra fría desde la internacional terrorista de Fidel Castro), atacaron, volaron y mataron cuanto «objetivo» civil inocente fue necesario para la difusión de su cultura del odio y de la muerte (y ello incluso durante la plena vigencia de las instituciones constitucionales).
Todo terrorismo invoca «causas principistas» y por el fin (aparentemente noble) justifica todos los medios, en una desenfadada posición de nihilismo que ya ni siquiera se compadece con las sutiles prácticas del maquiavelismo tradicional.
A todo lo dicho se aduna ahora el resurgimiento político y bélico del Islam (profetizado acabadamente por Hilaire Belloc a principios del s. XX), en el cual parece prevalecer una acentuada veta de fanatismo religioso para cuya cabal comprensión será bueno recordar la exactísima definición del P. Leonardo Castellani: «fundamentalista religioso es aquel que pone por encima de todo a los valores religiosos (lo cual está muy bien) y después desprecia a todos los demás valores (lo cual está muy mal)«. Este es el núcleo de un fanático: su cerrazón a contemplar la compleja analogía de lo real.
El mundo islámico ofrece, con todo, más de una lectura ya que a sus aspectos, que podríamos llamar negativos, como la ancestral agresión a la cristiandad (recuérdense los siglos medios), se le oponen sus aspectos positivos cuya manifestación, quizás, más elocuente fue el esplendor del califato de Córdoba en la fenecida España musulmana.
Pero es de público y notorio que aquella cristiandad temporal ha dejado (hace ya largo tiempo) de existir. En caricaturesca sustitución aparecen los Estados Unidos de América (USA) que, al invadir sin una adecuada justificación doctrinal algunos estados islámicos, ha agravado un problema que, de todas maneras (y es importante notarlo bien) igualmente se hubiera desencadenado.
A su vez la Unión europea (UE) incuba en su seno, con su ahora descarado odio al catolicismo configurador y a su hedonístico maltusianismo, un cataclismo atroz (y con Londres recién empieza) que no se solucionará, ciertamente, ni con más odio (estilo Oriana Falacci), ni con cobardes abstenciones (al modo de Rodríguez Zapatero) o con el constructivismo social o el voluntarismo integracionista de todos quienes desconocen (por su agnosticismo) la raíz religiosa del asunto.
Todo terrorismo (también el latinoamericano de ayer y de hoy) es detestamiento de las estructuras civilizadas elaboradas por los hombres con su cimiento en Dios. Pero Dios jamás puede ser invocado como factor de desintegración y, en este orden, ya las autorizadísimas voces de Juan Pablo II y Benedicto XVI han dicho lo suyo.
En la Argentina el espíritu terrorista se ha instalado en el interior de las instituciones y si el terrorismo del estado es imprescriptible, también lo es el de las organizaciones paramilitares que quedan, al igual que aquél, atrapados en la convención interamericana de derechos humanos.
En dogmática penal no es atendible la prescripción de una causal de justificación tal cual es la legítima defensa, tanto de sí, como de terceros (y ningún tercero más inmediato que la sociedad arteramente atacada por el terrorismo). La negativa a extraditar de ciertos organismos jurisdiccionales coloca a la república en una desafortunada posición internacional.
El terrorismo es siempre un crimen y lo que ningún terrorista (de cualquier pelaje) jamás comprenderá es que el odio sólo se sobrevuela por el amor, incluso como Jesucristo nos enseñó, por el mismísimo amor a quien nos hiere y daña, con la intención sobrenatural de alcanzar su conversión. Este signo (el odio imprescriptible) es el único que permite fehacientemente identificarlos por encima de toda hipócrita invocación a la maternidad.

