Panorama Católico

El fin de un largo anochecer

Después de años de oscurecimiento gradual de la Fe, parece que llegó la noche. No digo que sea el momento más oscuro, pero ya es de noche. Por contradictorio que suene, hoy, claramente, es de noche.

Después de años de oscurecimiento gradual de la Fe, parece que llegó la noche. No digo que sea el momento más oscuro, pero ya es de noche. Por contradictorio que suene, hoy, claramente, es de noche.

El ocaso es tiempo de confusiones donde las cosas se van desdibujando a la vista por falta de claridad suficiente. “Vemos” más por el recuerdo de lo que vimos cuando la luz estaba en su esplendor, que por lo que el ojo puede percibir. El crepúsculo es un tiempo de nostalgias: ¡Cuando era de día, todo se veía con más claridad! Pero hay una cierta peligrosa confianza en esa adaptación del ojo a los lugares tenebrosos. Se puede caminar en medio de graves peligros sin darse cuenta.

Sin embargo, cuando llega la noche cerrada, hasta el recuerdo se oscurece.

Largo anochecer…

No tiene caso debatir aquí cuándo comenzó el anochecer de la Fe.  Hace apenas 100 años murió el papa que lo reconoció a fondo, lo denunció y lo condenó. Y que obró efectivamente contra él. Hace un siglo que moría el Papa antimodernista. Porque esta noche que hoy nos entenebrece se llama Modernismo, la suma de todas las herejías. Y sus propulsores forman una secta.

Hace poco más de 50 años que la gran victoria de la secta neomodernista se consumó. El Concilio Vaticano II. Allí empezaron los horrores que vivimos de un modo sin precedentes en estos últimos 15 días, a la sombra -o a las sombras- del Sínodo Extraordinario de la Familia.

Hace poco menos de 2 larguísimos años que el Horror se ha encarnado en la persona del actual (mientras nadie pruebe lo contrario) pontífice romano. Quien con prolija y acelerada gradualidad ha ido ejecutando las obras de su programa de gobierno. Ha convencido a la gran masa de los católicos que era posible, en nombre de la Misericordia de Cristo, abolir las Enseñanzas de Cristo.

No hay discusión posible. Los hechos no admiten argumentación. Todo lo que se pueda hablar en la materia para “interpretar” las obras de Francisco forma parte del juego de su estrategia publicitaria, de la “fe” de la Iglesia dominada por los sectarios.

El Sínodo, en este sentido, ha traído la noche, pero a la vez una notable claridad: la claridad de la certeza. Si vamos siquiera a discutir y votar la moral católica, el orden natural,  las palabras de Cristo, ya no quedan dudas, sabemos con toda certeza que la noche ha llegado.

La batalla es sobrenatural

Durante años muchos hemos dado la batalla por la Fe y la doctrina. Y la seguiremos dando con la ayuda de Dios. Pero entre nosotros, los católicos fieles, no teníamos apreciaciones completamente convergentes. Las confusiones propias del crepúsculo. Hoy la noche ha separado definitivamente las cosas y cada uno está obligado a tomar posición sin más demoras, porque el tiempo nos urge de un modo impostergable. No elegir hoy significa ser tragado por las tinieblas. El crepúsculo y sus excusas se extinguieron.

El programa de la resistencia

Esto nos exige poner en marcha un programa de resistencia sobrenatural en el sentido del que comentamos hace poco aquí:

  1.  -Católicos, familias, sacerdotes, religiosos: acérquense a estos lugares donde se ofrece lo que la Iglesia ha ofrecido siempre.
  2.  -Busquen la certeza de lo que la Iglesia ha atesorado siempre y apártense de lo que resulta dudoso o confuso.
  3.  -Busquen la doctrina y también a quienes viven conforme a esa doctrina, más allá del grado de virtud que cada uno alcance.
  4.  -Sacrifiquen a ese fin todo lo demás.
  5.  -Busquen la proximidad con LA MISA como el objetivo primero de todo católico en este tiempo.
  6.  -Junto con LA MISA, busquen la proximidad con aquello que LA MISA produce: sacramentos y vida real al amparo de dichos sacramentos: comunidad cristiana, escuela cristiana, cercanía entre los fieles.
  7.  -Ningún motivo humano puede ser óbice para alejarse de los lugares donde se ofrecen –hoy tan escasamente- los medios de salvación.
  8.  -La energía que muchas veces se vuelca en conocer y criticar los desvaríos del clero, ponerla en la construcción de una comunidad católica centrada en LA MISA.
  9.  -Busquen al sacerdote fiel a LA MISA (aunque lo sea sólo de deseo) y apóyenlo para que levante un lugar de culto a fin de que en torno a él se forme una pequeña cristiandad.
  10.  -Funden las nuevas familias bajo esta consigna sin la cual difícilmente alcancen su fin natural y sobrenatural: santificarse con LA MISA, vivir allí donde se ofrezca LA MISA, o traer LA MISA al lugar donde las familias están. Y con ella la escuela, y la vida de la comunidad, por pequeña que sea, que tenga a Cristo como Rey y a María como Reina.

Ha llegado el momento de deponer excusas como la (falsa) obediencia, o la (mentirosa) imposibilidad de hacer algo. Los que somos fieles católicos de a pie, o curas de parroquia, que estamos en la última grada de la jerarquía católica o sujetos a ella, podemos hacer mucho, todo.

Podemos defender la Fe, que es obligatorio cuando la Fe está en peligro, como señala la doctrina y expresamente el Derecho Canónico: exigencia inexcusable de todo bautizado. Hoy ya no es posible profesar la Fe sin defenderla.

Es tiempo de conversión

Ya no es tiempo para el tímido, para el cómodo, para el gritón o el purista.

No hay modo de excusarse bajo el Ubi Petrus ibi Ecclesia. Petrus esta notoriamente extraviado, si no es, acaso, un enemigo consciente, un agente del Maligno. La Iglesia está con todos los Pedros que han sido fieles a Cristo a lo largo de la Historia. De la boca de este “Pedro” solo sale confusión y malas obras. Parece difícil que tuerza ya su plan –que lo es-, tan solo nos engañará con maniobras de distracción. Sus objetivos han sido claramente planteados y ejecutados con asombrosa energía.

No es tiempo para el cómodo: “yo tengo donde refugiarme, el resto, si no quiere venir, que se arregle”. Es hora de invitar con urgente insistencia y el corazón lleno de la caridad de Cristo a todos los que están en riesgo de hundirse definitivamente en la ciénaga del mundo actual. De irlos a buscar. De darles una caritativa bienvenida

Ya no es tiempo para el gritón que declama su fidelidad recriminando de un modo insolente las miserias ajenas (y olvidando las propias). No se edifica la Iglesia solamente con la fidelidad a la Fe, sino con las obras de la Fe. Que son la obras de la Misericordia

Corporales
1.ª Visitar y cuidar a los enfermos.
2.ª Dar de comer al hambriento.
3.ª Dar de beber al sediento.
4.ª Dar posada al peregrino.
5.ª Vestir al desnudo.
6.ª Redimir al cautivo; y
7.ª Enterrar a los muertos. 

Espirituales
1.ª Enseñar al qué no sabe
2.ª Dar buen consejo al que lo necesita. 
3.ª Corregir al que yerra. 
4 ª Perdonar las injurias
5.ª Consolar al triste. 
6.ª Sufrir con paciencia los defectos del prójimo; y 
7.ª Rogar a Dios por los vivos y difuntos. 

Si hacemos esto nos santificamos y lo que más necesita hoy la Iglesia es santidad.

No es tiempo de puristas ni de obreros celosos de lo que el Dueño de la Viña paga a cada uno. Hoy no se puede aletargar el espíritu recordando lo que cada uno dijo en tal o cual momento. Hoy es tiempo de subir a los botes salvavidas que el tradicionalismo (en su amplia expresión) ofrece a los que son arrojados de la Nave de la Iglesia, hasta que Dios -por el rayo y el fuego, o cualquier otro medio que su Divina providencia haya previsto- deponga de sus sitios y cargos a los enemigos de Cristo que tienen secuestrada a la Iglesia. La parábola de los obreros debe ser suficiente advertencia, en particular para los tradicionalistas:
“Y por eso los grandes peligros y tentaciones para nosotros son de abatimiento, de derrotismo, de desesperanza, de desesperación… cuando esa Fe no está acompañada de la Esperanza cristiana, que es la fortaleza más sobrenatural, puesto que radica en la voluntad misma.
“Y la otra gran tentación es caer en la tristeza, en la acedia,  la amargura… y lo que es peor, el celo amargo. Esos son los peligros que nosotros sufrimos. Y no basta conservar la Fe. Hay que conservar la Fe que es operante por la caridad. Esa es la única que salva.

“San Agustín tiene una frase que ya alguna vez les he citado, pero que me place recordar hoy: es una oración que le hace a Dios y le dice: “Señor, envía mitigationes, envía dulzura a mi corazón para que el amor de la verdad no me haga perder la verdad del amor”. Y creo que podríamos agregar pedirle a Nuestro Señor su gracia para que ese amor de la verdad que tenemos ¡porque lo tenemos! no nos haga perder la verdad de la Esperanza y la verdad de la Caridad. Porque esa Verdad en quien creemos es Dios, es Nuestro Señor Jesucristo, y Él es nuestra Esperanza. ¡Esa es la Verdad! (Mons. Alfonso de Galarreta, Homiía del 12 de abril de 2009)

La Santificación de la Iglesia está en nuestras manos

La santificación de la Iglesia depende de cada uno de nosotros. A decir verdad, cada uno de nosotros es partícipe necesario de la noche de la Iglesia, en buena medida por omisión, por no sacudirse sus miserias.

Y también es partícipe necesario de su restauración, en la medida en obre las obras de la Fe. Para hacerlas, para tener la luz, la claridad, la fuerza, la voluntad perseverante de hacerlas, es necesario santificarse. Velar, orar, frecuentar los sacramentos, rezar devotamente el Rosario, sacrificar el propio orgullo, practicar la mansedumbre…

“Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia, el resto os será dado por añadidura”. Vamos por todo: por el Reino. La añadidura será una Iglesia reformada en sus costumbres y en la santidad de sus miembros.

Mirad a María…

En la noche oscura, cabe esperar especialmente el auxilio de la luz de quien la recibe de Dios, sin mácula, y la refleja, sin mácula, con la mayor fidelidad. La luz de quien se ha asociado de tal modo a la obra redentora que la Iglesia llama la Correndentora.

Ella, dicen los santos, es como la luna, que brilla con luz ajena, porque es criatura, pero tan excelsamente que Dios ha querido sea la causa instrumental de su salvación. Y que administre  los méritos infinitos del Santo Sacrificio Redentor de la Cruz. Protagonista de primer rango en estos tiempos.

Ella nos ha llamado a rezar el Rosario, a sacrificarnos, a pedir urgentemente por las almas de los “pobres pecadores”.  Nos ha advertido de los peligros y los castigos en Fátima. Parece que no hemos hecho lo necesario, los castigos se nos han venido encima. 

Roguemos ahora a Nuestra Señora, la Corredentora, que abrevie los tiempos y regatee ante su Divino Hijo un número pequeño de justos, necesarios para que la ira divina se atenúe, en particular sobre quienes por confusión o abandono de sus pastores están extraviados, y sobre los que por debilidad y flaqueza humanas, no hemos sabido dar satisfacción a sus pedidos.

Maria, Auxilium Christianorum, ora pro nobis.

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