Panorama Católico

El Cambalache de la Dignidad Humana

“Las personas homosexuales tienen … la mayor de las dignidades como cualquier ser humano, por ser hijos de Dios, … y además merecen un particular respeto porque muchas veces han sido efectivamente objeto de discriminación…”

Juan Gregorio Navarro Floria,


Jornada sobre Matrimonio Homosexual en la UCA

“Las personas homosexuales tienen … la mayor de
las dignidades como cualquier ser humano, por ser hijos de Dios, … y además
merecen un particular respeto porque muchas veces han sido efectivamente objeto
de discriminación…”

Juan Gregorio Navarro Floria,


Jornada sobre Matrimonio Homosexual en la UCA

“Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos
manoseaos”
.


Enrique S. Discépolo: Tango “Cambalache”

No se trata de hacer filosofía tanguera, sino de rescatar en
esta obra de arte popular (dedicada por su autor a Alfonso XIII, “mi amigo”,)
chispazos de sentido común que aún hoy podemos encontrar en la gente sencilla:

¡Qué falta de respeto,

qué atropello a la razón!

Cualquiera es un doctor,

cualquiera es un ladrón (…)

(…) los inmorales nos han
igualao…

Que es lo mismo el que labura?

Noche y día como un buey,?

Que el que vive de los otros,?

Que el que mata o el que cura?

O esta fuera de la ley.

Concepción discepoliana de la “dignidad humana”

El famoso “Mordisquito” supo transmitir, en medio del
merdazal del siglo XX su llamado a la cordura. No todo da igual, es más, no
todas las personas tienen la misma dignidad, sino que ésta se asocia a los
méritos de las obras. Parece de sentido común: no es lo mismo ser derecho
que traidor, ignorante o sabio, recto o inmoral
.

¿A quién puede escapar esta diferenciación moral? Solo a la
persona amoral, por tara congénita o por tara ideológica. Sabemos que algunos
nacen con el órgano de la moralidad natural atrofiado: son los perversos.
Otros, en cambio, se amputan voluntariamente este órgano como requisito para
alcanzar la corrección política en un mundo ganado por las consecuencias últimas del
liberalismo y el antropocentrismo.

Para los primeros, la regla próxima de su conducta es la utilidad. Para los segundos, es el principio
de la “dignidad humana”, inmune a toda consecuencia de la mala conducta de las personas. El
hombre es digno haga lo que haga
, dicen estos últimos.

Las derivaciónes teológicas, morales y sociales están a la
vista. Comencemos por las más evidentes: la delincuencia no es punible, porque
hay una dignidad esencial en el delincuente que no se pierde ni cuando realiza
las mayores maldades. Si ha cometido alguna aberración se debe sin duda a
factores extrínsecos. Cese pues no solo la “represión de la delincuencia” sino
hasta el concepto mismo de “represión” (que significa ejercer por la fuerza una
acción destinada a castigar el delito, término habitual en el lenguaje
jurídico: “se reprimirá con tantos años de prisión…”).

¿Hay dignidad en el hombre?

Por cierto que la hay en diversos aspectos.

Hay una dignidad, llamemos así, “ontológica”, por la cual,
como creatura tiene un ser que es bueno. Ser es bueno. El mal, por cierto, es
la privación del bien, es un “no ser”. Ninguna obra de Dios es mala.

Pero esta dignidad inherente a su creación no le otorga al
hombre dignidad absoluta. Precisamente como creatura hecha a imagen y semejanza
de Dios, ha de ser fiel a esta filiación natural, que alcanza además un grado
excelso en la filiación divina que nos proporciona el bautismo. Uno de los
episiodios más olvidados por el hombre moderno es la elección del pecar de
nuestros primeros padres
, y cuyas consecuencias hacen de todos nosotros al nacer “seres
indignos”, hasta que recibimos las aguas lustrales del bautismo.

Mayor dignidad en los bautizados que en los infieles.  Sobre este principio la Iglesia
autorizó a los estados cristianos a conquistar a los pueblos paganos, a fin de
establecer entre ellos la verdad evangélica y elevarlos a la dignidad de hijos
de Dios por el bautismo.

La simple lectura de los evangelios y las cartas apostólicas
nos proveen infinidad de ejemplos de la mayor dignidad del fiel con respecto
al pagano
.
Inclusive el catecúmeno estaba privado de participar en la parte sacrificial de
la misa, por no tener la “dignidad del bautismo”.

Como vemos, la Iglesia establece grados diversos de
dignidad.  A algunos cristianos los
eleva a los altares, a otros los excomulga. ¿Como será esto posible sin
considerar una dignidad desigual? Y en todo caso, ¿qué cosa sino la fidelidad a
las obras de la Fe será lo que establece esa diferencia?

¿Por qué el hereje está fuera de la Iglesia a pesar de estar
bautizado? ¿Por qué el bautizado en pecado mortal es miembro de la Iglesia,
pero miembro “muerto”, sin acceso a la gracia y sin la posibilidad de hacer
obras meritorias? Negar un discernimiento de los diversos grados de dignidad es
negar la fundación, doctrina e historia de la Iglesia.

La dignidad y el mérito

Así pues, salta a la vista de cualquier persona sensata que
mayor dignidad tiene aquél que obra con mayor arreglo a la Ley de Dios.

Pero el amor de Dios suple las faltas, dicen ahora. Frase equívoca y
frecuentemente envenenada. “El que me ama, cumple mis mandamientos”.  Es decir, el que no cumple mis
mandamientos, no me ama. La gracia de Dios puede mover los corazones más duros,
pero siempre los mueve hacia el arrepentimiento y hacia las obras de la Fe. No
meramente a una efusión sentimental (¡Dios me ama!) sin consecuencias en la
conducta. La Fe sin obras es luterana. La Fe católica es la Fe más las obras de
la Fe. De modo que la suplencia de Dios se ejerce por la gracia del
arrepentimiento y por la posibilidad de la absolución sacramental,
ordinariamente. De otras suplencias no podemos decir nada, por ser
extraordinarias y misteriosas.

¿Entonces, a las personas indignas, “inmorales” según la
clásica denominación que utiliza Discépolo aquí, hay que espetarles improperios
y burlas? No, al menos habitualmente no.

A las personas inmorales, por ejemplo los homosexuales, que
además hacen gala pública de sus vicios y pretenden erigirlos en norma general,
hay que tratarlos conforme a la caridad cristiana:

1) No mentirles respecto a la malicia de su condición y
exhortarlos a la conversión efectiva. (No hay conversión sin cambio de vida).

2) No hacerlos objeto de burlas salvo en la medida en que
la buena apologética lo recomienda
, esto es, contra los corruptores y propagadores de estos
vicios nefandos
(no
todos los homosexuales lo son) es lícita no solo una refutación teórica, sino
la manifestación del desprecio que en toda alma moralmente sana producen sus
vicios.

Esto por caridad hacia los demás e incluso por caridad hacia
el propio pecador, que muchas veces necesita sentir el rechazo social para
enmendarse
, y que,
por el contrario, al recibir la aprobación social, persevera en sus
gravísimos pecados
.

3) No realizar un destrato innecesario, y no juzgar las
almas, cuyo estado se reserva a Dios. Tan solo nos es lícito juzgar los
hechos exteriores
,
y las manifestaciones que realiza el pecador, no el fondo mismo de su alma. En
virtud de su potencial arrepentimiento, todo destrato que cierre el camino
de la compunción es gravísimo
y hasta criminal contra la caridad.

Hoy en día se confunde la dignidad humana asociándola al
mero hecho de ser humanos, sin distinguir más. Incluso en algunas corrientes
teológicasa al uso, se habla de una dignidad humana inmarcesible por el hecho
de la unión hipostática. Lutero redivivo: la Fe en Cristo justifica nuestros
pecados: pequemos fuertemente y creamos fuertemente, tenemos asegurada la
salvación. Solo que esta versión moderna es más corrupta, si cabe: nada es
pecado, porque el hombre no puede pecar. No en tanto “ame”. Ama y haz lo que
quieras
(¡pobre San
Agustín!) Como si la frase del Obispo de Hipona no fuera reflejo de la
sentencia paulina: la perfecta caridad nos exime del rigor de la ley. Pero la
perfecta caridad es la santidad, a la que se llega por medio de innumerables
actos de virtud y un estricto cumplimiento de los mandamientos.

 La consecuencia
inevitable de esta versión bastarda de la frase de San Agustín será la
tolerancia de todos los vicios y (también inevitablemente) la hipocresía de
quienes dicen practicar esta “caridad”, quienes procederán contra los pecadores
con inaudita crueldad, cuando las consecuencias de esos pecados los afecten en
lo personal. Así lo demuestra la experiencia.

Una consecuencia será esa jornada de la Universidad Católica
Argentina en la que la que se llegó a  afirmar que los homosexuales merecen un mayor respeto que los buenos
cristianos. Y que muchos santos y héroes han sido homosexuales.

“Vivimos revolcaos en un merengue

y en el mismo lodo todos
manoseaos”
.

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