Efectos ostensibles de la antigracia
Dimos la batalla y los malos ganaron.
“Vinieron los sarracenos,
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos…”
dice una copla impía (o irónica). Aquí deberíamos proponerla con una variante
“Vinieron los sarracenos,
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
Dimos la batalla y los malos ganaron.
“Vinieron los sarracenos,
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos…”
dice una copla impía (o irónica). Aquí deberíamos proponerla con una variante
“Vinieron los sarracenos,
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
aunque los malos sean menos…”
Anoche, antiácidos mediante, logré escuchar varias exposiciones de los senadores de la Nación. Desde las efusiones sentimentales del comediante Artaza, hasta las citas macarronicas de San Agustín y un prolijo testimonio sobre porqué el divorcio no ha destruído la sociedad argentina (avalado por ejemplos que demostraban exactamente lo contrario), -obviemos el sonsonete de la “discriminación”-, la apelación repetida a la “igualdad de los diferentes”… fue una experiencia alucinante.
Tan alucinante como las gestiones que realizaba ostensiblemente el senador Picheto (con la complicidad del presidente provisional del Senado) para mantener la comedia del “diálogo” hasta que hubiesen podido esmerilar toda la oposición con amenazas y dádivas…
Todo en nombre de la “democracia”. La senadora Monrandini llegó a afirmar que las mayorías no tienen razón por el mero hecho de serlo… ¡oh manes de la democracia putanesca! Las mayorías tienen razón en la medida que son democráticas, es decir, marxistas, homosexuales, pervertidas, etc. Si son mayorías que se aferran al pasado, no tienen razón, dijo Morandini con cierta elegancia sofística, y hasta diría que con perversa convicción.
Los “noes” se agazaparon en razones políticamente correctas (prontidud, presiones, falta de debate, legislación vigente…) Pocos de los que escuché apeló al principio de no contradicción. En realidad, hubiera sido inútil. Los que están todavía en capacidad de comprenderlo son los que manejan la tramoya política para su conveniencia y por lo tanto no les importa. El resto, tiene la mente quemada por la ideología y por una profundísima y generalizada ignorancia y falta de seriedad.
Bueno, con este material humano, (salvemos el honor de unos pocos senadores que lo merecen porque se han esforzado), y con la presión del Estado kirchnerista sobre ellos, el resultado era altamente probable.
Guerra a la Iglesia.
Fue notoria la unanimidad en denostar a la Iglesia, a pesar de que representantes de cultos evangélicos, judíos e islámicos se manifestaron en contra del putimonio. Sin embargo, todos los que decidieron ir contra las “presiones religiosas” sacaron sus apuntes de Wikipedia contra la “inquisición, las cruzadas, el genocio indígena americano” y los usaron con desparpajo. Nadie se atrevió a denostar a los rabinos enemigos del homosexualismo ni a los islámicos. Solo a la Iglesia católica. El odium fidei era palpable.
Un sujeto catamarqueño con tono de contador de chascarrillos invocó el pedido de perdón de Juan Pablo II como antecedente de lo mal que la Iglesia hacía las cosas y como por la fuerza iba a ir reconociendo también estos errores. Todavía ¡y por cuanto tiempo! ese desgraciado mea culpa seguirá destruyendo el respeto de los católicos.
En fin, y a pesar de los esfuerzos de los fieles y algunos clérigos para manifestar públicamente el deseo de las mayorías (argumento teóricamente de peso para los políticos democráticos) la trampa de comité se impuso.
Los medios harán el coro durante largo tiempo y muchas personas se confundirán más aún, y ni llegarán a sospechar la gravedad moral, jurídica, espiritual e institucional de lo que irresponsablemente se aprobó en Senadores.
Respecto a los obispos y al clero en general, más allá de los pocos que han defeccionado de un modo ostensible y público, la mayoría lo ha hecho de un modo silencioso y en diverso grado.
Por no predicar la sana doctrina dogmática y moral.
Por no poner su máximo esfuerzo en la santificación de las almas.
Por tolerar cualquier aberración, novedad, delirio, pero nunca a los católicos tradicionales.
Por impedir todo florecimiento de la liturgia tradicional.
Por amilanarse ante los medios y los lobbies.
Por renunciar al testimonio y al martirio, aunque sea espiritual.
Por pretender servir a dos señores a la vez: a Cristo y al Demonio.
La antigracias se ven ostensiblemente. La gracia santificante parece ausente de la sociedad. (¿No será la Misa el Katejon?) Pero, ¿que queda ya de la misa?
No ceder al desencanto
Pero el desencanto no debe ganarnos. Ya sabemos como es esta pelea. Y el que no lo sabía, ya lo sabe. Y el que no lo quiera aprender ahora, probablemente nunca entenderá nada.
Los enemigos están adentro. Los de afuera ganan poder solo porque los de adentro atenazan toda reacción católica. Empecemos por hacer limpieza por adentro de la Iglesia y no solo esta sino muchas batallas más podremos, si no ganar, dar con dignidad y sin vergüenzas de nuestros propios jefes.
Empecemos hoy, ya mismo, por pedir la Misa y los sacramentos que garantizan la Gracia. Luchemos por ellos. Sin esa Gracia no podremos recuperar nada para la realeza social de Jesucristo. Con esa Gracia, somos invencibles…

