Panorama Católico

Dificultades para leer las Sagradas Escrituras

Nos propone una lectora le ayudemos a vencer las dificultades que supone la lectura de las Sagradas Escrituras. Es una empresa que nos supera ampliamente, aunque podemos, con la gracia de Dios y la esperada colaboración de los comentaristas de esta web, proponer algunos caminos ciertos, confirmados por la Iglesia en su Divina Sabiduría.

Nos propone una lectora le ayudemos a
vencer las dificultades que supone la lectura de las Sagradas Escrituras. Es
una empresa que nos supera ampliamente, aunque podemos, con la gracia de Dios y
la esperada colaboración de los comentaristas de esta web, proponer algunos
caminos ciertos, confirmados por la Iglesia en su Divina Sabiduría.

Comencemos por citar un texto del CIC
que resume los principios de la doctrina exegética brevemente:

Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura:
el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido
alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos
asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia.

 El sentido. Es el sentido significado por las
palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de
la justa interpretación. «Todos los sentidos de la Sagrada
Escritura se fundan sobre el sentido literal» S.Tomás de Aquino:
«Omnes sensus sacrae Scripturae fundentur super litteralem». 

El sentido espiritual. Gracias
a la unidad del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino
también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos.

1.  

El sentido alegórico

. Podemos adquirir una comprensión más profunda de los acontecimientos
reconociendo su significación en Cristo; así, el paso del mar Rojo es un signo
>cf 1 Co 10,2)

2. El sentido moral. Los
acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo.
«para nuestra instrucción» (1 Co 10, 11; Hb 3-4,11).

3. El sentido anagógico.
Podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos
conduce (en griego: «anagogé») hacia
nuestra Patria. Así, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste.

Un dístico medieval resume la significación de los cuatro sentidos: 

La
letra enseña los hechos,
la alegoría lo que has de creer,
el sentido moral lo que has de hacer,
la anagogía dónde has de tender.

(Littera gesta docet,
quid credas allegoria,
Moralis quid agas,
quo tendas anagogia.)

Pero, dados los múltiples errores
que campean en el ámbito católico en materia de SS.EE. (piénsese que ya desde
el  Vaticano I, pasando por Leon
XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII hay numerosísimos documentos
alertando sobre ellos) creemos conveniente citar algunas cartas apostólicas
dedicadas al tema, principalmente Providentissimus
Deus,
de León XIII y Divino Afflante
Spiritu
de Pío XII, la segunda, conmemoración, ratificación y ampliación de
la primera, en el año del cincuentenario, 1943.

“El primero y sumo empeño de León XIII fue
exponer la doctrina de la verdad contenida en los sagrados volúmenes y
vindicarlos de las impugnaciones. Así fue que con graves palabras declaró que no hay absolutamente ningún error
cuando el hagiógrafo, hablando de cosas físicas, «se atuvo (en el lenguaje) a
las apariencias de los sentidos», como dice el Angélico, expresándose «o en
sentido figurado o según la manera de hablar en aquellos tiempos, que aún hoy
rige para muchas cosas en la vida cotidiana hasta entre los hombres más
cultos».

“Añadiendo que ellos, «los escritores sagrados, o por mejor decir —son palabras de
San Agustín—, el Espíritu de Dios,
que por ellos hablaba, no quiso enseñar a los hombres esas cosas —a
saber, la íntima constitución de las cosas visibles— que de nada servían
para su salvación»,
lo cual «útilmente
ha de aplicarse a las disciplinas allegadas, principalmente a la historia»
,
es a saber, refutando «de modo análogo
las falacias de los adversarios»
y defendiendo «de sus impugnaciones la fidelidad histórica de la Sagrada Escritura»,
afirma muy al comienzo
de su Encíclica Pío XII.

Es decir, se
ratifica el dogma de la inerrancia de
las SS.EE.
Veamos quienes lo niegan:

Los
racionalistas y modernistas 

no admitiendo el hecho de
la inspiración, consideran falibles los libros sagrados como nacidos
naturalmente.

Muchos protestantes
modernos 
niegan la inerrancia de las SS. EE.

Algunos más
modernos, nombrados en la Encíclica «Humani generis», 
que «repiten la sentencia ya
muchas veces reprobada, según la cual la inmunidad de error de las
sagradas Escrituras pertenece solamente
a las cosas que se enseñan acerca de Dios y de lo moral y religioso
Más
aún, hablan erróneamente del
sentido humano 
de los libros sagrados, bajo el cual se esconde el
sentido divino 
de éstos, que es el único que declaran infalible»
(D 2315; EB 612).

Doctrina de
la Iglesia. 
En el Concilio Vaticano I (D
1809), se definió solemnemente que la inspiración de la Escritura, e
implícitamente la inerrancia y la infalibilidad 

se extienden a las materias de fe y de
costumbres, y a las partes al menos de mayor importancia
(cf. n.111). Cfr. Sobre la Inerrancia de la  Sagrada Escritura

Y al propósito, ya León XIII recuerda en su carta citada:  “Como
antiguamente hubo que habérselas con los que, apoyándose en su juicio
particular y recurriendo a las divinas tradiciones y al magisterio de la
Iglesia, afirmaban que la Escritura era la única fuente de revelación y el juez
supremo de la fe; así ahora nuestros
principales adversarios son los racionalistas, que, hijos y herederos, por
decirlo así, de aquéllos y fundándose igualmente en su propia opinión, rechazan
abiertamente aun aquellos restos de fe cristiana recibidos de sus padres.


Ellos niegan, en efecto, toda divina revelación o inspiración; niegan la
Sagrada Escritura; proclaman que todas estas cosas no son sino invenciones y
artificios de los hombres; miran a los libros santos, no como el relato fiel de
acontecimientos reales, sino como fábulas ineptas y falsas historias.

A sus ojos no han existido
profecías, sino predicciones forjadas después de haber ocurrido los
hechos, o presentimientos explicables
por causas naturales
; para ellos no existen milagros verdaderamente dignos
de este nombre, manifestaciones de la omnipotencia divina, sino hechos asombrosos, en ningún modo superiores a las fuerzas de la
naturaleza, o bien ilusiones y mitos
; los evangelios y los escritos de los
apóstoles han de ser atribuidos a otros autores”.

Así pues, de nada sirve leer las escrituras si cometemos o al menos
estamos influidos por algunos de los errores antes mencionados, como el racionalismo o la crítica textual
inmoderada
por la tradición católica exegética, es decir, por aquello que
los Santos Padres, con particular inspiración, y aún carecientes de versiones
tan amplias y recursos científicos tan afinados como los de las ciencias
auxiliares de la exégesis de hoy, sin embargo, Dios destinó a poner los
cimientos de esta ciencia sobrenatural.

La formulación errónea más común es la distinción entre “el Cristo histórico y el Cristo de la Fe”.
Así bien, pues, esta afirmación es herética, porque el Cristo histórico no es
otro que el Cristo de la Fe, según demuestra el Magisterio en los textos ya
citados y en los por venir.

Es común cuestionar, por ejemplo, la Vulgata de San Jerónimo, es decir,
la traducción latina de las SS. EE. según la versión de los Setenta y los
libros canónicos del N. Testamento, establecidos después de la herejía de Marción.

Dice Pío XII al respecto: “Ni piense nadie qua este uso de los textos
primitivos, conforme a la razón de la crítica. sea en modo alguno contrario a aquellas prescripciones que sabiamente
estableció el concilio Tridentino acerca de la Vulgata latina

«Documentalmente consta qua a los presidentes del
concilio se dio el encargo de rogar al Sumo Pontífice, en nombre del mismo
santo sínodo —como, en efecto, lo hicieron—, mandase corregir primero la edición latina, y luego, en cuanto se
pudiese, la griega y la hebrea
, con el designio de divulgarla, al fin, para
utilidad de la santa Iglesia de Dios. Y si bien, a la verdad, a este deseo no
pudo entonces, por las dificultades de los tiempos y otros impedimentos,
responderse plenamente, confiamos que al presente, aunadas las fuerzas de los
doctores católicos, se pueda satisfacer con más perfección y amplitud. Mas por
lo que hace a la voluntad del sínodo
Tridentino de que la Vulgata fuese la versión latina «que todos usasen como
auténtica», esto en verdad, como todos lo saben, solamente se refiere a la
Iglesia latina y al uso público de la misma Escritura
, y no disminuye, sin género de duda, en modo alguno, la
autoridad y valor de los textos originales
.

«Porque no se trataba de los textos originales en
aquella ocasión, sino de las versiones latinas que en aquella época corrían de
una parte a otra, entre las cuales el mismo concilio, con justo motivo, decretó
que debía ser preferida la que «había
sido aprobada en la misma Iglesia con el largo uso de tantos siglos».
Así
pues, esta privilegiada autoridad o, como dicen, autenticidad de la Vulgata no fue establecida por el concilio
principalmente por razones criticas, sino más bien por su legítimo uso en las
iglesias durante el decurso de tantos siglos
; con el cual uso ciertamente se demuestra que la misma está en absoluto
inmune de todo error en materia de fe y costumbres
; de modo que, conforme
al testimonio y confirmación de la misma Iglesia, se puede presentar con
seguridad y sin peligro de errar en las disputas, lecciones y predicaciones; y, por tanto, este género de autenticidad
no se llama con nombre primario crítica, sino más bien jurídica”.

Cfr. Divino Afflante Spiritu.

Queda pues establecido que la Iglesia,
al hacer estas distinciones está muy lejos de desanimar la crítica textual,
debidamente encaminada, pero, asimismo, censura a quienes con ligereza
desprecian versiones confirmadas por el
uso de los siglos
, en el sentido que el Papa ha aclarado más arriba.

Claro que todos los problemas textuales
de las SS.EE. no han sido resueltos, y la cooperación de los exégetas bien
inspirados en las líneas de estudio definidas por la Iglesia puede agregar
mucho al esclarecimiento, pero hay cosas que aun y quizás por mucho tiempo
resulten oscuras.

Y por ello, el Magisterio ha tomado
para sí y canonizado las palabras de San Agustín sobre esas dificultades que
parecen insolubles: “No habrá ningún desacuerdo real
entre el teólogo y el físico mientras ambos se mantengan en sus límites,
cuidando, según la frase de San Agustín, «de
no afirmar nada al azar y de no dar por conocido lo desconocido»
.

“Sobre cómo ha de portarse el teólogo si, a pesar de esto, surgiere
discrepancia, hay una regla sumariamente indicada por el mismo Doctor: «Todo lo que en materia de sucesos
naturales pueden demostrarnos con razones verdaderas, probémosles que no es
contrario a nuestras Escrituras; mas lo que saquen de sus libros contrario a
nuestras Sagrada Letras, es decir, a la fe católica, demostrémosles, en lo
posible o, por lo menos, creamos firmemente que es falsísimo»
.
Cfr. Providentisimus Deus

De modo de evitar ese complejo de inferioridad que muchos escrituristas
tienen
frente a las ciencias naturales. Si la llamada ciencia aparece
contraría la Escritura, demostremos la falsedad de esta contradicción o al
menos, si no es posible hacerlo ahora, creamos firmemente en esa falsedad.

Porque el tiempo puede y seguramente
nos dará la razón como ha sucedido a lo largo de la historia. Pero
principalmente, ningún exégeta católico
puede partir de la duda respecto a la inerrancia de las Letras Divinas
. Al
hacer esto, está dejando en el camino su catolicismo, un dogma revelado por
Dios, a favor de una opinión humana, por científica que parezca.

Y ante lo insoluble, el propio San
Agustín dice que es preferible callar y creer, que ensayar explicaciones
peregrinas. Dios no necesita que mintamos para defenderlo, ni el puede
engañarse ni engañarnos.

Así pues, cerrando ya estos criterios
generales, podemos decirle a nuestra lectora, como consejos prácticos.

1)Que lea ediciones
anotadas por exégetas católicos de reconocida ortodoxia. Preferiblemente, dicen
los papas, aquellos exégetas que en sus notas, más que las dificultades
textuales, atienden al esclarecimiento teológico y al provecho espiritual.
Recomendamos en castellano la versión de Straubinger u otras, como la de
Petisco, que están anotadas por el lúcido traductor y exégeta alemán radicado
en la Argentina.

2) Que se ayuden de
textos clásicos de introducción a las Sagradas Escrituras, según la edad y
profundidad de los estudios del interesado. Desde La Biblia de una Abuela o Páginas
Difíciles de la Biblia
, hasta ¿Entiendes
lo que lees?
, el reciente libro del P. Horacio Bojorge. Y para los más
ilustrados, los múltiples documentos magisteriales, de los cuales solo hemos
citado tres aquí.

3) Sigamos el espíritu
de los Santos Padres, que el Magisterio ha recomendado como inspirado por Dios,
aunque no infalible en todos sus asertos. La lectura junto con la oración, el
pedido de ayuda a Dios para discernir, el consejo de los sabios (que no son
fáciles de hallar), evitar toda ansidad por comprender todo. Dios envía su entendimiento
a su tiempo, o no lo envía, porque es mejor para nosotros. Los católicos no
creemos en la “sola Scriptura”, las otras fuentes de Revelación son también y
aún en cierto modo criterio más seguro, puesto que lo son de interpretación de
la Escritura: digo el Magisterio y la
Tradición
.

4) Desconfiemos,
finalmente, de los “doctorcitos” en Sagradas Escrituras que se hacen como
chorizos en estos días, aún en las más afamadas universidades. No nos dejemos
impresionar por los títulos y probemos los espíritus, para ver si son o no de
Dios.

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