Desayuno tardío
Ayer me desayuné de una “carta abierta” dirigida a mí por el P. Basilio Méramo. No tan abierta, porque yo no me enteré de ella sino dos semanas después de publicada, es decir, no se me envió copia.
Bueno, esto lo aclaro porque mi silencio se debe a lo antedicho y no a una concesión (“el que calla otorga”) o carencia de argumentos.
Ayer me desayuné de una “carta abierta” dirigida a mí por el P. Basilio Méramo. No tan abierta, porque yo no me enteré de ella sino dos semanas después de publicada, es decir, no se me envió copia.
Bueno, esto lo aclaro porque mi silencio se debe a lo antedicho y no a una concesión (“el que calla otorga”) o carencia de argumentos.
Agradezco el tono amable, niego tener la intención de colaborar en la búsqueda de un mero acuerdo canónico o diplomático entre la FSSPX y la Santa Sede, (estoy convencido de que esto no es conveniente) y declaro, además que mis opiniones son personales y no afectan a ninguna de las personas también mencionadas en la carta.
Por cierto que no puedo menos que aceptar con veneración los textos de los doctores de la Iglesia que cita el P. Méramo, pero no veo su aplicación al caso. Veo sí una presunción contraria o prejuicio contra las decisiones que ha tomado el Superior General de la FSSPX en el modo de continuar su relación con la Santa Sede, que, una vez asumido como verdadero, facilita la aplicación a los imputados por el P. Méramo de censuras de estos santos a personas que actuaban erróneamente.
Quiero decir, si yo prejuzgara que el P. Méramo practica la simonía, podría aplicarle textos contra la simonía. Los textos serían valiosos y venerables, pero la aplicación incorrecta y ciertamente calumniosa (al menos materialiter, es decir, aunque yo no tenga la intención de calumniar).
Nadie puede discutir el propósito de mantenerse firme en la Fe, como resulta obvio. Mas hemos repetido varias veces aquí que la Fe no puede ser una virtud independiente de la Esperanza ni mucho menos de la Caridad.
Sin la Fe no es posible agradar a Dios, ni salvarse. Y la Fe es íntegra, que es como decir que quien niega un punto de la Fe, niega la Fe en su conjunto. Naturalmente, hay que distinguir entre la negación material y la formal, a los efectos de establecer las responsabilidades de los negadores. Y por ese costado se abre un amplio campo de distinciones y acciones apostólicas
Pero aún con la Fe íntegra, dos cosas resultan necesariamente complementarias para salvarse: la Caridad, a fin de predicar o defender la Fe según el espíritu de la Iglesia (veritatem facientes in caritate) y la Esperanza que sostiene el ánimo de los combatientes por la Fe, evitando que caigan en una de las dos posibles posiciones erróneas del hombre de Fe seca y amarga: la presunción y la desesperación. De hecho en las letanías del Espíritu Santo se ruega que nos libre de ambas, porque son dos caras del mismo defecto.
Hace poco comentaba la reflexión de un sacerdote sobre el Himno a la Caridad de San Pablo, en la primera a los Corintios, 13, 1-13. Es un poco largo de reproducir aquí, pero todos lo conocemos. Aún si hablásemos todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, o pudiésemos profetizar (que es algo que pretenden algunos tocados por cierta amargura presuntuosa) o conocer los misterios y las ciencias, en inclusive mover las montañas a nuestro solo mandato en virtud de la Fe, sin la caridad, esto no valdría nada.
No es moco de pavo lo que dice el apóstol. No dice “si tuvieseis una Fe flojita”. Dice si tuvieseis una Fe que mueve montañas… de nada serviría… sin la caridad.
Y luego nos describe notas esenciales de la Caridad: la caridad es paciente y benigna. De nada se escandaliza, decía el predicador, pero de los males se duele. Y fíjense que hay una diferencia notable, entre dolerse de los males (por ejemplo de las malas doctrinas que han infestado la Iglesia en los últimos 50 o más años) que en condenar a personas, agraviar o inclusive alegrarse de que perseveren en el mal camino porque «esto demuestra mi teoría”.
Con este espíritu solo se llega a la maledicencia del cenáculo (o de la web, sucedánea del cenáculo), casi siempre asociada a un despellejamiento riguroso de los que no se acoplan a estas posiciones.
Pero, la caridad no se engríe, no obra con imprudencia, ni se alegra en la iniquidad, se complace en la verdad, no se irrita, no piensa mal.
Y más misteriosamente: todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Naturalmente, no se puede excusar el error, ni creerlo, ni esperar bienes del error, ni tolerarlo con indiferencia. Mas sí se puede y debe excusar al que yerra (no juzgando lo que es del juicio de Dios); creer en la buena fe algunos que caminan por senderos heterodoxos (aquí es donde se apoya la palanca de la crítica sedevacantista: en la imposibilidad de creer -de un modo sistemático- en la buena intención de los heterodoxos, lo cual conduce a asociarlos a todos y necesariamente a planes masónicos, etc para destruir la Iglesia) Tampoco cree el hombre de celo amargo en sus superiores jerárquicos, y por lo tanto vive en la sospecha, con espíritu levantisco y buscando la prueba de la traición en cada frase.
La Caridad todo lo espera: la esperanza del cielo, pero también la esperanza de la intervención de Dios en la historia, en las almas de los descaminados, o aún la esperanza en la eficacia de la oración. Hemos visto a muchos reírse de las campañas de rosarios o negarse a hacerlas. Para Dios nada es imposible. Los santos nos han dado razón de esta esperanza en la eficacia de la oración y de la predicación actuando en defensa de la verdad ante espíritus atenazados por el error y endurecidos en él.
Finalmente, todo lo soporta. Soporta que la situación de la Iglesia continúe durante décadas como barca sin timón. No necesita buscar ni la aceptación de todo lo que se hace o proclama (como suelen hacer los católicos aferrados a una obediencia ciega) ni declarar conspiraciones o vacancias, o ilegitimidades, invadiendo el terreno que solo la Iglesia puede (y seguramente hará en el futuro) esclarecer con su juicio.
Bien, estas son las razones de mi posición frente a los hechos en curso. Me temo que quienes se posicionan como el P. Méramo se llenan de desasosiego, padecen un corazón sombrío y terminan casi obsesionados por encontrar razón de todo lo que sucede. Como si nos fuera lícito -y posible- saberlo todo.
Pretendo, como decía el poeta, no obrar con pies de pluma y corazón de plomo.
Me asocio a lo que en el mismo soneto, Marechal recomienda para sobrevivir en estos tiempos siniestros:
pies de plomo y corazón de pluma.

