Declaración de principios
Un amigo de esta web nos envía esta declaración de Fe católica antimodernista. Nos parece interesante compartirla con todos ustedes.
Adhiero con firmeza a todas y cada una de las verdades de la Tradición Católica. Reconozco la vigencia del llamado Magisterio Preconciliar, que no es otra cosa más que la doctrina de siempre enseñada por los Santos Padres, los Santos Doctores, los Concilios y los Pontífices de todos los siglos.
Un amigo de esta web nos envía esta declaración de Fe católica antimodernista. Nos parece interesante compartirla con todos ustedes.
Adhiero con firmeza a todas y cada una de las verdades de la Tradición Católica. Reconozco la vigencia del llamado Magisterio Preconciliar, que no es otra cosa más que la doctrina de siempre enseñada por los Santos Padres, los Santos Doctores, los Concilios y los Pontífices de todos los siglos.
En especial adhiero con firmeza al principio del Reinado Social de Jesucristo, enfrentado a la impiedad del Nuevo Orden Mundial; a la relación armoniosa Iglesia-Estado que implica la tesis ideal de un Estado confesional católico enfrentada a la “neutralidad” masónica de un “sano laicismo”.
Al principio de la tolerancia religiosa fundada en la “caridad de la verdad” (San Pablo), enfrentado a la falsa libertad religiosa, edificada en el sincretismo de todas las creencias.
Me niego a aceptar los errores prácticos y teóricos del neomodernismo, que sus propulsores vienen enseñando y practicando desde aún antes del Concilio Vaticano II, aunque después del mismo estallaron con una fuerza y una impunidad hasta entonces desconocida.
Estos errores han provocado la ampliación indiscriminada del pluralismo filosófico y teológico, tanto en lo dogmático como en lo moral; rechazan las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, recomendadas especialmente por el mismo Concilio Vaticano II para la formación de los sacerdotes y laicos; promueven la desacralización litúrgica, un falso concepto de Iglesia y de sacerdocio que deforma su misión salvífica sobrenatural, fundado tanto en un obsesivo igualitarismo democrático como en una concepción mesiánica temporalista de corte revolucionario, todo lo cual, destruyendo el principio de autoridad, transforma al catolicismo en humanitarismo: la salvación se reduce a sociología, la dogmática a antropología, la fe a ideología, la caridad a filantropía, la liturgia a simple “animación psicológica”.
Proclamo mi sujeción filial al Romano Pontífice, sin adherir a ninguna de las distintas posiciones sedevacantistas. Asimismo reconozco como legítimo y ecuménico al Concilio Vaticano II, aunque me resisto a darle más entidad que aquella que el mismo Concilio quiso darse a sí mismo, presentándose oficialmente como pastoral.
De igual forma me someto al Magisterio de los Pontífices postconciliares en todo lo que tuviera de definitivo y oficial, según lo que se ha denominado «hermenéutica de la continuidad». Pero en conciencia no puedo aceptar declaraciones equívocas y ambiguas (como la “Declaración Común sobre la doctrina de la Justificación, 31-10-1999), la imposición coactiva del neodogma de la Shoa; ni “gestos” ni actos disciplinares (no magisteriales y además falibles de suyo) como el Encuentro de las religiones en Asís (27-10-1986), donde se crea confusión en la fe de la gente sencilla y se pone en tela de juicio la verdad de la Iglesia como único camino de salvación, según la expresión dogmática multisecular extra ecclesiam nulla salus, resistida hoy en día por el neomodernismo.
Todo esto no me convierte en un soberbio que cree tener él solo la verdad y no la Iglesia (como algunos me han acusado), pues yo no quiero ser dueño de la verdad sino su servidor, y todo esto que afirmo no es mío sino que es el tesoro de la Tradición de la Iglesia y debe ser defendido por todo católico.
Así que no quiero defender una verdad mía por sobre la de la Iglesia, sino que quiero defender la verdad inmutable de la Iglesia (verdad de Cristo) por sobre criterios teológicos novedosos e infundados, siguiendo aquello que decía San Vicente de Lerins para establecer cuál es la verdad católica: “lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia de un modo constante y firme a lo largo de todos los siglos, según la generalidad (en todo el orbe), según la antigüedad (siguiendo a los Padres) y según la unanimidad (lo enseñado por todos)”.


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INST. DE FILOSOFÍA PRÁCTICA: «PAÍS SIN LEALTADES NI FIDELIDADES»
DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA ACERCA DE UN PAÍS SIN LEALTADES NI FIDELIDADES
“Bienaventurado el político que se conserva fielmente coherente y respeta las promesas electorales”.
Cardenal Francisco Javier Nguyen an Thuan
I.-
Un distinguido miembro de este Instituto, ejemplo de lealtad, de fidelidad y de coherencia, nos habló hace un tiempo, de la necesidad de preparar una declaración acerca de ciertas aristas destacadas de los males que hoy sufre la Argentina; le contestamos que era imposible encerrarlos en los límites razonables de este tipo de discurso.
Pero hace un tiempo, nuevas traiciones de ciertos legisladores, seguidas de su expulsión de su bloque, a las que sucedió el cambio de bando de un gobernador electo por la oposición y captado por el oficialismo, nos suministran un punto de partida fáctico para esta reflexión.
Charles Péguy fue un escritor y héroe francés, caído al frente de sus soldados en la primera guerra mundial; pasado de edad militar, se enroló como voluntario ofreciendo su vida como expiación de sus pecados personales y los de su patria carnal, Francia, hoy apóstata, en áureos otros tiempos hija primogénita de la Iglesia. En su Nota conjunta sobre Descartes y la filosofía cartesiana, Péguy escribe que “no es pura casualidad que el mundo moderno sea, por una parte, el mundo de la avaricia y de la venalidad, y por otra el mundo del mecanismo, del intelectualismo, del determinismo, del materialismo”. Las dos partes están ligadas, porque proceden de la cabeza y del corazón. Además, afirma, y esta es la clave del asunto, que “el mundo moderno es prostibulario porque ha vuelto negociables ciertos valores que el mundo antiguo y el mundo cristiano consideraban como no negociables”.
II.-
Hoy día, dos virtudes ligadas a la veracidad, anexa a la justicia, y a la vez muy próximas entre sí, que son la lealtad y la fidelidad, en muchos ámbitos laicos o religiosos, han dejado de existir.
La lealtad mira, sobre todo al sujeto hacia el cual la prestación se debe: se es leal a otro; en cambio, en la fidelidad, la palabra se pondera por las obras.
La lealtad es un reconocimiento de los lazos, y presupone tomar conciencia a la luz de la razón o de la fe, de un vínculo, que es obligatorio en el orden moral, y que debemos asumir voluntariamente.
Así se debe lealtad a Dios, a la Patria, a la familia, a los amigos… Pero subvertido el orden, aparecen falsas lealtades: a una Patria idolatrada; a una familia clausurada en su egoísmo; a ciertas “amistades” incompatibles con la lealtad familiar…
III.-
En el campo de la fidelidad, se pueden distinguir dos sentidos, uno amplio, que es meramente individual, ajeno por ello al campo de las virtudes sociales, y otro estricto, que pertenece al campo de la veracidad.
En sentido amplio, esta virtud es tomada por Gabriel Marcel, quien, al considerar la decadencia espiritual contemporánea, propone una tarea de restauración moral, centrada en la “ética de la fidelidad”, para restaurar sus valores “en el lugar que les pertenece, en el corazón de una vida humana no desnaturalizada, alienada o prostituida, sino vivida en la plenitud de su significación”.
La fidelidad en sentido estricto, en cambio, mira a otro. Y tiene una filosofía: es la del respeto a la palabra empeñada, a las raíces, a la tradición, a los compromisos. Es la filosofía del honor y de la responsabilidad.
Dietrich von Hildebrand se pregunta: ¿Qué es el amor sin fidelidad? Una mentira. Porque el significado más profundo del amor es la entrega al ser amado. Luego, se refiere al traidor, a quien llama “un Judas para el mundo de los valores”. Podríamos agregar a los Poncio Pilato para ese mundo, que hoy, abundan.
IV.-
Es verdad que en nuestros días, en un planeta erosionado por los vientos de la historia, invadido por la legendaria corriente del río Leteo que mata el recuerdo, es más difícil ser fiel.
Tal vez sea por esa causa que tanto prosperan los discípulos de Judas y los de Poncio Pilato. Para empezar, en lo político. Hace más de un mes, un prominente político opositor expulsó de su bloque a dos diputados que lo traicionaron para votar por el oficialismo, uno de ellos recién reelecto.
Repugnante es el travestismo político de esos “representantes del pueblo”, pero más grave es la culpa de quien los eligió para integrar una “lista sábana”, y los hizo votar bajo la garantía de su nombre. Y este es un caso entre muchos que se suceden diariamente… senadores y diputados, intendentes y concejales, pasan a integran otra tropilla, pues escuchan y siguen otro cencerro.
¡Pobre electorado! Teóricamente soberano durante un día cada setecientos treinta, y esclavo durante el resto; Además sujeto a las traiciones, originadas en compraventa de votos, o de personas o en permutas por cargos o beneficios.
El principal responsable del asunto denuncia: “Algunos políticos tienen precio”; un ex presidente ha inventado una “máquina de armar mayorías”, incluyendo a parlamentarios inverosímiles provenientes de partidos fundados por un general y un comisario, quienes, por un acto mágico pasaron de ser cómplices de los represores, a ser allegados a Madres, Abuelas, etcétera.
V.-
Hace poco hemos padecido el asesinato de dos docentes. Dos mujeres jóvenes, una casada, otra soltera. Ambas catequistas; las dos muy queridas en sus familias y en sus ambientes de trabajo. Dos vidas segadas por esta muy peculiar “pena de muerte” aplicada a inocentes, que todos los días se practica bajo la mirada impasible de esta democracia que supimos conseguir y que no sabe, ni quiere, ni puede prevenir los entuertos y proteger a las futuras víctimas. Esto no se arregla visitando a las familias después de lo irreparable, ni con invitaciones a los deudos a la Casa Rosada, ni con palabras, ni con promesas.
Tal vez haya algo de diabólico en todo esto. Dos catequistas, trasmisoras de la “Buena Nueva”, víctimas del odio por la vida, motor de las ruinas morales y culturales que cada día se acumulan en este singular invierno argentino, donde no hay primavera ni Navidad, como en el reinado de La Bruja en las “Crónicas de Narnia” de Lewis.
VI.-
Estos son los hechos, pero, ¿cuál es la causa? ¿Por qué los policías están ausentes o dormidos? ¿Por qué sus autos no patrullan día y noche? ¿Por qué estamos viviendo en un estado de anarquía en el cual la vida, la integridad física, la salud mental, la libertad de circular, la propiedad, se encuentran amenazadas? ¿Por qué lo único que prospera en este país sin ningún problema es el juego, en proporciones nunca vistas, lo que genera que se transforme en un inmenso garito?
Porque todo se fomenta desde la cúspide de un poder que no tiene autoridad, ni le interesa ejercerla; un poder para el mal o en provecho propio, pues transforma el bien común político en algo ajeno a los gobernados, confundido e identificado con su medrar particular.
Pero la anarquía tiene sus ideólogos, sus cómplices y sus sostenedores, a quienes nada importa mientras no se detengan sus negociados, sus viajes, sus canonjías, su impunidad.
Así, el principal mentor del garantismo y de la liberación de la droga para uso personal, el conocido sodomita Eugenio Zaffaroni habla en la Pontificia Universidad Católica junto al impresentable Aníbal Fernández, hombre de estilo poco académico, quien hace no mucho tiempo manifestó que cambia de pensamiento cuando le place, o sea sin esgrimir un argumento ni una razón. Acá todos se hacen los otarios. ¿Es posible que las autoridades eclesiásticas y las de dicha Universidad no vean el lazo que une al garantismo, la droga y la multiplicación de los delitos, asistiendo impasibles al incremento de los perpetuados por hombres sin límite alguno, para quienes no existe ningún mandato válido, divino o humano?
VII.-
Además, ¿qué confianza merece una Administración de Justicia que hace cotidiana la aplicación de dos pesas y de dos medidas? ¿Una Corte Suprema que ha aniquilado a través de sus sentencias todos los institutos de la seguridad jurídica? ¿Dónde han quedado la cosa juzgada, la irretroactividad de la ley, la prescripción, el respeto a los derechos adquiridos, la aplicación de la ley más benigna, etcétera?
Vivimos en una Argentina que ha inventado sus propios campos de exterminio, en los cuales muchos militares, policías, profesionales asimilados a las Fuerzas Armadas, sufren lo indecible, y muchos mueren, sin la atención médica debida, mientras esperan afrontar juicios donde están condenados de antemano, en los cuales sobran los falsos testigos y los asuntos están resueltos antes de escucharse los argumentos; presos privados, hasta en muchos casos, de asistencia espiritual ¿tal vez una forma renovada de pastoral carcelaria?
VIII.-
Y una última reflexión, también inducida de una noticia: a ocho días de las elecciones la Iglesia uruguaya difundió “guías de voto”. Después, volvió a insistir, en una segunda vuelta, prácticamente perdida para los defensores de ciertas exigencias mínimas del orden natural. Para ella, más allá del resultado, los principios deben ser proclamados. Otro ejemplo, de este país hermano; éste para muchos de nuestros pastores dormidos, para sus mensajes confusos, para su lenguaje plebeyo, para sus silencios ante la progresiva destrucción de nuestras instituciones.
En esa guía se cita a Benedicto XVI, hombre clásico, quien, enfrentado un mundo universalmente prostibulario, no guardó silencio ni se lavó las manos, sino que señaló “principios no negociables, que deben regir la conducta de los católicos en el ámbito público”, lo que también rige para “el terreno político y el electoral”.
Además los principios a los cuales se refieren los obispos uruguayos pertenecen al orden natural, a la ley natural, que ilumina la conciencia de todo hombre de bien y que no es exclusiva de los cristianos, pues la tarea de la ley divina positiva, también normativa para nosotros, es confirmarla y enriquecerla.
Honor a estos pastores, que cuidan a su rebaño, que gritan, que no quieren ser “perros mudos”, y que no temen tener que enfrentarse, en forma explícita y en la mejor tradición de la Iglesia, a un poder sin autoridad.
Buenos Aires, 22 de diciembre de 2009.
Orlando Gallo
Secretario
Bernardino Montejano
Presidente
INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA –