Panorama Católico

Cuando los niños confiaban en los sacerdotes

En su autobiografía, el actor británico Alec Guinness recuerda su conversión al catolicismo, en la que tuvieron influencia muchas personas.  Anglicano de nacimiento y ateo por contagio del ambiente, terminó siendo furiosamente anti-católico. Cierto personaje del anglicanismo más tradicional, de la “High Church” con quien trabó amistad fue suavizando en él los reparos contra todo lo que tuviera olor a catolicismo

En su autobiografía, el actor británico Alec Guinness recuerda su conversión al catolicismo, en la que tuvieron influencia muchas personas.  Anglicano de nacimiento y ateo por contagio del ambiente, terminó siendo furiosamente anti-católico. Cierto personaje del anglicanismo más tradicional, de la “High Church” con quien trabó amistad fue suavizando en él los reparos contra todo lo que tuviera olor a catolicismo, familiarizándolo con las ceremonias, el latín y las solemnidades que este sector anglicano seguía practicando. Pero el hecho más llamativo de su periplo de conversión lo describe en un breve relato, una simple anécdota si se quiere, ocurrida en un pequeño pueblo de Francia, donde el actor filmaba cierta película representando al personaje de Chesterton, el padre Brown:

 

“Una noche estaba previsto rodar en un pueblo situado en la cima de una pequeña colina, a escasa distancia de Macon… A unos tres kilómetros de allí, yo disponía de una habitación en un pequeño hotel que había en la estación. Al anochecer, aburrido y vestido de cura, tomé el serpenteante camino de arena que conducía al pueblo… al decirme que no me necesitarían durante por lo menos las cuatro horas siguientes, decidí regresar a la estación. Era de noche. No había andado mucho cuando oí unos pasos brincando detrás de mí y una voz aguda que me llamaba: “Mon père!”.

 

“Un niño de siete u ocho años me agarró de una mano y, estrechándola con fuerza, se puso a sacudírmela mientras hablaba sin tino. Estaba muy excitado y no paraba de saltar y dar brincos. Temeroso de asustarlo con mi pésimo francés, no me atreví a pronunciar palabra. A pesar de ser para él un total desconocido, obviamente, me había tomado por un sacerdote y confiaba en mí. De repente, con un “Bonsoir, mon père” y una rápida inclinación de cabeza, desapareció a través del agujero de una valla. Mientras él volvía al hogar feliz y reconfortado, a mí me dejó con un extraño sentimiento de euforia y serenidad. Proseguí mi camino pensando que una Iglesia capaz de inspirar tanta confianza en un niño, de propiciar con tanta facilidad la cercanía de sus sacerdotes – aún siendo desconocidos -, no podía ser tan intrigante y horrible como a menudo se pretendía. Así comencé a desprenderme de unos prejuicios aprendidos y arraigados en mí desde tiempo inmemorial.”

 

Citado por Joseph Pearce en “Escritores Conversos”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *