Cuando la Fe se vive como una ideología
La dialéctica, esa constante de la naturaleza humana -desde hace décadas convertida en ideología- nos ha marcado profundamente. De modo que no pocas veces los planteos tradicionalistas están teñidos de un cierto reflejo condicionado por el ambiente, cuya única posible neutralización se será por la caridad.
La dialéctica, esa constante de la naturaleza humana -desde hace décadas convertida en ideología- nos ha marcado profundamente. De modo que no pocas veces los planteos tradicionalistas están teñidos de un cierto reflejo condicionado por el ambiente, cuya única posible neutralización se será por la caridad.
Hay un reflejo en el combatiente. Un pensamiento traducido a mecanismo neurológico. Un concepto hecho mano, o dedo índice. Ante el enemigo, el gatillo.
Es imposible pensar en alguien que cubre el frente de batalla, en un pozo de zorro, una torre o una trinchera, con el ejército contrario a pocos metros, como en un sobreviviente si no ha logrado desarrollar este reflejo. Se tira a bulto sospechado de enemigo. Es él o yo.
También hay en la trinchera un soldado jerarquizado, que puede ser un suboficial o un oficial. El administra ese reflejo con órdenes. Porque en todo campo de batalla tradicional hay una “tierra de nadie” donde pueden moverse tanto propios como enemigos.
Hay también generales y estrategas. Ellos no solo tienen que tener una reflexión serena, sosegada, desconectada de la instantaneidad del dedo en el gatillo, sino que además pueden y deben conocer las características personales de los jefes, las convicciones de los influyentes, anticipar las reacciones del enemigo. Por sobre todo, distinguir claramente al enemigo del amigo.
Al soldado de la trinchera se le exige disparar antes. Al estratega prever y anticipar.
Enemigo de Cristo, enemigo de los cristianos
El Evangelio nos presenta dos textos que parecen contradictorios: “El que no está Conmigo está en Mí contra, el que no recoge Conmigo, desparrama” (Mt. 12,30).
Pero también: “Entonces respondiendo Juan dijo: —Maestro, vimos a cierto hombre echando fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros.
Jesús le dijo: —No se lo prohibáis. Porque el que no está contra vosotros, por vosotros está”.(Lc. 42, 49-50).
De donde surge que los enemigos de Cristo no siempre son los que no están con nosotros. La radicalidad amigo-enemigo es un planteo válido para con Cristo y con su Iglesia. No para con los cristianos, que tenemos un juicio limitado, pasiones que nos obnubilan, que no conocemos los misteriosos caminos de Dios.
Desafortunado suceso
Lo que garantiza o al menos posibilita el éxito de una campaña militar es la disciplina de la tropa y los mandos. Cuando el enemigo es claro, lleva uniforme y se sitúa enfrente, parece imposible que haya demasiadas confusiones.
Cuando la guerra es civil, los mandos sospechados y la autonomía de las tropas va creciendo, ya nadie puede entender ni garantizar nada.
Lamentablemente, ha hecho fortuna entre muchos espíritus nobles la figura del resistente contra todo, del comando traicionado por sus superiores, al que se asocia con frecuencia el personaje del coronel Kurtz. Y no es posible negarlo, tiene una fuerte fascinación, en particular para los jóvenes. Y también para los siempre adolescentes, los viejos imberbes.
Kurtz es un personaje inspirado en escritor polaco cuyo pseudónimo es Joseph Conrad, tomado de la novela “El Corazón de las Tinieblas”, y popularizado por el filme de Francis Coppola “Apocalypse Now”.
Kurtz es un hombre de la primera línea de combate, cuyos jefes han decidido retroceder ante el enemigo, y a quien él se niega a obedecer. El combate con convicción, los jefes no. Por supuesto, los jefes de Kurtz mandan un emisario para que lo mate, porque es quien pone en evidencia la traición y molesta las negociaciones de retirada.
Es un personaje que llena el ojo de cualquier persona con ideales nobles. No traiciona, aunque sus jefes traicionen. Lucha solo. Muere solo luchando sin ceder a las tentaciones del desánimo. ¿Quién no quiere ser él? Modelo de almas con vocación heroica.
Adolescencia y realidades
Es difícil predicar contra un modelo heroico. Pero lo primero que uno tiene como obligación es decir la verdad.
La verdad es que el espíritu de independencia que predomina en esta fantasía del coronel Kurtz tiene poco de heroico si se lo mide conforme a los patrones morales católicos. Tampoco se puede aceptar aquí la objeción de que se trata de un heroísmo “natural”. Primero, porque la moral tiene principios únicos comunes a toda la humanidad, pero principalmente porque aún si buscamos en los personajes heroicos de la paganidad, es la obediencia y no la rebeldía lo que caracteriza al héroe. Eneas vence a Aquiles en virtud.
Eneas no cede ni ante la tentación del poder, ni la del amor, ni ante el hartazgo de un periplo interminable. Desciende al infierno a buscar el consejo de su padre y cumple la misión de perpetuar la progenie troyana hijo en las tierras del Lacio, cuna de un imperio civilizador.
Eneas es piadoso. Es dócil a la voluntad de los dioses, y aunque tiene una autoridad indiscutida, nunca decide sin aconsejarse por los sabios ni por los mismos dioses.
Eneas ha tenido la tentación de Kurtz. Cuando Troya estaba vencida, él quiso ir a luchar hasta la muerte. Pero los dioses le ordenaron salvar los manes y el sacerdocio de Troya.
Aquiles, héroe literario de la Ilíada, no es el héroe moral. Lucha o no movido por sus caprichos, por los agravios sufridos o por los sentimientos de ira.
Los paganos no postularon a un coronel Kurtz, aunque se rindieron a su fascinación artística. Canta o diosa la cólera del pelida Aquileo…
Pero el héroe moral de esta gesta troyana no es Aquiles: es Héctor, y luego quien de algún modo lo sucede: Eneas. Uno defendiendo la patria más allá de humores o agravios, otro prolongándola allá donde los dioses han decidido que continúe.
Analogías y discordancias
Uno de los patrones de conducta que tientan al tradi hoy es la rebeldía. Rebeldía contra el destino, contra lo mal que han hecho quienes nos precedieron, contra los que conducen la lucha. Esta rebeldía o espíritu de independencia es un gen de desunión que va enquistado en el código de cada obra que nace bajo este espíritu. Pero que está ausente cuando la obra nace bajo un espíritu católico. La resistencia y la rebeldía no son lo mismo, sino lo contrario.
La rebeldía es bien moderna. Y bien antigua. Non serviam. No sabemos que argumentos habrá dado el Demonio para convencer a la pléyade de ángeles condenados a seguirlo. Deben haber sido bastante buenos.
Y la rebeldía es bien moderna, porque está en el corazón de la modernidad, que es un corazón de tinieblas modernas. Ese ciclo histórico que llamamos modernidad nacido a fines del medioevo y prolongando hasta la actualidad, en permanente aceleración, casi sin solución de continuidad, marcha a su propia destrucción.
Repartir responsabilidades
A la hora del descargo cada uno tendrá sus atenuantes. El soldado de la trinchera, su obligación de disparar al bulto y así… Pero en la medida que subimos la escala jerárquica, la capacidad de excusarse se limita. Lo mismo vale para los más jóvenes y para los viejos.
Lo que Dios nos pide es la obediencia, no la rebeldía. Ante jefes traidores, timoratos o sospechosos, atenerse al deber. No convertirse en coroneles Kurtz, dueños del juicio de cada circunstancia. (Hay pocos con las agallas de Kurtz, tampoco fantasear lo que no somos). Sobre todo cuando la rebeldía es gratuita y no paga consecuencias. Mejor dicho, las paga, pero no se sienten en lo inmediato.
Ser tradi hoy supone sostener una posición firme: la doctrina consagrada por la Iglesia. Y resistir las novedades. No maldecir el destino, y esperar con paciencia los tiempos de Dios. Perdonar y pedir perdón, practicar la humildad y la caridad sin las cuales las mentes se ofuscan sin que importe mucho cuan inteligentes sean.
La ciencia del cristianismo es la humilde obediencia a Dios y a la Iglesia. Y la firmeza de defender el honor de ambos. La ciencia del cristianismo es la imitación de Cristo. En su vida están todos los ejemplos para todas las circunstancias. Jesús compareció ante las autoridades civiles y religiosas, respondió a sus preguntas con firmeza y dio la vida. A cada cual le respondió lo pertinente y calló lo impertinente.
Ser tradi hoy es, bajo circunstancias excepcionales pero previstas en las profecías, hacer lo mismo que hicieron siempre los cristianos: ser obedientes a Dios antes que a los hombres, pero ser obedientes a los hombres allí donde la obediencia es debida. Porque así lo quiere Dios.

