Con buenos ojos
Tal vez, entre las más difíciles pruebas que afronta el ser humano en su vida moral, sea esta la mayor: ver las cosas con buenos ojos.
Tal vez, entre las más difíciles pruebas que afronta el ser humano en su vida moral, sea esta la mayor: ver las cosas con buenos ojos.
Ver con buenos ojos es muy diferente de ver las cosas con una mirada optimista, más diferente aún, cuando ese optimismo se radicaliza hasta convertirse en una ideología amoral. Todo está bien.
No. Ver con buenos ojos (o con ojos buenos) exige un juicio moral y un esfuerzo intelectual. Por lo primero simplemente puede entenderse filtrar los hechos por el cedazo de los mandamientos de Dios. Por lo segundo, elevar la mirada muy por encima de las pasiones, los prejuicios, las simpatías… todos esos obstáculos que impiden el juicio recto, o el ejercicio de la así llamada clásicamente “recta razón”.
La recta razón se ejercita con actos de virtud que la desempantanen de esa ciénaga en que ha quedado el alma por la caída original, extraviada en sus dos tinieblas, el pecado y la ignorancia. Es tarea ardua, aunque algunos benditos la sobrellevan con notable ligereza: los santos, todos, algunos en especial.
Ellos pueden ver lo que la mayoría de nosotros no vemos. Pueden ver las cosas como son. No como se nos presentan, o como las queremos ver. Las ven casi como las ve Dios. Es el fruto de la virtud sobrenatural de la caridad.
Por eso, todo intento de ver las cosas con buenos ojos tiene algo de fracaso previsible, aunque nunca completo. El intento mismo es una moción de Dios. Porque nada bueno hay en nosotros que Dios no haya inspirado. Y cuando se busca el bien, se lo hace alentado por un silencioso susurro de Dios. Luego, tal vez, la empresa quedará por el camino, pero algo se habrá avanzado en el intento.
Los “buenos ojos” en estos tiempos
Lo que sigue no es novedad, pero sí necesaria recordación. Para ser buenos hay que tratar de hacer reiteradamente actos buenos. La mayor parte serán actos parcialmente exitosos, y mayormente fallidos. Aún si en apariencia se vean buenos, la conciencia nos reprochará un deseo de figuración, o de gloria íntima, vanidad u orgullo. Y si no nos reprocha, peor.
Para hacer actos buenos es necesario vaciarnos de todo lo que obstaculiza la bondad tal como Dios la fundó en el hombre, antes del pecado original. Y esto es, para la mayoría de nosotros, un proceso trabajoso que nunca se completará del todo. No seremos santos, quizás seremos personas de bien, algunos acaso muy virtuosos, pero merecedores de algún, reproche, algún tiempo de Purgatorio. Ya con esto podemos llamarnos benditos, por cierto.
No obstante lo cual el tiro debe apuntar al objetivo más alto, para que en la trayectoria, la flecha atraída por la gravedad de nuestra condición, se clave en un punto lo más cercano posible del objetivo mayor, en un lugar que nos merezca la salvación. Si apuntamos más abajo… el riesgo es grande. “Duc in altum”… dice el Evangelio: ve hacia la mar profunda. No podemos aspirar a poco.
Mirar con buenos ojos supone tener ojos limpios. Para no ver manchas donde no las hay, o verlas más grandes de lo que son. Y también con ojos sagaces, para no cometer el error inverso, ver limpieza donde hay suciedad encubierta.
La virtud del santo le permite ver con ojos buenos, y así descubre –bajo los visajes desagradables de ciertos pecadores- almas sedientas de bien.
Pero también sagazmente pueden ver bajo la apariencia de virtud, el orgullo, el pecado, la hipocresía. Un santo es un juez experto de la calidad de las almas, y de la bondad o maldad de los hechos. Por poco estudio que tenga, la gracia reiterada en los actos virtuosos le muestra las cosas con notable perspicacia.
Nuestros ojos.
A propósito de lo dicho, uno se interroga con frecuencia sobre qué clase de ojos tiene para mirar las realidades que nos rodean. Y también en esta mirada dirigida a sí mismo se requieren ojos buenos.
Por eso Nuestro Señor, en su sabiduría divina, ha instituido el sacramento de la penitencia o confesión. Allí un juez dotado de gracias especiales ve nuestra alma con mejores ojos que nosotros. Nótese que digo juez, porque el confesionario es un tribunal, aunque también podría decir padre o médico. Porque es un tribunal donde la ley de la misericordia predomina por sobre la de la justicia, hasta cierto punto y según las disposiciones del reo; y también es un consultorio donde se nos ofrece la salud bajo recetas hechas en conformidad con nuestros males.
Esto pasa regularmente mientras el sacerdote allí sentado quiera hacer lo que hace la Iglesia, o lo que hizo Cristo. Inclusive si él mismo es pecador y tiene malos ojos. Esta es una ventaja inapreciable del católico por sobre el pobre protestante, que dice confesar directamente con Dios, sin pasar ante un representante legítimo de Dios.
Mons. Benson, en sus memorias de convertido recuerda cómo ansiaba, siendo anglicano, recibir la confesión sacramental, y como sólo lograba que alguno de los supuestos sacerdotes anglicanos más tradicionales aceptaran de mala gana escuchar sus pecados, y declarar que ellos no eran nadie para juzgar a su penitente. Un “quien soy yo para juzgar” avanzado en el tiempo. Hoy se oye en muchos confesionarios.
Esto se ve hoy en día en los sacerdotes que han perdido su sentido del sacerdocio, porque creen que han llegado a la ordenación con el fin de redimir las injusticias sociales, o ser animadores barriales. Es lógico que sientan escozor cuando un alma compungida quiere recibir el perdón de Dios por su medio. ¿Quién soy yo? Es la pregunta del sacerdote extraviado. Y la respuesta es también típica. Está todo bien, nada es pecado, lo que importa es el amor. Dicho en la completa ignorancia sobre qué es el bien, qué el pecado y mucho menos, qué es el amor.
La crisis de la Iglesia vista con buenos ojos
La mayoría de los que tenga la paciencia de leer esto será un católico crítico de la situación actual de la Iglesia. Por eso, a riesgo de alargar, parece de interés dedicar un párrafo a ver con buenos ojos esta crisis.
Confieso que es mi preocupación predominante en este momento. Ver las cosas con buenos ojos. En particular la actividad pontificia. En general el clero moderno y a mi prójimo.
Buscando qué cosas dice o hace Francisco hallo una curiosa adhesión a la causa de los “Albinos africanos”. Se trata de una ONG italiana que procura mejorar la vida de los negros albinos (por lo tanto no “negros” cromática sino racialmente). Omito los chistes de rigor.
Ninguna persona de bien podría cuestionar que se ayude a estas personas, víctimas de un repudio social encarnizado, propio de estos pueblos paganos animistas. Son algo así como “malditos” porque tienen esta rareza genética.
Pero no se puede ver, me parece, Dios me aclare la vista si en esto me falla, en esta particular obra filantrópica una emanación de la caridad cristiana. No es bueno que un Sumo Pontífice, ni siquiera un pontífice ordinario invita a la filantropía.
Claro que subjetivamente, toda alma que quiere hacer un bien al prójimo obedece a una moción de Dios. Y también es claro, si no me he confundido mucho al comienzo de estas líneas, que hacer el bien es más complicado de lo que parece para aquellas personas que no han alcanzado la sencillez de la virtud evangélica.
De allí que proliferen en estos tiempos tantas ONGs con buenos propósitos declarados, que sin embargo poco o ningún bien permanente hacen a los hombres. Tratar de hacer el bien prescindiendo de Dios es imposible. Exhortar a “hacer el bien” por medio de estas instituciones no parece prudente si vemos las cosas con buenos ojos sobrenaturales. Porque el “bien” que todo católico debe buscar es “el Bien”, Dios. Y todo bien que se hace se alcanza por El, con El y en El.
No juzgo ¿quién soy yo? a las almas que se empeñan en estas filantropías. Juzgo la precariedad de sus resultados y no pocas veces el engaño en que son puestas por otros, más lúcidos en el arte del mal, que los utilizan para sus propósitos nada santos.
Capítulo aparte merece el juicio de los que llaman bien al mal y se consagran a esas causas demoníacas como el aborto o la perspectiva de género. ¿Puede haber gente buena empeñada en esto? Parece difícil. No obstante lo cual debemos recordar a cierto joven perseguidor de la Iglesia que luego tomo por nombre Paulo y hoy es co-patrono de esa Iglesia a la que perseguía. Para Dios nada es imposible.
Presunción y Desesperación
Ver con buenos ojos nos aleja de toda desesperación y de toda presunción. Nada ocurre sin que Dios lo permita, cuando es moralmente malo, para castigar la infidelidad de los hombres. Si es prueba o tribulación, para aumentar la santidad de los atribulados.
Nada bueno ocurre, siquiera nuestra más leve buena intención, sin que Dios la haya inspirado. De modo que ser fieles en esta época de infidelidad (hablo aquí solo de la FE) no puede movernos a ninguna presunción. Dios hace el mayor esfuerzo, nosotros apenas damos el consentimiento.
Ante la ceguera de la mayoría, ni nuestra presunción ni nuestra desesperación los ni nos ayudan. Cuando se produce el milagro de que caigan la escamas que cegaban al modernista (y esto es un milagro importante) nada casi nos pertenece, aunque hayamos sido protagonistas de ciertos hechos que condujeron a ello.
Yo al menos tengo certeza de que el mejor modo de convencer a los que han perdido la Fe o que se han desviado de ella (pérfidos) es juzgar la realidad con ojos buenos. Y vivir conforme a ese juicio.
También tengo claro que cada intento de una u otra cosa tendrá un alto índice de fracaso. Pero nunca un intento será inútil, aunque se manque al segundo paso. Basta perseverar y perseverar. Y tal vez, cuando nos parezca que estamos más alejados que nunca, vengamos a estar más cerca que en cualquier otro momento.
La caridad de Dios nos puede trabajar a su modo, a cada uno, siempre que le demos el permiso. El permiso es proponerse obrar según su deseo. Arrancar capa por capa las legañas que nos perturban la visión real de las cosas, de las buenas y de las malas. Y con ello alcanzar la paz del alma, no la “felicidad”, como también propone engañosamente la jerarquía hoy.
Ver con buenos ojos se nos presenta como un programa de vida particularmente útil para estos tiempos de crisis general, cuando el mal y el Maligno están desatados y ponen sus patas emporcadas sobre los lugares santos.
No habrá paciencia de mártir ni santa ira sin la capacidad de ver con buenos ojos, previamente, el tiempo que Dios quiso que fuera el nuestro. Y dar gracias por él.
De toda presunción y desesperación, líbranos, Señor.

