Como ser tradicionalista y no morir en el intento
Leía recientemente una exhortación del P. Superior de la FSSPX en Francia. “Abstinencia de Internet”, bajar los foros de discusión.
Por cierto, es un pedido de ocasión, por los sucesos que todos conocemos (¿todos conocemos..? hmm). Pero es un consejo sano también en aquello que tiene de permanente y no solo de ocasional.
Leía recientemente una exhortación del P. Superior de la FSSPX en Francia. “Abstinencia de Internet”, bajar los foros de discusión.
Por cierto, es un pedido de ocasión, por los sucesos que todos conocemos (¿todos conocemos..? hmm). Pero es un consejo sano también en aquello que tiene de permanente y no solo de ocasional.
Al grano: La doctrina de la Iglesia en materia de ascetismo siempre a recomendado la mortificación. Mortificar, que se asocia al concepto de “muerte”, significa llevar la contra o hacer violencia a una tendencia natural, pero desordenada.
Pongamos por caso, la sensualidad. Como todos sabemos, la inclinación a lo sensual o sensible (del lado que se lo mire) es natural pero está desmarcada del orden de la razón. La razón, perfectamente armónica con los sentidos antes del pecado original, les ponía coto iluminando la voluntad. Y como la voluntad tampoco estaba dañada por una independencia inclinada al mal, el hombre sabía lo que es bueno por la razón y se conducía, según esta iluminación, por su voluntad. Sin esfuerzo.
Después del episodio de la manzana, se perdió esa armónica convivencia de la voluntad y los sentidos y para peor, se oscureció la razón.
El caso más patente de obnubilación es la inclinación sexual. Tanto que hasta Dios hizo un excepción antes de que Nuestro Señor nos redimiera y abriera las puertas de la gracia sobrenatural. A los judíos del A.T. les permitió dar libelo de repudio a sus mujeres. Nuestro Señor mismo explicó las razones: por la dureza de los corazones. Pero después de que se habilitaron los canales de la gracia habitual, ya no hay excusa. Sobrenaturalmente es posible y obligatoria la castidad, conforme a estado de vida y no hay divorcio que valga.
Para lograr vivir conforme a la castidad que impone el estado de vida de cada uno, es necesario trabajar los sentidos por medio de la mortificación. Digamos así, tener los ojos limpios, y apartarse de las ocasiones de pecado. Como nadie nace perfecto, es una lucha continua, que cuando más joven se emprende, más exitosa llega a ser, a pesar de que se viva habitualmente inmersos en un mundo de oferta sensual –y sexual- tan intensa y variada.
Esta es una mortificación que cualquier católico de pensamiento tradicional entiende y comparte, aunque quizás no todos lleguen practicarla perfectamente por la entendible debilidad de la carne. Y sin embargo, nadie se puede sorprender si en una homilía se exhorta a tomar las debidas cautelas para no caer en la tentación, ni grave ni más leve, de faltar a la debida castidad.
Otras homilías, por cierto hablo de los ambientes tradicionales, exhortan a la mortificación en todos los aspectos de la sensualidad. El sexo es algo crudo, sin sutileza, aunque se puedan inventar justificaciones de todo tipo para transgredir los deberes. Pero cuando se exhorta a mortificar la curiosidad, el juicio propio en los temas en los cuales no es obligatorio tenerlo, aplacar el intenso deseo de “estar al tanto de todo lo que pasa”, se está haciendo un camino equivalente de mortificación. Si bien estos desórdenes están más vinculados a la potencia intelectual, aunque severamente sacudidos por la sensualidad, una sensualidad más sutil y menos cruda que el sexo, pero que por la materia sobre la que versa, es potencialmente más grave, no todo el mundo entiende bien de qué se trata y las consecuencias que a la larga produce el descuido de encaminar este desorden.
Una de las consecuencias es la obnubilación de la razón. ¿Paradójico? Sin duda.
Más curiosidad no mortificada, más descontrolado deseo (voluptuoso) de saberlo todo, opinar sobre todo y tener juicio propio e irreformable (esto último una estupidez lisa y llana) sobre todo, más obnubilada, o nublada queda la razón; y sin la razón iluminando, la voluntad, de por sí rebelde, se declara independiente. El drama del hombre moderno.
Pecado de intelectuales (o de chismosos), la curiosidad inmoderada, se instaló desde siempre en el mundo Tradi. Se la asoció muchas veces ilícitamente a la necesidad de fortalecerse en la Fe por el estudio y el análisis de los hechos, lo cual sí es lícito, pero tuvo en muchos una deriva trágica. La curiosidad inmoderada acerca de los hechos, sin tener los debidos elementos de juicio, lleva a realizarlos temerarios, y cuando se hace hábito e “imprime carácter” en el alma, conduce a posiciones absurdas o al menos claramente contradictorias.
Todo católico, consagrado o seglar debe tener la mayor cultura religiosa que su capacidad, estado y circunstancias de vida le permitan. Pero la cultura no es un bagaje inconsistente de datos, citas sin contexto intelectual, o carecientes de la madurez debida en el tema que se trata; ni mucho menos opinar sin ton ni son, lo que se oye mucho en estos días.
Tras el juicio ligero sobre temas de doctrina que están en la controversia de estos tiempos, viene el juicio (indebido muchas veces, temerario con frecuencia) sobre las personas. Y una traspolación de la intransigencia doctrinal que debemos mantener en materia de doctrina con otros temas atinentes o relacionados a la doctrina, pero no estrictamente de doctrina. O derechamente, sobre temas del orden prudencial, administrativo.
Entonces, la lícita intransigencia (que no debe expresarse tampoco necesariamente con tonos de superioridad y perdonavidas) se vuelve contra las opiniones de otros, en temas opinables, y la infalibilidad de la doctrina de la Iglesia se asume como propia.
Hemos hablado de la caridad repetidamente, pero es necesario insistir. La caridad modela la Fe en tanto virtud personal del católico, puliendo todas estas actitudes de orgullo y desorden, para guiarnos a la sabiduría de Cristo y alejarnos de una pretensión de esclarecimiento bajo capa de la cual se esconde la propia voluntad y el amor propio.
Cuando en el plano psicológico, la persona confunde de tal manera estas cosas que no puede discernir entre lo que es su juicio y la realidad; cuando no puede suspender el juicio en las cosas que no están a su alcance y esperar que se clarifiquen, (o renuciar a entenderlas) la lengua se desata, la pasión se excita y la obnubilación intelectual llega al paroxismo.
Detrás de esto viene la amargura, no pocas veces la depresión clínica, o al menos la profunda tristeza, la desesperanza. Todo lo cual se canaliza en la necesidad de despotricar a diestra y siniestra.
Ser tradi siempre implicó padecer estas tentaciones, porque la disciplina intelectual que la Iglesia imponía a los fieles y al clero, y a la que de hecho renunció a partir del Concilio, también deja huérfanos a los tradicionalistas. Por lo tanto, mayor virtud es necesaria para soportar este largo período en que se deben resistir muchas cosas de las que mandan las autoridades legítimas mientras no se demuestre lo contrario, pero descaminadas, y a la vez mantener el lazo de amor y piedad filial a la Iglesia, cuyo rostro tan desfigurado impone espanto.
Por eso adhiero al consejo del sacerdote antes mencionado, no solo en lo evidentemente ocasional, sino en lo permanente. Y me atrevo a proponer estos consejos prácticos.
- Mantenerse informado de las cosas con muchísima moderación. Buscar fuentes seguras, no confundir hechos con especulaciones, rumores o interpretaciones.
- Si uno tiene la tendencia a exacerbarse buscando información, limitar o cesar por un tiempo esta búsqueda, y dedicar ese tiempo a la oración y hasta a la distracción.
- No ser monotemático. No es necesario hablar siempre de lo mismo. No cambia las cosas, salvo para empeorarlas en los corazones.
- Hacer el propósito de cortar las cadenas de rumores. Siempre es bueno, cuando algo preocupa, acudir a una fuente autorizada moral o jerárquicamente, no a iguales o inferiores. Y menos transmitir a terceros nuestra dudas o inquietudes. Hagamos la caridad de mantenerlas para nosotros.
- Si no hay paz en el corazón es que estamos haciendo las cosas mal. Nadie está exento de tensiones, pero no deben quitarnos la serenidad del alma. Si ésta se pierde, ir al recuperarla ante el Sagrario o el confesionario, depositando toda la confianza en Dios.
- Aceptar lo inevitable con resignación. Dios escribe derecho sobre renglones torcidos.
- Proponernos como forma de colaboración en esta cruzada de restauración de la Fe Católica, la propia santificación y el testimonio firme, moderado y hasta obsequioso de la Fe. Recordemos que la Caridad es el vínculo de la perfección. La Fe sola no salva. Salva con las obras de la Fe, y estas son las obras de la Caridad.
- No responder a improperios o hacerlo, si fuera necesario por razones superiores a nuestro propio orgullo, con escueta y clara moderación.
- Perseverar unidos en la oración y no amontonados en la murmuración.
- Rezar por todos los que tienen en sus manos el destino de la Iglesia: empezando por el Santo Padre. Luego -a los tradis nos importa en particular las decisiones que están en curso- rezar para que se tomen según la buena inspiración de Dios. Y si Dios permite que se comentan errores, que nos de la fortaleza de enmendarlos. Y asimismo rezar por la unidad del tradicionalismo, que hoy es la fuerza que lidera la resistencia al error y la restauración de la integridad de la liturgia y de la Fe.

