¿Caray o Cagay?
De la cuna del macho arrabalero a la capital gay de Hispanoamérica, Buenos Aires ha vuelto a ser, en un lamentable sentido, la «reina» del Plata.
Escribe el Editor y Responsable
De la cuna del macho arrabalero a la capital gay de Hispanoamérica, Buenos Aires ha vuelto a ser, en un lamentable sentido, la «reina» del Plata.
Escribe el Editor y Responsable
Calle Florida, tradicional circuito peatonal de Buenos Aires. Masas humanas fluyen, afluyen y confluyen. Humanas o casi humanas. En algunos casos de dudosísima humanidad. El lugar rezuma «cultura» según la concepción moderna y en la versión más progresista de la palabra. Mimos simulan estatuas de yeso o –…versiones más dinámicas- imágenes congeladas que dan un paso cuando un curioso transeúnte les infunde vida con una moneda, mientras un viento imperceptible hace flamear una bufanda de truco.
Músicos del altiplano nos atruenan a fuer de charangos con micrófono incorporado. Un negro saxofonista, un tanguero salido de foto de época, alguien escupiendo llamas, otro contorsionando su flexible humanidad.
Dibujar filigranas, descubrir donde está la bolita, hacerse leer la mente…… El único arte que no reclama ser sostenido por el mecenazgo multitudinario «a voluntad» o el intercambio por «tan solo dos pesitos» es el de los punguistas, de ágiles dedos, que se conforman con alguna que otra billetera harta de dólares, o lo que venga.
Son los artistas ingnorados por la Dirección de Cultura. El resto, todos lo demás tienen su espacio en la grilla cultural: desde los guitarristas solitarios a los gemidos disfónicos del rock o la cumbia de la villa. Desde las murgas a las artes del circo, noble divertimento popular, aunque un poco sobreestimado por la gente culta de los tiempos actuales.
Entre los acentos del murmullo rumoroso destacan tonos brasileiros, o los típicos fraseos americanos, que circulan con sus típicos atuendos turísticos, el mal gusto llevado a la excelencia. Y todo el amplio registro de tonadas hispanoamericanas, tan complejas que necesitaríamos nuestro propio Profesor Higgins para descubrir en qué región continental desarrollaron su órganos de fonación y bajo que influjos lingüísticos……
Y lánguidos descendientes de los alguna vez vigorosos vikingos (con perdón de Borges) sin la ferocidad que hacía interesantes -ya que no cultos ni ejemplares- a sus antepasados sino más bien paseando un desgano vital que solo se desmiente en su voz: como que hablan deglutiendo las palabras y volviéndolas a regurgitar, cosa que, a juzgar por los resultados, parece producir un cierto entendimiento entre ellos. En fin, Buenos Aires, la Meca del turismo de Hispanoamérica, celebra sus prosperidad.
Pero la desgracias no vienen solas. Además del aluvión que viene porque «everything is so cheap», lo cual nos deja al menos unos recursos dinerarios para repartir como siempre, con un profundo sentido de la injusticia social, -tampoco nos quejaremos de quienes creen que nuestra ciudad es digna de ser visitada y nuestros productos merecen ser comprados- con ellos viene una subespecie que, bajo todo punto de vista, es indigna de ser recibida, y menos aún de un modo amigable.
Se trata del «turismo gay», fuente de innumerables recursos.
La civilización moderna, civilización en proceso de autofagia, nos visita. Goza de las últimas riquezas aun no dilapidadas. En el umbral, en la antevíspera de la realidad islámica que la sacará de sus sopor hedonista, el hombre producto de esta civilización ha renunciado a lo único que en el orden natural puede redimir incluso al más malvado: el deseo de perpetuarse en sus hijos.
Por eso goza de bienes y recursos desproporcionados con sus necesidades. Son ricos a expensas de los hijos que no quisieron tener, de los que frustraron e incluso de los que mataron. Hacen turismo porque no pagaron escuelas ni médicos, ni vacunas ni pañales…… Todo ello para vivir una vida cómoda, y vestir bermudas y pintorescos sombreros paseando por Buenos Aires y comprobando que «everything is so cheap».
No podemos dejar de sentir pena e ira al ver a estos visitantes, víctimas de su estilo de vida y victimarios de nuestro estilo de vida, induciendo a nuestros pueblos hispanos, pobres de solemnidad y ricos en cultura y tradición católica a ser lo que nunca serán ni jamás deberán ser: como ellos.
Somos naturalmente hospitalarios. Nunca hemos sido xenófobos. Pero nos cuesta ver con agrado este desfile de las ruinas morales de los países del Primer Mundo.
Pero el turismo «gay» produce reacciones aún más revulsivas. Estos sujetos que se exhiben con monstruoso descaro, orgullosos de ser individuos anómalos, desviaciones de la naturaleza que muchos de ellos dicen defender cuando de ballenas y pingüinos se trata, sujetos de una política oficial de tratamiento privilegiado, que si fuéramos progres llamaríamos «discriminatoria».
Ellos son recibidos con un protocolo exraordinario, una particular atención: el tratamiento gay-friendly. Lo cual significa que a todas las miserias morales de esa Europa fétida, de esta América disoluta que traen los pobres turistas adinerados del Viejo Mundo y del Nuevo Mundo suman su condición de minoría u oligarquía (porque ahora mandan) pretensiosa de trato especial. Exigen que todos adoptemos una impostura de rigurosa naturalidad al verlos exponiendo su morbosidad contranatura.
Hay que poner cara de «que día tan agradable», sonreir especialmente, porque son seres sensibles al gesto de desaprobación (no hablemos de la burla, que ya está tipificada como uno de los delitos mayores). Tienen sus ghettos para la sordidez de sus hábitos, pero no pueden dejar de exigir al mundo una sumisa aprobación de sus exhibiciones. Son las queens del Plata. Los champions. Si hay algo propio del gay es el orgullo. Non serviam.
Pues no son bienvenidos. No somos gay-friendlies. Nos revuelve las vísceras el desfile sodomítico. Y no se escandalice el lector. Porque si estas expresiones le parecen excesivas, es señal de que está sufriendo un peligroso proceso de aceptación de las costumbres contranatura. Debería comenzar a preocuparse por él y por sus hijos. Y para completar su escándalo vamos a cerrar estas mascullaciones con una interjección de tono subido: ¡Cagay!, que es como «caray» pero desde una perspectiva gay-friendly.
Y callo antes de que la INADI redacte un libelo de censura.

