Benedicto vs. Ratzinger
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Entre diversos documentos que hacia fines del pontificado de Juan Pablo más irritación y rechazo causaron en el sector progresista de la Iglesia figura la declaración Dominus Iesus. Firmada por el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Card. Ratzinger, hoy Benedicto XVI, marcó un hito en la desaceleración del proceso de indiferentismo religioso que ha contaminado la fe de los católicos en las últimas décadas. En esta declaración se establece la diferencia entre la Iglesia Católica y las «comunidades eclesiales» protestantes, a las que no se puede considerar «equivalentes» medios de salvación. |
Escribe Elio Eugenio Converti
Una de las curiosidades de de la Dominus Iesus es el pasaje en el que se reafirma la doctrina tradicional de la Iglesia, habitualmente sintetizada en la formula «Extra Ecclesiam nulla salus» (Fuera de la Iglesia no hay salvación) manteniendo la fórmula conciliar «subsistit in», para expresar la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica.
El entones Card. Ratzinger afirmaba: Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica -radicada en la sucesión apostólica-[53] entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: «Esta es la única Iglesia de Cristo […] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste [subsistit in] en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él».[54] Con la expresión «subsitit in», el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que «fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad»,[55] ya sea en las Iglesias como en las Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica.[56] Sin embargo, respecto a estas últimas, es necesario afirmar que su eficacia «deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica».[57]
En la nota 56, el Prefecto creyó necesario aclarar más aún la cuestión:
Es, por lo tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes deducen de la fórmula subsistit in la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en otras iglesias cristianas. «El Concilio había escogido la palabra «subsistit» precisamente para aclarar que existe una sola «subsistencia» de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo «elementa Ecclesiae», los cuales -siendo elementos de la misma Iglesia- tienden y conducen a la Iglesia católica» (Congr. para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre el volumen «Iglesia: carisma y poder» del P. Leonardo Boff, 11-III-1985: AAS 77 (1985) 756-762).
Por lo tanto, el mismo perito teólogo inspirador de esta fórmula en las jornadas conciliares se vio en la necesidad de aclarar, años después, como «custodio de la Fe», con toda precisión algo que antes de la formulación subsistit in nadie dudaba y que a partir de dicha formulación dio origen a malas interpretaciones y desvaríos doctrinales.
Eneam rejicite, Pium recipite
Hoy, el ex perito y ex Prefecto es Sumo Pontífice. Esto posiblemente lo obligue a rectificar algunas de sus posiciones doctrinales juveniles e inclusive recientes, previas a su elección como Doctor Universal de la Iglesia. A propósito de esta eventual contradicción, el propio Card. Ratzinger nos prevenía ya en 1999 en su libro «Juan Pablo II. Veinte años en la Historia».
«El hecho de haber cambiado el «Nos» del estilo pontifical por el «yo» personal e inmediato del orador (……) puede parecer como la eliminación normal de un uso antiguo, poco apropiado para nuestro tiempo, pero no se debería olvidar que este «Nos» no es solamente un formulismo de la retórica de la corte.
Cuando el Papa habla, no lo hace sólo en nombre propio. En última instancia, en ese momento, las teorías y las opiniones privadas que él ha elaborado a lo largo de su vida ya no cuentan más, no importa cuan elevado pueda ser su nivel intelectual. El Papa no habla solamente como un hombre singular, un simple sabio dotado de su «yo» privado, ni siquiera como un solista sobre el escenario de la historia espiritual de la humanidad, sino utilizando el «Nos» de toda la fe de la Iglesia en cuyo interior el «yo» ha de desaparecer.
A propósito de esto, recuerdo el ejemplo de un gran papa humanista, Pío II, Enea Silvio Piccolomini, quien como papa y utilizando el «Nos» del magisterio pontifical, a veces debía decir cosas en contradicción con las teorías del sabio humanista que él había sido anteriormente. Cuando se le señalaban tales contradicciones solía responder: «Eneam rejicite, Pium recipite» (Rechazad a Eneas, aceptad a Pío). En un sentido, el reemplazo del «Nos» por el «yo» no es, en absoluto, un hecho intrascendente.


