Adentridad y afueridad del tradicionalismo
Asombra analizar los planteos antitradicionalistas repetidos ad
nauseam en términos de afueridad y adentridad de la Iglesia. Esta línea de
discusión es el caballo de batalla del antilefebvrismo, pero apunta
principalmente a todo el frente no lefebvrista crítico al Concilio Vaticano II
y a la Misa Nueva.
Recientemente hemos tenido la novedad de una andanada contra el
filo-lefebvrismo nacida en el seno de sectores “conservadores”. Fue la prueba
de la movida: el peligro se percibe en las concesiones realizadas por el Papa
Benedicto que pueden mover a muchos a dar pasos hacia el tradicionalismo, y hay
que actuar. Para prevenir esta indeseable tentación se conduce la discusión a este
terreno pantanoso y estéril donde en definitiva lo importante queda de lado.
Desde una perspectiva seria y ortodoxa lo que debe discutirse es si
la FSSPX, u otros movimientos tradicionalistas o filo-tradicionalistas
transgreden la doctrina católica, y si procede una acusación de heterodoxia, o
si hay una pertinaz negación de obediencia
debida a la jerarquía de la Iglesia. Pero los cargos se producen caóticamente,
apuntando a veces a presuntos delitos contra la caridad. O simplemente
invectivas sobre pecados de soberbia que, según algunos afirman y muchos otros
repiten acríticamente, caracterizan a las personas que militan en estas
posturas doctrinales. El reciente intento del P. Iraburu fue realizar la “summa
antilefebrista” para dar coherencia a estas acusaciones erráticas,
introduciendo veladamente la acusación de herejía.
Entretanto el tradicionalismo crece, con un vigor que preocupa a
muchos. Sobre todo en Francia y a algunos sectores progresistas a los que hacen
coro los conservadores conciliares. Y resulta significativo que el milagro de la beatificación de Juan
Pablo viniera de Francia, cuando había casi 150 presuntos milagros reportados
en Italia. El viento que ha henchido las velas de esta beatificación viene de más
allá de los Alpes, donde el clero está realmente al borde del colapso.
Los números del crecimiento vegetativo, los pases y simpatías de numerosos
sacerdotes jóvenes hacia los movimientos tradicionalistas y la perspectiva de
quedar detrás de la FSSPX, hablando en términos cuantitativos, antes del fin de
la década en curso, producen una inquietud muy grande entre los obispos
franceses. Este “milagro” reafirmador de la línea conciliar debía ser un milagro
francés, y lo fue. Lo que tal vez no haya sido es, precisamente, un milagro.
Lo
intolerable del tradicionalismo
El gran atractivo del
tradicionalismo radica en la formulación de la doctrina clara, que es la
doctrina como la formuló siempre la Iglesia hasta el momento de inaugurar la
licuadora conceptual del Concilio.
Otro punto fuerte es su
férrea defensa del culto divino, materia en la que ha logrado dar a sus sacerdotes
una formación imbatible.
Finalmente, atrae a muchos
por la denuncia del error modernista con sustento en argumentos doctrinales y no
meramente en cuestiones disciplinarias. Traducido: tales o cuales
transgresiones litúrgicas, morales, etc., llevadas al grado que sea, no son,
dice el tradicionalismo, meramente “excesos” o “abusos” sino “frutos” de
concepciones doctrinales erróneas.
Contra estas realidades que “tientan” al filo-tradicionalista, se
yergue el imponente aparato de la autoridad constituida, particularmente el de la pontificia, la cual pesa sobre la
conciencia de los católicos (buenos y fieles, al correcto decir de Iraburu,
porque a los demás no les interesa en absoluto o solo toman lo que les gusta).
Ese peso se siente abrumador puesto que hay una confusa pero muy
arraigada idea sobre la infalibilidad del Papa y sobre su autoridad suprema. Idea
que está puesta en entredicho por el modernismo en todas sus versiones, pero
que se señala casi exclusivamente como el “pecado” de los tradicionalistas.
En
materia de autoridad
Los modernistas cuestionan la autoridad legítima de la Iglesia y de
su jerarquía, de un modo más o menos explícito, en nombre de los tiempos y la
evolución de la Iglesia. Los tradicionalistas, en cambio, cuestionan el
ejercicio de esa autoridad en los casos en que se manda contra lo que la
Iglesia siempre ha creído. La diferencia es abismal, pero la mayoría de los
católicos “conservadores” o conciliares, en el mejor de los casos equipara una
cosa con la otra, cuando no ignora la primera y prorrumpe en plantos a causa de
la segunda.
De donde, ante el falso conflicto entre la autoridad que manda y
la evidencia de los hechos que resultan de lo manda la autoridad, el católico
bueno y fiel suele escapar por la tangente de la afueridad. Argumento que se sustenta en la siguiente incoherencia:
lo que dicen los lefebvristas es cierto, pero no vale porque ellos están fuera
de la Iglesia. Deberían volver al seno de la Iglesia para…
-¿Para qué, pregunto yo intrigado?
-Bueno, para trabajar “desde adentro”.
-Ajá. Y “desde adentro” hacer y decir ¿qué? ¿Lo mismo?
Adentridad
y afueridad
La Iglesia ¿es un club donde la pertenencia se determina por
carnet de asociado? O la pertenencia a la Iglesia se vincula a realidades
sobrenaturales a las que el derecho canónico sirve, pero no produce? Un hombre excomulgado
injustamente y muerto en esa condición ¿se condena? ¿Es tal el poder de la
disciplina eclesiástica que cierra las puertas del cielo allí donde el
condenado no tiene pecado?
No es muy difícil encontrar las respuestas clásicas a estas
preguntas. Solo hay que buscarlas.
Y menos aún las modernas,
que como en todo lo novedoso conciliar tienen una tendencia marcada a la
lenidad. Las nuevas tendencias s disciplinaria han hecho inimputables incluso a
muchos que proclaman sus pecados a los cuatro vientos. Si todo desde el
Concilio tiende a esta concepción de la “misericordia”, ¿qué extraño fenómeno
hace que el rigor preconciliar y más aún, porque este no discutía la invalidez
de una excomunión injusta, sea aplicado solo a los tradicionalistas,
condenándolos a la “afueridad perpetua”, e imponiendo la falsa dialéctica
“afuera-adentro” con que suele debatirse la cuestión tradicionalista? Parce
evidente que hay una manipulación de la autoridad y de las conciencias.
La “doctrina
tradicionalista”
Aparece aquí una cuestión compleja: ¿hay una doctrina
tradicionalista?
La respuesta inicial es no. Es la doctrina de la Iglesia
preconciliar. Pero, la situación de la Iglesia Conciliar ha dado pie a
desarrollos teológicos nuevos que apuntan a explicar hechos que antes solo
habían sido considerados como hipótesis teológicas, casi como juegos
intelectuales. En este sentido podríamos decir que, sí hay una “doctrina tradicionalista”, un cuerpo de crítica la cual
deberá ser refrendada por la Iglesia en su momento.
Esto mueve a algunas confusiones entre tradicionalistas y ajenos:
ciertamente lo que se afirma fundado en el Magisterio definido por la Iglesia
es una cosa. Otra lo que se desarrolla a partir de ese Magisterio, para
explicar estas situaciones inéditas. No tienen el mismo valor. En el primer
caso ya ha sido definido, en el segundo, esto podrá ser correcto y aquello no,
pero no tendrá carácter de doctrina del Magisterio hasta que el Magisterio no
la haga suya, y entretanto solo será opinión teológica cuyo valor cada uno
deberá juzgar a título personal. Sin embargo, hay tradicionalistas que
confunden el valor de una y otra. Y hay críticos del tradicionalismo que
afirman que todos los tradicionalistas tienen esta confusión.
El problema es que los argumentos no siempre fáciles de los
tradicionalistas y no necesariamente siempre correctos cuando se intenta
explicar lo inédito, se responden, sí, casi siempre, en la categoría de la
afueridad: los lefebvristas están fuera de la Iglesia. Punto.
Esta notable línea argumentativa es a todas luces anti-intelectual
pero muy mediática. Y también muy efectiva en lo afectivo. Porque hoy en día
los fieles católicos tienen con la Iglesia una vinculación más afectiva que
doctrinal. De donde afirmar la afueridad
de los tradicionalistas resuelve todos los problemas que le plantearía explicar
las razones doctrinales que dan origen al tradicionalismo.
No faltan, sin embargo, explicaciones doctrinales escuetas: “ha habido un giro evolutivo del dogma” es
uno de los clásicos. En otros casos, “ha
habido un desarrollo homogéneo de cuestiones no definidas previamente”. Y
aunque reconocen la oscuridad de los textos conciliares, como el P. Iraburu,
los convierten en regla hermenéutica de los pre conciliares, notoriamente
diáfanos, invirtiendo el criterio de la teología según el cual lo oscuro se interpreta
por lo claro. Hoy nos dicen que debemos interpretar el Syllabus, la Inmortale
Dei o la Quanta Cura a la luz de la Dignitatis Humanae.
Iraburu y su cruzada a favor de
la afueridad
El enorme esfuerzo realizado por el P. Iraburu con sus siete ladrillos
sobre el filo-lefebrismo es, como hemos dicho, un intento probatorio de la
dicha afueridad no solo disciplinaria
sino teológica. Como el dicho sacerdote no es tonto (aunque sí navarro, lo que
a veces es peor) ha soltado una batería formidable de pruebas, de una afueridad
teológica y litúrgica, lo cual naturalmente llevó a sus seguidores a concluir
(y el buen padre Iraburu ñoñea a la hora de admitirlo, pero lo termina por
admitir) que los lefebvristas ya no son meramente unos cismáticos soberbios,
sino herejes, redondamente.
Y para sustentar este cuerpo doctrinal ha puesto todo el énfasis
de su esfuerzo en demostrar que lo que ahora requiere grandes esfuerzos
interpretativos, es más claro que lo que antes era claro. Y que se incurre en
herejía (insisto esto está implícito, pero de un modo muy claro) si se niega la
claridad de lo oscuro y que esta clara oscuridad en realidad es lo mismo que
sostienen los (herejes) lefebvristas, solo que ellos en su pertinacia insisten
en negar una realidad tan evidente: el Concilio no tiene errores, apenas
ambigüedades y algunos pasajes poéticos…
(sic).
En cuanto al desarrollo de la doctrina conciliar, nótese, por
ejemplo, en la batería de argumentos iraburianos, una afirmación tan formidable
como esta: el Papa Juan Pablo II no ha
besado el Coran por reverencia a los contenidos del libro (falsamente
revelado, naturalmente, el P. Iraburu lo admite) de los musulmanes, sino para mostrar su inmenso amor por los
musulmanes. Nadie es quien para cuestionar el amor de Juan Pablo II
por los musulmanes. Pero besar un libro blasfemo, sobre el que se fundó una
falsa religión, en una mezquita, templo en donde se rinde culto a los
contenidos de ese libro es un acto de homenaje, nos guste o no nos guste. Un
acto de amor (amor de caridad) a los seguidores del libro que resume falsas
revelaciones inspiradas por un falso profeta, además agravia la Fe Católica de
un modo explícito, nunca podría ser en desmedro de la Fe Católica ni en el
sentido de confirmar a los musulmanes en su error.
La forma católica tradicional de entender el amor a los seguidores
de Mohammed es decirles la verdad. En cambio la forma conciliar de amar a los
musulmanes resulta confirmarlos en sus errores, por medio de un gesto público de
veneración del libro que es el fundamento de sus errores.
Y por lo tanto, siguiendo este criterio que es bastante común, la
ortodoxia doctrinal, resulta algo equivalente al “oficialismo” político. Se
defiende lo que hace el Papa que está en el poder, aunque en el fondo del
corazón se sufra por las cosas que este hace. Cristo, se cree, bendice ese
sufrimiento, que consiste en tolerar o defender lo indefendible porque lo
indefendible lo hacen personas de altísima jerarquía, incluso el vicario de
Cristo.
Estas personas violentan su propia conciencia (pecado conciliar
por excelencia) para defender la doctrina conciliar y su puesta en práctica,
que no otra cosa ha sido el largo reinado de Juan Pablo II, durante el cual
todo se “renovó”, desde el Derecho Canónico hasta el Padrenuestro, conforme a
la impronta conciliar.
Quien objete dicho gesto estará fuera de la Iglesia (como los
lefebvristas) o en camino, como los filo-lefebvristas. Y fuera de la Iglesia no
hay salvación. Calcando este esquema, se podrán armar refutaciones a toda
crítica.
Conclusión:
la adentridad doctrinal
Brevemente: la pertenencia a la Iglesia excede la normativa
canónica, es una realidad sobrenatural. La autoridad del Papa y de la jerarquía
tiene un fundamento divino, pero ambas, la ley eclesiástica como la jerarquía
de origen divino están al servicio de la salvación de las almas. Si se apartan
de esta su función, los actos específicos en que se apartan quedan en entredicho
y no son lícitos, lo mismo que sus enseñanzas en este sentido.
Nadie puede ser considerado fuera de la Iglesia por sostener la
doctrina de la Iglesia y preferir lo claro tradicional a lo oscuro novedoso. No
importan las presiones o sanciones que se le apliquen, es su derecho y su deber
como fiel atenerse a lo seguro.
Nadie puede ser considerado fuera de la Iglesia por hacer críticas
a hechos o personas, incluso de la jerarquía, en referencia a conductas dudosas
sobre materia de Fe o Moral. Dichas críticas podrán ser más o menos prudentes o
fundadas y esto deberá ser evaluado en cada caso particular. Más no existe una
imposibilidad por principio.
Juzgar de modo diferente, hechos diferentes realizados por una
misma persona no significa tener un doble juicio moral. La misma persona puede
hacer lo correcto a veces y lo incorrecto otras veces. Y si bien la costumbre
católica ha sido tradicionalmente la de suspender el juicio ante hechos
ocasionales realizados por miembros de la jerarquía, en particular el Papa,
dejando la discusión para la historia, la gravedad de los tiempos impone
decisiones vitales.
No se trata hoy de determinar el juicio de la historia sino de
subsistir cotidianamente en la Fe. El tradicionalismo ha provisto medios para
la subsistencia de todos aquellos fieles que los quieran tomar. Son medios de adentridad: medios sin los cuales muchos
fieles habrían perdido la fe. Y finalmente, medios que han servido, por
misteriosa permisión divina, para que la autoridad de la Iglesia reconsiderara
algunos puntos de las reformas emprendidas por el Concilio, y hasta se aviniera
a discutir en el más alto nivel los cuestionamientos doctrinales que se le
hacen al Concilio.
Es francamente estúpido decir que esto es un acto de cortesía o de
caridad. Si se pone en tela de juicio el texto de un Concilio es porque se
admite que es dudoso. Y esto no es poco a favor de los que sostienen que los
textos conciliares son como mínimo dudosos.
No se puede ver las cosas con claridad sin ir a las causas
profundas. Esto supone, en el actual estado de cosas, confrontar con la
autoridad a todo nivel, no destituirla ni negarle su legitimidad de origen.

