¿Quién se Conduele de las Ofensas a Dios?
Algunos lectores, muy pocos, nos han reprochado, a propósito de nuestros artículos sobre el tema «Maccarone», que nos ensañamos con un pecador. Contrariando nuestra regla habitual hemos preferido no responderles personalmente. Nos ha parecido tan inútil como responder a la pregunta retórica de Poncio Pilato a Jesús, cuando el Procónsul acuñó el lema por antonomasia de los liberales: « ¿Qué es la verdad?»
Algunos lectores, muy pocos, nos han reprochado, a propósito de nuestros artículos sobre el tema «Maccarone», que nos ensañamos con un pecador. Contrariando nuestra regla habitual hemos preferido no responderles personalmente. Nos ha parecido tan inútil como responder a la pregunta retórica de Poncio Pilato a Jesús, cuando el Procónsul acuñó el lema por antonomasia de los liberales: « ¿Qué es la verdad?»
Escribe el Editor y Responsable
Los católicos argentinos hemos debido sufrir una de las más terribles humillaciones de nuestra historia por culpa de Maccarone. El obsceno video circulando por Internet. Sus obscenas palabras de autogratificación. El «apoyo» del pueblo santiagueño: 1500 personas, según La Nación, se reunieron ante la catedral al toque de campanas, convocadas por varios sacerdotes que tienen cosas que agradecerle a Maccarone, en especial «su hombría de bien». Ya hemos perdido hasta el sentido del ridículo. Completó el elenco de adherentes al obispo invertido, una junta de 2500 piqueteros.
Hemos debido padecer la blasfema solidaridad de Hebe de Bonafini: «Su decisión de apoyar a los desposeídos y reprimidos nos demuestra una vez más que la Iglesia de Jesús es la que usted representa.»
Un sodomita pertinaz y corruptor es, según la dulce Hebe, el mejor representante de la Iglesia de Jesús. Del mismo modo que su hijo adoptivo, el parricida Schocklender, habrá de ser el mejor representante de la piedad filial? según sus criterios morales.
La multitud de ensayos laudatorios que se han lanzado a la difusión en los últimos días han sido para los católicos una laceración sobre otra: al hecho, el elogio del actor, o, para calificarlo moralmente, al mal hecho, el elogio del malechor. Ya hemos hablado de la «madre de todas la declaraciones», la de la Comisión Ejecutiva de la CEA, que acabó en un escandaloso levantamiento de las sesiones de la última reunión y amenaza traer más voladuras y desastres que el huracán «Katrina». Es de presumir que algunos obispos aún tienen testosterona en su flujo sanguíneo.
El gran olvidado en todo este fétido asunto: Dios
¿Alguien ha reparado, más allá de lo antedicho, en la gravedad de la ofensa inflingida a Dios? El hecho de que este ser humano, cuyas manos fueron ungidas con el sagrado crisma, haya celebrado misa durante años en un estado de degradación moral tan profundo. Que haya elevado la sagrada forma y la haya administrado a sus feligreses. ¿Alguien ha reparado en el sacrilegio cotidiano, que no pierde gravedad por oculto (en realidad, acallado, porque todo el mundo en Santiago y fuera de Santiago conocía las costumbres nefandas del obispo)?. ¿Alguien ha pedido actos de reparación, como cuando se profana un lugar sagrado? Porque este obispo profanó todos los lugares sagrados en los que celebró la misa, los vasos sagrados que tocó, los ornamentos sagrados que usó, los atributos episcopales que ostentó.
Parece que hoy ya nadie se acuerda de Dios, ni del Santísmo Sacramento, en la esfera oficial de la Iglesia. Todo ronda en torno de la política, las repercusiones, las consecuencias para los distintos grupos de poder.
El Santo Padre ha celebrado unas multitudinarias jornadas juveniles bajo el lema «venimos a adorarlo». Se refiere al Niño Dios, que no es otro que Cristo presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad bajo las especies eucarísticas. A nadie -comenzando y terminando por el clero- se le ha ocurrido pedir una reparación para Este al que días antes proclamaban ir a adorar. Solo declaman hipócritamente solidaridad con los pobres, mientras elogian a un sodomita vicioso que gastaba sumas muy considerables en pagar sus inclinaciones y el silencio de sus cómplices. O, en el mejor de los casos, callan. Si por ventura la obediencia los redujera al silencio, concedamos, ¿no habría un margen dentro de esa obediencia, en el cual todos y cada uno de los pastores se dirigieran al pueblo para dibujar la figura del pastor arquetípico, tomando por ejemplo a algún santo obispo, y ponerlo por paradigma de lo que se debe ser? Al menos para que el pueblo tenga el consuelo de recordar que la Iglesia -Casta et Meretrix- puede ostentar miríadas de santos obispos.
¿Han perdido todo interés en lavar el rostro escupido de la Iglesia, de enjugar su faz, como la Verónica, en el momento más terrible del camino de la Cruz? ¿Nadie llorará sobre los pies de Cristo, los secará con sus cabellos y los ungirá con un perfume de nardo? ¿Nadie se allegará hasta el sepulcro con especias para honrar el sagrado cuerpo místico a la espera de su resurrección gloriosa?
¿Han perdido todo recato, todo temor de Dios? ¿Creen, los sacerdotes que así proceden, los obispos «solidarios», realmente creen en el Dios Uno y Trino? ¿Creen en la presencia real? ¿Creen en el dogma católico? ¿Son católicos?
Si tuviéramos que aventurar una conjetura diríamos que NO.

