Panorama Católico

La Comunión en la Mano: Consideraciones Morales

Volvemos sobre el tema de la comunión en la mano. En esta oportunidad tratando un aspecto en profundidad: el riesgo de profanación y la responsabilidad de los sacerdotes y laicos autorizados a administrar la Sagrada Eucaristía.

Escribe Esteban M. Dufourq

En su libro sobre la comunión en la mano[2], S. E. R. Mons. Rodolfo Laise señala literalmente:

Volvemos sobre el tema de la comunión en la mano. En esta oportunidad tratando un aspecto en profundidad: el riesgo de profanación y la responsabilidad de los sacerdotes y laicos autorizados a administrar la Sagrada Eucaristía.

Escribe Esteban M. Dufourq

En su libro sobre la comunión en la mano[2], S. E. R. Mons. Rodolfo Laise señala literalmente:

«Con frecuencia se minimiza el peligro de las profanaciones, diciendo que siempre existieron.

«En lo que respecta a las profanaciones involuntarias, con la comunión en la boca, el uso de la bandeja de comunión, las purificaciones prescriptas por el misal y el natural cuidado al dar y recibir la sagrada Forma el riesgo es prácticamente nulo. Con la comunión en la mano se necesitaría un milagro para que en cada comunión no caiga alguna partícula al suelo o quede en la mano del fiel.

«En cuanto a las profanaciones voluntarias nadie puede negar que se facilitan considerablemente las circunstancias para quien quiera robar una hostia consagrada. Se dice que en todas las épocas se produjeron inevitables sacrilegios y eso es cierto, pero en tan escaso número que no motivaron una especial legislación por parte de la Santa Sede, pues la misma forma de distribuir la comunión dificultaba la sustracción de las hostias, mientras que tanto ahora como antes del s. X fueron necesarias recomendaciones especiales de la autoridad eclesiástica para evitarlo.

«Hablemos claramente: quien comulga en la boca sigue puntualmente no sólo la tradición recibida, sino la voluntad expresa de los últimos Papas y evita así ponerse en ocasión de pecado al dejar caer por negligencia fragmentos que son el cuerpo de Cristo. Quien comulga en la mano no por esto peca ni comete un acto de desobediencia pero elige una forma desaconsejada por los Papas, en sí menos reverente y más propensa a las profanaciones y cuya concesión fue fruto de la política del «hecho consumado» » (páginas 136 y 137. En negrita en el original).

¿A qué viene esto? Dejando de lado las cuestiones jurídicas e históricas, nos proponemos averiguar si realmente es moralmente lícito comulgar o dar la comunión en la mano.

Mons. Laise dice claramente que «no por esto peca » quien comulga en la mano, y es cierto. Al fin y al cabo, si fuera pecado no se podría tomar las Hostias para evitar que fueran profanadas. Nunca es lícito hacer un mal para evitar otro o para lograr un bien mayor… sólo se lo puede tolerar, pero nunca intentarlo per se directamente. Por otra parte, la existencia de ministros extraordinarios de la Eucaristía es un indicio más de que no lo sea. Si bien en este tema (el de los ministros extraordinarios) permanentemente se dan innumerables abusos en violación a las normas vigentes -tema que aquí no vamos a tratar- es evidente que el hecho mismo de tocar un laico la Sagrada forma no es pecado, máxime cuando la Santa Sede lo ha autorizado. En la Suma T. Santo Tomás dice que «por reverencia para con este Sacramento, éste no es tocado sino por las cosas consagradas… por lo tanto el corporal como el cáliz y las manos del sacerdote se consagran para tocar este sacramento. De aquí que no sea lícito a otro tocarlo, salvo en caso de necesidad, por ejemplo si cayera al piso o en algún otro caso de urgencia » (III, q. 82, a 3… el subrayado es nuestro). En caso de urgencia se lo puede tocar, y no sólo para evitar una profanación, como muestra el ejemplo de caer al piso. Así planteadas las cosas, no habría pecado alguno por comulgar o dar la comunión en la mano.

I. LICITUD DEL ACTO EN GENERAL

Un acto, para ser moralmente lícito, debe serlo en todas sus partes, es decir, en su fin, en su objeto y en sus circunstancias. Supongamos que los dos primeros sean buenos, es decir, que el fin sea imitar una antigua práctica pretendidamente más auténtica (lo que a nuestro juicio y el de la Santa Sede no es así) y, según lo arriba visto, el objeto, esto es, la materia, no sea intrínsecamente malo. Nuestra pregunta es: ¿comete algún pecado o tiene alguna responsabilidad moral, el que comulga en la mano, de los sacrilegios involuntarios que se siguen de ese acto? Es decir, las circunstancias, ¿también eximen de pecado al comulgante? Si no es así, ¿qué pecado es? El que da la comunión en la mano, ¿también peca? Una vez más, repetimos, nos referimos a los sacrilegios involuntarios que se siguen al caer partículas al suelo, no al hecho mismo de tocar la hostia con la mano.

II. PRESENCIA REAL

Debemos aclarar que la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, en cada una de las partículas, es Dogma de Fe.

«(…) Por lo cual es de toda verdad que lo mismo se contiene bajo una de las dos especies. Porque Cristo, todo e íntegro, está bajo la especie del pan y bajo cualquier parte de la misma especie, y todo igualmente está bajo la especie de vino y bajo las partes de ella. (Concilio de Trento, sesión XIII, Dz. 876).

«Can.2. Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino… conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubstanciación, sea anatema.

«Can. 3. Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema.

«Can. 4. Si alguno dijere que, acabada la consagración, no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la eucaristía, sino sólo en el uso, al ser recibido, pero no antes o después, y que en las hostias o partículas consagradas que sobran o se reservan después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor, sea anatema. » (Concilio de Trento, sesión XIII, Dz. 884ss. Los destaques son nuestros)[3].

Hay quienes sostienen que, si ya no se ve la partícula de la hostia, Cristo no se halla más presente allí. Es decir, que al dejar de ser perceptible por los sentidos como pan (y por lo tanto también como vino), cesa la presencia substancial en cada una de las especies.

Esto no es así. Que esos accidentes no puedan ser percibidos por nuestros sentidos es por defectos de éstos y no por desaparición de la substancia. Cuando en la hostia consagrada se corrompen los accidentes de pan y de vino, cesa la presencia de Cristo en la Eucaristía[4].

Esto es lo que ocurre cuando, después de comulgar, nuestro organismo descompone el alimento recibido. En el momento en que desaparecen los accidentes de pan y vino, cesa la presencia corporal de Cristo dentro de nosotros, aunque permanece su gracia.

Por fe sabemos que, después de las palabras de la Consagración válidamente pronunciadas, Cristo se encuentra allí verdadera, real y substancialmente. La permanencia de los accidentes de pan y vino es el dato primario que tenemos de su presencia real[5]. Como ya señalamos anteriormente, la presencia de Cristo en la Eucaristía dura mientras no se corrompan los accidentes de pan y vino.

Genialmente Santo Tomás de Aquino unió la teología y la devoción en el Adoro te devote:

Adoro te devote, latens Deitas,
quae sub his figuris vere latitas…
tibi se cor meum totum subjicit,
quia te contemplans, totum deficit.
Visus, tactus, gustus in te fallitur
Sed auditu solo tuto creditur…
Credo quidquid dixit Deis Filius
Nil hoc verbo veritatis verius
In cruce latebat sola Deitas,
At hic latet simul et humanitas…
Ambo tamen credens atque confitens
Peto quod petivit latro poenitens.

( «Te adoro con fervor, Deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida… a Ti mi corazón se rinde entero, y desfallece todo si te mira.

Falla en Ti la vista, el tacto, el gusto, pero sólo oigo y todo creo… cuanto el Hijo de Dios ha dicho, creo… pues nada es más verdadero que esta verdad.

En la cruz sólo la Deidad estaba oculta, pero aquí también la humanidad está escondida… y uno y otro creyendo y confesando, imploro yo lo que imploraba el ladrón penitente »).

III. APLICACIÓN DE LA LICITUD DEL ACTO DE COMULGAR EN LA MANO. CONCIENCIA DEL PELIGRO E INDIFERENCIA ANTE EL RESULTADO.

Se podría decir rápidamente que no se comete ningún pecado porque ni el sacerdote, ni el comulgante, tienen intención alguna de cometer un pecado. Pero si las circunstancias lo transforman en pecado, sí pecan, aunque no lo busquen directamente.

Santo Tomás claramente dice:

«Una cosa puede ser voluntaria en sí misma, por ejemplo, cuando la voluntad directamente tiende a ella como a su objeto… o en su causa, cuando la voluntad se dirige a la causa, no a los efectos que de ella dimanan… por ejemplo si uno voluntariamente se emborracha, por esa voluntariedad de la causa se le imputa todo lo que obre a impulsos del vino » (I-II q.77 a.7 c).

«La ignorancia parcial que excusa totalmente de pecado, se refiere a una circunstancia que no se ha podido conocer, a pesar de emplear la diligencia oportuna. La pasión causa una ignorancia del derecho a obrar en un caso concreto, impidiendo la aplicación de la ciencia común a un caso particular. Y esta pasión puede la razón reprimirla, como hemos dicho » (I-II q.77 a.7 ad. 2).

«Según Aristóteles, el azar o accidente es una causa que obra fuera de la intención. Por ello las cosas fortuitas, absolutamente hablando, no son ni intencionadas ni voluntarias… y, puesto que todo pecado es voluntario, según San Agustín, dedúcese que las cosas fortuitas, consideradas como tales, no son pecados. Sucede a veces, sin embargo, que algo que no se quiere o intenta en el acto y por sí mismo, está en la voluntad o en la intención accidentalmente, en cuanto se llama causa accidental la que «remueve los obstáculos». Por consiguiente, el que no evita las causas de las que se sigue el homicidio, debiendo evitarlas, es culpable en cierto modo de homicidio voluntario.

«Y esto acontece de dos maneras: primera, cuando alguien, ocupándose en cosas ilícitas que debía evitar, comete un homicidio… segunda, cuando no pone de su parte el debido cuidado. Por esto, con arreglo al Derecho, si uno se ocupa en cosas lícitas poniendo el debido cuidado, y, sin embargo, de su actuación se sigue la muerte de un hombre, no es culpable de homicidio. Mas si se hubiese empleado en cosas ilícitas, o aun en cosas lícitas, pero sin poner la diligencia debida, no evita el reato de homicidio si de su operación se sigue la muerte de un hombre » (II-II q. 64 a. 8 c)[6].

El texto es bastante claro: si uno realiza una acción sabiendo que de ella se puede seguir una consecuencia mala, uno es moralmente responsable de esa consecuencia o del acto malo que se sigue. Los riesgos deben prevenirse… p. ej., la caída de las sagradas formas al piso, para evitar lo cual existe la patena, cuyo uso hoy día ha sido erradicado casi en el 100 % de los casos. Es frecuente en la actualidad ver caer las sagradas formas al piso, lo que casi no ocurriría si se mantuviera la precaución del uso de la patena. También es cierto que, luego de caídas las formas al piso, ya no se llevan a cabo los procedimientos y ceremonias de purificación otrora prescriptos para tales casos, sin duda aún vigentes, pero caídos en desuso.

Si se sabe que al prescindir de la patena se puede seguir un sacrilegio, se es culpable del sacrilegio si éste se produce. Si un sacerdote o un ministro de la Eucaristía sabe que, por la falta de precauciones, en el acto de dar la comunión en la mano se puede llegar a un sacrilegio, también es culpable. Es lo que en el derecho penal se llama dolo eventual: no obstante tenerse conciencia del peligro de una acción, igual se la lleva a cabo (indiferencia ante el resultado dañoso posible)… p. ej., si se cruza a 100 km./hora una esquina céntrica, puede ser que no se mate a nadie… pero es posible, o más bien muy probable, que se atropelle y mate o hiera a varios.

Tanto el fiel como el sacerdote (o ministro de la Eucaristía) tienen perfectamente la opción de comulgar en la boca, haciendo así casi nula la posibilidad de un sacrilegio. Con la comunión en la mano, en cambio, tanto el ministro como el comulgante, por la remoción de los obstáculos puestos para que no se produzca un sacrilegio, (supuesto su conocimiento), son conscientes de que se trata de una práctica que conlleva un mayor riesgo y, por lo tanto, son indiferentes a que se produzca un resultado dañoso.

Comulgar en la mano no sólo no es en sí mismo recomendable por todo lo que significa, y que muy bien explica Mons. Laise en su libro… sino sobre todo porque es causa de innumerables sacrilegios. Y de esos sacrilegios son culpables, según el grado de conocimiento que de ellos tengan, los que remueven los obstáculos que tienden a impedir que se produzcan. Dicho de otro modo: si el fiel no lo sabe y no hay negligencia de su parte en esa ignorancia, no comete ningún pecado… pero sí el sacerdote que se la da. Pensar que un sacerdote pueda ignorar esto, parece realmente difícil… y si realmente no lo sabe, que no sea culpable de esta ignorancia parece sencillamente imposible. Pero si así fuera, el responsable sería el Ordinario que, sin establecer las debidas precauciones, autorizó la comunión en la mano en ese lugar. Sólo un sacrilegio que fuera absolutamente involuntario, es decir, no buscado directamente ni en su causa ni buscada tampoco la remoción de obstáculos, carecería de responsable moral. En cualquier otro caso, es necesario un sujeto que lo busque en sí mismo, o en su causa, o removiendo los obstáculos, y que por lo tanto sea el responsable moral.

Por lo contrario, en lugar de tomarse las debidas precauciones, se ha instruido e incitado a los fieles a comulgar en la mano, como si fuera en sí mismo una forma por lo menos tan buena como la comunión en la boca o inclusive mejor que ésta por constituir una vuelta a supuestas prácticas originales. Prueba de ello es el libro «El pan vivo»[7], donde se silencian los reparos de la Santa Sede, la rebelión y los abusos que dieron lugar a la autorización excepcional -que poco a poco ha ido convirtiéndose en regla- e incluso se dicen mentiras, como su pretendida existencia en los ritos orientales, y afirmaciones por lo menos dudosas, como su vigencia hasta el siglo décimo.

Aquí nos interesa la responsabilidad de los sacrilegios que Mons. Laise denomina «involuntarios»: debemos decir que estos sólo son tales en un caso absolutamente fortuito… en cualquier otro caso, aunque sean aparentemente involuntarios, en realidad no lo son, ya que conscientemente se prevé el peligro y no obstante ello se remueven los obstáculos, con indiferencia ante el resultado. El dar la comunión en la mano es un acto voluntario, y los efectos que se siguen de esa operación son voluntarios «in causa» o «removens prohibens».

Debemos hacer otra aclaración: que el fiel sepa esto o no, en nada quita responsabilidad en el sacrilegio ni al ministro que da la comunión ni al Obispo que la autorizó sin las debidas precauciones… ellos también son culpables. El sacrilegio, por el hecho de tener más responsables, no va diluyendo su gravedad en cada uno de ellos.

Los fieles, por carecer de información verídica y clara del tema, lamentablemente, han sido inducidos, presionados y hasta forzados a comulgar en la mano. Naturalmente, por obediencia, han seguido a sus pastores, y se han plegado masivamente a esta práctica.

Habla muy bien de los fieles que obedezcan a sus pastores, pero éstos deberán rendir cuenta a Dios de todas las acciones (buenas o malas) que los fieles realizaron a expensas suyas. Dice Michael Davies:

«Sin embargo, deberíamos evitar el juzgar, pública o privadamente, a cualquiera de nuestros conocidos que recibe la Sagrada Comunión en la mano. Pues, a pesar de que la práctica ha conducido a muchas irreverencias, no necesariamente denota irreverencia por parte de cada individuo que ahora la recibe de este modo. En lugares en que el párroco aclara que desea que se reciba la comunión de ese modo, donde se explica que tal es el deseo del obispo diocesano, donde se ha dirigido una campaña de propaganda hábilmente tendenciosa hacia los miembros ordinarios de la feligresía, no sorprende demasiado que tantos hayan sucumbido. Pero esto no quiere decir que no debamos intentar convencer a nuestro amigos y parientes, quizás distribuyendo publicaciones como ésta, de que vuelvan a la práctica tradicional.[8] »

IV. RESPONSABILIDAD DE LA SANTA SEDE.

Alguien podría sostener que la Santa Sede es en última instancia culpable de todos los sacrilegios. Esta afirmación debe ser matizada.

Memoriale Domini, único documento oficial de la Santa Sede sobre el tema junto a la Carta Pastoral En Reponse del Cardenal Gut, dice que «con el fin de ayudar a las conferencias episcopales a cumplir su oficio pastoral, con frecuencia más difícil que nunca por la situación actual, confía [la Santa Sede] a estas mismas conferencias la carga y el oficio de sopesar las circunstancias peculiares, si las hay, con la condición, sin embargo, tanto de prevenir todo peligro de que penetre en los espíritus la falta de reverencia o las falsas opiniones sobre la Santísima Eucaristía como también que se quiten con todo cuidado otros inconvenientes ».

En latín la frase «de que penetre… sobre la Santísima Eucaristía » dice exactamente «ne reverentiae defectus vel falsae de Ssma. Eucharistia » (el destaque es nuestro).

Dice Santo Tomás:

«Como consta de lo precedente, sagrado es todo lo que se relaciona con el culto divino. Y así como tiene razón de bien todo lo que se ordena a un fin bueno, de igual manera, cuando una cosa es destinada al culto de Dios, se hace de algún modo divina. De ahí que se le deba cierto respeto, que recae, en última instancia, sobre Dios. Por consiguiente, todo lo que implica irreverencia con las cosas santas es al mismo tiempo injurioso para Dios, y de ahí recibe la deformidad propia que la constituye en sacrilegio. (II-II q.99 a.1 c).

«Donde hay razón de ser de deformidad, allí se encuentra necesariamente un pecado especial, pues cada cosa recibe su especie de la causa formal, no de la material o subjetiva. Ahora bien en el sacrilegio hallamos un defecto moral determinado, que consiste en violar las cosas sagradas, por irreverencia a las mismas. Constituye por lo tanto un pecado especial. (II-II q.99 a.2 c).

«Como se dijo en el a. 1 el sacrilegio consiste en tratar irreverentemente las cosas santas. A éstas se le debe tal respeto y veneración en razón de su santidad. De ahí que, si la santidad es distinta en cada caso, da lugar su trato irreverente a otras tantas especies de sacrilegio, las cuales serán más o menos graves según la mayor santidad de la cosa sagrada.

«Esta santidad se atribuye a las personas consagradas, es decir, dedicadas al culto divino, y también a los lugares y cosas sagrados. Mas la santidad del lugar se ordena a la del hombre, que ofrece su culto a Dios en lugares sagrados. «Dios no eligió la nación por el lugar, sino el lugar por la nación» (II Mach. 5, 19). Luego se peca más gravemente cometiendo sacrilegio contra una persona consagrada que contra un lugar santo. En ambas especies de sacrilegio se dan, no obstante, diversos grados, conforme a las distintas personas o lugares sagrados.

«También la tercera especie de sacrilegio, que se comete contra las cosas sagradas se divide en distintos grados conforme a la diversidad de cosas sagradas. Entre ellas ocupan lugar supremo los sacramentos, que santifican al hombre directamente. Y el principal de éstos es la Eucaristía, que contiene a Cristo mismo. Por eso el sacrilegio que se comete contra este sacramento es indudablemente el más grave de todos » (II-II q.99 a.3 c. El destaque es nuestro).

En latín la frase «el sacrilegio consiste en tratar irreverentemente las cosas santas » es «peccatum sacrilegii in hoc consistit quod aliquis irreverenter se habet ad rem sacram » (el destaque es nuestro).

Esto es, la Santa Sede, sin recomendarla de ninguna manera, autoriza, con todas las contras que ello implica, la comunión en la mano «con la condición, sin embargo, tanto de prevenir todo peligro de que penetre en los espíritus la falta de reverencia o las falsas opiniones sobre la Santísima Eucaristía como también que se quiten con todo cuidado otros inconvenientes… ». La palabra utilizada por Santo Tomás para definir sacrilegio es «irreverencia» (irreverenter) para las cosas santas. Memoriale Domini pone como condición que no penetre la falta de reverencia (ne reveretiae defectus), es decir, que no penetren sacrilegios.

Si esa condición no se cumple, la autorización no vale. Es el clásico silogismo hipotético «Ponendo ponens», es decir «afirmando, afirmo»… si se cumple la condición, se da lo condicionado.

Es decir, para que se diera la comunión en la mano de acuerdo a las directivas de la Santa Sede, cada laico, al comulgar, tendría que cuidarse tanto como el sacerdote: por lo menos, instantáneamente purificarse las manos.

Esto no se da en ningún lado (al menos que conozcamos), motivo por el cual los que comulgan, los sacerdotes que la dan y los Ordinarios que la autorizan, son responsables de todos los sacrilegios que se siguen de la comunión en la mano.

La Santa Sede también es responsable en la aplicación prudencial de sus disposiciones, y encargada más que nadie de velar por la pureza de la fe y el respeto debido al Santísimo Sacramento. Memoriale Domine no permite la comunión en la mano si se siguen sacrilegios, pero en la práctica éstos se han dado.

Además, hubiera sido conveniente que MD explicitara la necesidad de que los laicos se lavaran las manos antes y, sobre todo, después de comulgar… porque si autoriza la comunión en la mano con la condición de que no haya sacrilegios, entonces tendría que exponerse cuáles son los pasos a seguir para que estos no se den. En efecto, es incongruente que se prescriban purificaciones y abluciones para quien tiene las manos consagradas, antes y después de la consagración y comunión, y no para la multitud que ni siquiera tiene las manos consagradas. O para decirlo con otras palabras: en realidad, debería instrumentarse la infraestructura necesaria para que los fieles que desean recibir la hostia consagrada en la mano para luego llevársela a la boca, debieran obligatoriamente purificar sus manos antes y después de recibirla. El no haber procedido así, acarreó las trágicas consecuencias que estamos viendo.

Podría preguntarse: ¿ha velado diligentemente la Santa Sede para que sus disposiciones se cumplan? Pero éste es un tema que me merecería un análisis independiente.

[1] En realidad la expresión «comunión en la mano» no es correcta, pues sólo hay comunión cuando se recibe la hostia en la boca y se la ingiere. Si el comulgante no pudiera tragar la hostia, no habría comunión.

[2] S.E.R. Mons. Juan Rodolfo LAISE, (Obispo de San Luis), Argentina, Comunión en la mano. Documentos e historia, Ediciones del Oeste, Morón, 1997, 3 ª edición.

[3] Todas estas citas pertenecen a: E. DENZINGER, El Magisterio de la Iglesia, Ed. Herder, Barcelona, 1955.

[4] Si bien de acuerdo a Aristóteles, Santo Tomás y toda la tradición filosófica, los accidentes existen necesariamente en y por una sustancia o supuesto, milagrosamente, no es este el caso. Como bien lo explica el propio Santo Tomás, después de la Consagración los accidentes de pan y vino permanecen, aunque sin sujeto… son mantenidos en el ser directamente, por la omnipotencia divina. La cantidad dimensiva es el primer accidente que se sigue de la materia en toda substancia materio-formal. La cantidad dimensiva del pan y del vino sostienen a los demás accidentes, y ella misma es directamente sostenida por Dios.

Dios no tiene accidentes porque es simple, Cristo, en la Eucaristía, por así decirlo, «no ocupa lugar», no tiene circunscripción, lo que permite que se haga realmente presente en todas las hostias y partículas.

En cuanto a su cuerpo, tanto mientras estuvo aquí en la tierra como ahora glorioso en el cielo, sí tenía accidentes, pero no eran sostenidos por la persona de Cristo (Persona Divina), sino por la naturaleza humana asumida por Él. Aunque no guarde relación directa con el tema aquí tratado, consideramos necesario hacer esta brevísima explicación.

[5] Aunque no hayamos presenciado la consagración, otra serie de datos sensibles nos indican que sí fueron pronunciadas, y que podemos profesar fe en la presencia real: por ejemplo, que las formas estén guardadas en el sagrario, o dentro de un recipiente digno, la ubicación del mismo sagrario en un lugar central dentro de la Iglesia, el que esté prendida la luz del Santísimo, la veneración y respeto con que son tratadas las formas por personas que merecen nuestra confianza, etc.

[6] Todas las citas de Santo Tomás corresponden a la edición bilingüe (latín-castellano) de la BAC, Madrid, 1960.

[7] Nos referimos al folleto Aportes para una catequesis con ocasión de la introducción de la disciplina de la comunión en la mano, publicado por la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Argentina.

[8] Michael Davies, Un privilegio de los ordenados. Algunas precisiones sobre la comunión en la mano. Ed. Estudio Sigma S.R.L., Buenos Aires, 1996.

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