Panorama Católico

El Silencio de los Inocentes

El día 8 de julio, en el Hospital Evita de Lanús, Provincia de Buenos Aires, un grupo de médicos dio muerte a un bebé de 5 meses de gestación con la anuencia de la Corte Suprema de Justicia del primer estado argentino.

El día 8 de julio, en el Hospital Evita de Lanús, Provincia de Buenos Aires, un grupo de médicos dio muerte a un bebé de 5 meses de gestación con la anuencia de la Corte Suprema de Justicia del primer estado argentino.

Comencemos por hacer justicia al Presidente de la Corte, que tuvo la hombría de bien de escribir fundamentando su voto negativo contra esta horrorosa sentencia: Padre y madre me piden el aborto. Y la vida latiendo dentro suyo, me pide, como toda vida, vivir. Son agobios muy fuertes en mi tarea de juez. Trataré de resolverlos conforme al derecho al que he jurado ceñir mi actividad (aún sabiendo que existe un orden más alto, el del amor, al que la justicia judicial no puede, ni aún estirándose, acceder). Y es en este punto precisamente, en dónde no encuentro modo alguno de satisfacer el pedido de los padres. No hay norma en el derecho argentino que me autorice, como juez, a disponer la muerte de esta persona. Ni aún para salvar, eventualmente, a otra.

(Héctor Negri. Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires).

Sigamos por el Presidente de la Nación, que se burla de nosotros con sus promesas de defender a los débiles, a los excluidos, a los necesitados. ¿Había alguien más necesitado que este niño?

Los abortistas han logrado su precedente legal, inconstitucional, como lo han demostrado prestigiosos juristas (cfr. Dr. Ricardo Fraga: Los Mercaderes de la Muerte). Ni siquiera ignorando el resto del derecho argentino (hablemos ya del positivo, no del natural) podía juez alguno permitir un aborto. Podría no punirlo una vez realizado bajo ciertas circunstancias, nunca permitirlo. Claro que se buscaba el «caso testigo» para animar a los «médicos». Otro pecado mortal para la Patria.

El regocijo del Ministro de Salud es repugnante. El silencio del presidente de la nación, canallesco. El de la oposición, interna y externa al partido gobernante, otro tanto. Solo algunos legisladores han tenido el coraje de condenarlo.

Hablábamos la semana pasada de los reflejos paquidérmicos de la jerarquía. También aquí hay que ser justos. A muchos obispos esto les ha dolido, o al menos a algunos. Pero están presos de la «colegialidad» y no pueden hacer nada, no se atreven. ¿Habría sucedido este horroroso hecho que sienta un precedente trágico en la historia del derecho argentino si la Iglesia hubiese presionado con todo su poder? Es dudoso. Es posible, pero muy probablemente no. Y aunque no se hubiese podido evitar, los fieles católicos miraríamos a nuestros pastores con más afecto y orgullo. Hoy los vemos con un oscuro temor: ¿hasta donde son capaces de ir en sus concesiones? ¿Qué no están dispuestos a negociar?

El Cardenal Primado fue el primero en firmar una petición para que se investigue el atentado de 1994 contra la AMIA por las mismas horas en que este crimen se cometía. ¿No podía haberse presentado ante los medios y descargar la santa ira de Dios contra los asesinos, mercaderes corruptos de vidas inocentes que promueven esta industria? ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué tanto apuro en firmar petitorios ajenos y tanta perseverancia en ignorar clamores propios?

Dios los perdone. Que los inocentes, en su silencioso grito de dolor les valgan de alguna manera, si pudiesen acaso interceder -por misterioso designio divino- a favor de los pastores que callan ante el horror. Que el silencio de los inocentes les valga de algo ante el pecado espantoso de su propio silencio.

Para ellos también tiene vigencia lo de la piedra de molino atada al cuello… no solo para los funcionarios del gobierno.

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