Panorama Católico

Carta de un Joven Católico

Queremos dar a publicidad la carta de un joven católico en la que da un impresionante testimonio de lucidez e integridad en la Fe. Vivir católicamente en estos tiempos de confusión y apostasía, de libertinaje aceptado o tolerado inclusive desde los púlpitos y confesionarios parece un ideal por encima de las fuerzas. En especial de aquellos que están inciando su vida. Sin embargo el testimonio de claridad intelectual y fervor católico de esta carta es una muestra de que «el Espíritu sopla donde quiere&#8230…», a pesar de nuestra percepción de catástrofe y a veces poco sobrenatural pesimismo.

Estimado Marcelo González:

He leído la encuesta sobre los adolescentes que ha realizado Sandro Magister (Jóvenes de Poca Fe)

y me ha llevado a reflexionar sobre el tema de los jóvenes modernos. Es evidente que no tienen fe, pero lo más trágico de todo es que nunca la han tenido. Como joven católico puedo afirmar que los de mi generación están en una situación desquiciada y desesperante. Pero, ¿por qué?

El mundo ha cambiado mucho, lo percibimos en la casi abismal diferencia que hay entre un abuelo creyente y un padre creyente. Este «mundo nuevo» esta hecho para los jóvenes y nadie quiere quedar fuera. Así, vemos por todas partes, adultos imitando gestos y ademanes adolescentes, llevando una vida sin responsabilidades para con su familia ni su patria, viviendo «cada instante como si fuera el último» y no como nos increpa Santo Tomás, para no perder la gracia de Dios, sino para satisfacer los instintos más egoístas del ser humano. Por otro lado, vemos abuelos abandonados a su suerte sin ayuda de ningún tipo. ¡Cuánto tristeza da esto a mi alma!. Pero nosotros, jóvenes católicos, que lo soportamos con pesar, nuestra efervescencia muchas veces nos empuja a querer cambiarlo, querer modificarlo. Muchos quieren entrar a este «mundo nuevo», y nosotros, los pocos, queremos salir lo más rápido posible y destruirlo detrás nuestro. Se nos hace insoportable, sí, insoportable, que el mundo lo sepa bien, vivir en este mundo, porque tenemos la Fe pero nos faltan muchas armas. Nunca olvidamos que somos simples ovejas, las más de las veces traicionadas, dejadas al costado del camino a los ojos del lobo depredador. Pero nuestra Madre, la Virgen María, no nos traiciona y nosotros, como niños salvados del abismo, le entregamos «alma, vida y corazón». Somos su Legión, queremos ser su Legión, estamos orgullosos de ser su Legión.

A pesar de todo, el mundo nos pesa, nuestros hombros soportan el peso de aquellos que han traicionado a Nuestro Señor, de aquellos que pertenecieron a la comunión de los Santos pero ahora luchan contra nosotros. Estamos más sensibles a lo que les pasa a nuestros pares, lo vemos más de cerca, y muchas veces, tenemos mucha más compasión que cualquier otra generación. Sabemos que se han equivocado pero que nuestros padres llevan gran parte de la responsabilidad. El mundo es nuestro enemigo, nos ha dicho Nuestro Señor, debemos combatirlo, pero ¿con qué armas? Nuestros padres, salvo excepciones, nunca nos han trasladado el depósito de la Fe, nunca nos han enseñado como defendernos del mundo, de la carne y de Satanás.

El corte se ha dado en la generación de ellos, generación que vio cambiar el Cristianismo por una nueva Religión, generación que no soportó las dos grandes Guerras, ni el Comunismo Ruso y el despiadado Liberalismo. La velocidad de las nuevas tecnologías los deslumbraron, le distrajeron la atención que deberían tener en Dios y enfocaron su vida a la «creación del hombre». La tentación del nuevo mundo que se erigía frente a sus ojos a principio de siglo los hizo olvidarse de Dios. Pero de repente, de estar en el «éxtasis material» y cantar las glorias de la «creación del hombre», la horripilante guerra mundial les mostró lo crudo que es el ser humano sin Dios, les demostró el daño físico, psíquico y espiritual que puede causar la «curiosidad», el «jugar con la naturaleza» desordenadamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su Fe que había estado relegada pareció aumentar lentamente, pero cuando iban a aceptar que sin Dios no podían vivir, el impulso se descarrió. Los espíritus deslumbrados por las promesas casi mesiánicas del Comunismo o las comodidades del liberalismo, con una Fe decadente y un cansancio físico, psicológico y espiritual sin igual, se volcaron a ellos y sepultaron el combate que todo católico libra contra el mundo, el pecado y Satanás. ¡Dejaron de pelear!, ¡Se dejaron vencer por el mundo!. La angustia de Nuestra Señora en este siglo es esa: que nos hemos olvidado de que debemos combatir, de que todo hombre no se tiene que dejar vencer.

Esta generación que sufrió el marxismo y el liberalismo es la que ha cortado las venas que transportaban los nutrientes y ahora, las nuevas generaciones ¿cómo vamos a vivir?, ¿cómo fundamentaremos nuestra existencia como personas y como pueblo?. Gran cantidad de adolescentes o bien se entregan a la bebida y las drogas, o construyen castillos con sus pensamientos sobre un futuro exitoso en una multinacional como grandes gerentes, pero ¿quién busca saber quién es?, y si los buscan, ¿dónde?

Hemos sido traicionados alevosamente, pues el deposito que debíamos recibir para hacer fructificar nuestras vida no lo tenemos y nunca lo tuvimos. Han puesto en nuestras manos al «mundo» para que con él podamos vivir los mejor posible. ¿Cómo podemos vivir con el mundo como guía si es nuestro enemigo?

En un nivel individual, el problema de los jóvenes es eminentemente familiar. Cuando un niño nace, a quien primero ve es a sus padres y a ellos es a quien conoce como «lo más perfecto». A medida que el niño crece debe ser educado sobre las verdades inmutables, pues sino, pasa de la niñez a la adolescencia considerando a sus padres como lo «más perfecto». Es aquí cuando se produce un quiebre en la relación. Todos los seres humanos estamos heridos por el pecado original y somos criaturas imperfectas, que buscamos el bien pero hacemos el mal. Esta estrecha relación íntima entre padres e hijos se transforma en insostenible cuando sus hijos ven que sus padres «caen», pues son imperfectos. Evidentemente no los pueden perdonar, no conocen lo «Perfecto» para poder perdonar, para considerarlos ya no como padres sino como «hermanos». Ahora es peor, creen que lo perfecto los ha defraudado y ya es tarde para enseñarles lo contrario. Solo un milagro podrá cambiarlos. «Dios nos ha defraudado» dicen. El mundo se estrella sobre sus cabezas, ya nada tiene sentido alguno y caen rápidamente en lo contingente y perecedero.

Los padres han dejado librada la educación de sus hijos al «Mundo», y el mundo es imperfecto, y más aún hoy, soberbio y orgulloso. Estos vicios han penetrado en la sangre de estos jóvenes que son incapaces de aceptar que el problema lo tienen ellos mismos. En conclusión, su voluntad ha ganado la partida por sobre su inteligencia. Ahora odian todo lo que sea religioso porque recuerdan su experiencia intima con la perfección que no lo era, y la soberbia que inyectó el mundo no los deja responsabilizarse de sus actos. Estamos en un callejón sin salida, y peor aún, sus padres no saben como sacarlos de allí.

Cada instante de la vida de estos jóvenes es crear una pared que no le deje «ver» la Realidad, por eso, su desesperación por «vivir intensamente cada momento» se hace manifiesta. La tranquilidad terminaría destruyendo «su mundo», ¿y en donde habitarán después, si ese «mundo» que habitan es el único lugar del Cosmos en el que son aceptados?. Quién soporta la soledad de la exclusión lo hace con la esperanza de ver la Perfección de Dios y en las promesas recibidas, pero para esperar hay que conocer y amar lo que esperamos, sino nada tiene sentido.

En conclusión, la generación de nuestros padres ha negado la Tradición, ya sea manifiestamente o por descuido. Un pueblo sin tradición, ya no es más lo que era, es otra cosa. Hoy estamos frente a ese «otra cosa» que esta naciendo y el descontrol adolescente es una consecuencia manifiesta de este surgimiento. Cabe preguntarnos, ¿sobre que base se esta formando este nuevo pueblo y quienes vivirán en él?. Jesucristo ha dicho, el que no esta conmigo esta contra mi, de lo que se desprende que si el basamento no es Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, ¿quién será? ¿podremos vivir allí?. Nosotros no luchamos en vano, vemos el futuro incierto y no queremos que se repita el tremendo error de nuestros padres.

Esperamos ardientemente, que Benedicto XVI nos muestre a la Verdadera Iglesia en todo su esplendor, que solo hemos visto en los libros, tan lejanos para nosotros.

Mario
Stat Veritas

26 años

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