Panorama Católico

Fátima y la Guerra Santa

En octubre de 1942, el papa reinante, Pío XII, realizó un acto de consagración del género humano al Corazón Inmaculado de María. Dicha consagración fue renovada el 8 de diciembre del mismo año. Estas consagraciones fueron los primeros “intentos” de cumplir con el pedido de Nuestra Señora a Sor Lucía: “vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado”. 

En octubre de 1942 el papa reinante, Pío XII, realizó un acto de consagración del género humano al Corazón Inmaculado de María. Dicha consagración fue renovada el 8 de diciembre del mismo año, en la fiesta de la Inmaculada Concepción. (*)

Estas consagraciones fueron los primeros “intentos” de cumplir con el pedido de Nuestra Señora a Sor Lucía: “vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado”. Rusia, siempre presente en el mensaje de Fátima es a la vez que objeto de particular amor y misericordia, también el instrumento de castigo de la humanidad pecadora que no cumple con los pedidos, tan simples por lo demás, de reparación: la devoción de los primeros sábados, el rezo del Santo Rosario, la penitencia por los pecadores.

En estos años vemos renacer el poderío militar y político de Rusia, ya sacudido el comunismo, bajo el liderazgo de un personaje que se declara cristiano, que participa repetidamente en actos de culto religioso cristiano, y que efectivamente favorece el resurgimiento de la vida cristiana, al menos en sus aspectos prácticos: repara templos, promueve la educación religiosa y cela con dureza el avance de las costumbres más corrompidas de un Occidente que ha apostatado. Y que, curiosamente, nació un 7 de octubre.

Sin intención de realizar un juicio sobre su obra de gobierno ni mucho menos sobre sus intenciones, hay un hecho objetivo que nadie puede negar: ha logrado desplazar a Occidente, o al menos equiparar la infuencia de su país en una vasta zona del planeta, estrategicamente vital. Frenó la influencia norteamericana en Medio Oriente, dio vuelta la guerra de Irak-Siria, atrajo a la vital Turquía a su órbita geopolítica y militar y finalmente formó un área económica bajo su influjo que compite con el eje “occidental”.

Y mientras el decadente gobierno de Barak Obama, ya en extinción, hace esfuerzos notables para preservar en el poder de la superpotencia a una declarada enemiga de la religión, Hillary Clinton, después de haber declarado que “América ya no es una nación cristiana”, Putin impulsa la recristianización de Rusia y sus territorios de influencia y mantiene relaciones amistosas desde una posición de fuerza y con bien delimitadas condiciones con las potencias musulmanas. Recordemos el modo drástico en que suprimió el terrorismo musulmán en la órbita de la Federación Rusa y la eficacia y lucidez con que quebró el avance de ese nueva cabeza de la hidra musulmana, Isis. Todo esto sosteniendo a la vez un conflicto por reclamos territoriales en Ucrania y bajo un fuerte boicot contra sus commodities más valiosos: el petróleo y el gas.

Estos son hechos políticos. Se ha discutido sobre su valor, pero allí están y parecen consolidarse en vísperas de un centenario trascendente para la historia contemporánea.

Un centenario más que simbólico

En vísperas de los 100 años de Fátima, el mundo se plantea nuevamente una tensión bipolar, con una cada vez más marcada diferencia de aquella que nos proponía la “Guerra Fría”: Occidente se descristianiza no solo en los hechos, sino que lo asume explícitamente y lo impone, en particular en su guerra más intensa: la destrucción del orden moral natural hasta sus bases.

Rusia se asume cristiana y vela por la religión y las costumbres, al menos en su faz exterior. En tanto, mientras el Papa dice estar viviendo la Tercera Guerra Mundial “en etapas”, niega que ésta sea de carácter religioso, contrariando la tradición del pensamiento cristiano que ha tendido a ver, bajo las excusas políticas y económicas de muchas de las guerras “entre civilizaciones”, en su esencia un motivo religioso, o antirreligioso, que es lo mismo. Porque si hay guerra de religión es porque una pretende avanzar sobre la otra. O al menos, en el caso de las guerras cristianas contra los islámicos, disminuir su influencia, recuperar territorios y lugares sagrados, neutralizarlos como amenaza de la Cristiandad. Y en esas guerras han participado muchos santos, incluso en su condición de religiosos, no como combatientes con la espada, sino como animadores de la Cruzada, en las batallas mismas. (**)

Existen y existieron las guerras de religión, aunque los jefes de los países occidentales deploren toda interpretación religiosa de los actos de terrorismo de los que sus naciones son víctimas. Aunque el propio Papa, produciendo un gran daño espiritual y enorme confusión lo niegue, aún cuando los líderes islámicos que se atribuyen los actos de guerra declaran sin ambages: “esta es una guerra religiosa, una guerra contra los infieles”. Y existieron y existen diferencias fundamentales en la guerra que se libra bajo el espíritu del Evangelio y la que se inspira en el Corán.

La guerra contra Occidente es una guerra contra aquellos que llevan el signo de la cruz, aunque hayan abjurado de él. Rusia, que después de haber abjurado, hace penitencia y repara, se posiciona como potencia mundial de un modo notable, con triunfos diplomáticos difíciles de imaginar años atrás, cuando la ex URSS estaba postrada por la miseria y en plena decadencia no solo moral y económica sino hasta demográfica.

Entiéndalo el lector: esto no es un juicio sino solo una observación de los hechos. Algo pasa en Rusia y Rusia es esa nación que, tras una nunca realizada consagración hasta el día de hoy, “se convertirá y le será dado al mundo un tiempo de paz”. Mediarán castigos tremendos, sin duda, que ya vamos viendo. En las comunidades cristianas de Medio Oriente y el Asia, así como en varios lugares del Africa ya los padecen con ejemplar perseverancia: la persecución y el martirio brutal.

Es el turno de Occidente, que ha traicionado la Fe. Pero tras el castigo, dice Nuestra Señora en Fátima, Su Corazón Inmaculado triunfará. Y por si faltaran referencias al modo en que este triunfo llegará a tener lugar, el mensaje de Fátima lo asocia directamente a un hecho que seguirá a la Consagración: “Rusia se convertirá”.

Sucedan las cosas como sucedieren, lo importante es cumplir con los pedidos de Fátima para que se acelere este trago amargo y merecido y la Cristiandad vuelva a florecer, al menos por “un tiempo”.

Notas:

(*) Como para leer, meditar y repetir en este tiempo de guerra latente y pronto, quizás, de guerra generalizada.

¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.

En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.

Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.

Vos, oh Madre de misericordia, impetradnos de Dios la paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la paz. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la paz por que suspiran los pueblos, la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle la paz de las armas y la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el reino de Dios.

Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la paz y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Dad la paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen (hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos), y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el único verdadero Pastor.

Obtened paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.

Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en El todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a Otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz.

(**) Hace poco se celebró la fiesta del beato Marco D’Aviano, el franciscano que animó al emperador austríaco a defender Viena y promovió la cruzada que salvó a Europa Oriental de una islamización generalizada.

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