Panorama Católico

La Iglesia Viva

Por algunos día no quise leer ninguna declaración de Francisco. ¿Para qué? Si con él o sin él, elocuente o callado, he visto con mis propios ojos a la Iglesia viva transmitiendo lo que recibió.

Sábado por la tarde. Tengo turno para confesión a las 18 hs., de modo que aprovecho para asistir a la misa de las 17.30, que resulta ser de réquiem.

Contemplo al grupo de los deudos. Se cumple el aniversario de la muerte de una mujer, aparentemente joven. Es gente que asiste por razones familiares, la mayoría de los cuales no conoce el rito tradicional y posiblemente no asista a ninguna misa en absoluto.

Fue rezada. La misa de réquiem es particularmente hermosa cuando se la canta. Sus himnos y secuencias son una exquisita fusión entre la tristeza humana de la muerte y la esperanza sobrenatural de la vida eterna. La Iglesia trata con enorme respeto a los muertos, no solo sus almas, también sus cuerpos exánimes.

Esta gente, los deudos, no sabiendo muy bien qué hacer, permanecieron discretamente sentados, silenciosos, en su mayoría impresionados, se los notaba, ante la solemnidad –mínima en términos litúrgicos, apenas un acólito- de esta liturgia en su, podríamos decir, mínima expresión. Sin coros, inciensos, ceremonias solemnes. Solo el impresionante ornamento negro, tan significativo y tan bello cuando contrasta con los oros y los destellos de la platería y los bronces. Con la pureza del blanco mármol del altar. El retablo tallado, el canto de los pájaros que se cuelan y revolotean en la linterna que alumbra el centro del crucero.

El sacerdote se acerca a predicar a los fieles, llegando al borde mismo del presbiterio y dirigiéndose a ellos con el modo que, uno que está allegado al sentir de la Iglesia reconoce, es herencia directa de las palabras de Nuestro Señor, cuando consolaba a los deudos de los muertos.

El sacerdote, en función de tal es siempre otro Cristo. Pero cuando es un sacerdote que vive siempre en función de tal, fundado en la Fe y ardiente en la caridad, no solo lo es en su potestad, sino también en su gestualidad, en el acierto de sus tonos, en la inspirada certeza de las palabras. Palabras dichas a veces contrariando los colores plañideros del mundo, o las certezas infundadas de los modernistas, para quienes todos se salvan. Palabras con reserva, que misteriosamente consuelan mucho más.

El sacerdote dirige sus palabras a confortar a los familiares asegurándoles que él, que ha asistido a la moribunda, ha visto en ella la buena disposición para recibir los sacramentos en tan duro trance con el alma contrita. Y eso es señal muy fuerte de esperanza, de que goza de la gloriosa purgación, de que es un alma bendita del Purgatorio. No les asegura que llegó al cielo.

Tal vez ya sí… pero todos somos pecadores y ¡tenemos tanto que purificar! antes de ser dignos de ver a Dios cara a cara. Ella, la difunta, tiene la certeza moral el predicador, está allí, purgando, y rezar por ella es imperativo para que adelante los tiempos y a la vez, por ese misterioso instituto divino que es la Comunión de los Santos, sea también nuestro “paráclito” desde la gloria.

Habla de la necesidad de seguir el ejemplo de la difunta, que murió con la Fe plena y la esperanza de la vida eterna de felicidad. Esa felicidad que el mundo engañosamente nos promete pero no nos da. Como todos podemos comprobar ya que vivimos en el mundo.

Los deudos, me atrevo a decir, han entendido parcialmente lo que se les ha dicho. Pero creo que han entendido que quien les ha hablado no es un hombre común, sino un hombre de Dios, que nos lleva a Dios. Han entendido mucho.

 

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Llega la hora de la confesión y mi juez me espera pacientemente. La misa se ha demorado y yo a él. Me escucha una avalancha de hechos, dichos y pesares. En silencio. Escucha y discierne. Discierne porque es juez, pero escucha porque es médico y debe diagnosticar con certeza. No todas mis enfermedades. Solo, de momento, la más grave. La que, curada, quitará o aliviará muchas otras. Eso me dice.

Parece ser que esto es lo que pone el obstáculo para que pueda dar algún paso adelante. Y cuando intenta hacerlo –me dice- le cuesta mucho más de lo que tal vez en su imaginación está dispuesto a hacer por la Fe… pero no hace a diario por Dios y por su prójimo.

No está descaminado porque le cuesta tanto, me consuela. Le cuesta tanto porque está bien encaminado. Batalle con la voluntad. Sienta lo que sienta: la Fe es un acto de adhesión a lo que Dios nos ha revelado e infundido por el bautismo, no un grato sentimiento de bienestar. Tal vez algún día Dios le de la paz. Tal vez hasta el fervor y la unción. Hoy su tarea es desmalezar el campo enyuyado de su alma. Y la maleza más dañina es esta. Atáquela con todas las fuerzas.

Pero no desespere, insiste. Porque el esfuerzo que Ud. hace Dios lo potencia con su infinita misericordia y con la virtud de sus méritos. Busque la fuerza en los sacramentos, y no olvide que este, el de la penitencia, ayuda muchísimo cuando se lo recibe con frecuencia.

Pero yo no confesaba muy frecuentemente porque eran siempre las mismas faltas menores… Hasta que confesando con método y mucho más a menudo comencé a descubrir que esas “mismas faltas menores” escondían muchas faltas mucho más graves. Radicales, capitales. Cabezas de otras que me tenían distraído y que yo ni imaginaba.

Ahora rece el acto de contrición, completa el confesor. Bien arrepentido. ¡Bien arrepentido! Porque la confesión se potencia por la compunción del alma.

El juez me absuelve, con el cargo de cumplir una breve condena. Unas oraciones. El doctor me da un plan de salud.

Y vuelva pronto para ver como va lo suyo.

El sacerdote, otro Cristo, no se desentiende de su penitente. Lo sigue, lo llama, lo anima. Está allí para él en particular, parece decir. Está para todos en particular. No asperja perdones masivos; palpa, como buen médico clínico, el alma y siente los tumores y huele los abscesos, por pútridos o perfumados que se presenten.

Acabo de oír una misa de réquiem y ahora mi alma ha recibido una milagrosa resurrección. Porque la confesión es sacramento de muertos, y está para llevarnos de nuevo a la vida.

Un sacerdote acompañó a alguien a morir. Ahora, otro, acompaña a alguien a resucitar.

 

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Me arrodillo a pagar la módica pena. Aprendí que no por módica debe ser menospreciada. No por lo que me cuesta decirla (no juzguemos cuánto me costaría decirla como la diría el P. Pío o Don Bosco). Pero, aun como la digo yo, vale. Vale primero como acto de obediencia a quien ha sido mi juez y médico. Y como acto de sumisión a la Iglesia, que la ha instituido así, suave, para los hombres débiles de estos tiempos. Nada de saco y ceniza. Nada de azotes y humillaciones públicas. No seríamos ni capaces ni entendidos por la sociedad.

Esas breves oraciones son las que Dios me pide como mínimo. Y me apresto a cumplir lo ordenado. Pero la paz del templo se altera con un rumor de pasos, voces y tras un momento de inquietud oigo la de quien rezara la misa por la difunta, esta vez hablando en un tono ligeramente distinto, pero esencialmente el mismo. Con un tono sacerdotal.

¿A quién le habla? No a los deudos, que ya se han ido. Es gente nueva que llega, está llegando. Me separan de ellos las grandes puertas de entrada. Están en el atrio. Se oyen muchas voces de niños. Reconozco la escena.

Inevitablemente no habrá silencio perfecto. Lo he vivido muchas veces, comenzando por aquellas en las que como padre o padrino asistí a esa ceremonia. Se estaba recibiendo a una niña en la Iglesia. ¿Oí Guadalupe o confundo el nombre? Tal vez. Era un nombre de la Virgen.

El bautismo era también de un miembro de una familia no muy vinculada con la Tradición. Pero definitivamente no desvinculada. Supe luego indirectamente por una monja (saben tanto como el Espíritu Santo) que los padres de una familia ya más bien numerosa comenzaron por casarse. Algo que muchas veces nuestros argentinos pobres (de dinero o de abandono espiritual) ignoran u olvidan que deben hacer. Pero aún sin este “detalle” han formado una familia fecunda y no le temen a las bocas que reclaman comida. Ni les preocupan las conclusiones de ningún sínodo.

Guadalupe, si tal era el nombre de la niña, saborea la sal. Habrá hecho mohines, como suele suceder. Luego se la exorciza, porque todavía es rehén del demonio. Luego el tumulto irrumpe hasta la pila bautismal, donde el confesor termina de atender a otro paciente. Una ceremonia se pisa con la otra. La Iglesia no se detiene. Ahora unción y aguas purificadoras. La niña ya es de Dios, ya está en la Iglesia. Por mucho tiempo, varios años, tendrá su veste blanca. Luego deberá ir a confesar sus primeros pecadillos al confesor. Más tarde, o más temprano, sabe Dios, recibirá los últimos sacramentos.

En medio, ese ejército que Dios ha separado para sí, para ser sus ministros, para que impersonen a Cristo de diversos modos a lo largo de su vida, hará con esa niña lo que ha hecho con la dichosa difunta que murió penitente, o conmigo y otros esa tarde, que vivimos tratando de arrepentirnos de nuestras malicias y defectos.

En esa hora y media, menos tal vez, que estuve allí vi a la Iglesia en acción en toda su capacidad santificadora. Bienvenida, reconciliación, despedida. En todos los casos brilló la misericordia. Sí, brilló la misericordia en cada palabra y cada gesto de los sacerdotes. Fueran ceremoniales o espontáneos. Fueron otros Cristos.

Y los que allí estuvimos recibimos de su plenitud gracia sobre gracia.

Por algunos día no quise leer ninguna declaración de Francisco. ¿Para qué? Si con él o sin él, elocuente o callado, he visto con mis propios ojos a la Iglesia viva transmitiendo lo que recibió. Por unos días sentí lo que quizás han sentido los católicos de otros tiempos: que pueden vivir en la plenitud de la gracia que ofrece la Iglesia sin siquiera saber el nombre del papa. Sea éste un santo o un canalla.

Claro que hay un requisito a veces muy difícil de llenar hoy en día: hay que ir a buscar a la Iglesia donde ella está, en la plenitud de la Fe, en la pureza de la doctrina y en la fidelidad a la liturgia recibida de los apóstoles.

Si no vamos allí donde esto ocurre, no podremos ver escenas como las que tuve el privilegio de contemplar y vivir.

Qui potest capere, capiat.

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