Panorama Católico

La carne trémula de Francisco

Es odioso insistir con Francisco, pero hoy, en la Iglesia y en el mundo, Francisco es una buena parte del problema. Hoy él está en el centro de todo lo que hace crujir la barca de la Iglesia y desorienta al mundo, que ya no tiene ninguna referencia segura a la que mirar.

Es odioso insistir con Francisco, pero hoy, en la Iglesia y en el mundo, Francisco es una buena parte del problema. El problema no empezó con él ni terminará tampoco cuando deje este valle de lágrimas. No obstante lo cual, hoy, él está en el centro de todo lo que hace crujir la barca de la Iglesia y desorienta al mundo, que ya no tiene ninguna referencia segura a la que mirar.

El discurso del pontífice del 10 de noviembre en Florencia está cargado de la freaseología habitual pero en alta concentración. No diluido, sino casi en un punto de saturación. Para evitar la nuestra, tomemos un ejemplo como para estimular la vigilancia y sobre todo la oración, graves deberes de este tiempo.

“Ante los males y los problemas de la Iglesia es inútil buscar soluciones en conservadurismos y fundamentalismos, en la restauración de conductas y formas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser significativas. La doctrina cristiana no es un sistema cerrado incapaz de generar preguntas, dudas, interrogantes, sino que está viva, sabe inquietar, sabe animar. Tiene un rostro que no es rígido, tiene un cuerpo que se mueve y crece, tiene carne tierna: la doctrina cristiana se llama Jesucristo”.

Se debe coincidir con el desprecio por el conservadurismo y más aún por el fundamentalismo. Pero no en lo que inmediatamente identifica como tales: la restauración de conductas y formas superadas (¿por quién o por qué?).

Las conductas ¿son las que manda el Decálogo: no matar, no robar, no fornicar, no mentir, no desear la mujer del prójimo…? ¿Son estas las conductas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser significativas?

Las formas ¿son las que cultiva y atesora la Iglesia desde hace casi dos mil años: primero la divina liturgia, como dicen en Oriente. Nótese que con gran delicadeza y comprensión del tema le anteponen a “liturgia” el epíteto “divina”. Es porque se dedica a Dios y porque nos ha sido enseñada por Dios mismo en su esencia. Dios nos enseñó cómo quiere ser adorado. “Haced esto en mi memoria.” ¿Hemos tenido alguna nueva Revelación cancelando lo que Dios, por boca de Jesucristo, Dios-Hombre, nos enseñó? ¿Debemos decir “Madre Nuestra”… ahora, porque Boff dice que Dios es madre? ¿Será parte de las formas superadas?

Francisco no es un ejemplo de distinción ni majestuosidad en las formas. Ha habido papas toscos, o de apariencia poco semejante a la estampa de Jesucristo cuando en carne humana vivió, murió y resucitó en estado glorioso a la vista de miles. Los papas (los sacerdotes en general) han sido o debido ser siempre imitadores de Cristo no solo en su conducta y en su palabra sino en su misma serena apostura. Los gestos de Cristo se conservan en la liturgia. Por eso la liturgia siempre ha estado muy alejada de la vulgaridad y de la grosería.

La carne es un ancla que impide al sacerdote alcanzar –salvo algunos santos privilegiados- ese resplandor de divinidad que traducía la apostura de Cristo. Se entiende. Pero cultivar el desprecio de las formas que la Iglesia siempre quiso venerar y continuar… ser grosero y tosco adrede, hacer ideología de la vulgarización en nombre de las “formas superadas” no tiene nada de Cristo.

El rostro que no es rígido, el cuerpo que se mueve y crece, la carne tierna (esta expresión siempre me ha dado mala espina) que invoca Francisco para concluir que la doctrina cristiana se llama Jesucristo es un modo metafórico de decir cualquier cosa. Un modo gelatinoso de expresarse, una fraseología pringosa, salpicada de las babas de la ambigüedad y el malentendido.

Jesucristo es el Hombre-Dios. En su divina persona todo es perfecto, El es la Verdad y el Bien. Y por su Encarnación ha querido ser no solo la Víctima grata al Padre para nuestra Redención, sino también el Verbo, la voz que nos completara la Revelación. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán, nos ha dicho El mismo. Sus palabras son su doctrina. El no es su doctrina. El es la Sabiduría que pronuncia la doctrina.

Claro que adoramos a Cristo como Dios, en su divina persona. Pero veneramos y cumplimos sus enseñanzas, porque quien lo ama cumple sus mandatos.

¿Por qué confundir la persona con la doctrina, como si no se pudiera distinguir lo que es cada una?

¿Por qué saturar con la “carne” del hermano –tibia, tierna, etc.- como si del compuesto humano fuese la parte más noble a la que la Iglesia dedica sus esfuerzos? Cuando la Iglesia sana la carne o la nutre por las obras de misericordia, busca como objetivo sanar y nutrir el alma.

“Salva tu alma” decían los viejos curas de antes de la debacle conciliar. Todavía recuerdo la frase borrada, pero no del todo, de la cruz que signaba el atrio de la Iglesia de mi juventud. La primera oleada conciliar comenzó por despreciar la consigna. Salvar todo, no solo el alma. También el cuerpo… El cuerpo, la carne, se volvió de enemiga del hombre (recuerdan: demonio, mundo y carne) en la parte más preciada. Luego fue solo la carne, porque del alma ¿quién se acuerda? Y de la salvación eterna menos. Se salva todo aquí, en la tierra. Y aquí todo es carne.

Cristo fue apretado por las multitudes, pero solo una vez preguntó “¿quién me ha tocado?” para conceder inmediatamente la gracia a la carne enferma de la hemorroísa. Y también detuvo el entusiasmo de la Magdalena, pecadora de la carne y luego modelo único de penitencia, cuando corriendo hacia El, resucitado, le impuso el terminante: “no me toques”. Y a Tomás el incrédulo, en cambio le ordenó “mete tus dedos en mis llagas” para que en adelante creyese, por razón del argumento de la carne… resucitada.

La carne no es mala, es débil, por eso es enemiga. Prudencia con la carne, dice la Iglesia.

Por eso la obsesión por la fraseología carnal, el toqueteo, la proximidad dejan una impresión sórdida. La de quien ha cedido, aunque sea ideológicamente, a la infirmitas de la “carne”, de la que nos ha prevenido siempre la Iglesia.

De Francisco puede decirse por la evidencia que es un hombre groseramente carnal. Algo que no conviene en absoluto a un cristiano, a un sacerdote, menos a un papa.

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