La pleitesía que el vicio rinde a la virtud
Por donde se circule en la Argentina (y presumiblemente en muchos países más, no lo se por cierto) es posible toparnos, cada vez con mayor frecuencia, con verdaderos prodigios. Damas que recordábamos con una figura menuda se nos presentan de noche a la mañana ostentando voluptuosidades dignas de cuadros renacentistas.
Por donde se circule en la Argentina (y presumiblemente en muchos países más, no lo se de cierto) es posible toparnos, cada vez con mayor frecuencia, con verdaderos prodigios. Damas que recordábamos con una figura menuda se nos presentan de noche a la mañana ostentando voluptuosidades dignas de cuadros renacentistas. Figuras que una vez adquiridas de modo tal que sería muy difícil no notar, se destacan aún más con escotes abismales y prendas ceñidas mediante unas tensiones que ponen en aprietos a las leyes de la física.
El prodigio se llama “silicona” y los obradores de tales milagros son médicos que han encontrado, no ya la mina de oro, sino muchas minas que producen oro.
Recordamos la moda impuesta a las mujeres por los 80-90 del siglo pasado: el despojo de toda redondez como señal de elegancia, y la figura clásica femenina despreciada con descalificaciones tales como “grasa, ordinaria, grotesca”, etc. Era el triunfo de la asexualidad. Hombres afeminados, mujeres despojadas, lisas, flacas, pelicortas, apantalonadas.
El reino de las formas clásicas e hiperclasicas –no obstante- se mantuvo entre las clases pobres, condenadas por la mala alimentación a veces, por cierto gusto indiscutiblemente tradicional de los hombres, o tal vez por instinto seguro de un atavismo femenino: al marido se lo conserva más por las redondeces que por las lisuras.
La sabiduría de los del oficio
El oficio perverso pero seguro de los pornócratas de almanaque popular nunca dejó de cultivar la alabanza de la redondez. Quien vende un producto con éxito conoce su mercado. El mercado del obrero/camionero no gusta de los esqueletos vivientes. Bárbaro así como pueda resultar lo que vende, este aprecio por la forma femenina era, aún en el contexto moralmente degradado en el que se ha desarrollado siempre, un signo de supervivencia de los instintos naturales. ¡Viva la diferencia!
Los hombres de las clases intelectualizadas no se atrevieron a admitir que aquello se parecía más a una mujer que los esqueletos con anteojos y melenita garzón con los que discutían sobre los procesos sociales irreversibles. Pero en el fondo sentían una sorda envidia del gusto popular.
El tiempo le ha dado la razón a la plebe. Hoy todas parecen apetecer figuras voluptuosas. Va muriendo la alabanza de la llanura y se recurre a los medios artificiales para que los valles se exalten a la altura de los montes. A veces de un modo tan repentino y asombroso que ni los cataclismos tectónicos podrían competir con el fenómeno.
El instinto rinde pleitesía a la naturaleza. Y la mujer vuelve a parecerse a Eva. Enhorabuena en ese punto. Al menos en ese.
Pero la pleitesía no se agota en este aspecto un poco risueño. También se da en el escabroso mundo de los LGBT, donde T lleva la perversión al extremo. Y donde L y G gastan enormes esfuerzos en legalizar la parodia de un matrimonio imposible, al punto que muchos obispos y hasta el mismo papa Francisco ha creído necesario tocar el tema de una manera lejos que condenatoria durante el sínodo de la familia.
En esto también observamos el fenómeno clásico: el vicio rindiendo pleitesía a la virtud. Claro que no bajo la forma de la “hipocresía”, con que fue formulado el adagio, sino de la apropiación del prestigio.
Desde La Rochefoucauld para acá se ha observado en este ya clásico adagio que quien finge ser virtuoso en una sociedad que alaba la virtud, incurre en un acto de hipocresía, sin duda, pero a la vez de alabanza. Porque no desprecia lo bueno, aunque practique lo malo. Por el contrario lo alaba y se jacta de hacerlo.
Seguramente se habrá notado ya que cuando la parte G y L del colectivo antes citado pregona la existencia de un “matrimonio igualitario”, lo que quiere es apropiarse del prestigio del matrimonio para legitimar a los ojos de los demás esas uniones grotescas. Es la mona vestida de seda, pero, aún quedando como la mona, ellos y ellas quieren estar “casados”.
¿Hay acaso un homenaje involuntario más contundente al matrimonio? Quienes no pueden ni podrán jamás ser esposos movilizan (iba a decir cielo y tierra) tierra e infierno para que las naciones incorporen a sus sistemas legales esa fantasía perversa y la equiparen en todos sus derechos al matrimonio. Una forma contundente de vivir en la impostura que se jactan de combatir. Si quieren ser lo que son, séanlo sin pedir que se barnice con la virtud de las instituciones retrógradas -la “familia” o “matrimonio”- esas asociaciones ilícitas.
- – Lo que Ud. olvida es que hay una conspiración para destruir la familia logrando que la sociedad acepte como natural lo antinatural.
No lo olvido. Simplemente no es el tema de este artículo. El tema aquí es otro, es la necesidad de honrar, digamos así, involuntariamente las instituciones naturales para dar lustre a estas juntas antinaturales que sienten los perversos.
Y es tal la necesidad de honrar aquello que la naturaleza ha hecho, que la parte T del precitado colectivo, cuando recurre a los médicos para parecer lo que no son, a veces con bastante éxito, al menos a primera vista, se incorporan las formas no de las flacas escuálidas que debatían los procesos sociales irreversibles en los claustros universitarios, sino las formas celebradas por el pueblo y todo hombre fiel a la naturaleza.
Las mujeres engruesan lo que es menudo para parecer más mujeres. Los desviados piden ser admitidos a formas legales de legitimación que parodian lo que Dios ha querido para el ser humano. Los que se destituyen de su sexo natural buscan copiar y exagerar la forma que Dios quiso darle al sexo opuesto pero bajo su modelo más clásico. Buscan, digo, no digo logran.
Paradojas de este mundo tan descaminado. La verdad, la belleza, el bien siempre, por presencia o ausencia, por virtud u homenaje descarrilado, siguen siendo los rectores de la humanidad, para su salvación o para su juicio y condenación.
Así como en este mundo del demonio, él se hace adorar como si fuera Dios y no como demonio. Rindiendo de esta manera un involuntario acto de pleitesía a Dios.

