Panorama Católico

De Sta. Catalina de Siena a un tradicionalista cualquiera

Lo que afrenta especialmente mi corazón de virgen es esa doctrina brutal y salvaje que corrió en mi tiempo, según la cual, habiendo tantos clérigos amancebados, debía abolirse el celibato sacerdotal. 

Querido hermano en Cristo,

Desde el seno y los esplendores de la visión de Dios te escribo ésta, retomando una vieja costumbre que tuve en la vida natural, a saber, mandar misivas a papas, personalidades del mundo político e instituciones de la ciudades y principados de mi querida Italia. Aunque las más famosas son las que dirigí a los papas durante los penosos años en que la Sede Romana fue abandonada por el esposo, quien la dejó en medio de los sufrimientos y la desolación para ir al adulterino lecho cómodo de la ciudad de Avignon.

Eran estos papas hombres de diverso temperamento. Algunos piadosos, otros mundanos y politiqueros, entregados a la molicie o al ejercicio de la astucia política y el enriquecimiento.

Como sabes, a medida que Avignon crecía en importancia como ciudad, mercado y centro político, por acción de los papas bajo la influencia del rey francés, las posibilidades de que regresaran a Roma iban decreciendo. En vano redactó el insigne Petrarca encendidas cartas en impecable latín, haciendo vibrar sus fibras de italiano de nacimiento y romano de espíritu. En vano la matrona Santa Brígida, que por allí anda, transmitió a los pontífices los mensajes del cielo que recibía por altísima y particular gracia. Y eran tan perentorios que más de una vez su confesor no se atrevió a pronunciarlos frente al papa, teniendo que ir ella misma a ponerse ante la corte y el sumo pontífice en la ciudad occitana, a la vera del Ródano a cantar verdades.

Yo en cambio necesitaba de un traductor, porque apenas hablaba el dialecto toscano de mi patria, Siena. Una vez, habiendo ido a presencia del papa, me hizo de intérprete un sacerdote, que le traducía al latín.  Pareció conmovido por mis palabras, que eran las de Cristo, pero no me hizo caso. Fue amable conmigo y me regaló unos florines para subvenir el gasto. No pasó de ahí.

Así eran los papas de Avignón. Tenían excusas de todo tipo, pero nunca se decidían a ir a Roma, a la sazón, tierra de nadie, ciudad casi desierta de clero y nobles, y hacinada de pobres, desamparados y malandrines.

Los príncipes de ese momento, muchos de ellos verdaderos condottieri, soldados de fortuna dispuestos a ir a favor de quien más les conviniese, tironeaban de sus intereses y armaban complejas tramas para perjudicar a sus adversarios a costa de las poblaciones, el buen orden, la justicia, sin tener en cuenta los intereses más elementales de la Iglesia, nuestra Madre.

Se que algunos de los hombres de tu tiempo suelen recordar este penosa etapa de la Iglesia con una sonrisa de desdén. Como si esto hubiese sido un poco de bochinche político y desorden eclesiástico. ¡Creerán que los llamados de Brígida y los míos eran por pura diversión! ¡Que las almas no estaban en riesgo de perderse! ¡Que la doctrina y el culto (oigo esto y me aíro, a pesar de estar ante Dios, o tal vez por eso) no sufrieron menoscabo!

Yo te voy a decir que el papado sufrió uno de los opacamientos más oscuros de toda su historia, que desembocó en catástrofe cuando de la tragedia de Avignon pasamos al Cisma de Occidente. Y en catástrofe mayor, cuando a causa de tantos males se produjo la Reforma.

Sí, de mal en peor, porque cuando finalmente el papado se estableció en Roma, presionados por el pueblo romano descontrolado que quería un papa romano, a ciertos cardenales se les ocurrió elegir a un obispo que luego resultó ser un loco tirano, y en lugar de aguantarlo, negaron haber tenido libre decisión durante el cónclave. Y para colmo de males, se fueron a otra ciudad y eligieron otro, acción detestable pero sostenida por las intrigas de los príncipes y la locura del papa electo en Roma.

Cuarenta años duró este espantoso estado de cosas. Los dos pontífices (no queda claro cuál era válido y cual no o si los dos lo eran) se negaron a las soluciones que les presentaban las universidades, los teólogos, los príncipes y muchos santos, como Vicente Ferrer, que militaba en contra del pontífice de Roma, a favor del de Avignon. Doctrinas perversas crecieron como hierbas venenosas: regalismo, conciliarismo, galicanismo. Ninguna novedosa, todas en desmedro del papado, pero ahora justificadas por la situación desesperante de la existencia de dos Sumos Pontífices simultáneamente, que se condenaban entre sí, y a cuyo lado ambos tenían santos hombre que defendían sus derechos. No te digo nada cuando siguiendo una de esas perniciosas novedades, se reunió un concilio convocado por… nadie con autoridad, es decir por ningún papa, y depuso a los dos, eligiendo a un tercero. Estos eran los que iban a arreglar el asunto. No te fíes de los que son rápidos para declarar herejes y deponer autoridades.

Lo del conciliarismo se condenó formalmente en el Concilio Vaticano (oí algo de que hubo otro, pero aquí no tiene vigencia). El papa está por sobre el Concilio. Un concilio no puede condenar a un papa, ni deponerlo ni declararlo hereje. Ni necesita el papa de la aprobación del concilio para definir doctrina. A ver si terminan todavía sosteniendo algún disparate como que los obispos no tienen soberanía individual, o que cada obispo por sí es menos que el conjunto de obispos reunidos.

Pero lo que afrenta especialmente mi corazón de virgen es esa doctrina brutal y salvaje que corrió en mi tiempo, según la cual, habiendo tantos clérigos amancebados, debía abolirse el celibato sacerdotal. A Dios gracias, insignes teólogos pusieron freno a tales desmanes ideológicos y sostuvieron que la buena educación, la cuidadosa selección de los candidatos y la disciplina vigilante de la jerarquía era suficiente, como lo había sido en todos los tiempos, para poner coto a los abusos de los clérigos venales. Dios quizo, luego de la gran crisis final de este período, mandar un ejército de reformadores de las costumbres, restauradores de la doctrina, que floreció en toda la Cristiandad con un perfume de santidad poco común.

En fin, me he ido por las ramas, mi querido hermano en Cristo. A lo que te preocupa te digo: para ser profeta no es necesario tener visiones ni revelaciones. Decir la verdad es una vocación profética, y connota dos consecuencias inevitables: no serlo nunca en tu tierra, por un lado. Y que termines muerto, por otro.  No es para todos. Pero si Dios te llama, no esquives el desafío. Decir la verdad es como respirar: a poco de dejar de hacerlo, sobreviene la muerte. Callar es otra forma de consentir en la mentira, y a veces tan grave como mentir. Grita, pues, con mil lenguas la verdad, porque el mundo está podrido a causa del silencio de los buenos.

Le voy a pedir a la Virgen Santísima, la Madonna, que te me bendiga. 

Catalina de Siena

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *